Tú a Nueva York, yo a Chicago (Un sports romance muy ardiente 2) Capítulo 45
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Capítulo 45

Everly

No he podido hablar con nadie, por miedo, pero he pasado tiempo investigando el móvil de mi madre.

La casa de mi madre fue registrada y pensé que mi dormitorio podría haberlo sido también. Por eso cambié mis cosas a su habitación, donde no hay cámaras, y uso la de antes solo para estudiar y para sentir a Seth desde su ventana.

No lo veo directamente, pero siento su mirada entre las cortinas.

Me puse a registrar el dormitorio de mi madre meticulosamente y en el techo del armario noté un desgaste. Era algo raro.

Puse ahí los dedos y, al moverlo, el techo se desplazó hacia la derecha. Pude meter la mano y encontré un ordenador junto a un disco duro.

Llevo, desde entonces, investigando todo lo que hay dentro.

Está encriptado. Mi madre es mala persona, pero no es tonta.

Sé que el disco duro y el ordenador esconden algo importante.

Estoy cerca de descubrirlo. Ahora mismo no me importa nada y por eso no le temo a la verdad.

La necesito, aunque eso me lleve a odiar más a mi padre.

Supo lo que me pasó y no me llamó. No hizo nada.

Recordé a esa niña que lo esperaba sentada, leyendo en el pasillo, por un mínimo de cariño, y me sentí tonta.

Estúpida por conformarme con las migajas, porque mi padre me hizo creer que no merecía más y que si era una niña buena tendría su aprobación. Mi padre estaría siempre conmigo.

Hoy tengo una fiesta en un rascacielos de la ciudad. Ha nevado y me gustaría andar bajo la nieve.

Termino de vestirme de forma meticulosa y dejo entre mis pechos el collar de Seth. Tengo la esperanza de verlo, aunque sea en la distancia. Quiero que sienta que lo sigo amando, aunque saberlo nos haga desgraciados.

No soy capaz de pasar página y olvidarme de él. No soy capaz de pensar que puede existir felicidad si no lo tengo en mi vida. Odio contar cada día que nos separa y saber que serán muchos más.

Pero es la única verdad que puedo vivir.

Me han quitado la capacidad de elegir, pero no pueden mandar en mis emociones. Por eso, seguir amando es la forma que tengo de rebelarme y de sentir que un alma encarcelada es capaz de ser libre mientras ama en silencio.

Salgo de la casa y me espera la limusina de Rob, o eso creo, porque dentro está mi padre.

Vaya, esto sí que no lo esperaba.

Mónica está a su lado. Su mirada se ilumina al verme. Quiero abrazarla con fuerza.

No lo hago.

Solo nos miramos. Las dos sabemos cuál es nuestro lugar en el juego de mi padre.

—Se te ve bien.

—Tranquilo, no se nota ni que no soy virgen ni que casi me violan. —Alza la mano para darme una bofetada, pero lo detengo. Cojo su brazo con fuerza—. No, padre. No vas a volver a pegarme.

—Sabía que hacer caso a tu madre era un error…

—¿Porque ahora soy capaz de pensar por mí misma? Tranquilo, seguiré con esta farsa para salvar a las personas que amo, pero se acabó el tenerte respeto.

—No sabes lo que dices.

—Nunca he estado más segura de nada. Al fin y al cabo, nuestra familia siempre fue un circo.

Me arreglo el vestido y miro la calle con la cabeza alta.

—No eres más que una zorra.

—Y tú no eres más que un desgraciado que pronto ha olvidado que no hace muchos años nació sin nada.

—Nací sin nada, pero he conseguido un imperio.

—Todo para ti.

—Deberías estarme agradecida. No sabes lo que es no tener nada.

—No pienso darte las gracias por tener que mendigar tu cariño. O por verme obligada a casarme con un ser tan horrible como tú. Te odio.

Su mirada se enfurece y, esta no la veo venir, me cruza la cara.

—Con que nunca más, ¿eh? Al fin y al cabo, soy tu padre y yo mando en ti.

Le escupo la sangre en la cara.

Mónica da un grito, porque justo hemos llegado y abren el coche.

Salgo con la cara roja. Lamo mis labios y les doy las buenas noches a los que me han ayudado. Entro con paso firme, sin que nadie note como tiemblo o como mis ojos me escuecen por las lágrimas sin derramar.

Mi padre no me sigue. Seguro que tendrá que ir al hotel para cambiarse la camisa, que le he salpicado de sangre.

Voy hasta los ascensores y entro.

Tomo aire y siento que este cambia. Me giro y veo a Seth entrar con su madre, Glenda, y su hermano menor.

Nuestras miradas se cruzan cuando se pone a mi lado.

Sonríe de medio lado. Siento que lo tenía todo calculado para subir cuando yo llegara.

El ascensor se pone en marcha.

Dejo caer la mano y la suya la acaricia. Su mirada baja por mi cuerpo hasta el collar. Toca con el dedo mi mano. Tiemblo por él. Esto es una locura. Lo voy a poner en peligro, pero daría lo que fuera por detener el tiempo; por tenerlo un poco más para mí.

El ascensor se detiene y Seth, su madre y su hermano salen juntos.

Hago lo mismo y no nos volvemos a mirar, pero mis dedos vibran.

Me alegra saber que ha hecho las paces con su madre. Cuando la vi en una fiesta, sola en el jardín, me acerqué a ella y, tras conversar un poco, me dejé guiar por mi instinto, sabiendo que Seth no daría el paso, pero que se moría porque ella volviera a su vida.

Mi prometido se me acerca. Parece enfadado al ver a Seth.

—¡¿Qué clase se burla es esta?! La señora Roberts… —cuando se divorció, recuperó su apellido de soltera, porque no quería tener nada que ver con su exmarido— lo presenta como su hijo mayor. ¡Es un bastardo!

—¿Te asusta, querido? —le digo con recochineo.

—¿Y tu padre? —pregunta sin responderme.

—No tardará en venir.

Como siempre, Rob habla sin tenerme en cuenta en las conversaciones.

Intento no mirar a Seth, pero es algo imposible. Nos une un lazo muy fuerte y lo sigo, sin querer, por la sala.

Su madre se ve feliz con sus dos hijos. Seth entrelaza su mirada con la mía exactamente quince veces.

Cansada del ambiente, le digo a Rob que me marcho al servicio.

Asiente y prosigue con su aburrida charla.

Llego al aseo y tomo aire. La puerta se abre y escucho el pestillo cerrarse. Miro alarmada hasta que veo que se trata de Seth y mi corazón se acelera por motivos diferentes.

—Estás loco… —lo acuso mientras se me acerca—. Pueden darte una paliza… —Se sigue acercando—. Pueden… —No sigo hablando, porque me besa. Cierro los ojos, queriendo memorizar cada instante de este beso.

Llevo días, exactamente noventa y seis, soñando con volver a besarlo. Creí que no sería posible y esta locura se nos puede ir de las manos, pero, en vez de apartarlo, paso mis dedos por su pelo oscuro y lo atraigo más a mí.

Siento sus manos en mi espalda y como el beso se va haciendo cada vez más ardiente. Nos deseamos demasiado como para poder usar la cordura para detenerlo.

Seth me alza y apoya mi trasero en el mármol del lavabo. Abro las piernas y lo acojo dentro. Estoy perdida en su sabor, en lo que siento y en como la vida me inunda de nuevo.

Toco su cara y me aparto con miedo.

—No quiero que te hagan nada malo.

Besa mi cuello.

—No me lo harán. Mi madre ha invertido dinero en protegernos y evitar que nadie venga a este servicio. Les dirán que está averiado.

—Estáis locos. —Besa mi labio—. Seth… —Toca mi collar.

—Solo tengo una vida, Everly, y aunque solo sea por una caricia, por un beso robado, por una mirada en la distancia, elijo sin duda vivirla contigo.

El corazón me va a estallar por su confesión. Estoy muriendo de amor, ahora mismo, por mi chico de barrio, pero la cordura está ahí y me hace recordar dónde estamos posicionados en esta vida.

—¿Qué clase de vida es esa si no puedo ser parte de cada momento que vivas?

—Será la nuestra. Una en la que luchemos contra las injusticias.

—Es una locura, Seth. —Me besa de nuevo—. Si lo descubren…

—No lo harán y tal vez un día la vida nos dé una segunda oportunidad. Ahí estaré, como cada día. Mientras te piense, mientras nos amemos, mientras esto exista, será real y más fuerte que todo lo demás.

—Tengo miedo.

—Y yo, pero me asusta más perderte del todo. —Tomo aire—. De ellos, solo eres por un contrato, pero de mí, lo eres de corazón. ¿No vale eso más?

—Has cambiado.

—Hablar con mi madre ha eliminado años de odio.

De creer que no me merecía el amor de nadie.

De sentir que nadie me elegiría. Mis anteriores relaciones salieron mal porque, cuando las cosas se ponían feas, yo no luchaba por ellas.

Sin contar la última, que me puso los cuernos, pero con las otras no me esforcé, porque creía que no las merecía.

Tal vez, porque no me importaban tanto como tú, o porque creía que al final ellas se irían.

Como fuera, las dejaba ir sin luchar, y no quiero eso contigo.

Quiero ser parte de tu mundo, aunque sea en la distancia.

No puedo hacer nada más que abrazarlo con fuerza.

Nos quedamos quietos, abrazados en este lugar, testigo de esta locura.

—Un día llegará nuestro momento. —Sonrío y miro las bombillas del techo.

«Lo que me recuerda…»

—¿Por qué me regalaste una bombilla hace meses?

—Porque quería recordarte que hasta las estrellas tienen taras.

—Idiota.

—Bueno, no te conocía. Aún no sabía lo mucho que te gustaban y me agradaba ver que no eras tan perfecta como siempre creí. Tú me has abierto los ojos, princesa.

Nos besamos de nuevo y no puedo refrenar mis ganas de él.

Nuestras manos están por todas partes.

Me coge de los glúteos para alzarme y mi trasero cae sobre la encimera. Besa mi cuello. Gimo perdida en él.

Esto es una locura. Lo sé, pero lo he echado tanto de menos, que no puedo dejar que la lógica se abra paso en este momento, donde el deseo me nubla la mente.

Sube las manos por el interior de mis muslos hasta llegar al elástico de mi tanga. Tira de él hasta quitármelo y se lo guarda en la chaqueta.

—Por los viejos tiempos… y por los nuevos, juntos. —Besa el interior de mis muslos y me agito, ansiosa, por sus atenciones.

Escuchamos pasos, pero no tenemos mucho tiempo. Por eso, se separa y se abre el pantalón para liberar su polla, ya lista para entrar en mí.

La restriega por mi mojada raja, haciendo que el placer aumente por la fricción de nuestros sexos.

Entra con una firme estocada, hasta el fondo.