Capítulo 15
Everly
Cuando la limusina llega, tengo el pelo suelto y un maquillaje sutil.
No he podido hacer bien los tutoriales y Lia me escribió para informarme de que no podía venir, porque su novio insistía en que fueran a ver el partido de Seth los dos juntos. Que lo sentía mucho.
Al llegar, Rob me espera. Cuando me ve con el pelo suelto, pone mala cara.
—No puedes salir así.
Toco mi pelo, nerviosa, y él cierra la puerta. Hace señas al chófer para que se vaya.
Mi padre me llama mientras voy de vuelta.
—¿Se puede saber qué has hecho para que se publique que estabas indispuesta?
—Bueno, tú manipulas la publicidad en Nueva York y Rob se ve que lo hace en Chicago.
Mi padre gruñe.
Descubrí de pequeña que mi padre tiene amigos muy influyentes en los medios. Si quiere que algo salga, lo publican.
No soy tonta para no saber que todo lo que se dijo de mi hermana lo filtraba él mismo, para su plan de provocar que se enamoraran Joss y Elara.
—No seas insolente. No estás allí para pensar por ti misma. —El pecho me duele por sus palabras—. ¿Me puedes explicar qué ha pasado? Como estropees esto con la familia García, te dejo de hablar para siempre.
—No le gustó mi peinado. Me avisaste con tan poco tiempo que no tuve ayuda. Me maquillé y me peiné sola.
—Vale, la próxima vez te avisaré con más tiempo. No la cagues, Everly. Recuerda que eres una Rivera. Te quiero, pequeña.
—Y yo a ti. —Noto los ojos llenos de lágrimas.
Cada vez que me dice que me quiere, me pasa. Es mi padre, lo quiero, lo admiro, pero a veces me cuesta mucho recordar la razón. Sobre todo desde que estoy aquí.
Seth
Miro por la ventana, tras llegar de ganar el partido y salir a tomar algo con mis compañeros.
La fiesta iba a más, pero esta noche no tenía ganas de salir.
La princesa no ha vuelto de la fiesta.
Estaba invitado, pero no pude ir por el partido.
Voy a dejar de observar por la ventana cuando un brillo en el jardín vecino llama mi atención.
Veo a Everly en medio de este, observando las estrellas.
Espero que no esté tan loca de contarlas.
Miro el móvil para ver qué se dice de ella. Es raro que esté aquí tan pronto.
Han publicado en la web donde anuncian cosas de la alta sociedad de Chicago que la prometida de Rob García estaba indispuesta.
Dudo que sea cierto.
Mi primera intención es dejarlo pasar.
La segunda, coger una bolsa de patatas e ir a verla.
Pero solo por curiosidad, no porque me importe si la princesa está cometiendo la locura de contar estrellas.
Cuando llego, se gira para mirarme. Tiene la vista perdida. El pelo cae suelto por su espalda y su maquillaje es sutil. Está preciosa. El vestido tiene pequeños cristales, que brillan y la hacen parecer un hada, o una sirena, con ese cuerpo de infarto que posee y que tanto me cuesta no admirar.
—Si vienes a decir algo estúpido, mejor te marchas. No estoy de humor.
—Solo vine a traerte patatas y a decirte que dejes de contar estrellas. Es imposible saber cuántas hay.
—Lo sé. —Acepta las patatas—. Solo llego a mil y siempre lo dejo.
—Eres muy rara.
—Contar me relaja. Supongo que ya te has dado cuenta. Eres demasiado observador para mi gusto. —Cojo su mano y muevo el anillo que lleva. Su piel me llama—. Sí, el anillo también.
Se mete varias patatas en la boca mientras sigue contando. Seguro que llegará hasta mil.
La dejo contar mientras veo como sus ojos verdes absorben el brillo de las estrellas.
—Y mil. —Toma aire y me mira—. ¿Qué haces aquí?
—No tenía ganas de salir de fiesta. Mañana iré con mi padre para ayudar en una reparación de un vecino del entrenador y no quería estar cansado.
—Ah…, ¿tu padre no era repartidor?
—Mi padre hace de todo. Siempre ha tenido que ganarse la vida en un trabajo o en otro. No todos lo tienen tan fácil en la vida como tú para tener dinero.
—¿Te crees que mi vida es fácil, Seth? ¿Te crees que ahora estoy feliz con este vestido de doce mil dólares?
¡No lo estoy! ¡Me siento fatal, porque he sido rechazada por mi prometido por un peinado poco adecuado!
¡Deja de juzgar a los demás por lo que crees saber de ellos y mira la realidad de una puta vez!
—No sé cuál de los dos se sorprende más de que haya dicho una palabrota—.
Sacas lo peor de mí. Me pones de los nervios.
—Por si te sirve de algo, vas preciosa. Tu prometido es idiota por no darse cuenta de que en la fiesta ibas a destacar. Tal vez por eso no quiso que estuvieras a su lado, porque no todos saben estar cerca de una mujer hermosa sin sentirse de menos.
—¿Y a ti eso no te pasa?
—No, yo sé que estoy más bueno que la media.
Como esperaba, pone los ojos en blanco.
—Eres un creído, Seth. —Sonríe un poco y mira su vestido—. Odio no saber hacer bien mi papel. Son años de práctica y lo he estropeado.
—Si Rob rompe el contrato, tu padre te buscará otro.
—No puede ser otro. Rob García tiene mucho apoyo en Chicago y mi padre quiere abrir empresas aquí. Necesita el apoyo de su familia y eso se conseguirá si nos casamos.
—Mira que intento abrir la mente y pensar que tu mundo es diferente, pero parece que esté viendo una película mala del siglo XIX .
—¿Acaso no harías tú lo que fuera por tu familia? —Ahí me ha pillado. Por mi familia sería capaz de cualquier cosa, hasta de casarme con quien fuera si ellos son felices—. Yo quiero a mi padre, Seth. Lo quiero mucho. Solo quiero ser una buena hija. ¿Puedes entender eso?
—Puedo intentarlo.
—Viniendo de ti, es mucho. —Sonrío.
En realidad, no quiero comprenderla, por motivos que nada tienen que ver con ella. Everly no tiene la culpa de mi pasado. Ni de que la gente como ella me traiga amargos recuerdos de una época que hubiera deseado no tener la desgracia de conocer.
Ella no tiene la culpa de nada.
Se gira y veo que un poco de patata se ha quedado en su boca.
Alzo la mano para cogerla con mis dedos.
Su boca se entreabre y noto una sacudida. Quiero besarla, quiero perderme de nuevo en su sabor. Nunca debí besarla. Nunca debí descubrir a qué saben sus labios.
Aparto los dedos y le quito la bolsa de patatas.
—¿No tienes nada mejor que hacer?
—No, la verdad. Te podrías venir mañana a ayudarnos con la reparación. Después harán barbacoa. Puedes venir así vestida. Serías la sensación del barrio.
—Ni de coña. Seguro que mi padre manda a recogerlo a primera hora. O no, pero no quiero dejarlo en esta casa. Si mi madre regresa, puede venderlo todo.
—¿Y dónde están tus cosas de valor?
—Solo traje ropa y maquillaje. Algunas cremas y poco más. No traje el portátil, porque mi padre también lo tiene pinchado y quería comprarme uno. Pero ahora no sé si merece la pena dejarlo en mi cuarto cuando no esté.
—Hay una biblioteca pública no muy lejos. Allí puedes usar gratis sus ordenadores y eso que te ahorras.
—Ah, es bueno saberlo.
—Mañana te recojo a las ocho. Ropa cómoda y luego te enseño dónde está la biblioteca. Buenas noches.
—No he dicho que quiera ir.
—¿Acaso tienes algo mejor que hacer que babear por mí todo el domingo? —Bufa.
—No babeo por ti…
—No me retes, que los dos sabemos como me gusta llevarte la contraria.
—¿Vas a besarme de nuevo para demostrar que babeo por ti?
Déjalo estar. No caigas en la trampa. No la mires. No te acerques…
Tarde.
Cojo su cara entre mis manos y la beso.
La beso para demostrarle a esta estirada que le gusta este chico de barrio.
La beso porque, desde que toqué sus labios, estaba buscando una puta excusa para perderme en su boca de nuevo.
Nuestras bocas se funden. Sabe a ella, con ese regusto salado de las patatas.
La bolsa cae cuando Everly alza las manos y posa una en mi torso y otra la enreda en mi pelo.
«Joder, estoy perdido.»
Solo quiero demostrarle que me desea más de lo que le gustaría, pero mi mano acaba posada en la curva de su espalda para atraerla más a mí. Para sentir su cuerpo aplastarse contra el mío.
Muerdo su labio inferior y lo chupo. Mi lengua se cuela en su boca hasta que gime tan fuerte, que noto como mi polla crece, lista para perderse en ella.
«Joder, detén esto…», pero no lo hago.
Bajo mi mano por la curva desnuda de su espalda hasta posarla en sus glúteos.
Jadea en mi boca, y más cuando esta desciende por su cuello y la beso en sus zonas más erógenas.
—No te deseo… Solo eres una aventura pasajera —dice, y la beso de nuevo hasta que jadea.
—Me deseas y claro que solo podría ser una aventura. Nunca podría tener nada con alguien como tú.
—Ni yo tampoco. Soy la prometida de otro…
—De otro que nunca te dará el placer que yo puedo ofrecerte. —Bajo mi mano por su trasero.
—¿Me estás proponiendo una aventura?
«¿Se lo estoy proponiendo? ¡Yo qué sé! Ahora mismo su dulce perfume me atonta.»
—Seguro que una estirada como tú no es más que un palo en la cama…
—No sabes de lo que es capaz esta estirada.
—¿Apostamos algo?
Sus ojos verdes chispean por la apuesta.
«Joder, no debería seguir con esto.»
—Apuesto a que, hagas lo que hagas, no me excitarás nada.
—Joder, princesa, ahora solo pienso en demostrarte como mientes.
Va a decir algo, pero la beso de nuevo y acallo sus palabras. Everly no sabe dónde se está metiendo. Ni yo.