Tú a Nueva York, yo a Chicago (Un sports romance muy ardiente 2) Capítulo 30
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Capítulo 30

Seth

Miro a Everly dormir mientras preparo algo para que desayune antes de irse a su dormitorio.

No quiso irse a su casa.

Tras darnos una ducha, me robó una de mis camisetas y se metió en mi cama, como si fuera lo más natural del mundo. O como si dormir abrazados no fuera peligroso para dos personas que no pueden acostumbrarse el uno al otro.

Ayer estaba muy cabreado y me costó mucho recordar que era virgen, para tratarla con suavidad. Por eso le dejé tomar el control… en parte.

El sexo con ella fue increíble. Nos compenetramos de una forma que asusta.

Abre los ojos y me mira antes de levantarse. Está preciosa con el pelo revuelto y los labios aún rojos por mis besos. Sonríe y sale de la cama medio zombi.

—Intuyo que me tengo que ir ya. —Asiento—. ¿Cuánto tiempo tengo?

—Una media hora.

—Vale, da tiempo a comer algo y a que me enseñes cómo se hace eso. Quiero aprender muchas cosas. —Sus ojos brillan de emoción por la idea de aprender cosas que no le van a servir de nada en su vida, ya estipulada por su padre.

Se alza y me besa con lentitud.

—¿Da tiempo a uno rápido?

—Muchas cosas quieres hacer en media hora. —Se ríe—. No, no da tiempo, porque no seré tan dulce contigo la próxima vez.

—Me gusta cómo suena eso. —Mete el dedo en la nata y coge un poco. Lo mete otra vez, pero la agarro para lamer su dedo—. Has dicho que no hay tiempo —me rebate coqueta.

—Solo estoy lamiendo tu dedo. Eres tú la que se ha levantado cachonda.

Se ríe y se alza para besarme, como si fuera lo más natural entre dos personas que afirman que solo quieren sexo del otro.

—Vale, enséñame esto.

Le pregunto si se refiere a hacer tortitas y asiente, mientras no deja de meter el dedo en la nata.

«Joder…, me pone muy difícil concentrarme.»

—¿Qué más quieres aprender? —me intereso para cambiar de tema y no acabar con ella sobre la encimera, llena de nata para lamerla entera.

—A patinar.

—Soy pésimo profesor. Tu hermana puede dar fe de ello.

—Dudo que lo haga… A veces no sé de qué hablar con ella.

—¿Por qué? Elara habla de todo.

—No la conozco. No hemos tenido esa oportunidad.

—Tu padre no es tonto. Sabía que si os separaba sería más fuerte ante cada una de las dos. Juntas, muchas cosas que ha hecho contigo no las habría podido realizar.

Me mira curiosa.

—Es posible. Ahora no es fácil hablar con ella sin que me diga que debo romper con todo; que no debo seguir con papá… Es complicado que la gente entienda tus decisiones, por malas que sean.

—Eso me recuerda a mi hermana.

—Sí, ella ahora está cegada por Ville. Si le dices algo que la ponga en contra de quien siente que es su apoyo, tal vez se aleje de ti.

—¿Te ha pasado eso con mucha gente?

—Tristemente, sí. Yo no tengo amigas. Tenía a Joss, porque me entendía y no me juzgaba. El resto no comprenden que hagas lo que te dice tu padre. Y las que son de mi mismo rango social no me caían bien.

—Demasiado sosas, como tú —la pico.

—¡Eh! Yo no soy sosa. —Alza las cejas, tratando de parecer amenazante—. No sé qué consejo darte para Lia…, pero si la presionas, quizás la acerques más a él.

—Lo sé. Come, que tienes que irte antes de que se despierte mi padre.

—No quiero volver a la casa del mal. —Pone morritos y la beso—. Podría irse mi madre de viaje de nuevo. Aunque no sé de dónde saca el dinero.

—Yo tampoco.

—Debe de tener una fuente de ingresos que no sabemos. —Da un bocado a la tortita—. Pienso investigar.

—¿Y si lo dejas estar? Esa mujer no trae nada bueno.

—No, no lo voy a dejar estar. Pero tranquilo, que sé cómo hacerlo. No te lo he dicho, pero cuando mi padre me llevaba a trabajar a su empresa, se me daba muy bien jaquear archivos y colarme en sitios que mi padre no deseaba que viera de sus redes.

—Esto sí que no lo esperaba.

—Mi padre tiene muchos libros de informática. No me deja comprar novelas y yo necesitaba leer algo. Desde pequeña he leído muchos de sus libros de la biblioteca y he practicado en mi ordenador.

—¿Y no se dio cuenta?

—Sí, claro, me tenía vigilada en casa, pero en la empresa, no. No me dijo nada, porque lo ve como un entretenimiento sin importancia.

—Eres consciente de que seguramente seas un cerebrito, ¿verdad?

—Sí… Soy superdotada —me confiesa con pesar en la mirada—, pero eso no me sirve de nada. —Aparta la tortita—. Me marcho. Nos vemos pronto. Espero que la siguiente vez no sea tan vainilla o me aburriré de ti.

—Dudo que te aburras de mí… Tengo algo para ti; para ayudarte a dormir. —Voy hasta al armario y lo saco. Dudo con él en las manos—. Es una chorrada…

—¿Un peluche? —Lo coge curiosa—. Tuve uno hace años… —Veo tristeza en sus ojos—. Hasta que mi padre mandó que lo tiraran porque dijo que era demasiado mayor para tener peluches… Es precioso. —Lo toca y lo enciendo, ya que el muñeco hace como que respira—. ¿Para qué sirve?

—Ayuda a dormir a las personas con ansiedad. Como no tienes tu anillo y tal vez te quedes sin ovejas que contar…

Lo observa emocionada. Lo acaricia y me mira con los ojos brillantes antes de abrazarme con fuerza.

—Gracias por investigar esto por mí. —La abrazo sabiendo que me estoy quemando. Joder, a su lado cada segundo es uno más donde me hundo sin remedio hacia unas emociones que no quiero—. Lo llamaré Seth.

—Qué ridícula.

Se ríe y me besa.

—Gracias… Gracias por todo.

Coge sus cosas para irse, dejando tras ella ese reguero de perfume que tanto me gusta.

«Corta esto ya», me grita la voz de la razón.

No lo haré… No puedo. A pesar de saber adónde me conduce irremediablemente esto.

* * *

Antes de la comida voy al cuarto de Lia. Está tirada en la cama con mala cara. Quiero gritarle que es una idiota por conformarse con alguien que no la merece. Quiero decirle mil cosas… que solo la alejarían de mí.

Tal vez he conocido a Everly cuando era necesario para no perder a mi hermana.

Es duro sentarme en la cama de Lia y no decirle que su novio le hace daño, que la está destrozando y que a su lado ha cambiado tanto, que me cuesta reconocer a la chica alegre y dulce que era. El roto era yo y no ella. Ahora, cuando la miro, está triste y demacrada.

Odio no poder hacer nada por miedo a perderla. Por miedo a ponerle en bandeja a un sinvergüenza que merece todo lo peor de la vida.

—¿Como estás? —le pregunto. Veo en sus ojos el miedo a que le diga algo sobre su novio.

—Bien, ¿y tú?

—Cansado.

No he dormido una mierda, porque lo que pasó con Everly me tuvo despierto mientras la sentía dormir en mi pecho. No se lo digo. Al fin y al cabo, los dos callamos, pero ella nunca ha sido así. Mi hermana hablaba por los codos. No tenía que sacarle las palabras de la boca.

—¿Seguiste la fiesta luego?

—Un poco.

—Así no darás lo mejor de ti en el juego.

—Lo tengo controlado. —Se va relajando cuando ve que no saco el tema que debería—. ¿Vemos esta tarde una de tus pelis moñas? Puedo hacer palomitas dulces.

—Estaría bien. Se lo diré a Everly. —Sonríe y la abrazo. Se queda quieta, tal vez porque nunca la suelo abrazar.

—Te quiero —le digo, lo que la rompe y la hace llorar.

Sé que sufre… Sé por qué… Pero callo para no perderla, porque es una de las personas que más quiero.

Nunca creí que amar significara también tener paciencia.

Trago las lágrimas que quisiera derramar.

La noto llorar en mis brazos sintiendo a mis padres cerca.

No digo nada. No hace falta. Sé lo rota que está.

Veo lo mal que está por una relación tóxica que la está consumiendo por dentro.

Ella misma no entiende lo que le pasa. No sabe ver que está así por él.

La sujeto mientras se hunde y yo me hago el tonto para que no sepa que sé lo que necesita, y no es a él.

La dejo en su cama mientras se hace la comida.

—No sé qué decirle —comenta mi madre en la cocina.

—No podemos decirle nada.

—¿Cómo ha podido acabar con un capullo así? Esta mañana la trajo. Yo estaba en el porche limpiando y el desgraciado me miró desafiante. Lo hubiera cogido de los pelos y usado su cabeza de fregona.

—Me habría encantado verlo. —Sonríe, a pesar de todo—. No podemos decirle nada. Solo estar ahí.

—Es duro.

—Lo es.

—Sé lo que hay que hacer. Lo hago contigo desde hace años.

—Yo no soy así…

Alza una ceja.

—Ella tiene un novio horrible que la boicotea, pero tú eres tu peor enemigo.

Voy a por algo de beber inquieto, porque sé que tiene razón.

—Eso no es así —protesto.

—Lo es, pero aquí sigo, paciente, hasta que un día te abras a mí. ¡Qué hijos más complicados me han tocado! Pero, para mí, son los mejores del mundo.

La miro. Me quiere como si me hubiera parido ella.

Es mi madre en todos los sentidos, pero la herida que dejó mi otra madre nos ha separado, a pesar de que yo era solo un niño.

No sé cómo ser de otra forma; no sé cómo dejar de creer que yo solo puedo con todo.

No sé cómo dejar de sentir que un día estaré solo y, por eso, debo aprender a cuidarme sin necesitar a nadie.

—Pues como Lia sea como yo, iremos de boda. —Pone los ojos en blanco, porque los dos sabemos que llevo años sin pedir ayuda, aunque mi alma grita.

—Joder, espero que no. No lo soportaría.

Por primera vez en muchos años, me pregunto si ser como soy no estará lastimando a las personas que más quiero.