Tú a Nueva York, yo a Chicago (Un sports romance muy ardiente 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

Everly

Cuando desperté esta mañana, me vino el arrepentimiento, hasta que mi padre mandó a recoger el vestido y Rob me envió un mensaje:

Rob: Que no vuelva a pasar. Espero que estés a la altura en el siguiente evento.

Everly: Lo estaré.

Mi respuesta ha sido educada, pero una parte de mí se está rebelando. Nunca en toda mi vida me he sentido tan viva como cuando Seth me besa. Saber que está prohibido solo aumenta el placer.

Por eso, me preparo para ir a ayudarlo.

Seth pasa por mi casa a las ocho.

—Nos vamos en cinco minutos —me informa desde la cocina—. ¿Te ayudo a vestirte? Así puedes hacer lo de anoche, pero esta vez conmigo cerca. —Noto como me sonrojo.

Entro en la cocina. Los dos somos muy conscientes del otro. De lo que pasó anoche, de mis manos en mi cuerpo, ante su atenta mirada. Mi cuerpo late, arde, se siente vivo… No recuerdo la última vez que algo me hizo sentir tantas cosas.

Alzo la mirada y su sonrisa ladeada altera mis sentidos. Ser tan condenadamente guapo debería estar prohibido. Lleva una sudadera de su equipo y unos vaqueros. Nada del otro mundo y, sin embargo, me perdería un segundo más en el placer de acercarme y tocarlo.

Algo que no volverá a pasar. Nunca.

—No te necesito. ¿Acaso no lo viste?

—¿Apostamos algo? —Toca mi labio con sus dedos.

Reprimo mi deseo de sacar la lengua y chuparlo.

—Lo que quieras. —Su mirada reluce por el desafío.

Quiero que me bese, quiero que me toque, quiero…

A quién voy a engañar, estoy deseando que de nuevo nos dejemos llevar. Ser entre sus brazos, por un segundo, la hija rebelde. Serlo alivia el dolor de mi pecho.

—¿Estáis listos? —la voz de Lia nos hace apartarnos.

Esto no puede saberlo nadie. Nadie puede saber lo que pasa entre Seth y yo. —Os espero en casa del entrenador —indica Seth de malas formas, saliendo de la cocina cuando se hermana entra.

—¿Y a este qué le pasa ahora?

—Es idiota de nacimiento, al parecer.

Lia se ríe.

—A veces, sí. Vamos, que va a ser genial. Everly, siento mucho no haberte ayudado ayer… Vi las noticias. ¿Estabas mal?

—Mal peinada. —Pone mala cara—. No pasa nada. Mi padre ha prometido no avisarme con tan poco tiempo la próxima vez.

—Me alegro.

Salimos y nos esperan sus padres en la furgoneta, que está cargada de cosas. Seth se ha ido andando.

Al llegar, bajamos todo y me presentan a los vecinos.

Aquí no digo mi apellido, sino solo mi nombre. A nadie le importa de qué familia vengo y es un respiro.

Al parecer, al entrenador le explotó la botella de butano y el barrio se ha unido para ayudarlo y arreglar su cocina. No hay daños personales que lamentar y eso es lo importante.

Seth está cerca del jardín. Lo miro de reojo y él a mí. Es como si temiera que alguien notara dónde quiero su boca y sus manos.

El papel de chica mala me está empezando a gustar demasiado. No se ha llevado el amanecer mi lado rebelde.

Ayudo al resto a sacar los escombros y llevarlos afuera, a unas furgonetas que los trasladarán. Miro mis manos llenas de roces y pienso en qué opinaría mi padre.

«No, para. Él es quien te ha mandado aquí.»

Estoy aquí porque no ha luchado lo suficiente para romper este acuerdo. Él quiere que aprenda a valerme por mí misma. Pues es lo que pienso hacer.

Echo escombros en la camioneta y noto en mi mano un roce de astillas que se quedan dentro.

—Ve a sacártelas con las pinzas —me dice Lia—. En el aseo hay un botiquín.

Asiento y voy hasta allí sintiendo el escozor en mi piel.

A punto de llegar, me cruzo con Seth, que, curioso, entra conmigo al aseo. Es muy pequeño y él muy grande.

Nos chocamos mientras busco el botiquín.

—Trae. Dudo que puedas hacerlo con la mano izquierda. —Coge mi mano y las pinzas y pasa sus dedos por la zona magullada.

Saca una a una las astillas y, cuando lo ha limpiado todo, lleva la palma de mi mano a su boca. La lame y la besa.

Ardo por su forma de mirarme y por lo que me hace.

—Para no gustarte, estás sonrojada.

—Hace calor. —Lleva su boca hasta la mía y la deja a unos centímetros.

La entreabro y espero que me bese. Su aliento ya me hace arder.

—No pienso besarte. No te deseo.

—Ni yo a ti. Ya te demostré ayer lo poco que te necesito…

Entonces, me besa, solo por joder y demostrarme lo equivocada que estoy. Estamos rodeados de gente y cualquiera puede vernos. Estoy perdiendo el control.

Se aparta y va hasta mi oído.

—Me apuesto lo que quieras a que, si metiera mis dedos entre tus piernas, estarías muy mojada por mí.

Lo aparto y salgo de este lugar con su risa persiguiéndome hasta la cocina, donde busco algo que hacer para que baje mi calentón.

Seth

Everly me sorprende, porque no para de ayudar. Se integra entre la gente y la veo sonreír por cosas que dice mi hermana.

No sé si ella es consciente de que ha dejado en la puerta a la niña pija para ser una más. Hasta que la beso y saca ese lado suyo tan descarado.

Besarla es siempre un error en el que caigo una y otra vez. Diría que es para joderla, pero sé que quien se queda jodido soy yo.

En vez de desearla menos, la deseo todavía más.

Tal vez deba subir el nivel.

Hace mucho que no estoy con nadie, desde que lo dejé con Jimena, y esa es la única explicación que me haga desear dar un paso más. La ruptura me dejó muy tocado. La quería… Creía que era para siempre, pero descubrirla con otros me dejó destrozado. Aún hoy lamo mis heridas.

Me da miedo confiar de nuevo y dejarme llevar.

Lo mejor de Everly es que no espero nada de ella. No puede haber nada, porque solo está de paso, un descanso en su vida perfecta. Nadie se enamora de un imposible. Solo un idiota.

Everly se gira y me mira cuando ponen en su mano pan con salchichas a la brasa. Duda, pero le da un bocado. Luego, saborea la comida y la disfruta, olvidando todas y cada una de las lecciones que le inculcaron de niña.

Hasta que su móvil suena.

Saca el teléfono de su padre y su gesto cambia. Su forma de andar es más refinada. De golpe, es como si él pudiera verla y ella se arrepintiera de cada gesto diferente que hizo al dejarse llevar, olvidando que nació para ser una princesa mimada.

Everly no regresa.

Me acerco a Lia.

—¿Y la princesa?

—Su prometido la ha llamado para tener una cita y compensar lo de ayer.

Noto malestar en el pecho.

—¿Y no necesitaba tu ayuda?

—No, dice que tiene que aprender a hacerlo sola.

Lia se marcha a donde están mis padres.

La comida termina y seguimos ayudando a los vecinos.

Es tarde cuando regreso a mi casa. Miro hacia el dormitorio de Everly, pero no está. No me importa; que vuelva cuando quiera.

Son las doce de la noche cuando regresa y lo sé porque he ido varias veces a por algo de comer y he mirado por la ventana hasta que la he visto. ¿Lo admitiré? Ni de coña. Solo sentía curiosidad por si regresaba a esta vida que tan claro está que no es para ella.

Una parte de mí quiere que se marche cuanto antes.

Otra, sabe que nada será lo mismo tras ella.

¡Maldita sea!