Tú a Nueva York, yo a Chicago (Un sports romance muy ardiente 2) Capítulo 35
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Capítulo 35

Everly

—¿Adónde vas? —me pregunta Seth, que regresa de correr y me ve cargada de bolsas.

—Voy a replantar las flores.

—Tu madre las destruirá.

—Lo haré una y otra vez… Mientras esté aquí, pienso luchar por lo que me gusta.

Nos miramos a los ojos. No hace falta que le diga que hasta el último segundo lucharé por él.

—Ahora te mando a Lia. Le vendrá bien hacer algo más que dar pena por su novio.

Asiento y vuelvo a la casa a por más cosas. Cuando salgo y mi madre me ve, sale para sentarse en la escalera del patio, tomando de buena mañana un botellín de cerveza. Lia no tarda en llegar y me ayuda, sin dejar de mirar a mi madre de reojo.

—No la soporto.

—Yo tampoco —afirmo, feliz de estar con ella.

Ninguna habla y tal vez sea porque no nos podemos contar lo que más nos angustia, pero estamos juntas y eso es lo importante.

Al acabar, solo hemos arreglado una parte, pero es preciosa y estoy feliz.

Hago una foto y siento a mi madre acercarse. Se pasea por las flores y las rompe.

—¡Y pum! ¡Tanto esfuerzo para nada! Qué penita das, hija.

—Más pena das tú —digo retadora. Nos miramos desafiantes; apesta a tabaco y a bebida—. Pienso volver a hacerlo, una y otra vez.

—Pues vaya ganas de perder tu tiempo…

—El tiempo lo pierdes tú. La vida la pierdes tú. Todo lo pierdes tú, porque yo solo gano. Gano momentos felices.

—Felicidad… Tu padre nunca te dejará ser feliz. Necesitaba un monigote para ser feliz… ¡Sorpresa! Tú lo eres. Eres tonta si crees que podrás escapar de él. —Se aleja—. Te pienso joder cada puta flor. No me gustan las flores.

—Y yo pienso volver a hacer de este lugar algo que me gusta. No te tengo miedo.

Se gira y me mira. Ve en mis ojos la determinación.

—No soy yo quien puede joderte la vida… —lo deja ahí y sé que lo dice por mi padre.

—Joder, eres muy valiente —indica Lia.

—No lo soy, pero me he cansado de conformarme.

—Eso es bueno. Lo he pasado bien haciendo esto.

La miro y parece muy cansada.

—Y yo también. Podemos limpiarnos y ver algo juntas.

—Estaría bien.

Se va hasta su casa y yo a la mía.

El novio de mi madre me observa y me devora con la mirada. Odio que me mire así.

Me encierro en el aseo para ducharme y lo hago como siempre: con miedo de que abra la puerta y me vea desnuda. Por eso suelo ducharme con ropa interior. Odio este miedo a ser atacada en mi propia casa y sé que Elara ha vivido esto antes.

Al acabar, regreso a mi dormitorio. Tengo un mensaje de Lia, en que me dice que su novio quiere quedar y que lo siente mucho.

Yo también…, porque así no podremos ser amigas, si el novio se mete en su vida siempre.

Decido ir a la agencia para trabajar. Al llegar, Luna está en su despacho.

—Ayer me llamó una mujer. Te buscaba. Quiere que la llames a este número. Parecía agitada.

Miro el número, pero no me suena de nada.

—¿Te dijo cómo se llamaba?

—Mónica.

—Vale. Voy a llamarla, y a trabajar, si no te importa.

—Tú misma. Este sitio es el refugio de mucha gente que quiere escapar de la vida.

Andamos hacia fuera de su despacho y vemos a varios jóvenes que han venido a la agencia para estudiar, usando los ordenadores de las instalaciones. Este lugar es mucho más que una agencia. Tengo que hacer lo imposible por darles un plan empresarial para que no lo pierdan.

Y sé que puedo hacerlo. El reto me tiene emocionada y feliz. Me gusta ser útil. Al menos, una vez en la vida.

Cierro la puerta de la sala de ordenadores y de contabilidad.

Uso uno de los teléfonos de la empresa para llamar a Mónica, porque no me fío de usar el que me dio Seth, por si mi padre está detrás de esto.

—Hola, ¿quién es? —Esa voz no es la de Mónica.

—Hola, preguntaba por Mónica…

La mujer grita el nombre de mi madrastra.

—Hola, Everly. —La voz de Mónica se cuela por el teléfono—. Estoy en casa de unas amigas de la infancia y, bueno…, quería hablar contigo y saber cómo estás.

No hace falta que me diga que no ha podido llamarme antes porque mi padre también tiene pinchado su teléfono, y los ordenadores.

—Tranquila, esto quedará entre las dos —le indico para relajarla.

—Yo…

—No hace falta que digas nada. Te entiendo.

—Quiero saber que estás bien. Necesito saber que eres feliz.

Noto el peso de las lágrimas en los ojos. Mónica tampoco puede escapar de mi padre si no quiere perderme. Antes no lo veía claro, pero ahora lo sé. Lo sé a ciencia cierta.

—Soy feliz aquí, pero esto no durará.

—No, no lo hará. Y puede que luego sea peor.

—Puedes escapar de eso…

—No, si eso supusiera perderte. Eres mi hija… Aunque no te pariera, te quiero como una hija. Deseaba que lo supieras. Que pase lo que pase y vayas adonde vayas, yo siempre estaré ahí, de la forma que me lo ha permitido la vida.

Siento las lágrimas rodar por mis mejillas.

Esta mañana, mi madre, la que me dio la vida, me trató horriblemente mal, y esta mujer, que no me dio la vida, me quiere con toda su alma. Una madre no es solo la que pare, sino la que lo daría todo por tu felicidad.

—Te quiero, pero no te preocupes, soy feliz.

—Rob es como tu padre, Everly. Con él… nunca serás feliz.

—No puedo hacer otra cosa.

—Siempre hay una salida.

—¿La has encontrado tú?

Entonces, pasa algo que no esperaba: rompe a llorar.

Me pregunto si así será mi vida en unos años, llamando a escondidas a mis hijos para que sepan que, a pesar de no poder demostrarlo, los quiero.

Me estoy ahogando.

Muevo el anillo. Cuento mis respiraciones.

—Te tengo que colgar —me dice—. Te quiero.

—Y yo a ti.

Corto la llamada sabiendo que no habrá más. Esta ha sido la única antes de que ella represente su papel de esposa perfecta a la sombra de un marido egoísta.

Centro mi atención en los números, en las cuentas, y me pongo a trabajar sin pensar en las horas o en comer. Por suerte, Luna sí lo hace y me va trayendo comida.

Es tarde cuando Seth se pone en la puerta y me mira trabajar sin decir nada.

Cuando acabo, se acerca y me acaricia la espalda.

—Vamos a casa.

—No quiero ir a esa casa.

—Imaginaba algo así. ¿Vamos a dar un paseo con mi moto? Sé un lugar desde donde puedes contar más de mil estrellas.

—Suena bien.

Recojo mis cosas y vamos hasta su moto.

Nos montamos, tras ponernos el casco, y nos dirigimos a las afueras.

Dejamos la moto para subir una pequeña colina. Al llegar arriba, nos rodea un cielo plagado de estrellas que parece sacado de un planetario.

Lo miro impresionada. Seth me abraza por detrás y se queda a mi lado, sin decir nada, mientras cuento los puntos de luz.

—Las estrellas son recuerdos —le digo—. Muchas de ellas ya no existen y, sin embargo, brillan con tanta fuerza… Tú siempre serás un recuerdo que brille más que ninguno para mí.

—Eso suena a despedida…

—Tengo miedo de que todo acabe antes de poder decirte lo importante que eres para mí. A tu lado no necesito contar nada… Me das paz en medio del caos.

Me abraza más fuerte y besa mi cuello. Me gira y nos besamos bajo este manto de estrellas tan precioso.

Un día, nuestros recuerdos serán como estrellas en mi alma: brillantes y preciosos, para que pueda cerrar los ojos y recordar que un día fui feliz con alguien que me enseñó lo que era estar enamorada.