Tú a Nueva York, yo a Chicago (Un sports romance muy ardiente 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

Everly

El sol no ha empezado a salir y me he levantado para arreglar el jardín. Hoy es lunes, pero no hay clases. No pienso dejar que me venza. No pienso dejar que me pisotee. No pienso dejar que me destruya.

Mi madre se acerca cuando he arreglado varias macetas y las pisa. Se ríe y me mira. Voy hacia ella enfadada.

—Eres más patética que tu padre… Te pareces a tu abuela.

—¿A tu madre?

—No, esa zorra me dejó sola cuando cumplí los dieciséis, para irse con su chulo.

—Mira mi cara de asombro y se ríe—. ¿No lo sabías?

¿Tu padre no te contó que tu abuela materna era una puta y mi padre, a saber…

? —Se carcajea de nuevo y veo que tiene los dientes podridos.

Coge mi cara y le doy un manotazo—. No lo sabes, porque tengo prohibido contaros nada, pero me he cansado de callar.

Tu sangre está tan podrida como la mía, por mucho que te esfuerces en parecer diferente.

—No soy como tú. —Le doy un manotazo en la mano y no pienso dejar que vea como me está rompiendo por dentro—. Da igual de dónde vengamos. Lo importante es decidir quiénes somos.

—Ya, por eso tu padre no te ha contado nada de tus orígenes… —Se me acerca. Huele mal. A tabaco, a dejadez…, y siento asco—. Eres tan bonita como yo lo fui un día, pero mírame ahora y verás la horrible mujer en que te convertirás.

Se marcha entre risas y me permito el placer de temblar; de abrazarme y tratar de controlarme.

Miro el cielo en busca de estrellas que contar. No hay nada. Por eso, miro el suelo destruido y cuento todas las flores rotas. Las siento tan rotas como lo estoy yo en este momento.

No me importa el pasado de mis padres, lo que me duele es no entender como mi padre me ha mandado aquí. Como ha dejado que su exmujer me destruya. ¿Qué se puede aprender de una madre destructiva y mala? ¿Por qué me ha abandonado mi padre?

Muevo el anillo, nerviosa, pero no consigo calmarme.

—Eh, princesa…

Miro a Seth, que se acerca con ropas de deporte y una bolsa colgada al hombro.

Al mirarme, siento como si viera toda mi alma con esos ojos dorados tan profundos.

—No hay estrellas que contar —le susurro casi sin voz.

—Voy a entrenar. ¿Te gustaría contar mis giros sobre el hielo?

—Tal vez.

Busca mi mano y tira de mí.

Entrelazo mis dedos con los suyos y cuento los acelerados latidos de mi corazón antes de llegar a su moto. Ciento diez latidos antes de subirme a la moto y abrazarlo para no caerme.

De golpe, entre sus brazos, dejo de sentir la necesidad de contar. Es como si todo mi caos encontrara paz.

Seth

No soy el único que ha venido a entrenar. El entrenador también se ha pasado, porque sabe que muchos nos acercamos.

Es festivo, pero nos da igual, porque no puedo quedarme en casa cuando la liga ha empezado. Necesito estar aquí, sobre el hielo, y saber que lo estoy dando todo para ser el mejor.

Miro a Everly de reojo y la veo tomando notas. Parece más tranquila.

Cuando iba a salir a correr, miré por la ventana y no la vi en su cuarto. Observé el jardín y ahí estaba, con su madre. Eso no podía traer nada bueno.

Fui hacia ella, pero su madre ya se había ido y ella estaba perdida, contando la nada. Agitada, nerviosa… Tan nerviosa que no le importó irse con la ropa manchada. Se cogió a mi mano como si fuera su salvavidas. Algo se ha roto en mí al verla aferrarse de esa manera.

No quiero involucrarme, pero lo hago. Es como si fuera incapaz de estar lejos de la princesita.

Su madre es mala. Es mala mujer, mala persona y egoísta. A saber qué le dijo para llevarla hasta este estado donde la hija perfecta ni siquiera se ha dado cuenta de que está fuera de su mundo inmaculado, en el que nunca puede aparecer en público sin estar impoluta.

A media mañana me acerco a ella.

—Deberías comer algo.

—Iría a la cafetería, pero no traje dinero.

—Ve a mi taquilla y coge lo que necesites. Es la treinta. La contraseña es la fecha de nacimiento de Lia.

—Vale, pero no dudas de que sepa cuándo es su cumpleaños.

—Eres la princesa cerebrito.

Sonríe un poco. Tiene mejor color de cara. Mira la pista de hielo.

—¿No te cansas? Llevas un buen rato.

—No, es mi mundo. Patinar es como respirar para mí.

—Tiene que ser bonito tener un sueño y ver como se hace realidad.

—Aún no ha pasado eso. Mi sueño es la liga profesional y espero no cagarla.

—Siendo como eres, seguro que lo haces —me pica y se levanta—. Voy a por algo de comer. ¿Tú quieres algo?

—No, pero no te asustes con mis condones. Uno debe estar siempre preparado. —Como esperaba, se sonroja—. Si quieres, los probamos juntos.

—Ni de coña. —Se altera.

Me encanta picarla. Es mi pasatiempo favorito.

La veo irse y regreso a la pista de hielo. Estoy cansado, pero el cansancio me recuerda que me estoy dejando la piel por mi meta.

* * *

—¿Os vemos en los bolos? —pregunta uno de mis compañeros.

Everly muerde su boca.

—Nunca he jugado a los bolos —indica y yo, solo por ver lo mal que lo hace, les digo que luego vamos—. ¿No has escuchado que no he jugado nunca?

—Quiero ver como la lías. Me encanta cuando dejas de ser tan jodidamente perfecta.

—¡Te odio!

—Ya se nota. —Me fulmina con la mirada cuando le tiendo el casco—. La otra opción es quedarte en tu casa con tu madre.

—Vale, iré, pero solo si se lo decimos a Lia.

—Si se lo decimos a Lia, vendrá con el idiota.

—Así puedes controlarlos, o darle una oportunidad, para ver si no es tan malo como parece.

—Lo hago solo por el placer de verte caerte de culo si lo haces mal.

—Eres un ser despreciable —murmura, pero sube a la moto.

Yo hago lo mismo. No me coge, pero la obligo a hacerlo.

Protesta, pero al final me abraza.

No pienso ahondar en el hecho de que necesitaba sentirla cerca de mí. No pienso admitir que tal vez estar a su lado no sea tan malo. Ella está haciendo que me abra para ver a los de su clase de forma diferente…, pero solo un poco.