Tú a Nueva York, yo a Chicago (Un sports romance muy ardiente 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

Everly

Intentar borrar el beso de Seth es como pedirle al sol que no salga y hoy tengo que ir con él a la sesión de fotos. Luego se irá al partido y seré libre para tratar de ver cómo puedo olvidar los recuerdos sin tener que recurrir a golpearme la cabeza con un bate.

Tengo que encontrar la forma, porque me he pasado toda la noche soñando con él. Sobre mí, a mi lado, dentro de mí… Cuando me desperté, estaba ardiendo.

Ardiendo por él.

Me di una ducha fría, que no consiguió aniquilar mi deseo por él. Mis dedos se morían por perderse entre mis muslos y tocarme hasta sentir liberación.

Algo que no haré, porque seguro que pienso en él y no lo quiero en mi mente. Ni en mis orgasmos.

Salgo de casa y veo a Seth dentro de su coche, con cara de pocos amigos.

Mejor no hablar con él.

Voy hacia el coche cuando veo una limusina de mi padre que se detiene cerca.

Suena mi móvil y lo saco.

Mi padre.

—Hija, esta noche tienes un evento. Lo he preparado todo para que estés lista.

—No puedo.

—¿Cómo que no puedes? Ese no era el trato. —Su voz me hace temblar y Seth me mira de reojo, alzando una ceja.

—Estoy trabajando. ¿No era lo que querías? No tengo dinero ni para comer, así que entiende que no puedo faltar a mi trabajo.

Se queda callado. Muy callado.

—A las nueve tienes que estar lista. Haz lo que quieras antes. En el maletero de la limusina está tu vestido, que ha elegido Mónica, y todo lo demás. No tardes.

Cuelga y voy hasta la limusina. Me abren el maletero y me dan mis cosas.

Mi padre ya debe de haberlos informado de todo.

Voy hasta el coche de Seth y, con mala cara, sale y me abre el maletero. Después entro en el coche mientras la limusina se marcha.

—Esta noche tengo una fiesta…

—No te he pedido explicaciones.

—Eres un maleducado. Buenos días, por cierto.

—Lo serán para ti.

—No te soporto.

—Ni yo a ti. Así que no tenemos nada más que hablar.

—Perfecto. —Me pongo el cinturón y tomo aire para alejar mi enfado.

Mala idea, porque aspiro su perfume y me acuerdo de su boca.

¡No lo soporto!

* * *

Llegamos a una mansión donde la marca de moda ha preparado todo en la piscina. Es como si fuera una fiesta que ha acabado tarde y la gente se despierta tras dormir en cualquier parte.

Dejamos los modelos elegidos.

Le cuentan a Seth cómo serán las fotos mientras veo cómo combinar los bóxers que va a llevar, uno negro y otro blanco.

Lo dejo todo preparado y voy a donde me dicen hasta que me piden cafés.

No he hecho un café en mi vida.

—Vamos, bonita, queremos cafés. —Me hacen señas con las manos para que vaya hasta la cocina.

Miro a Seth un segundo, pidiendo ayuda, hasta que recuerdo que es el enemigo.

Sonríe; seguro que está deseando que la cague para reírse de mí.

¡Lo odio!

Llego a la cocina y busco cómo hacer los cafés.

En mi casa, mi padre no me dejaba ir la cocina bajo ninguna circunstancia. Si quería algo, debía pedirlo al mayordomo.

—Es para que no caigas en la tentación de comer lo que no debes a altas horas de la noche —me dijo de niña.

Mi padre está obsesionado con la comida sana. Opina que si comemos sano, no solo viviremos más, sino que tendremos un aspecto más joven.

Todo empezó cuando le salió su primera cana.

Se enfureció con los sirvientes que le compraban el champú, alegando que era culpa de ellos, porque le había acelerado el proceso.

Entonces, empezó a estudiar cómo evitar el envejecimiento y las comidas empezaron a ser más sosas.

Hasta que decidió crear una empresa de comida saludable.

No tenía nada que ver con su sector.

Nunca entendí ese movimiento ni tampoco comprendo que le vaya tan bien. Genera mucho más dinero que empresas sólidas que sí venden productos que la gente demanda.

Esperaba que esta se fuera a pique, pero, al parecer, vende más de lo esperado.

Me equivoqué.

Miro de nuevo la cocina y saco el móvil para ver si encuentro ayuda.

—Tengo solo unos minutos —me dice Seth, que ha venido a la cocina. Al parecer, no quiere que la cague—. Aunque es divertido ver cómo lo estropeas…, la agencia da la cara por ti.

—Era raro que te importara.

—No, no me importas. Ven.

Voy hacia él y veo una máquina. La abre, junto a un cajón con cápsulas.

Me explica cómo hacerlo y, aunque no parece complicado, por si acaso lo grabo con mi móvil sin espías.

—Si querías una foto mía, solo tenías que pedirlo.

—Luego lo borro. No quiero que tu presencia borre todo en mi teléfono como si fuera un virus.

Sonríe de medio lado. Su boca me llama y, por su mirada dorada, sé que la mía también lo llama a él.

—Me marcho. No tardes, que me tienes que ayudar a vestirme.

—Ni que fueras un bebé.

—Vamos, admite que te mueres por tocarme de nuevo.

—Ni muerta.

—¿Apostamos algo?

No, no vayas por ahí…, pero me tienta cerrarle la boca a este listillo.

—Apuesta lo que quieras. Lo de ayer no volverá a pasar.

—¿El beso o que gimas en mi boca?

—Ambas cosas.

—Tenemos una apuesta en marcha…, princesa. —Se va, con esos aires de chulito que me ponen de los nervios.

Pongo el vídeo de Seth varias veces hasta que le pillo el truco a lo de hacer los cafés.

Los llevo todos en una bandeja y Seth me llama para que lo ayude con la ropa.

Voy hasta él con cara de pocos amigos.

—Vamos, finge un poco mejor, que piensen que nos soportamos.

—En tus mejores sueños.

—Estás perdiendo tu toque de falsa. Esta noche, en la fiesta, no sé cómo vas a fingir ser la novia perfecta.

—Lo hago desde niña.

—Otra razón más para odiar… tu mundo. —Coge un bote y se quita la sudadera ante mí.

La respiración se me agita y trato de no admirar sus perfectos oblicuos.

Me tiende el bote.

—Por todo el torso —indica divertido, y se acerca a mi oído—. A ver si eres capaz de fingir que no te pone cachonda tocarme.

—Solo sentiré ganas de vomitar.

—Entonces, adelante. —Deja sus brazos a cada lado mientras espera que lo toque con el aceite y no sienta nada.

Acepto el reto y tomo aire para recordar todo lo aprendido y que no note como me afecta tenerlo medio desnudo.

Puedo hacerlo. Solo es un tío bueno tocanarices

Pongo el aceite en mi mano y lo caliento. Lo miro a los ojos.

Sus ojos dorados están fijos en mí. Seguro que está buscando cualquier señal de que miento.

Pongo mis manos en su torso e intento que no note como tiemblo por sentirlo bajo mis dedos.

Paso las manos por su torso. Está duro y es suave. Caliente.

Paso los dedos por sus oblicuos y se me seca la boca. Sobre todo, cuando llego a la goma de su bóxer.

Fuego. Estoy ardiendo. Quiero acercarme más. Quiero quemarme con él…

No, no puede notarlo.

Sigo como si nada; como si por mi mente no pasaran cientos de escenas ardientes, donde la ropa no existe y solo somos dos cuerpos frotándose contra el otro.

Más calor.

Miente.

¿Por qué con él no puedo mentir?

Lo miro a los ojos. Sonríe mientras su piel se eriza.

Baja la mirada, hago lo mismo y veo mis pezones duros contra la camiseta.

Me tapo, como si pudiera verme desnuda, y me marcho.

—Has perdido.

—Pienso ganar la siguiente —murmuro, para que solo él lo escuche.

Voy a buscar agua y me quedo donde me dicen para ver la sesión de fotos.

Seth se tumba al lado de una modelo preciosa, como si hubieran tenido sexo. Ella le toca la piel.

Miro cada señal de lo que siente Seth. No hay piel erizada ni respiración agitada. No hay nada y que no exista me relaja, aunque sé que no me importa… O eso quiero creer.

Hacen las fotos y son muy buenas. Seth queda muy bien en cámara. Esa mirada perdonavidas es su clave.

En realidad, la empresa no quiere que sonría, porque, de hacerlo, la gente pensaría que es una marca de lujo que se puede permitir cualquiera.

Al no sonreír, muestras frialdad y exclusividad.

La sonrisa hace que la gente sienta que puede ir hacia ella, pero la indiferencia, no. Eso lo aprendí de Mónica.

A ella le encantaba la moda, pero su padre quería que estudiara otra cosa. Acabó trabajando para mi padre y se enamoró de él. Al final, se casaron.

La conozco desde mucho antes de que se casaran. Conmigo siempre fue amable y buena, pero cuando se casaron tenía que seguir unas normas y solo cuando íbamos de compras podíamos ser nosotras mismas.

La sesión acaba y Seth se marcha para cambiarse de ropa.

Recojo todo lo nuestro y lo llevo al coche.

Abro el maletero y veo mi vestido para esta noche. No tengo ganas de ir; no tengo ganas de pasar otra aburrida velada al lado de Rob.

Tomo aire y aparto mis deseos, ya que no entran en este plan. Lo que yo deseo nunca fue importante.

—¿Te dejo en alguna peluquería?

—No, intentaré hacerlo sola.

—Pide ayuda a Lia. Le gusta mucho el maquillaje y peinar. —Lo miro, porque está siendo amable y eso es algo poco habitual en él—. O puedo ayudarte yo. —Sonríe con esa mirada depredadora.

—No, Lia es mejor.

Cerramos el maletero y escribo a su hermana. Me dice que está con su novio, pero que intentará llegar lo antes posible.

—Está con su novio… No puede ser tan complicado hacerme un moño y maquillarme.

—Te maquillas todos los días y no veo qué tiene de especial lo de hoy.

—Solo me maquillo lo justo. No sé hacerme maquillajes más elaborados.

—¿Y por qué?

Miro por la ventana mientras me planteo si responder o no.

—Mi padre odia que hagamos cosas por las que podemos pagar a otros para que ellos las hagan. Por eso, desde pequeña he tenido gente que hacía todo por mí en vez de aprender a hacerlo sola.

—¿Y si no le hacías caso?

—Se enfadaba. Tal vez no lo entiendas, pero quiero a mi padre y estar enfadada con él me angustiaba.

—No pienso juzgarte por eso, pero ahora es un buen momento para que aprendas a ser independiente.

—No sé si quiero. —Muevo mi anillo—. No puedo escapar de la vida que está organizada para mí. Lo sé desde niña. Me han educado para ser la esposa de alguien y ese alguien será como mi padre. ¿De qué me sirve explorar el mundo como si tuviera opción de ser quien yo quisiera?

—Sirve para vivir por una vez la vida que tu deseas, a tu manera. Tienes esa oportunidad. De ti depende desperdiciarla o no.

—Y si luego no sé… —Me quedo callada.

—¿Agachar la cabeza y hacer caso? —Acaba por mí—. Pues ya resolverás ese problema. Se te dan bien los problemas matemáticos.

—Los matemáticos, sí, pero los de la vida, no.

—Depende de ti, princesa.

Lo miro de reojo mientras conduce.

Gira la cabeza un segundo y sus ojos dorados se funden con los míos.

Vivir da miedo cuando otros escriben tu futuro por ti.

Seth aparta la mirada, pero yo no. No puedo.

Observo cómo conduce. Sus manos morenas sujetan el volante y sus músculos se tensan cuando lo hace.

Aparto la mirada cuando noto que mi respiración se agita.

Vivir es peligroso cuando la tentación tiene nombre y apellidos.