Capítulo 26
Everly
Seth me está evitando. En la universidad no lo he visto y en la agencia ha sido Luna la que me ha llamado para darme trabajo. Es con quien he estado trabajando esta semana.
He quedado con Joss en dos horas.
Es viernes y no dejo de darle vueltas a como me evita Seth.
Tal vez lo mejor sería que toda esta locura se acabara, pero no quiero.
Me ha costado mucho dar este paso tan egoísta, en el que solo he pensado en mí, por una vez en la vida.
Quiero más, mucho más de lo que tuvimos, y si no es con él… , no descarto buscar a otro.
Salgo de mi cuarto, ya vestida para irme.
Mi madre está viendo una película. No trabaja nunca y no sé cómo tiene dinero suficiente para que no le quiten la casa, o para no morir de hambre. ¿Quién le paga los viajes? ¿Sus novios? Lo dudo, pero alguna explicación tiene que haber.
—¿Te marchas?
—No creo que te importe —le indico.
—Te crees mejor que yo, ¿verdad? —Masca el chicle de una forma escandalosa.
—Con poco, cualquier persona es mejor que tú. —Se ríe y se levanta para mirarme.
Huele a tabaco y a sudor. Siento asco de tenerla cerca y pensar así de una madre me hace daño, aunque esta mujer nunca me haya dado cariño.
—No eres mejor que yo, porque yo soy libre y tú no. —Se carcajea ante esa gran verdad que no puedo rebatirle.
Salgo de la casa y su risa me persigue.
Cuento los pasos hasta la parada del autobús. Cuento los semáforos, cuento los coches… No consigo calmarme. Mi madre siempre me altera. Giro y giro el anillo hasta que siento las bolas caerse.
«No, no.»
Bajo a la calzada y las recojo. Una mujer amable me ayuda.
Cuando subo a la acera, tengo el anillo roto, el corazón acelerado y los ojos llenos de lágrimas, que hace tiempo dejé de derramar, pero ahora duelen cuando se anclan en mi pecho, porque soy incapaz de dejarlas salir.
Saco el móvil. Queda una hora para ver a Joss.
Miro mis contactos y llamo a Seth.
Me lo coge enseguida.
—Te odio —le digo enfadada.
—Dime algo que no sepa.
—Teníamos un trato. No sabes cómo me ha costado…, como me ha costado dejarme llevar por mis dedos, en vez de por los de todo el mundo, y ahora me ignoras. ¡No lo merezco!
—No, no lo mereces.
—Me pienso buscar a otro.
—Hazlo, tal vez sea lo mejor.
Cuelgo y miro el anillo roto en mi mano.
Lo guardo en el bolso y doy una vuelta por la zona para calmarme.
El rechazo de Seth me hace daño, porque cuando estaba a su lado me sentía valiente con mi lado salvaje.
No se me pasa el dolor, pero camino hasta donde he quedado con Joss sin saber qué decirle. Sin saber quién ser con alguien a quien quise tanto hace años.
Veo a Joss apoyado en la pared, mirando el móvil. Sigue tan guapo como siempre.
Alza la mirada y nuestros ojos se encuentran tras años evitándonos.
—Pensé que no vendrías —dice, y se acerca hasta mí.
—A mi hermana le hace feliz este encuentro y aquí no tengo niñeras.
—Eso he visto. —Mira tras de mí—. ¿Todo bien? No tienes buena cara.
—Sí, todo lo bien que se puede estar viviendo con una mujer inestable.
—Elara me ha contado cosas horribles de esa mujer… Ten cuidado.
El dolor en el pecho aumenta, por mi hermana, por lo que ha vivido.
—No me extraña. ¿Pasamos a cenar? —Asiente y entramos en el restaurante que ha elegido Joss.
Ha reservado mesa y cuando les decimos el nombre, nos conducen hasta el final del local.
Nos sentamos y no sé qué decir. No sé cómo ser con quien es mi ex mejor amigo. Por eso, me centro en la carta como si fuera un salvavidas y pedimos la cena.
Cuando se van, el silencio es incómodo.
—No sé por dónde empezar. —Sonríe—. Solo quiero que sepas que nunca quise hacerte daño. Tampoco sé qué pasó para que todo se estropeara. —Se pasa una mano por el pelo, nervioso.
—Te vi con mi hermana y me di cuenta de que nunca me mirarías así.
—Éramos amigos.
En sus ojos veo el deseo de saber la verdad y decido dejar ir mi verdad; esa que no le conté hace años, porque me dolía demasiado compartirla.
—Lo sé, pero yo me aferré a ti. Creía que toda mi vida estaría resuelta.
Me casaría con mi mejor amigo, podría hacer caso a mi padre y, a la vez, estar con alguien a quien quería, del que creía estar enamorada.
—Su gesto cambia—. Cuando te vi mirarla a ella, me di cuenta de que nunca me mirarías de la misma forma.
Eso lo estropeó todo. Me volví celosa, controladora…
—Porque estabas sufriendo.
—No debí sentir más que tú. No era el trato.
Coge mis manos sobre la mesa.
—Si algo he aprendido es que sobre los sentimientos no tenemos ningún control. —Su caricia me calma, aunque no siento nada. Nada de nada. Solo el consuelo de un viejo amigo—. Siento no haberme dado cuenta.
—Se me da bien ocultar mis emociones. En verdad, creo que nunca me enamoré de ti. —Ahora que estamos siendo sinceros, lo veo así de claro—. Me enamoré de la seguridad de compartir mi vida con alguien importante para mí.
—Te entiendo. No estar juntos te ha llevado a caer en brazos de Rob García. —Nos traen algo de aperitivo—. ¿Por qué no rompes con todo?
Centro mi atención en la comida.
—No quiero hacerlo, Joss. Yo quiero a mi padre. Quiero a Mónica… Quiero esa vida —afirmo, pero ya no estoy tan segura de que quiera eso. De que quiera volver a todo eso como si nada. Es como si lo que yo deseo no importara.
Suena su móvil y es mi hermana. Joss mira el teléfono con cariño. Ese amor en sus ojos me da paz. Me gusta verlos tan bien juntos. Hago esto por no perder a mi padre, pero, sobre todo, para que ellos sean libres.
—Sí, estamos cenando juntos. No…, no nos hemos matado. —Sonríe—. Creo que hasta estamos haciendo las paces… Yo también te quiero.
Sus palabras tan bonitas para mi hermana me hacen feliz.
Sonrío y, cuando cuelga, no hace falta que me explique lo mucho que la quiere.
—Tienes suerte, Joss —le digo, antes de comer algo.
—La verdad es que sí, pero Elara nunca será feliz si no te tiene con ella. Vuestro lazo es muy fuerte y lleva años lastimado.
—No creo que eso pueda cambiar pronto. Al menos, podemos estar aquí, cenando, y tal vez un día ella pueda estar conmigo.
—¿Cuál fue el precio por su libertad y la mía?
—No sé de qué hablas.
—Sí lo sabes, Everly. ¿Te cambiaste por ella? ¿Por eso te has prometido?
—No he hecho nada que no tuviera que hacer tarde o temprano. Lo sabes mejor que nadie, aunque ahora hayas olvidado cómo es ser el hijo de un hombre influyente.
—No lo he olvidado. Es solo que…
—¿Podemos cenar y no hablar de eso? Tengo derecho a elegir mi camino.
Joss asiente, no muy convencido.
Hablamos de hockey . Saco el tema porque sé que hará que no se centre en temas que solo nos harán daño. Está claro que ha cambiado. El Joss de antes me habría entendido más, pero ahora que ha roto con todo, cree que el resto lo tenemos igual de fácil para hacerlo.
Voy a girar mi anillo, pero el recuerdo de que se ha roto me pone triste.
Al salir de la cena, sus compañeros del equipo le informan de que están cerca, tomando algo.
Voy con él, ya que no tengo ganas de volver a casa, con mi madre y su novio cerca.
Al entrar, reconozco a algunos del equipo de Seth.
Alzo la mirada y lo veo al fondo. Su mirada es fría, sus ojos dorados no transmiten nada. No parece el mismo hombre que me besaba hasta dejarme sin sentido.
Me ignora. Lo ignoro.
Joss me presenta a sus compañeros. Uno es Brice, quien me cuenta que es amigo de Elara y que esta es muy amiga de su hermana pequeña.
Hablo con él de Elara y de su hermana. La verdad es que mi hermana parece tenerlo siempre fácil a la hora de buscar amigas.
Yo nunca lo he tenido fácil. Siempre me ha costado tener una confidente. Con Lia siento que podemos ser amigas, pero su novio no deja que nos soltemos. A veces creo que me odia.
Se nos acerca un compañero de Brice.
—¿Te invito a otra copa?
Miro mi vaso vacío. Joss me trajo algo de beber cuando me puse a hablar con Brice.
De reojo, observo a Seth, que está al lado de una chica que se lo come con la mirada. Si quiero seguir mi camino por una vez en la vida, debo abrirme al mundo.
Asiento y voy con el compañero de Joss a la barra.
—Me llamo Serbal.
—Everly.
—Lo sé, lo he escuchado cuando te presentabas a Brice. —Coge la carta de bebidas—. No puedo beber mucho, pero este es mi favorito y no tiene mucho alcohol.
—Me parece bien.
Pide uno para cada uno y lo preparan enseguida. Cojo el mío y brinda sin dejar de mirarme a los ojos. Cuando me llevo el chupito a los labios, sigue con la mirada cada movimiento. Espero que mi cuerpo dé una sacudida, que mi cuerpo arda por su mirada, pero no lo hace.
El chupito no está mal.
Se me acerca para hablar. Demasiado para mi gusto, pero lo dejo hacer, como si esperara alguna reacción por parte de alguien de ojos dorados. Estoy siendo patética, lo sé, pero por dentro quiero pensar que le jode que esté con otro.
Serbal propone jugar a los dardos. Soy malísima y así se lo digo.
—Yo te enseño.
Asiento y vamos hasta el fondo, donde está Seth. Su mirada se agudiza mientras bebe de su vaso.
«Jódete», pienso mientras lo miro. La verdad es que esto de ser mala me está gustando. Aunque seguro que a Seth le da igual todo.
Serbal me explica cómo tirar los dardos y pone sus manos en mi cintura.
Fallo y me indica cómo hacerlo de nuevo. Acerca su cara a mi oído y acaricia mi cintura.
No me gusta y me aparto. Una cosa es dar celos a Seth y otra hacer algo que no quiero.
—¿Por qué no juegas con alguien que pueda ganarte? —Nos giramos para mirar a Seth. Lleva unos dardos en la mano y parece que se los quiere clavar en la cara.
—¿Como, por ejemplo, tú?
—Exacto. Mañana te ganaré en el hielo y hoy aquí. A menos que os queráis ir a un sito más íntimo para meteros mano.
«Capullo», pienso.
—No, estamos bien aquí. —Voy hasta una de las mesas y veo como se preparan para jugar.
—¿Con quién vas? —me pregunta Joss, que me tiende un chupito.
—Con cualquiera, menos con Seth —indico enfadada.
—Ya veo. En el fondo, no es mal tipo.
—Muy en el fondo. —Sonríe y juntos vemos como empieza la partida.
Seth tiene las de ganar. Su forma de jugar es agresiva y letal.
—Parece enfadado.
—A saber.
La partida sigue y Seth da una paliza a Serbal. Al acabar, le sonríe con aires de chulito.
—Ahora juega contra mí —dice Joss.
—Será un placer jugar contra un niño de papá y dejarlo mal. Ah, no, que ya no tienes a nadie que te pague los caprichitos de rico. —Seth se burla de Joss, pero, por la mirada de ambos, se nota que en el fondo se caen bien.
La partida empieza y está más igualada que la de antes. El problema es que Joss no juega de forma tan letal como Seth. Este último parece decidido a ganar a toda costa y, aunque por poco, lo consigue.
Se acerca a mí.
—Te llevo a tu casa, a menos que quieras que te violen por la calle volviendo sola.
—Capullo —le suelto—. Nos vemos mañana en el partido —me despido de Joss y salgo con Seth.
Vamos hasta donde ha dejado su moto, en un callejón que hay cerca.
Llegamos y asalta mi boca con brusquedad. Hago lo mismo y tiro de su pelo mientras le muerdo la boca. Él también tira de mi pelo y lame la curva de mi cuello para morder el lóbulo de mi oreja a continuación.
—Mientras esto dure, no habrá otros.
—Yo creía que había acabado.
—Era lo mejor, pero ahora te quiero a mis pies. —Se me acelera el corazón.
—¿Aquí?
—Por supuesto. A ver si eres capaz de seguir con mis reglas.
Puedo irme, puedo no hacerlo, puedo… No, quiero hacerlo.
Acabo arrodillada a sus pies. Lo miro desde abajo.
Gruñe y tira de los botones de su vaquero, y baja la cremallera.
—¿Te pone el peligro de saber que alguien puede pillar a una Rivera haciendo una mamada?
—Mucho —admito y soy yo la que mete la mano dentro de su bóxer negro y libera su miembro.
Es duro, largo y, a la vez, suave. ¿Hasta dónde seré capaz de llegar? Hasta el final.
Saco la lengua y lamo su glande.
Pone las manos en mi cabeza y me insta a que me lo meta entero.
Lo hago poco a poco. Lamiendo y succionando su miembro. Estar a sus pies me excita demasiado. Mi sexo da una sacudida y, cuando lo tengo dentro por completo, lo miro y siento el poder de tener a un hombre así en mis manos.
Me ayuda a salir y a entrar.
Noto los pezones duros rozarse con la tela de mi sujetador. Aprieto los muslos para frenar el deseo. Estoy muy cachonda.
Nos movemos juntos hasta que Seth se pierde y me pide que pare.
No lo hago. Sigo y sigo, hasta que se corre dentro de mí.
Cuando me levanto, tiene los ojos cerrados. Los abre y me besa, devora mi boca, como si no acabara de correrse y tuviera aún ganas de perderse en mi cuerpo.
—Esto no debería gustarme tanto… Tú no deberías gustarme tanto.
Yo siento lo mismo y por eso lo beso, para no acabar confesando algo que solo nos haría daño.
Se arregla la ropa y saca un casco para mí.
Me lo pongo mientras él hace lo mismo. Lo abrazo cuando subo tras él en la moto. Aplasto mis pechos sensibles contra su espalda y noto como mi sexo vibra con cada sacudida del vehículo.
Gimo de forma involuntaria.
—Si te corres sin mí, esto se acaba.
Conduce su moto hasta el garaje.
Cuando la dejamos, vamos hasta la puerta de su cuarto.
Lo sigo sabiendo que ahora mismo soy suya como nunca lo he sido de nadie y que puede hacer con mi cuerpo y conmigo lo que quiera.