Tú a Nueva York, yo a Chicago (Un sports romance muy ardiente 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

Seth

He despertado hace un rato y soy muy consciente del cuerpo de Everly, enredado con el mío.

Sus curvas me tientan. Tiene la camiseta subida y puedo ver su ropa interior.

Tal vez no debería mirar, pero no nací para ser un caballero.

La deseo con tanta fuerza, que casi ansío que siga poniendo trabas a lo nuestro, porque como no lo haga, no podré poner freno a mis deseos.

Llevo horas imaginando qué hacer con ella.

Estar con ella así no debería gustarme tanto.

Everly se remueve y abre los ojos. Cuando me ve, sonrío divertido. Sobre todo cuando da un bote y se cae de la cama.

—¿Qué hago en tu cama?

—Te quedaste dormida tras follar bien duro. —Se sonroja y se levanta desorientada—. No pasó nada, princesa, pero debo añadir que gracias a mí.

—Pero estábamos muy juntos…

—No te he metido mano. No me tienta tener sexo con una muerta y, cuando duermes, pareces una.

Su mirada se enfurece.

—Mejor regreso a mi casa. —Busca sus cosas y va hasta la puerta—. Gracias —rumia entre dientes.

—De nada, princesa.

Se marcha y me quedo un rato agitado por lo que me hace sentir.

* * *

Es casi la hora de comer cuando, al asomarme por la ventana, veo a Everly ir hacia una limusina que la espera.

Su madre grita desde la puerta que su hija es una zorra con suerte.

Everly se marcha. No sé si con su padre o con su prometido. Probablemente sea lo segundo.

La idea no me es tan indiferente como debería.

* * *

Voy a ver algo en mi tele tras darme una ducha.

He estado ayudando a mi padre con unas reparaciones en la agencia de Luna. Mi padre siempre hace trabajos extras para tener dinero ahorrado. Lo pasó tan mal cuando casi perdió la casa que desde entonces siempre le gusta tener algo.

Cuando me voy a sentar en mi sofá, suena mi móvil.

Es Everly.

Son casi las nueve de la noche y me sorprende que me llame a estas horas.

—¿Puedes venir a por mí? —Su voz está rota. Sé que no llorará, pero sus lágrimas las siento atascadas en mi garganta.

—¿A quién tengo que partirle la cara? —Casi puedo verla sonreír.

—A nadie… Solo ven.

—¿Dónde estás?

Me lo dice y me cambio para ir a buscarla.

Tal vez debería mandar a Lia, pero Everly me llamó a mí y lo que no sé es el motivo.

«Huye, Seth», me dice la razón.

No lo hago. Conduzco el coche rápido hasta llegar a ella.

Solo el destino sabe lo que eso puede significar.

* * *

Llego hasta donde me espera Everly. Lleva el pelo recogido en una coleta y está muy maquillada, algo que contrasta con su ropa sencilla.

Entra en el coche y espero a que hable.

—¿Quieres ser mi amante? —Me río—. No tiene gracia, Seth. Además, era lo que querías. He decidido dejar de negarme a la atracción evidente que existe entre los dos… y hacer cochinadas.

Es patéticamente adorable cuando se pone así.

—Solo tengo veintiún años y tú diecinueve. Lo de ser tu amante, suena… Vale, lo dejo, porque eres una pija sacada de un libro del siglo XIX . —Gruñe.

—Te detesto.

—Pero me quieres entre tus piernas…

—Mi cuerpo se ha rebelado contra la razón y quiero, por una vez, vivir según mis deseos.

—¿Por qué quieres que sea tu amante así de golpe, tras un día lejos de mí? Lo mismo sigues borracha.

Me fulmina con la mirada.

—No sigo borracha. Me duele la cabeza, pero nada más, y he recordado todo lo que te dije e hice anoche…

—¿También tu baile sobre mí en el taxi? Fue muy sexi.

—¡Seth! Estoy tratando de ser seria.

—Nadie puede ser serio hablando de amantes y follar. —Bufa—. Vale, dime qué ha cambiado justo ahora.

—Cuando me case con Rob, seré una amargada de por vida y quiero, por una vez, vivir. Y de paso, joderlo, porque, aunque nadie lo sepa, yo sí sabré que otro me hizo lo que nunca me hará él. Además, sabré que descubrirlo le jodería.

—Vale, ¿me puedes contar qué ha pasado para llegar a eso? Lo mismo hasta te hago el honor de demostrarte todo lo que te vas a perder en la cama con ese soso. —Gruñe—. Vamos a dar un paseo y quizás me seduzcas.

—No hago esto para seducirte. Solo te uso.

—Joder, eso duele. ¿Y mis emociones? Lo mismo estoy enamorado de ti. —Nos miramos a los ojos y alza una ceja—. Ni de coña. Solo me gusta fastidiarte.

—Pues listo.

Salgo del coche pensando en esta locura transitoria. Quería que aceptara, pero ahora siento que lo mejor es dejarlo todo como está.

Sale y voy hasta ella. Meto mis manos entre su estirado pelo y le quito la goma. El pelo cae suelto sobre su cara. Su respiración se agita.

—La pija se queda fuera.

—Tonto. —Empiezo a andar y me sigue.

Estamos cerca del Parque del Milenio, uno de mis sitios favoritos de la ciudad. Aunque es más bonito por el día, merece la pena entrar.

Caminamos hasta el Cloud Gate y Everly se detiene cuando se ve reflejada.

—Doy pena.

—Un poco. —Me gano una de sus miradas malhumoradas—. Explícame qué ha pasado. Lo mismo hasta te doy un beso de compensación.

—Olvida lo que he dicho. No sé en qué pensaba.

—Yo sí: en lo atractivo y sexi que soy. —Bufa—.

Vamos, ya hemos dormido juntos, por lo que hablar no puede ser peor.

Sobre todo, porque despierta no roncas. —Tampoco es que lo hiciera, pero mi comentario le enfada y deja de parecer tan triste—.

A mí tampoco se me da bien contar a la gente lo que me pasa.

—¿Por qué?

—Porque odio que me digan que me entienden cuando no comprenden ni una mierda cómo me siento. Prefiero que digan: «vaya, tiene que ser una putada sentirse así» a que suelten frases hechas…

—La verdad es que tienes razón. Por mucho que te cuente qué me jode, nunca me entenderás, porque tú no has nacido en mi mundo.

Aparto la mirada, jodido por esas palabras.

—No soy como tú. Eso sin duda.

Andamos hasta un banco.

Everly mira al cielo nerviosa. Desde aquí no se pueden contar las estrellas. Gira las bolas de su anillo de colores.

—Han publicado unas fotos mías bailando en la fiesta de ayer.

No se ven bien. Hasta se duda de si soy yo.

Rob las ha quitado de internet usando sus contactos, pero me ha explicado que busca una mujer que no tenga una sola tara.

Que sea perfecta, y que mi padre le juró que era así.

Que había sido educada para ser perfecta y por eso me tuvo en cuenta, en vez de a otras candidatas.

Seré perfecta ante él, pero por una vez quiero ser imperfecta.

—Con alguien imperfecto como yo, lo pillo.

—Con un sexi chico de barrio que me gusta como besa —acaba por mí—. ¿Apostamos algo? —Su respiración se agita.

La deseo. Me desea. Quiero hacer con ella cientos de cosas. Quiero besarla. Lamer la curva de su cuello, quiero perderme entre sus piernas.

—Apostamos que tú serás quien rompa esto cuando no me necesites.

—Tal vez lo hagas tú, cuando tengas miedo de enamorarte de alguien que no podrás tener.

—El amor no entra en este trato. Sé lo que puedo esperar de ti. Esto es entre tú y yo. Nadie puede saberlo.

—Nadie.

—Yo tengo el control y tú solo seguirás mis deseos.

Se sonroja, pero necesito tener el control. Si lo tengo, también podré controlar no sentir nada por ella.

—Me encanta cederte el control… Por una vez, necesito no pensar. Solo quiero dejarme llevar. Solo quiero hacerle daño y dejar de ser tan perfecta por una vez en la vida.

«Sal huyendo», me dice la razón. «Todo irá mal. Todo te hará daño. Vete…»

Entonces, me mira y mi mundo se detiene el tiempo suficiente para aceptar este trato que sé que me traerá problemas.

—Acepto. Ahora, nos vamos.

—¿Cuándo empezamos?

La miro de reojo. Está sonrojada.

—Hoy no, que te duele la cabeza. Lo mejor es que no sepas cuándo querré algo más de ti. Así, la espera hará que tu cuerpo esté siempre vibrando, ardiendo, buscando encontrar el alivio con mis manos.

—Solo te pido que no seas tierno. No quiero caricias ni nada dulce… No quiero que parezca algo que nunca será.

—Tranquila, odio las muestras de cariño —Acepta.

Llegamos al coche y la acorralo contra la puerta. Busco su boca mientras me acerco a su cuerpo.

Nos besamos, nos devoramos… Quiero más de ella y ella de mí. Me muero por lamer cada centímetro de su piel.

Me alejo, porque espero que se arrepienta, que mañana rompa el trato, que mi vida siga como antes de él.

Conduzco hasta nuestras casas.

Se marcha tras darme las buenas noches.

Voy a mi dormitorio sabiendo que solo me salvará que ella se arrepienta.