Capítulo 4
Bajó del coche en la gasolinera y cogió la manguera del surtidor de autoservicio.
Sí que habían cambiado las cosas en cinco años, qué modernidades.
Metió la manguera en el depósito y pulsó el gatillo mirando a su alrededor.
Los Maldonado habían pintado su casa de azul, estaba muy bonita.
Y la iglesia había sido restaurada, porque tenía la pintura impecable.
—¿Erica?
Miró sobre su hombro para encontrarse con Bernie Thompson mirándola sorprendida. —Dios mío, eres tú.
—Hola Bernie. ¿Cómo te va?
—Muy bien, ¿y a ti?
—He venido para la boda, ya sabes.
—Oh, claro, claro que sí. No sabía que estabas invitada —dijo extrañada.
—Me llamó el novio en persona.
—Vaya… Eso sí que es pasar página con lo mal que lo pasó el pobrecito, estuvo yendo mucho tiempo a rehabilitación por algo de unas vertebras.
—No lo sabía —dijo preocupada.
—Bueno, pero su prometida está muy pendiente de él. Es fisio, ¿sabes? Una muy buena. Ya te lo contará él. ¿Y qué es de tu vida?
—Tengo un bar en San Antonio.
—Vaya… —dijo como si eso no le sorprendiera.
—¿Y tú? ¿Te has casado con James?
—¿No lo sabes? James está en prisión.
Le miró sorprendida. —¿Por qué?
—Falsificó un documento o algo así, era algo de unas multas de hacienda. Se montó una bien gorda el año pasado con ese tema. Si hubiera pagado las multas no le hubiera pasado nada, pero falsificó una especie de recibo y quiso engañar al fisco, por lo que ahora cumple cinco años de prisión.
—Vaya.
—Pero ya lo habíamos dejado, siempre se metía en líos. Ahora estoy con Steve, el hijo de Steve.
—¿De Steve el tuercas?
—Sí, su padre se ha jubilado y mi chico lleva ahora el taller. Le va muy bien, tanto que ya nos hemos comprado una casa a las afueras y nos casamos el año que viene. Oye, tienes que venir a la boda para que todos los del instituto estemos allí.
Se sonrojó. —Bueno, ya veremos que…
—No puedes faltar. —Sacó su móvil. —Dame tu número, que así te ficho.
Mierda. —¿Así me fichas? —Forzó una sonrisa y se lo dio cambiando el número final, pero para su sorpresa le hizo una llamada perdida. —Uy, no suena. ¿Lo tendré apagado?
Incrédula rio. —¿Me has dado otro número?
—No, claro que no —dijo abriendo la puerta del coche y sacándolo del bolso. Mostró la pantalla en negro—. ¿Ves? Está apagado. Qué despiste.
—Pues enciéndelo, monina, que así tienes mi número.
Menuda vergüenza estaba pasando. Lo desbloqueó sin que ella lo viera y frunció el ceño como si estuviera sorprendida. —Pues no tengo ninguna llamada perdida, qué raro…
—¿A ver? —Bernie estiró el cuello. —Me lo has dado mal.
—Repítemelo.
Ella lo hizo mirando su teléfono.
—Claro, es que el último número es un seis no un tres.
—Ah, lo habré oído mal. —Su teléfono sonó y Bernie sonrió. —Ahora ya tienes mi número. —Le dio un beso en la mejilla. —Nos vemos en la boda.
—Claro, nos tomaremos un copazo —dijo viendo cómo se alejaba hacia su coche.
Mierda, ese fin de semana iba a ser una tortura.
—Gracias Christian. —Sacó la manguera del depósito y al volverse se quedó de piedra porque Carl estaba frente a ella.
Estaba tan guapo que era como para dejar sin aliento.
Ya había cumplido los treinta y tres, pero estaba mucho más hombre que antes y seguramente era así porque estaba más fuerte, lo que demostraba que nunca le había temido al trabajo y que se dejaba la piel para tener el mejor rancho del condado.
Su corazón se aceleró como loco demostrándole que siempre sería el amor de su vida. —Mierda.
—Sí, es una auténtica mierda. ¿Qué haces tú aquí? —preguntó de malas maneras.
Le miró sorprendida porque la verdad es que esa pregunta no se la esperaba después de casi seis años sin verse. Ni un hola, cómo estás ni nada. Se notaba que estaba contento de verla, pensó con ironía. Levantó la barbilla porque ella no tenía nada de lo que avergonzarse. —Pues venir a la boda.
Él parpadeó. —¿Cómo has dicho?
—Tu hermano me llamó personalmente para que viniera todo el fin de semana —dijo con chulería antes de coger la cartera del bolso—. Ahora si me disculpas, voy a pagar. —Se alejó de él sintiendo un nudo en la garganta por las ganas de gritar.
—¿Y dónde piensas quedarte? Porque en mi casa no.
Se detuvo en seco y apretó los labios antes de volverse.
—Si crees que yo quiero pasar por esta situación, estás de lo más equivocado.
He venido obligada, te lo aseguro, tu hermano dijo que se lo debía y he sentido que es así.
Si vas a hacerme la vida imposible durante estos días, te aconsejo que primero hables con tu hermano porque no voy a consentir tus tonterías, ¿me has entendido?
Será mejor que ni me hables, porque es evidente que no tenemos nada que decirnos.
—Sintió un nudo en la garganta pensando en su hija e inmediatamente se arrepintió de sus palabras porque le estaba negando algo que era vital en su vida y no era justo.
Apretando los puños como si estuviera frustrado, dio un paso hacia ella. —Vas a amargarnos la boda a todos, joder. ¡Lárgate al cubil de donde hayas salido y déjanos disfrutar de este día!
—¿Cubil? —preguntó asombrada—. ¿Pero tú de qué coño vas? Me gano muy bien la vida, ¿sabes? Mi casa no es ningún cubil.
Él miró su nuevo cuatro por cuatro y levantó una ceja. —Ya veo que te van bien las cosas, me pregunto a quién le sacarías la pasta para que te vaya tan bien.
Dio un paso atrás de la impresión y pálida como la nieve dijo —¡No me puedo creer que hayas dicho eso, no soy ninguna puta!
Carl la miró a los ojos. —A mí me pediste pasta, ¿no lo recuerdas?
Sus ojos se llenaron de lágrimas y asintió. —Lo recuerdo muy bien. Me había ido de casa y te pedí dinero para abrir el bar. Tres mil dólares, ¿no es cierto? ¿Te recuerdo a todas las cenas y cervezas que te invité durante el año que estuvimos juntos?
—Nunca estuvimos juntos —dijo con desprecio—. Follábamos. Y las deudas se pagan.
—¿Sí? Igual tendría que reclamarte a ti todo el dinero en mercancía que tuve que dejar en el bar cuando me echaste del pueblo.
—Yo no te eché del pueblo —dijo con desprecio.
—¡Lo hiciste! ¡Te aseguraste de que el dueño me echara! ¡Ni me dejaste estar los dos meses que ya había pagado de alquiler!
—Teniendo en cuenta que me debías pasta, quedamos a la par —dijo con una sonrisa que ponía los pelos de punta—.
Escúchame bien… como hagas algo que ensombrezca el día de Christian, te juro por mis muertos que lo vas a pagar.
Si tuvieras decencia habrías puesto una excusa para no aceptar la invitación, pero es evidente que como tu padre no tienes decencia.
No entendía por qué la atacaba así y dolía, Dios, dolía muchísimo. —¿No tengo decencia?
—¿Sabes? Cuando te largaste del pueblo, me enteré de algunas cosas muy interesantes.
—Sí, ¿cómo qué? Venga, suelta todo tu veneno.
—¿Recuerdas a Ed?
Separó los labios de la impresión.
—Pues vino a ver a Christian al hospital y estuvimos hablando.
Y resulta que también te acostabas con él.
Estaba muy enfadado, claro, porque la noche antes de que tu padre intentara matar a mi hermano, le habías echado de su trabajo sin ningún miramiento y…
¿Cuáles fueron sus palabras? Espera que las recuerde…
Ah, sí, ¿crees que me voy a comprometer contigo cuando tengo al hombre más rico de la zona comiendo de mi mano?
Pálida negó con la cabeza. —Yo jamás he dicho eso, Ed nunca fue mi amante.
—Claro, y voy a creerte.
En ese momento se dio cuenta de que por mucho que hablaran nunca llegarían a un entendimiento y el rencor que Carl tenía hacia ella, ya fuera por culpa de su padre ya fuera por Ed, nunca desaparecería. —Me da igual que me creas o no. Ya no eres nada para mí.
Él se tensó. —Ni tú para mí.
Sonrió con tristeza. —Nunca lo fui. Era un entretenimiento que te venía bien.
—Exacto.
—Pues entonces no sé por qué lo de Ed te importa tanto —dijo antes de volverse y dejarle con la palabra en la boca.
Entró en la gasolinera y se acercó a Bill, que lo había visto todo desde el escaparate. —Hola, viejo.
—No tienes buena cara, niña —dijo poniéndole el datáfono delante.
Hizo una mueca. —Va a ser un fin de semana duro.
El viejo miró por la ventana para ver como Carl se subía de malas maneras a la camioneta. —Ten cuidado, niña… —Le miró sorprendida. —En estos años ha cambiado mucho.
—¿Qué quieres decir?
La miró a los ojos. —Es más serio, alguno diría que es huraño y ya no se relaciona con los del pueblo como antes.
Es más, ha marcado distancias con los vaqueros y ya no sale a tomar cervezas después del trabajo.
Muchos dicen que ahora va de jefe y es de los duros, te lo aseguro.
Algunos comentan que se enteró de algunas burlas que hicieron sus empleados en privado sobre Ed y él, ya me entiendes y se las tomó muy mal.
Se llevó la mano al pecho. —¿La gente sabía que estábamos juntos?
—Niña, era un secreto a voces. Siempre se quedaba en el local cuando se iba todo el mundo. Algunos vieron su camioneta en la parte de atrás del bar demasiadas veces antes del amanecer… Cosas así. Cuando tu padre hizo lo que hizo, medio pueblo ya sabía que estabais juntos.
—Christian no lo sabía.
—Christian tenía veintiún años y era un crío. Ahora se hubiera dado cuenta. Ha cambiado muchísimo, ¿sabes? Es todo un hombre.
—¿De verdad?
—Y esa novia suya es un ángel.
Sonrió, se alegraba mucho por él. —Tengo entendido que era su fisio.
—Lo es todavía, porque aunque está bien le vigila como un halcón.
Suspiró metiendo la tarjeta en la cartera. —No sé por qué me quieren aquí.
—Será para poner las cosas en su sitio. —Erica le miró sin comprender. —A veces pagan justos por pecadores y Christian sabe muy bien que tú no tuviste la culpa de lo que le ocurrió. De hecho, todos lo saben.
Suspiró alejándose del mostrador. —¿Irás a la boda?
—Por supuesto, no pienso perderme el espectáculo, viene un grupo de Austin que dicen que es muy bueno.
—Resérvame un baile.
Él le guiñó un ojo. —Te reservaré dos.