Tú a Nueva York, yo a Chicago (Un sports romance muy ardiente 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

Everly

Disfruto de mi día de universidad sin que se note lo mucho que me muero por destacar o por contar todo lo que sé.

Ayer tuve una cita con Rob. Me invitó a cenar en un lujoso restaurante de Chicago, donde mi ropa sencilla desentonaba.

—Tu padre me ha llamado para contarme el esfuerzo que estás haciendo por valerte por ti misma desde cero para adquirir nuevos valores que te ayudarán a ser una gran esposa el día de mañana.

Miré la comida, asqueada, y sonreí. Antes no me costaba tanto.

—Estoy haciendo todo lo que puedo, señor. —No me dirijo a él por su nombre, porque solo soy un contrato. Tampoco espera que seamos amigos o algo más.

Comimos en un tenso silencio y me dijo que agradecería que, en el próximo evento, me esforzara un poco más en estar presentable.

Me dejó en mi casa con el ánimo por los suelos.

Entré en mi dormitorio y miré hacia el de Seth. Me pareció ver moverse la cortina. Saber que estaba ahí hizo latir algo dentro de mi vida gris. Después, miré las redes sociales de mi hermana y Joss y los vi tan felices, compartiendo un triunfo de él, que traté de recordar que hago esto por ellos.

Yo nací para ser esto…

Nací para no tener derecho a soñar.

* * *

A la hora del almuerzo se me acercan varias jóvenes de alto estatus y me invitan a que me siente con ellas, pero declino la oferta y lo hago al lado de Lia.

—¿No te sientes más cómoda con ellas? —Veo miedo en sus ojos a que la rechace. Lia es muy expresiva.

—Estoy aquí para aprender, para hacer lo que ha hecho Elara estos años con mi madre.

—Pues sí, porque tienes una oportunidad de ser otra persona durante un corto espacio de tiempo. ¡A disfrutarlo!

—Qué poética, hermanita. —Seth se sienta con nosotras. Hoy lleva una chaqueta del equipo. Su rodilla se junta con la mía y vibro—. Aunque no sé si la princesita podrá llegar tan lejos y aprovechar esta oportunidad de ser quien desea ser.

—¿Apostamos algo? —El reto brilla en sus ojos dorados.

Me tiende la mano y acepto dársela. Ahí, entre nuestras palmas, vibra mi cuerpo. Vibra la vida.

—Apuesto que, si gano yo, me debes un secreto preciado —le digo.

—Y si gano yo, algo que te avergüence de ti mismo.

—Hecho.

—¿Y cómo sabrás si aprovecha o no la vida? —pregunta Lia, y la mirada que me lanza Seth me hace arder.

—Lo sabré. —Le quita a Lia el café y ella protesta, ignorando que la rodilla de su hermano se acerca a la mía.

—Hola. —La aparición del novio de Lia hace que Seth se ponga tenso. Se levanta y se marcha sin responderle—. Tu hermano haría bien en aprender modales.

—No se lo tengas en cuenta. —Lia se pone nerviosa—. ¿Qué planes tienes esta tarde? Podemos ir al cine…

—Tengo que estudiar y tú deberías hacer lo mismo y dejar de ver todas esas estúpidas películas.

Miro la escena y no me meto, porque no puedo. Sería ser hipócrita, porque Rob me trató como si fuera una mierda y le dejé. Aun así, quiero saber por qué alguien tan increíble acaba con semejante idiota.

Su novio se marcha y vamos juntas a la siguiente clase, que nos pilla de camino.

Cuando me despido, le digo algo que me apetece de verdad.

—¿Quieres quedar para ver alguna serie?

—No puedo…, tengo que estudiar. Tal vez otro día.

Se marcha. Da veinte pasos antes de doblar la esquina y la pierdo de vista.

* * *

Seth me manda la dirección de la biblioteca y por la tarde vengo a inscribirme.

Recorro los pasillos llenos de libros. El olor a libro siempre me da paz. El despacho de mi padre olía a libro viejo. Tenía muchos tomos antiguos de coleccionista. Un día le pregunté por qué había tantos y me respondió:

—Por todo lo que un día quise tener y se me vetó. —Revolvió mi pelo y me dio un beso—. A ti nunca te faltará de nada. Siempre tendrás lo mejor.

Me quiere, pensé en ese momento, porque solo quien te quiere desea lo mejor para ti. Aunque nunca creí que un día lo mejor no coincidiría con lo que yo habría elegido para mí.

Entro en la sala de los ordenadores y busco varias cosas. Disfruto de poder navegar por internet sin tener que dar explicaciones a mi padre de lo que hago.

Por eso nunca seguí a mi hermana en redes, para que mi padre no supiera de ella por mí.

Cojo un libro de lectura romántica, algo que no había podido hacer antes, y me dan las tantas leyendo. Hasta que mi móvil suena y me saca de la lectura.

—¿Te has perdido, princesa? —Sonrío por la preocupación de Seth; algo que sé que nunca admitirá.

—Estoy en la biblioteca. Deberías dejar de observar mi dormitorio.

—A veces suceden cosas muy ardientes. Te recojo. Es tarde para que una niña de papá vaya por ahí sola. Te espero en la puerta.

—Dudo que llegues antes que yo. —Me ha colgado.

Pongo los ojos en blanco. Todo lo bueno de preocuparse por mí se ha esfumado al colgarme sin esperar respuesta.

Salgo hasta la puerta y veo a un motorista vestido todo de negro. Incluso el casco.

—Vamos, princesa, que no tengo toda la noche. —Levanta su visera y me tiende un casco—. Vamos.

—Intuyo que no estabas en tu cuarto.

—No, estaba dejando la moto cuando vi que no había luz en tu dormitorio. Ante la duda, te llamé, por si te habías metido en algún lío del que no sabías salir.

—Solo estaba leyendo. —Le enseño el libro que he cogido prestado.

—Lia lo tiene. Le gustó mucho. Te puede dejar el resto. Vamos, sube.

—Nunca he subido en un trasto de estos.

—¿Y eso de vivir tu propia historia, dirigida por ti?

—Así no lo dijo Lia… ¿Y si no puedo?

—Nunca lo sabrás si no lo intentas. ¿Qué te da más miedo? ¿Vivir a lo grande una sola vez o pasarte la vida odiando no haberte dejado llevar, sabiendo lo que te pierdes?

—Visto así, es aterradora una vida sabiendo lo que me pierdo. Mejor voy andando.

—Cobarde —me pica.

—No soy una cobarde. —Cojo el casco y nuestros dedos se tocan. La electricidad pasa entre nuestras manos.

Seth guarda mis cosas y sube a la moto.

Monto tras él y lo abrazo con fuerza, por miedo a caerme de bruces.

—Se precisa respirar para no matarnos.

—Vale, te suelto un poco.

—Si quieres meterme mano, no me pienso quejar. Al fin y al cabo, te mueres por vivir la vida haciendo guarradas conmigo.

—¡Eso no es cierto! —Pone en marcha la moto y grito—. ¡Idiota!

Lo aprieto con fuerza mientras conduce.

Pasamos por delante de nuestras casas, pero no se detiene. No quiero que lo haga.

Apoyo la cabeza en su espalda y miro el mundo pasar montada en su moto. Tomo aire mientras la vida corre por mis venas. Las emociones me hacen sentir deseos de gritar.

¿Y si solo tuviera este instante en toda mi vida para descubrir qué persona podría ser si no hubiera nacido siendo una Rivera?

Abrazo a Seth, perdida en el miedo de dejarme llevar.

Cuento los semáforos. Catorce, antes de que detenga la moto en el garaje.

—¿Te ha gustado? ¿O ha sido demasiado para ti?

—Ha sido demasiado para mí. —Le tiendo el casco—. Gracias. —Lo coge—. Tengo miedo —admito, y se apoya en la moto—. Tengo miedo de que dejarme llevar sea la peor decisión que pueda tomar en toda mi vida.

—Eso es porque ya sabes la respuesta y te da miedo lo que será de ti después. Tú misma. A mí me da igual.

—A mí también. Tú no eres tan increíble. Ni besas tan bien ni… —No acabo, porque Seth tira de mí y me besa, demostrándome de nuevo que miento y que me encanta que lo haga.

—No te soporto —dice, lamiendo mi cuello.

—¿Y si quisiera que me enseñaras todo? ¿Qué harías?

Pasa sus manos por la curva de mi trasero y me atrae hacia él.

—Demostrarte cómo sería tener sexo con un chico de barrio… Luego, te pasarás toda la vida recordando que un día fuiste mía para que hiciera contigo lo que quisiera.

—Te gusta llevar el control. —Pasa dos dedos por mis pezones y muerdo mi boca para evitar gemir.

—Puedes elegir a otro. A mí me gusta la idea de pervertir a la princesa.

—Solo lo haces porque quieres tenerme a tus pies.

—Me has pillado. Odio a los de tu clase y quiero el recuerdo de una de ellos a mis pies.

Coge mi pelo en una coleta y tira de él. Su lado salvaje me gusta. Si me tratara con cariño, saldría corriendo, pero así me siento cómoda, porque esto no se parece a nada romántico.

Me besa y lo muerdo hasta hacerlo sangrar.

Gruñe y me muerde con el regusto de la sangre en nuestras bocas.

—Acabarás tú a mis pies.

—Solo si es para darte placer con mi lengua. —Muerde mi boca y gimo. Un ruido en su casa nos recuerda que pueden descubrirnos—. Nos vemos.

Ando hasta la salida y voy hasta mi casa.

Entro en mi cuarto, miro su ventana y ahí está.

La idea de tenerlo a mis pies me tienta. Solo sería sexo…, antes de ser solo una Rivera.