Capítulo 2
Caminó por el pasillo del hospital sintiéndose muy incómoda y se estiró las mangas de su camiseta más allá de las muñecas para cubrir los morados mientras se acercaba a los Driscoll.
Carl y su madre Meredith hablaban ante la puerta de la habitación de Christian.
Carl fue el primero en darse cuenta de su presencia y la fulminó con sus ojos azules haciendo que algo se le estremeciera por dentro. —¿Qué coño haces tú aquí?
Meredith se volvió y se tensó al verla. —¿Flores? ¿Traes flores? Desgraciadamente mi hijo no puede verlas, ni olerlas… Puede que nunca se despierte del coma, ¿y le traes flores?
—Señora Driscoll…
—Lárgate de aquí —dijo Carl poniéndose delante de su madre como si intentara protegerla.
Abrumada por la agresividad que mostraban en sus miradas dijo —Quería disculparme por el comportamiento de mi padre y deciros que si necesitáis algo…
—¿De ti? ¿Qué vamos a necesitar de ti? ¡Largo! —exclamó Carl señalando el pasillo—. ¡Largo antes de que pierda la paciencia!
Pálida dio un paso atrás. —Necesito decirte que intenté sacarle, intenté…
Carl la cogió por el brazo herido y ella gritó sin poder evitarlo dejando caer el ramo de flores. La sangre cubrió la manga de su camiseta y él la soltó asombrado.
—Lo siento, lo siento… —Salió corriendo intentando reprimir las lágrimas.
—¡Erica!
Ella entró en el ascensor antes de que cerraran las puertas y sollozó. Un médico la miró de reojo y apretó los labios. —Te sangra el brazo.
—No es nada —dijo agachando la mirada.
—Sangras bastante. ¿Por qué no bajas a urgencias conmigo y dejas que te vea?
—Tengo que irme.
—Vamos, solo serán unos minutos. No querrás ir manchándolo todo por ahí, ¿no?
Cuando una gota recorrió el dorso de su mano apretó los labios. —Está bien.
El médico sonrió pulsando el botón de urgencias. —¿Te duele?
Ella negó con la cabeza.
—Mientes.
Le fulminó con la mirada. —No miento. No me duele, punto.
—Muy bien, como digas. Me llamo Henry, por cierto. Henry Wagner.
—Erica Holder.
—Es un placer, Erica. —Las puertas se abrieron. —Ven conmigo, estoy deseando ver lo que tienes porque no deja de sangrar.
Al mirar hacia abajo vio que la sangre había caído en el suelo del ascensor. —Oh, lo siento.
Intentó agacharse para limpiarlo, pero Henry la cogió por el otro brazo. —No te preocupes, tenemos un servicio de limpieza increíble, ¿sabes?
—Lo siento, no es mi mejor día.
La llevó a través de urgencias y la metió en un box antes de cerrar la cortina. —Por la cara que tienes no hace falta que lo jures. Siéntate en la camilla y quítate la camiseta si puedes.
Ella se sentó y tiró hacia arriba de su camiseta mostrando su sujetador beige. —Mierda, está para tirar —dijo viendo la sangre en la tela. A ver qué se ponía ahora porque no podía regresar así a casa.
Henry se quedó de piedra al ver el gran morado que le cubría casi todo el brazo y el apósito que cubría los puntos que estaba empapado en sangre. —Pero qué… ¿Has tenido un accidente?
—Podrías decirlo así. —Se miró el brazo. —¿Crees que se me han abierto los puntos?
—Probablemente. —Se puso unos guantes y empujó un taburete con ruedas para sentarse ante ella. —Viendo el estado de tu brazo has tenido mucha suerte de no habértelo roto.
—Ya. —Suspiró mirando al frente como si le diera igual y Henry la miró de reojo antes de empezar a quitar el apósito. —¿Tardarás mucho? Tengo que abrir el bar.
—No creo que estés para trabajar, Erica.
—Le digo que estoy buscando a Erica Holder —dijo Carl al otro lado de la cortina—. Estaba herida, sangraba y…
—Usted no puede estar aquí, así que haga el favor de irse o llamaré a seguridad.
Ella miró hacia allí con los ojos como platos y Henry al ver cómo se tensaba dijo por lo bajo —Tranquila, no pasará.
—Usted no lo entiende, tengo que ver qué le ha pasado.
—Le digo que no está aquí.
Henry fue hacia la cortina y la abrió apenas para decir muy serio. —¿Acaso no ha oído a la enfermera? Jess llama a seguridad.
Una camilla pasó tras Carl y tuvo que acercarse con tan mala suerte que la vio. —¡Erica!
—¡Oiga, no puede pasar! —Henry intentó empujarle, pero Carl le esquivó entrando en el box. Vio el brazo y asombrado dijo —¿Estás herida? El sheriff me dijo que habías salido ilesa.
Ella apartó la mirada agachando la cabeza. —No es nada.
—¡Claro que es algo, mi paciente necesita atención y usted no debería estar aquí!
—Joder, no creí…
—No pasa nada —susurró ella haciendo que Carl apretara los puños.
Los de seguridad llegaron en ese momento y le cogieron por los brazos tirando de él. —Venga con nosotros, amigo.
Carl impresionado vio como una lágrima resbalaba por la mejilla de Erica, que no era capaz de mirarle.
—¡Llévenselo! —ordenó Henry cerrando la cortina para que no la viera nadie—. Siento todo esto.
—Da igual —dijo apática.
Henry se sentó de nuevo y una enfermera entró también en el box. —¿Necesitas ayuda?
—No, puedo encargarme yo, gracias.
Ella sonrió antes de salir. Erica no levantaba el rostro y el doctor dijo —¿Él te ha hecho esto?
—Esto me ha pasado por estúpida.
—Una agresión es una agresión.
—Carl no tenía intención de dañarme —siseó antes de mirarle a los ojos—. Y métete donde te llamen, que aquí no te ha llamado nadie.
Iba a bajarse de la camilla cuando él la retuvo. —Eh, eh, voy a curarte, no vas a ir sangrando al trabajo, ¿no?
Gruñó quedándose quieta y él empezó a trabajar abriendo un kit de sutura. —Así que trabajas en un bar.
—Oye, ¿no puedes coserme y ya está? ¿Tengo que darte palique?
—Pues no estaría mal porque me intrigas.
—Si te interesan las intrigas léete un libro.
Henry sonrió. —Puedo leer tu expediente, ¿sabes?
—Pues léelo y deja de darme la plasta. —Suspiró pasándose la mano por la frente. —Perdona, pero es que me duele mucho la cabeza.
—¿Cuándo fue esto?
Le miró exasperada. —¿No te das por vencido?
—Cuando se trata de la salud de un paciente no. ¿Cuándo tuviste el accidente?
—Hace cuatro días.
Él asintió. —¿Te hicieron un escáner?
—¿No ibas a leer mi expediente?
Rio por lo bajo. —Eres muy divertida.
Le miró pasmada. —¿Divertida yo?
—¿Te lo hicieron o no?
—No sé —dijo como si fuera muy pesado—. Estaba bien. —Apretó los labios. —Al parecer soy más dura de lo que parezco.
—¿Cómo fue el accidente? —volvió a insistir.
Bufó. —Mi padre intentó atropellarme y lanzó su camioneta contra la de un amigo, ¿de acuerdo? ¡Yo estaba de pie con la puerta abierta y bum! Salí volando. ¿Contento?
Empezó a coserla sin comentar nada de eso. —Tendré que volver a coserte, voy a esperar un poco a que te haga efecto la anestesia.
Erica miró al frente como si le diera igual y antes de darse cuenta dijo —Hoy han enterrado a mi padre.
—Lo siento mucho.
—Pues yo no, era un cabrón, siempre lo fue.
—Entonces no lo siento nada. —Se la quedó mirando. —Vamos, cuéntamelo, si estás así es por algo y es evidente que no es por tu padre.
—Que tu padre intente atropellarte afecta, ¿sabes?
—Tengo la sensación de que no estás así por eso.
Ella se apretó las manos y miró hacia ellas. —Ese amigo estaba ya sentado en la camioneta y está muy grave.
—¿Está ingresado aquí?
—Es el hermano de Carl. —Hizo un gesto hacia la cortina.
—Entiendo, y no quería verte por aquí.
—Soy idiota, no tendría que haber venido, puede que Christian muera por mi causa y…
—Tú no tienes responsabilidad de las locuras que cometan otros.
—Ya. Carl no piensa lo mismo —dijo con tristeza—. Ya puedo irme del pueblo cuanto antes, porque sino…
—¿Sino qué? —preguntó Henry mosqueado—. ¿Qué te va a hacer?
Le miró sin entender y entonces se dio cuenta de lo que insinuaba. —No me va a matar o algo así.
—Pues te ha agredido, deberías denunciarlo.
—Él no sabía que estaba herida, fue sin querer.
—¿Por qué le defiendes?
Se sonrojó. —No le defiendo.
—Claro que sí, solo hay que oírte. Le defiendes y es obvio que le tienes miedo.
—¿A Carl? —preguntó incrédula—. No, majo, le tengo miedo al poder que tiene. ¡Ya puedo ir cerrando el bar, porque por miedo a enfadarle no habrá vaquero a cien kilómetros a la redonda que se pase por allí a tomarse una cerveza!
Henry empezó a coserla. —¿Qué es, un cacique o algo así?
—Tiene el rancho más grande de la zona, todos quieren llevarse bien con él. Hasta el alcalde le besa el culo porque todos los años él paga las fiestas. No hará ni falta a que él diga nada, nadie se gastará un solo dólar en mi bar por miedo a contrariarle.
—¿Y qué vas a hacer?
—Pues cerrar —dijo como si fuera bobo—. No me queda otra. Como ya tengo pagado el alquiler y las bebidas de estos dos próximos meses, aguantaré a ver si saco algo con algún despistado que pase por allí, después venderé de segunda mano todo el material que es mío y hasta luego.
—¿Te vas a rendir? Tú no has hecho nada malo.
—¿Y eso cómo lo sabes?
La miró a los ojos. —¿Lo hiciste?
Apretó los labios. —Quizás si le hubiera dado la pasta a mi padre cuando me la pidió, esto no habría pasado.
—Erica, escúchame bien, no eres responsable de las locuras de los demás, que se te meta en la cabeza. ¿Cómo se llama ese amigo tuyo? ¿Christian qué?
—Driscoll, ¿por qué?
—Echaré un vistazo a su expediente médico.
Se le cortó el aliento. —¿Puedes hacerlo? ¿Puedes decirme cómo está? —preguntó ansiosa.
—Claro que sí. —Terminó de coser y se volvió para tirar el material en un bol metálico. Se levantó. —Le diré a la enfermera que te limpie eso y te lo tape. A ver si te puede encontrar una camiseta, a veces los visitadores médicos nos regalan algunas.
Salió del box y ella impaciente se apretó las manos.
El gesto hizo que le doliera el brazo, pero no le dio importancia porque le dolía todo el cuerpo demasiado para tomar ese dolor en cuenta.
Igual no debería haberse levantado de la cama.
Agotada porque hacía días que no dormía, se pasó la mano por los ojos y escuchó que entraba alguien.
Apartó la mano para ver a Carl ante ella y Erica pasmada no supo cómo reaccionar.
Él carraspeó como si estuviera incómodo. —Quería… disculparme por lo de antes.
—No tienes que…
—No debería haberte tocado, pero mi madre está pasándolo muy mal y la has alterado.
—Lo siento.
—Joder, no te disculpes —dijo entre dientes—. He sido yo quien ha perdido los nervios, soy yo quien debo disculparme. —Apretó los labios. —Tendría que haberte llamado.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. —No pasa nada. Intenté salvarle…
Él se tensó. —Mi hermano se pondrá bien, tiene que ponerse bien.
Las lágrimas corrieron por sus mejillas y susurró —Se ha acabado, ¿no?
—Joder, claro que se ha acabado. ¿Crees que voy a seguir acostándome contigo después de que tu padre casi matara a mi hermano? ¡Y aún puede morir!
—No fue culpa mía.
—Te dije mil veces que no le provocaras, que había perdido la cabeza y sé de buena tinta que te reíste de él ante medio pueblo, joder —dijo furioso—. ¿Qué esperabas que pasara después de lo de la última vez?
Recordaba muy bien la última vez, su padre la había pillado cuando estaba cerrando y la golpeó a traición por la espalda para robarle la recaudación.
Carl llegó en ese momento y le dio una lección que dejó a su padre baldado, le advirtió que se largara del pueblo, pero su padre rio con la boca llena de sangre y le dijo que les mataría a todos.
Pero aun así ella era la culpable. Daba igual lo que dijera, tenía que culpar a alguien y le tocaba a ella.
El año que habían estado juntos a escondidas de todos, a él le daba igual, porque siempre se había avergonzado de estar con ella.
No era importante en su vida, así que era perfecta para ser el chivo expiatorio de los Driscoll.
—Muy bien, vete. De todas maneras, lo nuestro nunca hubiera llegado a nada.
El dueño del rancho Driscoll jamás tendría algo serio con una camarera.
—Pues no —dijo haciendo que se le retorcieran las entrañas—. Lo nuestro nunca hubiera llegado a nada.
Ella agachó la mirada. —Pues adiós —dijo casi sin voz.
Carl apretó los labios antes de salir del box.
—¿Pero qué hace usted aquí otra vez? —preguntó Henry abriendo la cortina a toda prisa para cerciorarse de que estuviera bien. —¡Fuera de aquí!
—¡Ya me largo, joder!
Henry se acercó. —¿Estás bien?
—Sí, solo hemos dejado las cosas claras. —Sorbió por la nariz. —¿Cómo está Christian?
Henry apretó los labios sentándose ante ella. —Muy grave, Erica.
Sollozó. —¿Se va a morir?
—Todavía es pronto para decirlo, le han puesto varias placas en el cráneo, ¿sabes? Habrá que esperar a ver cómo evoluciona.
—Es buen chico, algo alocado, pero es buena persona. ¿Por qué pasan estas cosas? A la gente buena le pasan cosas malas, mientras a la gente horrible como mi padre viven años jodiendo a los demás.
Henry negó con la cabeza. —No lo sé, Erica. Supongo que tiene que haber personas horribles para que se note más quienes son los buenos.
—Sí, quizás sí.
—He mirado tu expediente. Te fuiste antes de los resultados de los análisis.
—¿Y?
Él suspiró. —Estás embarazada, Erica. ¿Lo sabías?
Sin aliento recordó que cuatro meses atrás se les rompió el preservativo. Pero nadie tenía tan mala suerte. —No, eso no puede ser.
—¿Te ha bajado el periodo?
—Bueno, he manchado un poco, pero nunca me viene la regla a su hora, aunque siempre uso condón.
—Pues algo ha fallado. El embarazo está confirmado.
Pálida miró hacia la cortina y sollozó tapándose la cara con las manos.
—Seguro que el padre…
—¡No hay padre! —Apartó las manos blanca como la nieve. —Por favor, que alguien me dé la camiseta que tengo que irme.
Henry apretó los labios. —Haré que te la traigan cuanto antes, pero quiero que sepas que si necesitas ayuda, puedes llamarme cuando quieras. —Sacó una tarjeta del bolsillo de la bata y se la dio. —Prométeme que si necesitas ayuda, me llamarás.
Sorprendida le miró a los ojos. —¿Por qué haces esto?
—Porque necesitas que alguien te eche una mano, estás al borde de una depresión o de un ataque de nervios y no quiero que hagas algo irreversible.
Parpadeó. —¿Crees que me voy a suicidar o algo así?
—Pues que lo hayas pensado ahora, me preocupa un poco, la verdad.
—Erica Holder es mucho más dura de lo que parece, majo —dijo con rabia—. No pudo mi padre conmigo y esta situación mucho menos. Tengo que cuidar a mi hijo.
Henry sonrió. —Me alegro mucho de oír eso. ¿Quieres ver a tu pequeño?
Separó los labios de la impresión. —¿Ya se puede?
—Y si hay suerte, depende de cuánto estés, puede hasta que sepamos si es niño o niña.