Capítulo 4 #2
Forzó una sonrisa antes de salir e ir hacia su cuatro por cuatro.
—Menuda bienvenida vas a tener en el rancho, porque este ya está avisando a su madre.
—Se sentó ante el volante y suspiró deseando largarse a San Antonio, pero algo le impidió irse.
Seguramente el orgullo le hizo arrancar el coche, pero presentía que aquello iba a ser un desastre.
—Christian, con lo tranquila que vivía yo ahora…
—dijo entre dientes. No dejó de repasar su discusión con Carl todo el camino hasta el rancho.
Ese mamón de Ed… Con lo bien que se había portado con él, incluso le dio dinero cuando cerró el bar y eso que tenía pensado despedirle, pero como se iba del pueblo no quería más malos rollos.
Para que te fíes de las personas. Pero ya le vería la cara, porque era amigo de Christian y seguro que estaba invitado a la boda.
Le iba a decir tres cositas bien dichas.
Ya las pensaría, porque ahora estaba tan de los nervios que ni pensar podía.
Cuando llegó a la entrada del rancho frenó en seco.
—Ay, madre… Bienvenida a la boca del lobo.
—Aceleró entrando en el camino de tierra y pasó por debajo del letrero de forja que ponía Driscoll.
Se notaba que lo habían cambiado hacía poco, demostrando que era el rancho más rico de los contornos.
Se mordió el labio inferior porque nunca había estado allí.
Las cenas que ofrecían los Driscoll siempre eran para los más adinerados de la zona o el alcalde.
A la hija de un vaquero borracho, que además trabajaba de camarera, nunca la habían invitado.
Sintió un nudo en la garganta porque en el pasado deseó que la invitaran miles de veces.
Recordó el cumpleaños de Carl, cumplía veintisiete años y ella le había comprado con toda la ilusión unas botas de piel que le habían costado todos sus ahorros, pero merecía la pena.
Después de hacer el amor le entregó la gran caja y él la miró sorprendido porque no se lo esperaba. —Vamos, ábrelo.
—Nena, no tenías que regalarme nada, acabas de empezar con el bar, no puedes malgastar el dinero.
—Es tu cumpleaños y te lo mereces —dijo algo incómoda.
Él abrió su regalo y dijo —Son preciosas.
—¿Te gustan? En cuanto las vi me dije que eran para ti.
—Me gustan mucho. —Dejó la caja a un lado y la cogió por la cintura pegándola a él. —Pero me gustas más tú. —La besó en el cuello haciéndola reír.
En el presente recordó como esa noche en el trabajo se enteró de que en el rancho estaban de fiesta.
Habían invitado a medio pueblo, pero ella no estaba invitada.
Fue un mazazo que intentó digerir como muchos otros desplantes que Carl le hizo en el año que estuvieron juntos.
Como en su cumpleaños, él ni se acordó y ni fue por allí para felicitarla después de su fiesta de Navidad.
Navidad que ella pasó sola cenando en su habitación encima del bar.
Una lágrima recorrió su mejilla recordando lo sola que se sintió.
Pero la culpa era suya, claro, no tenía que haberse hecho ilusiones con él cuando tenía a medio pueblo tras sus faldas.
Y ahora estaba sola. Bueno, sola no, tenía a Molly, que era la luz de sus ojos.
Frenó el coche y se miró al espejo. Se limpió las lágrimas a toda prisa y se pintó los labios.
—Al menos que te vean decente. —Aceleró de nuevo y subió una ligera colina para frenar de golpe separando los labios de la impresión por lo enorme que era el rancho.
—La leche… —dijo mirando la gran casa blanca de una planta que tenía una puerta central que le recordaba a la de la casa blanca.
—Y yo invitándole a todo, es que es para que te den de leches hasta San Antonio.
—Gruñó acelerando de nuevo y se acercó a la casa.
La puerta principal se abrió mostrándole a Christian, que con una sonrisa se acercó a los escalones del gran porche.
Frenó ante él y sonrió sin poder evitarlo alegrándose muchísimo de verle tan bien.
Bajó del coche y lo rodeó sin quitarle ojo.
—Sigues tan preciosa como siempre, chica. A ver si me arrepiento de casarme este domingo…
—¿A ver si tengo que sacar la escopeta? —Una chica rubia preciosa apareció en la puerta y se acercó a su novio cogiéndole del brazo. —Vaya, me habían advertido sobre tu belleza, pero dejas con la boca abierta.
Se puso como un tomate. —Venga ya…
Se echaron a reír y bajaron los escalones. —Me alegro de verte —dijo Christian abrazándola.
—Yo sí que me alegro de verte tan bien.
—Y todo gracias al amor de mi vida. —Se apartó guiñándole un ojo. —Después de ti.
—Ja, ja —dijo su novia sonriendo.
—Jessica, te presento a Erica Holder, una buena amiga.
—Exagera.
Jessica la abrazó. —Bienvenida.
Emocionada por ese recibimiento asintió. —Gracias.
—Lo pasaremos genial, ya verás. —Se apartó para mirarla a los ojos. —Esta noche tenemos una cena con la familia y mañana hemos organizado una búsqueda del tesoro.
—¿Una búsqueda del tesoro?
—Sí, como tenemos terreno de sobra, Christian ha hecho algo así como una búsqueda del tesoro con pruebas físicas y acertijos para todos los amigos —dijo ilusionada—. Espero que lo pasemos bien y no haya heridos.
—Yo también —dijo horrorizada haciéndoles reír.
Unos pasos en el porche les hicieron mirar hacia allí.
Los años no habían sido generosos con Meredith Driscoll, porque alrededor de los ojos tenía unas profundas ojeras que estaban oscurecidas, su rictus también había cambiado y estaba mucho más seria que antes, cuando iba por el pueblo saludando a todo el mundo con una sonrisa.
Sonrisa que nunca tenía para ella. —Buenas tardes, señora Driscoll.
No le contestó, simplemente se la quedó mirando con esos fríos ojos azules iguales a los de su hijo.
—Bueno, ¿te llevo la maleta? —preguntó Christian sin darle importancia.
—Oh, no, puedo yo.
—Déjale a él —dijo su novia—. Tiene que mantener esos músculos. —La cogió por el brazo y subieron los escalones. —¿Estás hambrienta? Mary Anne ha hecho chuletas de cordero.
—Me encantan —dijo mirando de reojo a la señora Driscoll que parecía a punto de lanzarse sobre ella.
—No se lo tomes en cuenta —dijo Jessica de la que se alejaban hacia la enorme escalera doble que la dejó con la boca abierta—. Ha estado enferma y no está de buen humor. Además, está algo disgustada porque ya queda menos para que nos vayamos del rancho.
Eso captó totalmente su atención. —¿Os vais? ¿A dónde?
—Después de la luna de miel nos mudamos a Ohio. Mi padre tiene un rancho allí ¿sabes? Y adora a Christian, quiere que lo lleve él, confía plenamente en su criterio.
—¿Un rancho? ¿Tendrá su propio rancho?
—Sí, además a mí me han ofrecido trabajar en un hospital que está a veinte minutos de casa —dijo ilusionada mientras subían las escaleras—. Christian tiene muchas ideas para el rancho.
No le extrañaba que su madre estuviera disgustada, se quedaba sin su pequeño. Pero la vida era así. —¿Así que ha estado enferma?
—Tuvo una obstrucción intestinal que terminó en el quirófano.
Justo estábamos de viaje en Ohio y Christian se disgustó muchísimo cuando se enteró.
Ya sabes cómo es Carl siempre quiere protegerle y no nos avisó para que no se preocupara.
Mi suegra salió hace un mes, pero su recuperación está siendo más dura de lo que pensábamos porque se complicó todo con una neumonía.
Íbamos a cancelar la boda, pero se negó en redondo, ¿sabes?
—Menos mal que te tienen a ti.
—Si Carl estuviera casado, igual no sentiría tanto nuestra ausencia, pero las cosas son así. —Abrió una puerta. —Espero que estés cómoda aquí.
—Si necesitas algo —dijo Christian entrando en la habitación con una maleta y una bolsa de viaje—, no dudes en pedirlo.
—Mis padres también están al llegar y varios invitados por mi parte se alojan en el pueblo, pero vendrán a cenar. Ah, excepto Joy, que sí se aloja aquí. Ya verás a mi primo Joy, es un encanto, estoy segura de que os llevaréis muy bien —dijo maliciosa.
—No me líes, no me líes —dijo haciéndoles reír mientras ella miraba a su alrededor. Jamás había visto una habitación tan bonita. La cama hasta tenía un dosel con una tela de flores a juego con las cortinas. Le recordaba a la habitación que había visto una vez en una película inglesa.
—Te dejamos para que te refresques después del viaje —dijo Christian yendo hacia la salida.
Jessica sonrió y salió antes que él. Christian se la quedó mirando. —Me alegro muchísimo de que estés aquí, ¿sabes?
Emocionada susurró —¿De veras?
—Tenía que haberte llamado hace mucho tiempo.
Ella no sabía qué decir a eso. —Nunca es tarde.
—Cierto. —Le guiñó un ojo antes de cerrar la puerta. —¡En veinte minutos abajo!
—¡Vale! —Suspiró volviéndose y a toda prisa cogió la maleta para abrirla y sacar sus cosas. Bueno, no había ido tan mal. Igual podía aguantar todo el fin de semana sin demasiados dramas.