Tu amor no es suficiente Capítulo 3
9%

Capítulo 3

Bajó del cuatro por cuatro y cogió su bolso poniéndoselo en bandolera para ir a toda prisa hasta la entrada.

En ese momento le sonó el móvil y descolgó sin mirar quien era.

—¿Hola? Seas quien seas ahora no puedo hablar.

—Sonrió cuando vio que su niña salía en ese momento del cole con su mochilita a la espalda.

—¡Mami! —gritó loca de contenta bajando los escalones ella solita agitando sus rizos negros con sus preciosos ojos azules brillantes de la alegría por verla.

—¿Erica? Te oigo muy mal.

Frunció el ceño mirando el móvil y vio que era un número que no tenía grabado. —¿Quién es? —preguntó agachándose ante Molly y dándole un beso en la mejilla.

—¡Soy Christian! —gritó por teléfono.

Se quedó de piedra y sin aliento dijo —Christian, cómo me alegro de oírte, ¿estás bien?

—Muy bien.

—Siento no haberte llamado o…

—Da igual, entiendo perfectamente lo que ocurrió.

Cogió la mano de su hija que intentaba llamar su atención. —Christian, ¿puedes esperar un momento? —Tapó el móvil. —Nenita, esta es una llamada muy importante y tengo que hablar unos minutos. Luego me cuentas todo lo que quieras, ¿vale?

—Vale, mami —dijo obediente.

Le acarició el cabello y se puso el teléfono al oído. —Lo siento, pero me pillas en la calle. ¿Cómo estás?

—Bien, mi recuperación llevó tiempo, pero todo pasa por algo.

Frunció el ceño. —No te entiendo, pero me alegro de que te lo tomaras tan bien. Intenté verte, ¿sabes? Incluso antes de irme, pero fue imposible.

—Lo sé, Carl me lo contó todo.

Cogió de la manita a Molly y fue hacia el coche intentando ignorar el vuelco al corazón que sintió al oír su nombre.

—Siento mucho como te trató mi familia.

—No importa.

—Pues espero que ya no te importe en absoluto, porque mi llamada tiene un propósito…

Frunció el ceño. —¿Sí?

—Me voy a casar, Erica.

Sonrió. —Me alegro muchísimo por ti.

—La conocí en el hospital y en parte nos conocimos gracias a ti.

Hizo una mueca y él se echó a reír. —Sí, ya sé lo que estarás pensando, pero nos encantaría que vinieras a la boda.

—¿Qué? —Dios, ¿cómo se iba a librar de eso? —Christian, mi padre murió esa noche, intentó matarnos.

—Pero gracias a eso encontré a la mujer de mi vida, alguien que ha hecho que me dé cuenta de lo que es realmente importante y me mostró lo que es el amor sincero y desinteresado…

Aunque no quieras, tú eres parte de esa historia.

Nos gustaría que vinieras para que vieras que de esa noche ha salido algo bueno.

Emocionada susurró —No quiero defraudarte, pero…

—No quería llegar a este punto, pero me lo debes. Jessica te quiere en la boda y si te tengo que presionar con lo que ocurrió para que vengas, lo haré. Me lo debes, Erica.

Suspiró porque no podía negarlo. Gimió por dentro antes de preguntar —¿Cuándo es la boda?

—¡Genial! Es este fin de semana.

Dejó caer la mandíbula del asombro. —Si estamos a martes.

—Pues date prisa en buscar un vestido adecuado. Ah, no te preocupes por el alojamiento, te quedarás en el rancho.

—¿En el rancho? ¡Ni de coña!

—El sábado durante todo el día tendremos varias actividades con los invitados, lo pasaremos genial. Ah, y tráete a quien quieras, por supuesto.

¿Y con quién iba a ir?, pensó antes de que toda la información que le daba se procesara en su cerebro, pero entonces se dio cuenta de lo que quería decir. —¿Eso de las actividades significa que tengo que ir el viernes? —preguntó asombrada.

—Claro, no quiero que te pierdas nada. Y si llegas antes del mediodía mejor. Oye te tengo que dejar, que mi novia me reclama para algo de las flores. Te veo el viernes.

Y le colgó tan contento, aquello no podía estar pasando.

—Mami, ¿ya puedo hablar?

Miró a su hija y parpadeó. —¿Y qué hago contigo?

Molly sonrió. —Quererme mucho.

Sonrió sin poder evitarlo. —Eso ya lo hago, cielo.

—Sí. ¿Sabes que hoy Johnny me ha dicho que su cumple será en el parque?

—¿Pero para su cumpleaños no queda mucho todavía?

—Mamá mira la agenda —dijo demostrando que era mucho más madura de los cinco años que tenía—. Es el sábado. Tenemos que ir de indios y vaqueros. Mami, yo quiero ir de indios que eran los buenos, eso dice Johnny, seguro que él irá de indio.

—¿El sábado? —preguntó entrando en pánico—. ¿Este sábado?

La niña asintió y ella dijo por lo bajo —Mierda.

—¿Qué?

—Que vamos a comprar el regalo. Y el disfraz. —Abrió la puerta de atrás del coche.

—Mami, ¿quién te llamaba? —preguntó escalando ella sola hasta su asiento porque no quería que la ayudara.

—Un antiguo conocido.

—¿Un amigo?

—Casi.

—¿Y qué quería?

—Invitarme a su boda.

Los ojos de la niña brillaron. —¿Una boda con vestido de princesa y todo?

Maldita bocaza. —Sí, cielo.

—¿Con músicos?

—Supongo que sí.

—¿Puedo ir, mami? ¿Puedo?

A ver cómo salía de esa. —Cielo, solo me han invitado a mí.

—Pero yo como muy poco —dijo rogándole con la mirada—. Por favor mami, Lizzy fue a una boda estas vacaciones y le regalaron un montón de cosas para divertirse. Yo nunca he ido a ninguna…

La ayudó a ponerse el cinturón de seguridad. —Tendrás que quedarte con la tía Ilsa, esperemos que no tenga nada que hacer.

—¡No, la tía no! ¡Quiero ir a la boda!

—Tienes el cumpleaños de Johnny, ¿no te lo querrás perder? Habrá tarta y regalos…

—¡Cumpleaños hay muchos en el año y bodas no, mami!

Era demasiado lista para su estabilidad mental. —Pero no te han invitado.

La niña entrecerró los ojos. —Seguro que no quieren que vayas sola, es como en los bailes del cole siempre van en parejas, que se lo he oído a las niñas mayores.

—¿Qué mayores?

—Las que salen en la tele.

Puso los ojos en blanco cerrando la puerta. Estaba deseando librarse de esa boda como para encima llevarse a su hija con lo que eso implicaba. Tenía que convencerla y cuanto antes. Se sentó tras el volante.

—Mami…

Miró hacia atrás. —¿Sí, cielito?

—¿Me comprarás un vestido?

—Vamos a ver, Molly, no vas a ir. Es una boda para mayores, no estás invitada y allí no pintas nada.

Los ojos de su hija se llenaron de lágrimas y gruñó arrancando el coche cuando lo que le estaban arrancando eran las entrañas porque odiaba verla llorar.

—Ahora vamos a comprar el disfraz y el regalo de tu amiguito, ¿vale?

—Giró el volante mirando el retrovisor. —Y rapidito que tengo que ir a trabajar —dijo por lo bajo.

—¡Hoy es martes! —protestó su hija—. ¡Toca peli y pizza!

—Ya cielo, pero es que Blanche hoy no puede ir al bar a sustituirme.

—¡No es justo!

Ella sabía que lo decía más por la boda que porque ella no estuviera después de acostarse. —Eso, tú desahógate que…

—¡Quiero ir contigo!

Igualita que su padre, pensó gruñendo mientras salía a la carretera. —Tendrás pizza y peli, cuando te vayas a la cama yo iré…

—¡Quiero ir a la boda!

—Sí, lo que me faltaba. Yo también quiero divertirme, ¿vale?

—¿Conmigo no te diviertes? —preguntó haciendo morritos antes de echarse a llorar.

—La madre que… —Frenó donde pudo y miró hacia atrás. —Contigo me divierto mucho, eres la diversión más grande de mi universo, pero mamá también necesita estar un tiempo a solas como cuando tú estás con Nancy.

Su hija sorbió por su naricilla frunciendo el entrecejo. —Pero tienes mucho tiempo para eso, no trabajas en todo el día.

Hala, y ya estaba. —¿No trabajo?

—Duermes.

—Porque trabajo de noche, cielo.

—¡Pero desde que te levantas hasta que vienes a buscarme no haces nada!

Es que era para pegarle cuatro gritos. —¿No hago nada? Cielo, también trabajo, quedo con los proveedores para las bebidas y todo lo demás.

Intentó cruzarse de brazos mosqueada, pero solo se los agarró mirando hacia la ventana. —No te quiero.

No había nada que doliera más que un hijo te dijera eso. —Pues yo no quiero a nadie más que a ti.

La miró de reojo. —Pues voy contigo a la boda.

Nada, que no se bajaba de la burra. Iba a ser una tarde larguísima.

Ilsa rio por lo bajo,

—No tiene gracia —dijo colocando unas servilletas.

—Sí que la tiene, es igualita que tú cuando se le mete algo en la cabeza.

—¿Y qué hago?

—No puede ir a la boda. Cómprale algo para que se le pase el disgusto y…

—No servirá de nada, si hasta cuando llegó su canguro le describió el vestido de princesa que llevaría. Que por cierto, no sé de dónde piensa sacarlo. Igual cree que la madrina de cenicienta se lo va a traer y que va a ir a la boda en una calabaza o algo así…

—Menudo marrón tienes encima. —Rio. —¡Cree que eres tan malvada como la madrastra de cenicienta!

Su amiga se partía de la risa y la fulminó con la mirada. —Eh, eh, yo no tengo la culpa de que tu hija sea tan cabezota.

—No, de eso la tienen otros —dijo entre dientes—. Es igualita a su padre.

Ilsa la miró de reojo cogiendo varios servilleteros. —¿Te asusta encontrarte con él?

Apretó los labios. —No me ha dado tiempo ni ha digerirlo, como para pensar en eso.

—Estás cagada.

—Es que no sé qué debo hacer. ¿Me la llevo y digo hala aquí tenéis a vuestra pariente?

—Les da algo.

—Estoy segura de que su madre y Carl lo que menos quieren es verme en esa boda.

—Pues dales en las narices y preséntate allí guapísima con la cabeza muy alta, porque tú nunca has hecho nada malo.

—¿No he hecho nada malo? ¿Seguro?

Ilsa la miró sin entender y ella suspiró cogiendo la caja de cartón de las servilletas para llevarla al almacén. —Déjalo.

—¿Qué has querido decir? —preguntó siguiéndola.

—Es mejor que abramos, lo hablaremos después o mañana o…

—No, lo hablaremos ahora. —Cuando dejó la caja en la estantería Ilsa la cogió del hombro para volverse. —¿Te estás torturando porque él no sabe nada sobre el nacimiento de tu hija?

—¿Y Molly? ¿No tiene derecho a saber que tiene un padre? He visto como mi niña mira a los padres de sus amigas y se me rompe el alma.

Ilsa apretó los labios. —No se portó bien contigo y en aquel momento tomaste la decisión...

—Conmigo, tú lo has dicho. Con Molly hubiera sido muy distinto.

—Vamos, siempre dijiste que le hubieras dado un disgusto, Erica. No te tortures con esto ahora, que te conozco. Él no quería ningún compromiso contigo, estuvisteis acostándoos un año y no se lo contó a nadie. ¡Él mismo te dijo que no hubierais llegado a nada!