Capítulo 5
Como se había dado una ducha rápida, se cambió de ropa y se puso un ligero vestido verde agua con unas sandalias.
Aquella era una casa fina y por el vestido de Jessica, sabía que no podía ir en pantalones cortos y camiseta.
Bajó las escaleras y al llegar al hall estiró el cuello para ver que todos estaban en el salón.
Se acercó sintiéndose algo incómoda y forzó una sonrisa para perderla de golpe al ver a Carl ante la chimenea con una cerveza en la mano.
Dios, estaba guapísimo con esos pantalones de vestir negros y esa camisa blanca que resaltaba su moreno.
—Oh, ya estás aquí —dijo Christian captando su atención. Su amigo se levantó—. Como puedes ver, ya ha llegado parte de la familia. —Sonrió a la pareja que se levantaba del sofá en ese momento. —Estos son mis suegros. Alicia Clark y Benjamin Clark.
—Es un placer conocerles —dijo dándole la mano a la mujer.
—El placer es nuestro —dijo ella admirando su largo cabello ahora suelto—. Qué preciosidad y que largo lo tienes.
Soltó una risita. —Solo me lo corto una vez al año y no más de cuatro dedos.
—¿Y eso?
Se encogió de hombros. —No sé, cuando era pequeñita la madre de Ilsa me lo cortaba y ponía cuatro dedos, así que siempre lo he hecho así.
—Pues es muy hermoso como toda tú —dijo Benjamin sonrojándola.
—Es muy amable.
—Cuando estaba en el pueblo todos los chicos queríamos una cita con ella, suegro. Pero a mí nunca me la dio.
—Cállate canijo —dijo sonrojada haciéndoles reír.
—¿Y tú, Carl? ¿Le pediste una cita a esta hermosura? —preguntó Benjamin.
—No —dijo tenso—. Nunca se la pedí.
Cierto, nunca le había pedido una cita porque la primera vez que se enrollaron fue de casualidad.
Estaban en el baile del pueblo y de camino al aparcamiento para volver a casa ella se cayó ante su camioneta y por poco la atropella.
La ayudó a levantarse y cuando se miraron fue tan electrizante que no pudo evitar mirar esos labios que terminaron sobre los suyos antes de darse cuenta.
Perdió la virginidad en la parte trasera de su camioneta apenas diez minutos después y se sintió la mujer más feliz de la tierra.
—¿Y cómo es eso? —preguntó Alicia sorprendida sacándola de ese recuerdo—. ¿No te habías fijado en ella?
—No éramos del mismo círculo.
Christian apretó los labios por lo avergonzada que estaba. —No sabía que en este pueblo había círculos.
—Pues los hay —dijo su hermano antes de mirar su reloj—. ¿Pasamos a comer? Por la tarde tengo que….
—Cuñado, no digas que tienes algo que hacer, porque hasta el lunes eres todo nuestro. Tienes que ayudarnos a atender a los invitados —dijo Jessica maliciosa—. Eres un caballero de honor pésimo.
—¿Pésimo yo? —preguntó divertido cambiando totalmente el semblante, lo que demostraba que su cuñada tenía toda su aprobación—. Si he hecho todo lo que me has pedido.
—Aún queda lo más importante por hacer. —Se levantó y cogió a Erica del brazo. —Vamos a comer, me muero de hambre. Desde que me pidió matrimonio he adelgazado diez kilos de los nervios, pero estos últimos días no hago más que comer. Ya verás como no entre en el vestido.
—Seguro que estarás preciosa. ¿Dónde te lo han hecho?
—Oh, tengo una amiga en Dallas que trabaja en un atelier y quedamos varias veces para elegir el diseño y cosas así. Y después de cinco pruebas, arriba está al fin. —Le mostró una silla. —Mira, siéntate aquí, a mi lado.
Christian se sentó al otro como si quisieran protegerla y no era para menos porque la matriarca se sentó ante ellos con una cara de funeral que no podía con ella, mientras que su anfitrión se sentaba a la cabecera.
Forzó una sonrisa a la madre de Jessica que dijo —Así que eres amiga de Christian desde hace tiempo.
—No tan amiga —dijo Carl antes de asentir a su ama de llaves para que sirviera la comida.
Mary Anne le guiñó un ojo antes de irse por una puerta abatible que debía ser por donde se iba a la cocina.
—Una amiga lo bastante buena como para querer llevarme a casa cuando se dio cuenta de que no podía conducir.
—¿Y te fuiste del pueblo? —preguntó Benjamin.
—Sí, a San Antonio. —Miró de reojo a Carl. —Allí tengo más trabajo.
—Claro.
—Erica tenía el mejor bar de la zona para pasarlo bien —dijo Christian—. Y bailaba mejor que nadie.
Muerta de la vergüenza por la mirada de Meredith susurró —Exagera.
—¿Exagero? Yo fui pocas veces porque acababa de cumplir veintiuno, pero un día la vi bailar y se quedó sola en la pista con Ed, que prácticamente no hizo nada porque ya lo hacía ella todo.
Gimió por dentro cogiendo a toda prisa la copa de agua.
—Sí —dijo Carl con ironía—. Ed es un gran bailarín.
Su hermano le miró sin comprender. —Pero si acabo de decir… Bueno, da igual. El Rinley era un sitio genial. ¿Ahora trabajas en lo mismo?
—Sí —respondió tímidamente—. Tengo un bar en San Antonio.
—¿De veras? —preguntó Jessica—. Cielo, tenemos que ir antes de trasladarnos.
—Será una excursión de lo más interesante —dijo Carl.
—Seguro que lo pasaremos bien —replicó su hermano.
—Sí, Erica es de lo más divertida. Sabe hacer que te lo pases estupendamente.
Fulminó a Carl con la mirada. —Pues eso deben pensar muchos, porque tengo el bar lleno cada noche.
—Entonces te va muy bien —dijo Jessica contenta.
—En estos años he comprado y pagado el local, así que sí, me va muy bien, tan bien que estoy pensando en comprar el local de al lado.
Carl levantó una ceja. —Seguro que alguien muy generoso te ayudó a financiarlo. ¿A que sí?
—Claro que sí, el banco.
—Para que el banco te dé dinero debes tener alguien que te abale, y que yo sepa cuando te fuiste de aquí no tenías nada, así que a no ser que hayas heredado del borracho de tu padre…
Apretó los dientes con fuerza porque era evidente que quería avergonzarla y dejarla mal ante los Clark.
Y eso sí que no, porque había trabajado como una cabrona para tener un futuro para su hija.
—El primer año alquilé el local y su dueño falleció.
Su viuda habló conmigo por si quería comprarlo y con los ahorros que tenía, los resultados del bar y rogar lo que no está escrito, el banco me financió. ¿Tengo que dar alguna explicación más?
—Claro que no —dijo Christian molesto—. Es impresionante que hayas conseguido tanto en tan poco tiempo. ¿Cómo está Ilsa?
—Muy bien, está embarazada y a punto de casarse con un médico que en poco tiempo será cirujano.
—¿Y tú? —preguntó Jessica con picardía—. ¿Tienes novio?
—No, no tengo tiempo para eso. —Mary Anne le sirvió un plato enorme de chuletas y apretó los labios. —Tenía hambre, pero no sé si tanta. Con la mitad…
—Come, que estás muy delgada —dijo la mujer sirviéndole el plato a Jessica.
—¿Cuidas la línea? —preguntó Alicia.
—No, la verdad es que nunca he hecho dieta.
—Qué suerte, yo he hecho dieta desde los dieciséis —dijo la madre de Jessica—, pero estos días pienso desmelenarme que no se casa una hija todos los días.
—Eso es, cielo —dijo su marido mirándola con cariño—. Tú disfruta, que estás preciosa en cualquier talla.
Erica sonrió porque se notaba que se querían mucho. —¿Llevan mucho casados?
—Uy, toda la vida, niña —dijo Alicia haciendo que sonrieran—. Le conocía desde siempre porque era de mi pueblo. Y cuando llegué a la adolescencia le eché el ojo, aunque se me resistió un poco, era un pendón.
Rieron mientras Benjamin carraspeaba. —No, mujer…
—Ah, ¿que no?
Erica empezó a comer mientras seguían hablando. —Te ligabas a todas, ¿y a mí? A mí me dejó esperando hasta los dieciséis. Él es algo mayor y no me pidió una cita hasta que cumplí los dieciséis. Yo toda contenta porque al fin lo había conseguido y llega mi padre y me prohíbe salir con él.
—¿Por qué?
—Porque aparte de tener mala fama con las mujeres, tenía veinte años. Pero yo me escapé para ir al cine con él. Al final de la película salimos del cine y allí estaba mi padre con los brazos cruzados y cara de mala leche.
—La verdad es que el viejo intimidaba.
—¿Y? —preguntó interesada—. ¿Les permitió salir?
—Qué va, ahí se le cruzó más todavía, aunque toda la culpa había sido mía.
Pero ya le había enganchado y nos veíamos a escondidas hasta que cumplí los dieciocho.
Mi padre lo sabía, claro, pero se hacía el tonto y a los dieciocho me permitió salir con él por primera vez, dos semanas después nos casamos y hasta ahora.
Suspiró. —Debe ser increíble encontrar al amor de tu vida y que te corresponda. Son muy afortunados.
Los Clark se miraron. —Sí, por eso cuando nuestra Jess nos presentó a Christian nos alegramos tanto. Porque nos dimos cuenta enseguida de que eran el uno para el otro.
Los novios se sonrieron y ella en medio. Decididamente estaba mal sentada. Miró a Christian. —¿Quieres que te cambie el sitio para que os achuchéis a gusto?
Todos rieron y Christian carraspeó. —Creo que tendremos tiempo para eso, no te preocupes.
Ella sonrió y al mirar al frente perdió la sonrisa poco a poco porque aquella mujer no dejaba de mirarla como si fuera una de las siete plagas de la biblia.
Incómoda cortó la carne y al mirar de reojo a Carl se dio cuenta de que tampoco le quitaba la vista de encima como si fuera a estropear la boda en cualquier momento. —¿Y tú, Carl, qué tal te va el rancho?
Por su reacción se dio cuenta de que no se esperaba la pregunta. —Bien, como siempre.
—Pues los ranchos que hay cerca de San Antonio están cerrando. Siempre me lo dicen en el bar, los precios de la carne no dejan de subir y los ganaderos cada vez ganan menos.
—Nos acribillan con impuestos —dijo Benjamin.
—Y los precios de los piensos… —dijo la madre de Carl como si estuviera indignada.
—No, por favor —dijo Alicia—. No hablemos de trabajo. Os enfadáis y estamos de celebración.
—Tienes razón, cielo. Pero es que me ponen de una mala leche…
—Pues eso, hablemos de otra cosa.
—Sí, como de la luna de miel —dijo ella a toda prisa para que no sacaran otro tema—. ¿A dónde vais?
—A las Maldivas —dijo Jessica suspirando de gusto—. Después de la boda solo quiero descansar y tomar el sol.