Tú a Nueva York, yo a Chicago (Un sports romance muy ardiente 2) Capítulo 32
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Capítulo 32

Seth

Al entrar para tomar algo en la cafetería de la universidad, veo a Everly al fondo, sola.

Mi hermana está con su novio. Este la quiere solo para él, haciéndole creer que, cuando se tiene pareja, no se necesita a nadie más.

Odio saber eso y no poder hacer nada.

Lo peor es que, tras mi pelea, me han llegado rumores de cómo era Ville con sus exparejas y no me gusta lo que he descubierto.

Ando hasta la mesa donde está Everly tras coger mi café. Alza la cabeza del móvil y me mira, tras dejar unos libros a su lado.

Sonríe. Disimula de pena.

Ayer no colgué hasta que se durmió y, aun así, me quedé un rato escuchando su respiración. Esto es una locura. Hojea mis apuntes y veo que le gusta mi letra.

Anota algo al margen y lo leo: tu letra es sexi.

—Deja de mirarme como si quisieras que te metiera mano en la cafetería. Puedo leerte perfectamente cuando me miras. Hasta sabía lo que ibas a poner de mi letra —le digo al oído y se altera.

—Yo no te miro así. Tú, que eres un creído. —Me mira de reojo, queriendo parecer enfadada.

No besarla me cuesta horrores y por eso doy un trago a mi café para evitar su boca.

—¿Qué excusa tenía mi hermana para no sentarse contigo?

—Que tenía que estudiar en la biblioteca.

—Me han contado que una de las exnovias de Ville casi se quitó la vida por la manipulación mental a la que la llevó. Una mierda, vamos.

—No me gustaría estar en tu piel. —Pone la mano en mi pierna, por debajo de la mesa, y aprieta—. Quiero creer que Lia se dará cuenta de todo y que saldrá de este círculo vicioso.

«¿Y tú?», me pregunto, pero no lo digo. Solo veo como sonríe para calmarme.

Es preciosa. Es jodidamente preciosa y odio saber que ella también está metida en otra movida, por un padre opresor que seguro que le ha comido la cabeza desde pequeña y cree que, si lo deja, lo perderá y no podrá ser feliz.

Doy otro trago a mi café mientras pienso en que todo es una mierda.

Me cuesta horrores no apartarle el pelo que se ha quedado enredado en sus labios rojos. O no besar la curva de su cuello. Me cuesta mucho no preguntarle si tal vez, solo tal vez, podría haber un mundo donde ella pudiera elegirme… ¡No, joder! ¡Ese no es el trato!

Tenso la mandíbula, molesto por el camino que están tomando mis pensamientos. Cuesta mantenerlos a raya cuando la tengo cerca.

—Me marcho. Intenta ser feliz sin mí.

—Lo soy siempre. Eres un creído —me pica, de esa forma tan suya que me parece adorable.

Voy fuera y el aire frío me acaricia la cara. No sé en qué momento pensé que tener un lío con Everly sería buena idea. Lo peor es que ahora no quiero ponerle punto final… nunca.

Estoy muy muy jodido.

* * *

El entrenamiento va bien, pero el entrenador está nervioso porque necesitamos seguir ganando para conseguir la liga.

No podemos bajar la guardia y los nuevos jugadores están más pendientes de ir de fiesta que de otra cosa.

Por eso me entero de la fiesta en la fraternidad del deporte el próximo fin de semana.

—No sé qué cojones haremos el año que viene, cuando os vayáis los veteranos —me dice el entrenador.

—Piensa que lo mismo maduran.

—Este año están más dispersos que nunca, y llegarán otros nuevos. Sabes que tu promoción es la mejor. Tú eres un gran capitán… Este equipo se irá a la mierda cuando te vayas. Al menos, me quedará el consuelo de verte en la liga profesional.

—Eso si lo consigo.

Me da unas palmadas en la espalda.

—Lo harás. Y, por mi parte, pensaré en algo que ayude a este equipo… —Se pasa la mano por el pelo, cansado.

Yo también pensaré en algo, aunque como entrenador no valdría.

Voy a la ducha. Al salir, veo a alguien apoyado en mi coche.

Es Everly. Noto el corazón latir de forma diferente cuando llego a su lado.

Me fijo en ella: va vestida con ropa sencilla, pero sigue teniendo ese aire de niña pija del que no se puede desprender nunca.

A pesar de eso, cada vez me gusta más, porque es parte de ella y lo encuentro adorable.

—¿Qué haces aquí?

—Estuve estudiando en la biblioteca que hay cerca y pensé que podrías acercarme a casa. —Mueve el cuello y pone mala cara. Seguro que es por las largas horas de estudio.

—Podría, pero pienso cobrarme la carrera. —Abro su puerta y quedo cerca de ella.

—Pon el precio. —Me guiña un ojo y entra en el coche.

Ando hasta el lado del conductor y, cuando entro, la veo con su móvil. Es el de su padre; el que siempre que suena son malas noticias.

—¿Algo nuevo?

—Rob me acaba de mandar un mensaje para ir a una fiesta el sábado, en el club de campo. A la hora de la comida.

—Puedes negarte.

—Sabes que no puedo —dice casi sin voz, agitada por tener que hacerme entender una vez más sus razones. Guarda el móvil—. No quiero pensar en eso.

Aprieto las manos en el volante.

No digo nada. No puedo comentar nada, pero me pregunto, durante todo lo que dura el viaje, si quiero seguir con esto; si me merece la pena estar en medio de una relación que no irá a ninguna parte.

Por eso, la dejo en su casa y no la sigo.

No le pido un precio por traerla y no la miro cuando se va, para no ver la desilusión en sus ojos.

Tengo mucho en lo que pensar, porque cuando estoy a su lado me cuesta mucho recordar que esto es pasajero y no sé si merece la pena seguir adelante, sabiendo que acabaré loca y perdidamente enamorado de ella.