Tu amor no es suficiente Capítulo 7
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Capítulo 7

Erica bajó a cenar con un vestido rojo. Estaba cruzado en el pecho y resaltaba su cintura.

Llevaba su cabello suelto hasta debajo de su trasero y solo se había pintado los labios porque había cogido algo de color esa tarde.

Al llegar al salón sonrió más relajada porque increíblemente había pasado una tarde estupenda con Joy y sus bromas.

Este se levantó mostrando su camisa azul y sus pantalones negros. La verdad es que estaba muy guapo con su cabello castaño repeinado. —Buenas noches, preciosa —le dijo cogiendo su mano como si tuviera todo el derecho del mundo—. ¿Quieres una copita de jerez?

—No, gracias, pero una cerveza sí me la tomaría.

—Marchando. —La sentó en el sofá al lado de Meredith, que le hizo un gesto a Carl con la cabeza como si quisiera que hiciera algo. Por inercia miró a Carl que se hizo el loco, pero pudo ver por el rabillo del ojo que Meredith repetía el gesto.

Jessica rio por lo bajo y la miró sin entender. Su amiga le hizo un gesto para que no le diera importancia.

—Cuéntame Erica, ¿qué tipo de gente va a tu bar? —preguntó Meredith con una sonrisa en los labios—. ¿Son vaqueros como los clientes que tenías aquí?

—Sí, algunos son vaqueros que van a la ciudad a pasar el fin de semana, pero también tengo otro tipo de clientes. Tengo muchas despedidas de solteras. Pero no con striptease y cosas así, vienen después a desmelenarse. Tengo una pista de baile enorme y dos animadores que bailan country.

—¿Animadores? —preguntó Meredith —. ¿Les sacan a bailar?

—Sí, y a veces hacen coreografías. Me animan mucho el local, procuran que nadie se aburra y así beban más.

—Muy inteligente —dijo Carl sorprendiéndola porque la había halagado.

—Gracias —dijo mirándole con desconfianza esperando el hachazo, pero no llegó, simplemente se quedó callado.

—Niña…

Confundida miró a Meredith. —¿Qué?

—Te preguntaba si no echas el pueblo de menos —dijo con una dulce sonrisa en sus labios—. ¿No echas de menos vivir aquí?

—¿Aquí? —preguntó incrédula—. Pero si aquí no hay nada que hacer.

En San Antonio tengo todo tipo de diversiones y nadie me juzga por quien fue mi padre.

Allí simplemente soy Erica. —Sonrió divertida.

—Que si echo de menos vivir aquí, dice… —Miró a Christian que la observaba muy serio y perdió algo la sonrisa.

—Vamos, que no —dijo sinceramente—. Allí estoy mejor que nunca.

Christian miró a su prometida que apretó los labios como si su respuesta no le hubiera gustado.

—Además tengo a Ilsa conmigo.

—Y si Ilsa se trasladara, ¿la seguirías? —preguntó Jessica mirándola como si la estuviera analizando.

—No se mudaría ni loca —dijo divertida—. Si le gusta San Antonio más que a mí y su futuro marido trabaja allí. Además… —Al darse cuenta de lo que iba a decir se detuvo en seco. —Vamos, que no, no me mudaría de nuevo.

—Entiendo —dijo Meredith como si estuviera decepcionada.

¿Pero qué le pasaba a esa mujer? Esa mañana no podía ni verla y ahora parecía triste porque no quisiera mudarse de nuevo. Empezaba a pensar que en esa familia estaban de atar.

—¿Y si encontraras el amor? —preguntó Christian sorprendiéndola—. ¿Y si tu marido fuera de Canadá, por ejemplo? ¿Te mudarías a Canadá?

—Bueno… Supongo que tendríamos que valorar muchas cosas, como quien tiene un trabajo mejor…

—Así que estás abierta al amor —dijo Joy encantado—. Yo me mudo a donde tú quieras.

—Por favor, no vayas haciendo las maletas.

Joy rio mientras los demás le miraban como si fuera idiota. Confundido miró a sus tíos. —¿Qué?

—Déjalo —dijo Benjamin por lo bajo.

—¿Que lo deje?

—Este niño es tonto —dijo Alicia entre dientes.

Joy no entendía nada y Erica tampoco. Parecía que querían ocultarle algo por la cara que ponían. ¿Y a qué venía ese interrogatorio sobre si se mudaría o no?

—Yo lo dejé todo por amor —dijo Meredith antes de darle una palmadita en la mano—. Y no me arrepentí de nada.

—¿Qué dejaste exactamente?

Meredith se sonrojó. —Pues mis estudios, cuando conocí a mi Carl estaba en la universidad, ¿sabes?

—¿De veras? ¿Y qué estudiabas?

—Psicología. —Suspiró. —Qué años más locos, pero conocí a mi ranchero y todo se acabó.

—¿Seguro que no te arrepientes?

Se sonrojó. —Bueno, algunas cosas las hubiera cambiado, pero básicamente todo hubiera sido igual. Quizás hubiera tenido más hijos. ¿Cuántos te gustaría tener a ti? —preguntó ilusionada.

—Pues…

—¿Cuatro, cinco?

—Madre mía, no, con el trabajo que dan.

—¿Y si tuvieras ayuda? —preguntó Jessica.

—Los hijos son una responsabilidad enorme.

Sufres si les pasa algo, sufres si no les pasa, siempre estás preocupado.

Cuando están enfermos, que es a menudo cuando están en la guardería porque les pegan mil cosas, te pasas noches sin dormir.

Buscar colegios, que si comen, que si no comen, vacunas, pediatra. Uff, deja, deja…

Christian entrecerró los ojos. —Parece que sabes muy bien lo que es tener hijos. No te lo hemos preguntado, Erica, ¿tienes hijos?

Se quedó de piedra porque no se esperaba la pregunta, aunque era lógico por todo lo que había soltado la lengua. ¡A ver si te controlas, leche!

Carl dio un paso hacia ella. —¿Por qué has puesto esa cara? ¿Tienes hijos?

¿Y ahora qué decía? Si mentía, malo, porque estaría mintiendo sobre su hija y si no mentía, se iba a montar la mundial.

Jessica dejó caer la mandíbula del asombro. —Uy, que esta no quiere responder porque es algo muy gordo. —Todos miraron a Carl y que no dejaba de mirarla como si quisiera leer su mente.

—¿Es que nadie va a decir nada? —preguntó Meredith poniéndose de los nervios—. Niña, ¿tienes hijos o no?

—¿En plural?

—¡O en singular, leche!

Cerró los ojos tomando aire y gimió antes de decir —Bueno, algo tengo.

—¿Algo tienes? —preguntó Joy sin comprender.

—Se llama Molly.

Christian dejó caer la mandíbula del asombro antes de mirar a su hermano que muy tenso preguntó —¿Y cuántos años tiene?

—Cumplirá seis años el día de Navidad. Nació el día de mi cumpleaños.

Fue como si una bomba cayera en el salón porque todos se quedaron de piedra. Carl apretó los labios antes de decir —¿Es mi hija?

Le fulminó con la mirada. —¡Es mi hija!

—¿Soy su padre o no?

—No —dijo haciéndole palidecer—. Un padre es otra cosa que tú no has sido nunca.

Meredith se tapó la boca con las manos. —¡Una nieta, tengo una nieta!

—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó Carl furioso.

Sonrió irónica. —¿Cuándo te lo iba a decir?

¿Cuando me colgaste el teléfono veinte veces?

¿Cuando me echasteis del hospital después de que me enterara?

¿Cuándo, Carl? —Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—El día en que nació te llamé por teléfono, aquí al rancho, porque me habías bloqueado en el móvil.

Estabais celebrando una fiesta y te pusiste, ¿recuerdas lo que dijiste en cuanto te diste cuenta de que era yo?

Él apretó los labios. —No sabía…

—¡Tú al parecer no sabes muchas cosas! —gritó levantándose—. ¡Vas de listo por la vida y estas son las consecuencias! ¿Qué dijiste, Carl? ¡Cuéntaselo a todos, ya que están tan interesados!

—No lo recuerdo.

—¡Mientes! ¡Pero ya que no tienes los huevos para decir la verdad, la diré yo!

—Se volvió hacia Meredith. —¿Sabes lo que me dijo tu hijo?

¡Pues estas fueron sus palabras! ¿Qué coño haces llamando a mi casa?

¡Ni se te ocurra volver a hacerlo, zorra!

No quiero saber nada más de ti en mi vida, ¿me oyes?

—Sollozó recordando lo que sintió con cada palabra.

—Para mí estás tan muerta como el cabrón de tu padre.

Como comprenderás después de esas alentadoras palabras ya no insistí más.

Jessica jadeó llevándose la mano al pecho. —Dios mío…

—Creo que deberíamos dejarles solos —dijo Benjamin muy incómodo.

—No, claro que no —replicó Erica—. ¡Tenéis derecho a saberlo todo, que lo sepa todo el mundo!

Sí, tuve una hija yo sola y la he sacado adelante yo sola todos estos años, ¡así que no, Carl, tú no eres el padre y no lo serás nunca!

—Miró a Christian. —Lo he intentado, de verdad que sí, he puesto todo de mi parte, pero no puedo más.

Christian atónito asintió. —Lo entiendo perfectamente.

—Gracias. Os deseo toda la felicidad del mundo. —Corrió escaleras arriba y todos miraron a Carl que parecía tallado en piedra.

—Hijo, ¿no piensas hacer nada?

Se volvió lanzando el vaso que tenía en la mano contra la pared.

—Alicia, creo que vamos a ir a cenar al pueblo —dijo Benjamin muy incómodo.

—Sí, sí… —Jessica se levantó del sofá. —Vamos cielo, tu hermano tiene mucho en que pensar y…

En ese momento escucharon pasos en la escalera y vieron pasar a Erica tirando de su maleta. Carl corrió tras ella. —¡No sabía lo que había pasado!

—No quiero hablar de ello —dijo bajando los escalones del porche.

—Joder, Erica, después de lo del video y esto… ¡No lo sabía!

Sin ser capaz de hablar dejó la maleta al lado del maletero para buscar la llave del coche. Mierda, ¿dónde estaba?

—¿Por qué no te quedas y hablamos de esto?

—No hay nada que hablar, soy una zorra que se acuesta con cualquiera y que voy pidiendo dinero a la gente. No tenía que haber dicho nada, tú sigue con tu vida que yo seguiré con la mía.

—¡Ahora sé la verdad!

Le miró sin entender. —¿Y eso en qué cambia mi vida?

Pulsó el botón del mando y se abrió el capó. Agarró la maleta para subirla, pero él se la arrebató. —¡Joder, escúchame!

Se le quedó mirando.

—¡No lo sabía!

—Exacto, no lo sabías porque no quisiste escucharme y me sacaste de tu vida, ¡me trataste como a una mierda!

¡Pero tengo que dar gracias a Dios porque me abriste los ojos respecto a ti, porque descubrí como eras realmente y me di cuenta de que mi amor nunca hubiera sido suficiente porque tú nunca me tomaste en serio!

¡La hija del borracho que solo da problemas!

¡Me tratabas como una amante que había que ocultar y lo permití un maldito año!

Me odiaba a mí misma por eso, ¿sabes? —Sollozó.

—Pero te quería tanto, que hubiera dado cualquier cosa por un segundo más a tu lado. Y tú…