Tu amor no es suficiente Capítulo 1
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Tu amor no es suficiente

Tu amor no es suficiente

Por Sophie Saint Rose

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Capítulo 1

Erica puso una jarra de cerveza sobre la barra y fue a atender al siguiente. Los vaqueros estaban como locos por el partido de béisbol y no dejaban de gritarle a la pantalla gigante que había al fondo del bar. Se cruzó con Ilsa. —Voy a cambiar el barril, se ha acabado el grifo dos.

—Uff…

—Lo sé, tardaré lo menos posible —dijo poniendo un botellín y cogiendo los diez pavos de la barra.

Los metió en la caja a toda prisa y después de dar la vuelta, corrió para meterse en la cocina donde Dotti no daba abasto con la parrilla.

Bajó los escalones haciendo resonar sus botas de cowboy y tiró de la cadena de la luz para ver algo.

Escuchó los gritos de entusiasmo de sus clientes mientras quitaba el enganche del barril para arrastrarlo a un lado.

Cogió uno de los llenos y tiró de él con las dos manos.

Iba a matar a Ed cuando le pillara, mira que dejarla tirada justo ese día.

Tiró de nuevo del pesado barril de metal y lo acercó al enganche.

Lo encajó en la boquilla y cerró las palancas, asegurándose de que estaba bien el gas que haría ascender la cerveza.

Apagó la luz y subió corriendo los escalones.

Al llegar a la cocina por poco se choca con Dotti. —¡Niña!

—Lo siento, lo siento… —La esquivó y corrió hacia la barra. Los vaqueros no dejaban de gritar pidiendo bebida y al llegar al grifo, cogió una jarra grande para sacar la primera espuma del barril.

—¡Date prisa! —gritó Ilsa sirviendo dos jarras.

—¡Erica, mueve el culo! —gritó uno de los más asiduos.

—¡Cierra la boca, Bill! ¡O apago la tele y os vais a ver el partido a casa! ¡A ver si te aguanta tu mujer!

Se echaron a reír. Tiró la espuma al fregadero y siguió sirviendo. —¿Qué te pongo, viejo? ¿Lo de siempre?

—Por supuesto, ¿cuándo te he pedido otra cosa, niña?

Abrió la nevera y sacó un botellín de cerveza antes de ir al siguiente para ponerle otra delante. El vaquero se volvió. —¡Eh! ¡La pasta, Curtis, que luego se os olvida! ¡Ocho pavos!

—¿Ha subido?

—La inflación, ¿qué quieres que te diga?

—Putos políticos.

Sonrió cogiendo el billete y él dijo —Quédate la vuelta.

Tocó la campana y metió la propina en el bote. Ilsa se puso a su lado para cobrar y dijo —Está aquí.

Se tensó y miró hacia la puerta. Su padre borracho como una cuba entró en el local y Erica gruñó porque por la cara que tenía buscaba bronca. Se acercó a la barra y empujó a uno de los vaqueros. —¡Aparta, hostia! ¡Quiero hablar con mi hija!

Erica apretó los labios acercándose a él y apoyó las manos en la barra. —¿Qué quieres?

—¿Qué voy a querer? Pasta, tengo que pagar el alquiler.

—Pues búscate un trabajo.

—¿Y para qué coño te tuve a ti?

Ella levantó una ceja. —¿Tú me tuviste? Anda, lárgate del local, que tengo mucho que hacer.

—Dame dinero, con cien me bastará.

—Y una mierda, nunca te basta, siempre quieres más y estoy harta. —Se volvió para atender a otro.

—¡A mí no me des la espalda! —La cogió por su trenza rubia y tiró de ella con fuerza. Varios vaqueros se tiraron sobre él para agarrarle y que la soltara.

Le miró con desprecio con sus hermosos ojos verdes. —Sacadle de mi local.

—Vamos Troy, no te resistas —dijo el sheriff acercándose.

—¡Puta desagradecida! —gritó él loco de la rabia mientras se lo llevaban—. ¡Todo lo que tienes es gracias a mí!

—¡Sí, gracias a todas las cervezas que te bebías aprendí el oficio!

Varios se echaron a reír y su padre gritó —¡Te vas a acordar de esto! ¿Me oyes?

—Vete a dormir la mona —dijo antes de volverse y ver a Dotti con el bate de béisbol en las manos.

—Tranquila, hoy no volverá.

—Deberías tener cuidado, niña —dijo Bill—. Ha perdido el norte totalmente.

—Bah, es inofensivo. ¿No le has visto? Ya es una sombra de sí mismo, un empujón y se caería al suelo.

—No te fíes, no es la primera vez que te arrea, lo sabe todo el pueblo.

Apretó los labios. —No pasará nada.

Ilsa sonrió. —Ha sido una buena noche —dijo recogiendo su dinero.

—Han ganado los Rangers, chica, eso siempre conlleva mejores propinas.

Su amiga cogió su bolso y se puso la correa al hombro. —¿Qué vas a hacer con Ed?

—Despedirle, ¿qué quieres que haga? Ni ha llamado para dar una excusa, estoy harta.

—Es una pena, me cae bien.

—Cae bien a todos, pero esto es un negocio —dijo inflexible.

—¿Mañana irás a misa?

—Querrás decir hoy… —Suspiró pasándose la mano por la frente mirando el local que estaba patas arriba. Dos de los vaqueros de Driscoll se habían peleado y tenía cosas que arreglar. —Creo que paso, hay mucho que hacer aquí.

—¿Quieres que te ayude?

—Es tu día libre, ni de broma.

—No me importa, no voy a hacer nada en todo el día.

—Pues eso es lo que tienes que hacer, nada. —La empujó. —Lárgate a casa, que tienes que estar agotada.

Ilsa rio por lo bajo. —Eres una mandona.

—Lo sé, por eso no tengo novio, porque todos dicen que mando demasiado.

—No tienes novio porque no quieres…

Cogió la manilla de la puerta para abrirla. —¿Quién iba a aguantarme a mí? —Cerró de un portazo y su amiga se echó a reír al otro lado.

Sonriendo se volvió y cogió una silla que estaba tirada en el suelo para subirla a la mesa.

Aunque Ilsa se había encargado de los vasos mientras ella llenaba las cajas con los botellines vacíos, aún había mucho que limpiar.

Miró el reloj de la pared de una marca de cerveza.

—Las tres de la mañana, no te acostarás hasta las cinco, eso si hay suerte…

Cogió el cubo de la basura, empezó a tirar servilletas y restos de comida cuando escuchó un crujido en el cuarto de baño.

Frunciendo el ceño dejó el cubo en el suelo lentamente y la puerta se abrió sobresaltándola.

Parpadeó sin poder creérselo, porque Christian Driscoll salía cerrándose los pantalones tambaleándose de un lado a otro.

Asombrado miró a su alrededor. —Joder, ¿me he desmayado?

—Tiene toda la pinta —dijo mirando su ropa húmeda y su cara de borrachera máxima.

—Hostia, Carl me va a matar. —Haciendo eses fue hacia la puerta y ella gruñó. —Me voy.

—Ni se te ocurra coger tu camioneta.

—Sí, claro.

—Dame las llaves.

Se volvió y debió marearse porque se cayó sobre una de las mesas haciéndola añicos por lo grande que era. —Joder, lo siento —balbuceó antes de cerrar los ojos poco a poco.

—Ah, no —dijo acercándose—. ¡Christian despierta!

Él abrió los ojos sobresaltado. —¡No puedes quedarte aquí!

—Por favor... —dijo como si fuera un niño.

—¡Ni hablar! —Le cogió de la mano y mosqueada tiró de él. —Vamos, levanta… —dijo con esfuerzo. Vio el llavero colgando de su bolsillo y gruñó cogiéndolo para ver que eran las llaves de la camioneta. —Ya vendrás a buscarla mañana, ahora a casa. Yo te llevaré.

—Eres muy buena. —Sonrió mientras ella se mostraba horrorizada. —Y guapa, guapa.

Gruñó. —Mueve el culo, Christian. No voy a perder toda la noche contigo.

—Muchos querrían estar en mi lugar, ¿sabes?

—¿No me digas? —Tiró de él hasta que se puso en pie y fueron hasta la puerta. El muy capullo para tener equilibrio se apoyaba mucho en ella y la iba a deslomar. —¡Camina recto, leche!

—Eres tan bonita…

—Eso ya lo has dicho, pero la guapura no da de comer.

—Podrías casarte conmigo.

Le miró como si tuviera cuernos. —Si te llevo tres años.

—Me van mayores.

—Deja de decir tonterías, ya tienes a todas las solteras de la zona locas por ti, no me necesitas a mí.

—Van detrás de Carl, no de mí.

—Bueno, mitad y mitad. —Hizo una mueca porque entre los dos se las llevaban a todas de calle.

—Carl siempre lo consigue todo.

—Es el mejor. ¿Participará en el rodeo?

—No.

Llegando a la camioneta le miró sorprendida. —Es el primer año que no se presenta.

—Me deja a mí al cargo —dijo orgulloso.

Este año no apostaba por los Driscoll. Abrió la puerta de la camioneta mostrando el asiento del pasajero. —Sube.

—Te voy a enseñar un video de lo bien que lo hago —dijo sacándose el móvil del bolsillo trasero del pantalón.

—No necesito ver nada, Christian, te he visto montar toros antes.

—Ya verás, me lo sacó mi hermano.

—Arrea para la camioneta, leche.

Le costó un montón ayudarle a subir a la camioneta y cuando consiguió sentarle, escuchó el sonido del motor de un coche y se volvió para ver a través de la ventanilla que entraba en el aparcamiento e iba directamente hacia ellos.

La luz de los faros le impedía ver bien el vehículo y a su conductor.

—¿Qué coño hace ese…? —Al ver que no frenaba gritó —¡Christian sal!

—Le agarró de la mano para sacarle, pero los faros se acercaron peligrosamente.

—¡Sal, corre! ¡Ese loco viene hacia aquí!

—¿Qué? —Christian levantó la vista y ella al ver que no reaccionaba gritó cogiéndole de la camisa para tirar de él justo antes de que la camioneta impactara con fuerza en el morro de la de su amigo y la puerta abierta la golpeara en el brazo antes de tirarla sobre la gravilla del aparcamiento.

Sin aliento levantó la vista y llegó a ella el sonido del claxon de la vieja camioneta roja que tenía delante.

La camioneta de su padre. —¡No, no! —Se levantó como pudo y al acercarse vio que su padre había impactado contra el cristal y lo había atravesado.

Temblando porque su propio padre había intentado matarla, volvió la vista hacia Christian y gritó del horror al ver que tenía el rostro lleno de sangre. Corrió hacia él. —¡Christian!

Le escuchó gemir. —Tranquilo, voy a pedir ayuda.

—Sintiendo el corazón a mil se llevó la mano al bolsillo trasero del pantalón y juró por lo bajo.

—Mi móvil no está. Mierda, lo he dejado en el bar.

—Mareada del shock al volverse se cayó de rodillas.

Gimiendo consiguió ponerse en pie y corrió hacia la puerta del bar tan rápido como pudo.

Llegó a la barra y la rodeó. —¡Dónde está, joder!

—Apartó un trapo y lo encontró. Sin darse cuenta de que su brazo sangraba lo desbloqueó y llamó a emergencias.

—¡Sí! ¡Mi padre ha intentado matarme! ¡Necesito una ambulancia! ¡Christian Driscoll está malherido!

Sentada en la camilla del hospital de San Antonio se miró el brazo e hizo una mueca por los seis puntos que le habían puesto.

Su brazo estaba amoratándose y la pierna no tenía mejor pinta, el impacto había sido de aúpa, pero ella no había sentido nada.

El doctor decía que era por la adrenalina, pero que en los días posteriores aquello iba a doler lo suyo.

Suspiró agachando la mirada y se vio las uñas oscurecidas por la sangre. —Mierda.

El sheriff Potter abrió la cortina y al verla apretó los labios.

—Mi padre está muerto, ¿no?

—Lo siento mucho, niña.

—Hace años que sabía que iba a acabar mal, pero nunca me imaginé que quisiera llevarme con él al otro barrio. —Le miró a los ojos. —¿Cómo está Christian?

—El impacto le ha roto el cráneo.

Se llevó la mano al pecho de la impresión. —¿Ha muerto?

—No, todavía no, pero está muy grave.

—Dios mío, Dios mío… —Sus hermosos ojos verdes se llenaron de lágrimas. —Pobre chico… Solo le llevaba a casa porque había bebido y le he destrozado la vida.

—Se la ha destrozado tu padre, no tú.

—Sí, eso díselo a Carl cuando se entere.

—Ya se ha enterado.

Todo el mundo conocía la mala leche de Carl cuando se cabreaba. —¿Qué ha dicho?

—Como es lógico ha querido saber lo que ha pasado y se lo he contado.

—¿Y? —preguntó casi con temor.

—Niña, tú no has hecho nada malo. —Forzó una sonrisa. —Todo irá bien.

Y una leche iría bien. Se miró las manos, ya podía largarse del pueblo cuanto antes porque si por su culpa moría su hermano, al que quería más que a sí mismo, allí ya no le quedaría nada. Él se encargaría de arrebatárselo.

Cerró la puerta de la camioneta y subió los escalones hasta la iglesia.

Abrió la puerta y se detuvo en el pasillo para verla totalmente vacía, excepto por el cura que se encontraba ante el féretro de su padre.

Caminó lentamente hacia él y se detuvo ante el sacerdote con el ataúd en medio. —Hija, me alegro de que hayas venido.

—No se alegre, padre —dijo mirando el ataúd con desprecio antes de escupir sobre la pulida madera—.

¿Me diste una infancia de mierda y sigues jodiéndome?

—Se acercó a él. —Pues escúchame bien, viejo borracho egoísta de mierda, no vas a destrozarme la vida.

Saldré de esta como he salido de tantas por tu culpa, ¿me oyes?

Espero que te pudras en ese infierno en el que seguro que estás, porque es lo que te mereces, cabrón.

El cura vio asombrado que se enderezaba y caminaba hacia la salida con la cabeza bien alta.