Tú a Nueva York, yo a Chicago (Un sports romance muy ardiente 2) Capítulo 37
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Capítulo 37

Everly

Seth me llama por la noche. Se supone que estoy de viaje, pero en realidad estoy encerrada en un hostal hasta que desaparezcan los moretones que me hizo Rob por el enfado que tenía.

Temía que, si Seth los veía, fuera a enfrentarse a él, y tengo miedo de lo que pueda hacerle.

—¡¿Con quién estás liada?! ¡Me han dicho que te vieron besarte con otro! —Rob cogió mis brazos con fuerza y me apretó.

Lo miré a los ojos paralizada.

Lo peor es que esto ya lo he vivido con mi padre. Cada vez que me gritaba o me daba una bofetada.

—¡¿Ves lo que me haces hacer?! —me decía mi padre y luego me abrazaba—. Sacas lo peor de mí.

Rob me miró con la misma rabia y me apretó los brazos mientras le decía que no había nadie. Temí que, si se enteraba de lo mío con Seth, le hiciera mucho daño.

Me aterré y por eso le juré que era mentira.

Me dejó ir. Miré mis brazos y le dije a Seth que me iba de viaje por orden de mi padre.

Ya están desapareciendo y podré regresar, pero tengo miedo. Estoy aterrada.

Lo peor es que Rob habló con mi padre y este me mandó una foto de mi hermana y Joss, recordándome que ellos son libres a cambio de que yo cumpla y añadió: «¿Te imaginas que Joss se lesione justo ahora?».

Lo dejó caer, pero ahora ya no creo que no pueda hacerle daño. Mi padre quiere esta unión al precio que sea.

Creí que tenía más tiempo para estar con Seth, pero quizás ya se ha acabado.

Regreso al presente. Descuelgo. Seth parece ausente.

—Hola. ¿Qué tal el día? Yo, de maravilla…

—Deja de mentirme…, no lo soporto más.

Llaman a la puerta. Abro y veo a Seth.

Su mirada es de enfado, pero hay algo más, algo cálido. Nunca me haría daño.

Rompo a llorar, poniendo mis manos sobre mis ojos.

Seth maldice y entra en la habitación. Me coge en brazos y carga conmigo hasta la cama.

—Joder, princesa, me estás asustando.

—Alguien nos ha visto juntos. Me han recordado lo que pasará si tengo algo fuera del acuerdo. No saben que eres tú…

—¿Y por qué no me lo contaste? —Coge mi cara entre sus manos—. ¿Por qué?

—Porque no sé qué hacer. No quiero decirte adiós. Tengo tantas cosas que hacer… Tengo tantas primeras veces que hacer contigo… No quiero decirte adiós. Tengo una lista de cientos de cosas y sé que a tu lado podría ser infinita…

Seca mis lágrimas.

—No tienes que dejarme. Podemos ver la forma de estar juntos.

—Solo un poco más, ¿vale? —Asiente—. Tengo miedo —admito, y lo abrazo con fuerza—. Mi vida no es mía, Seth, y ahora empiezo a ser consciente. No poder elegirte me destroza, porque te… te amo —confieso en un susurro.

Coge mi cara entre sus manos y me mira con calidez.

—Yo también te amo, princesa. Aún no me tienes que decir adiós, ¿vale? —Asiento.

—¿Me puedes abrazar fuerte? No sé cómo dejar de temblar.

Me abraza, pero, aunque lo intento, no puedo dejar de temblar y llorar.

Nos quedamos quietos, sintiendo al otro, sin saber por qué nos prometemos el tiempo o nos decimos «te amo» cuando puede que al quererlo, lo condene.

¿Estoy siendo una egoísta? No lo sé…