Capítulo 31
Everly
Entro a casa de Lia tras ir a comer con mi prometido.
La comida ha sido aburrida. Su familia es igual a él o peor.
No se me ha permitido hablar en toda la sobremesa.
Nadie quería saber nada de mí o de cómo me van las cosas.
Solo soy una transacción económica para que la empresa de mi padre y la de los García se fusionen y aumenten sus ingresos con este acuerdo.
Lo sé, lo he sabido siempre, pero antes no dolía.
Ahora sí.
El padre de Lia me dice que están en el cuarto de su hija viendo una película.
Esta me escribió para contarme el plan y le dije que me pasaría cuando volviera de la comida.
Al entrar en el dormitorio de Lia, mis ojos se cruzan con los de Seth. Sonríe, dejando claro que sabe en qué pienso ahora mismo. Como para no pensarlo. No dejo de recordar lo que pasó anoche.
Muerdo mi boca y ando hasta él. Por suerte, Lia no se da cuenta de nada, porque está viendo la tele. El sofá es pequeño y, en cuanto caigo en él, me pego a Seth. Su perfume hace estragos en mi cuerpo. Lo necesito más que nunca.
—Voy a por palomitas y más cosas. —Lia sale del cuarto y parece relajada.
—Tienes mala cara. —Seth acaricia mi cuello.
—Ha sido una comida de mierda. Podrías hacer algo para que mi día mejorara.
Miro su boca. Quiero que me bese, aunque sé que no lo hará, porque podrían pillarnos.
—Algo se me ocurrirá.
Su mirada es lobuna y quiero perderme en ella para siempre.
Lia regresa y disimulamos mientras nos deja palomitas. Se tira en su cama para ver la serie. El sofá está delante de la cama y solo puede ver nuestras cabezas.
Su padre aparece para dejarnos más cosas y cierra la puerta. Antes de hacerlo, mira a su hija con cariño. Le gusta verla aquí, tranquila, con nosotros.
Hasta que conocí a los padres de Lia y Seth, creía que el amor fraternal era algo diferente, pero ahora me cuestiono cosas que antes veía bien.
Seth me pone una manta por las piernas. Lo miro y sonríe de una forma que acelera los latidos de mi corazón. Luego, coge las palomitas y me las tiende.
—No tengo hambre —murmuro, para que solo lo escuche él.
—Qué pena —por cómo lo dice, empiezo a comer palomitas.
Están muy buenas y eso hace que acabe comiendo más de las que deseaba.
Noto la mano de Seth en mi pierna, bajo la manta.
No será capaz…
Lo pienso un segundo, antes de que su mano se cuele entre mis piernas.
Llevo un vestido sencillo, azul, de media manga, con unas deportivas. Lo primero que pillé esta mañana antes de meterme en la limusina para cambiarlo por una ropa más refinada. Después, me lo volví a poner tras dejar la ropa elegante allí.
Su mano sigue subiendo mientras apoya su cabeza en la mano que descansa en el sofá.
Miro la película mientras como palomitas, como si nada me importara más.
Seth sube la mano todavía más. No me puedo creer que le esté dejando hacer esto y que la posibilidad de ser descubierta me excite tanto.
Cuela sus dedos bajo mi ropa interior y acaricia mi sexo desnudo.
Sube y baja los dedos mientras trato de ralentizar mi acelerada respiración para que no se note nada. Por eso no dejo de comer. Mientras hago ruidos con la comida disimulo. Como mientras mete un par de dedos dentro de mi vagina. Los saca y los mete lentamente, torturándome.
Tomo aire y como palomitas, cada vez más acalorada.
Frota mi clítoris con su pulgar y quiero correrme con fuerza.
Se retira y vuelve a torturarme, una y otra vez.
Lo miro de reojo y parece relajado. Esto que estamos haciendo está mal, pero solo por eso me excita todavía más. Aprieto las piernas con su mano dentro. Sonríe de medio lado. Me hace abrirlas un poco más y sigue jugando conmigo, hasta que se detiene y veo que saca el móvil. Se levanta.
«¿Adónde narices va?»
—Me marcho. He quedado con mis amigos. —«Lo mato», pienso mientras se va hasta la puerta. Se chupa los dedos que antes estaban en mi sexo y dice—: Las palomitas hoy estaban deliciosas.
Miro de reojo a su hermana, que no se entera de nada, porque está pendiente del móvil. Seth me guiña un ojo y se marcha.
¡Se marcha! ¡Lo odio!
Sigo viendo la película muy enfadada, y muy cachonda. Cada roce es insoportable y no correrme es casi un milagro.
Al acabar la película, le indico a Lia que me marcho a mi casa.
Alza la mirada del móvil y asiente. Se ha pasado toda la película escribiendo a su novio, seguramente.
Salgo y su padre me llama.
Voy a la cocina, donde su madre prepara la cena. Su marido está buscando algo en el cuarto de los trastos, como lo llaman aquí. Tiene cientos de cosas y es donde más tiempo pasa, reparando algunas de ellas y viendo partidos de béisbol y hockey .
—Uno de estos bocatas te lo llevas —me dice la mujer.
—No hace falta.
—Sí hace falta. Además, ya está listo. —Asiento, porque sé que no me dejará irme sin él.
—Aquí lo tengo. —El padre de Seth sale con mi anillo—. Seth me dijo que era importante para ti y que a ver si era capaz de arreglarlo. Bueno, he podido, aunque se nota un poco el apaño. —Se toca el pelo nervioso—. Sé que un joyero lo hubiera hecho mejor…
—Me encanta. —Cojo el anillo, emocionada por el detalle de que haya reparado mi preciada joya. Me lo pongo—. No sabía que se te daba bien hacer de joyero.
—Mi marido ha hecho de todo. Hasta una vez fue jardinero de una casa pija en Nueva York. —Por la mirada que comparten, sé que no deberían haber sacado ese tema. Quizás sea por si yo me lo tomo mal.
—Es un trabajo muy bonito —indico.
—Sí, lo era, pero era muy joven y estúpido. —Ambos se miran y de nuevo siento que algo se me escapa.
—¿Y dónde era? Lo mismo los conozco.
—La familia Roberts —dice tenso el señor Carter—. Pero solo estuve allí un tiempo. Nada importante.
—Los conozco, pero no he tenido trato con ellos. Ni he estado en su casa. Mi padre y el señor Roberts no se llevan muy bien. O llevaban, porque murió hace años, dejando toda la herencia a su nieto. Aunque, como es menor de edad, lo dirige todo su madre.
Noto el ambiente tensarse. Pienso que puede deberse a que la gente que trabaja para otros no se siente cómoda hablando de esa época.
Mi padre los trata como si no tuvieran emociones y, aunque así hay muchos, no son todos.
Por la cara de los Carter, está claro que el tiempo en la casa de los Roberts no fue agradable.
—Gracias por la cena y el anillo. —Ha llegado el momento de irme.
Salgo de la cocina y voy hasta mi casa.
Al entrar, mi madre me quita la bolsa y abre el bocadillo.
—Esa mujer siempre cocinó de puta madre. Gracias, hija.
—Era mío. —Lo mastica de forma desagradable.
—Quítamelo.
—O a mí —me dice su novio, mirándome de forma sugerente cuando lo muerde.
Mi madre se da cuenta y se ríe.
—Con esta virgen estrecha no tienes nada que hacer.
Voy hasta mi dormitorio, escuchando sus risas. Busco mis cascos, tras cerrar la puerta y poner la silla, y me pongo música para meterme en mi mundo y olvidarme por unos segundos de todo.
No lo consigo. Giro el anillo y cuento mis respiraciones. Cojo el peluche de Seth y lo pongo cerca, sintiendo su movimiento, las pausas, que me recuerdan cómo se respira. Poco a poco, me calmo, sabiendo que todo esto solo puede hacerme más fuerte para la vida que me espera.
Cada vez queda menos para mi jaula de oro.
* * *
Estoy mirando vídeos tontos en el móvil, en el que no vigila mi padre, cuando Seth me llama. Descuelgo y lo escucho en los cascos.
—Estoy enfadada contigo —digo.
—Yo estoy en mi cuarto, mirando hacia tu ventana. Iría, pero dudo que pudieras ser silenciosa si me tienes dentro. Ayer ya lo dejaste claro.
Mi sexo palpita.
—¿Y qué propones? Porque te has ido corriendo.
—No era plan hacer todo lo que tenía en mente con mi hermana delante. Fui a dar una vuelta con la moto. Solo, si es tu siguiente pregunta.
Voy hasta la cortina y la aparto. Ahí está Seth, mirando hacia mi ventana. Entre las sombras. Sus ojos dorados están fijos en mí.
—¿Qué propones? Porque hablas de muchas ideas, pero estamos a metros de distancia.
—Me gusta ver cómo te corres en tu cuarto, imaginando que son mis manos las que están dentro de ti.
—O las de otro.
—No, los dos sabemos que ahora mismo no puedes vivir sin mí. —Alzo una ceja y lo veo sonreír—. Quiero que me digas si estás muy mojada, princesa.
Lo miro entre la cortina y llevo mi mano dentro de mi pijama. Mi respiración agitada resuena en los cascos. El micro que llevan hace que pueda hablar con Seth.
Mis dedos resbalan entre mis pliegues y noto como la humedad moja mis dedos y mi ropa interior.
—Muy mojada.
—Por mí.
—No —miento.
Lo veo sonreír de esa forma que hace que mis mariposas dancen con vida propia en mi estómago.
—Mueve los dedos, princesa. Quiero ver cómo te das placer sabiendo que si alguien mira entre las sombras se encontrará con la perfecta Rivera siendo mala.
Eso acelera mi respiración. Nadie puede verme, pero saber que hago algo imprudente y que pueda desagradar a mi padre, me excita.
Joder…, quiero hacerle daño, aunque sea en silencio. Aunque sea sin que nadie lo sepa.
Muevo los dedos hacia delante y atrás. Me trago los gemidos para no alertar a mi madre.
—Imagina mis manos entre tus piernas. Tal y como entraban y salían de ti esta tarde, mientras te tragabas cada uno de tus gemidos. —Hago lo que él me hizo mientras recuerdo el rastro de sus dedos—. Mete un par de dedos dentro. De dentro hacia fuera. Cada vez más rápido.
Lo hago mientras escucho su voz más ronca. Lo miro mientras me doy placer.
—¿Te gusta saber que me toco pensando en ti? —Gruñe. Ahora soy yo la que lo ha dejado sin palabras.
—Lame tu esencia en tus dedos —me pide y saco los dedos. Me los lamo y su respiración se agita—. Joder, princesa… Me pones muy difícil no colarme en tu cuarto.
—Hazlo…
—No puedo… Mételos dentro. Quiero ver cómo te corres, mordiendo esos labios rojos que tan loco me ponen. Cada vez que los miro, te recuerdo con mi polla perdida en tu dulce boquita. No sabes cómo me pone recordar ese momento.
—Eso es porque te gusta tener arrodillada a tus pies a una de mi clase.
—No sabes cuánto.
Meto mis dedos de nuevo dentro, muerdo mi boca y gruñe. Me doy placer, escuchando como le cuesta respirar. Lo hago hasta que casi me corro.
—Córrete, princesa. Quiero ver cómo te dejas ir.
Froto con el pulgar mi clítoris mientras los dedos entran y salen de mí.
Lo hago hasta que me corro. Muerdo mi boca para no dejar salir mis gemidos. Seth gruñe y maldice. Lo miro y parece agitado.
—¿Problemas?
—Me he corrido en los putos pantalones. —Me río—. No hace ni puta gracia. Te cuelgo…
—No, no quiero que me cuelgues.
—Voy a ducharme y ahora te llamo.
—Vale.
Voy hasta mi cama y espero a que me llame. Cuando lo hace, han pasado veinte minutos y ya creí que no llamaría.
—Gracias por el anillo, tu padre me lo ha dado.
—Vaya, me ha jodido el placer de ver la sorpresa en tus ojos.
—Eso lo diría alguien a quien le importo para algo más que sexo esporádico.
—Mentira. —Noto como el corazón se me acelera, porque no me disgusta que le importe.
—Gracias por devolverme mi joya.
—De nada. Así no tendrás que contar estrellas.
—Gracias. ¿Qué planes tenemos para esta semana? Porque tienes que dejar de evitarme.
—¿De verdad tengo que hacer eso?
—De verdad…
—¿Y podrías dejar de mirarme como si me quisieras desnudo entre tus piernas? —Tiemblo.
—Por supuesto. —No lo veo, pero sé que sonríe de esa forma ladeada que tanto me gusta—. ¿Puedes hablar conmigo un poco más? Sé que tienes cosas que hacer y que…
—Puedo quedarme al teléfono hasta que te duermas mientras abrazas al peluche. Te he visto con él. Me gusta saber que tienes algo de mí…
—No podré llevármelo. —Se hace el silencio y me cuesta tragar el amargor que noto en la garganta—. ¿Lo cuidarás por mí?
—Qué remedio. Hemos adoptado una mascota antiansiedad. —Sonrío—. En mi armario estará bien. —No hace falta que diga que verlo cerca le recordaría a mí y tal vez no le apetezca.
Me trago el nudo que se ha formado en mi garganta. Pestañeo para deshacer las lágrimas, porque sé que no lo haría porque no me quiera recordar, sino porque es mejor hacer como si esto nunca hubiera existido.
Tomo aire y lo escucho hacerse la cena mientras me entra el sueño. No entendí lo sola que me sentía hasta que lo conocí.
Le pido que me cuente cosas de sus estudios. Estudia Fisioterapia Deportiva. Se nota que le gusta mucho.
Cuando habla de las clases memorizo cada cosa, aunque no quiera, y sé que eso me pasará con Seth. Memorizaré cada instante a su lado y se quedarán grabados a fuego en mi memoria para siempre.
Empiezo a estar aterrada por lo que siento cuando lo tengo cerca…, porque me da miedo desear que lo nuestro sea tan infinito como contar estrellas.