Tú a Nueva York, yo a Chicago (Un sports romance muy ardiente 2) Capítulo 11
23%

Capítulo 11

Everly

Entro al pabellón para esperar a Seth.

Elara me escribió, tras colgarle, y me dijo que me quería, pasara lo que pasara y decidiera lo que decidiera.

Le respondí que yo también.

Tenemos que ir poco a poco. Somos mellizas, pero no sabemos apenas nada de la otra.

Joss me escribió:

Joss: No es fácil. Lo sé. Me alegra tenerte de vuelta.

Everly: Lo estoy intentando.

No me respondió, porque no hacía falta. Sabe cómo es todo esto; lo duro que es romper y que no siempre se desea hacerlo. Yo he sido feliz, a pesar de todo, y no quiero una vida lejos de mi mundo; lejos de mi padre y de Mónica.

No valgo para nada más.

Entro a las gradas y me siento cerca de la pista. Nunca he ido a un partido de hockey ni lo he visto por televisión.

Joss jugaba y me contaba siempre cosas de cómo lo hacía, pero mi padre no quería que fuera a verlo. Tampoco cuando fingimos ser novios. Decía que ese lugar no era para una Rivera.

Pero aquí estoy. De golpe, todo ha dejado de importarle con tal de cumplir el acuerdo que firmó con mi madre de que yo pasara aquí mis años de universidad.

Reconozco a Seth enseguida. Es el capitán. Se mueve por el hielo como si volara. Su forma de jugar es agresiva y arrebata el disco con facilidad a sus adversarios.

El equipo se ha dividido en dos para un partido de entrenamiento. Eso lo hacía Joss; se pasaba horas hablando de todo. Aprendí algunas cosas del deporte solo por él.

—Al final, este deporte es como las matemáticas. Calcular el ángulo perfecto para meter un gol —le dije un día.

—Si eso te hace feliz, que sean números —me indicó mi amigo—, pero es mucho más que eso. Es emoción, es el placer del triunfo… Unidad, amistad, equipo. Sentir que puedes lograr cualquier meta que te propongas. —Sus ojos brillaron—. Tal vez no lo entiendes.

—No, pero no importa.

Joss sonrió y nos quedamos en silencio. Uno incómodo, porque, aunque lo quería y creía estar enamorada de él, ser novios falsos nos estaba separando. Ambos lo sentíamos. Juntos éramos más como querían nuestros padres que como nosotros hubiéramos deseado ser.

Seth anota un tanto y sube al marcador.

Al pasar por mi lado, me guiña un ojo.

«Creído.»

Siguen con el entrenamiento y, al acabar, Seth me hace señas para que no me vaya. Como si pudiera; necesito dinero con urgencia. Hoy he tenido que pagar un recibo de luz y otro de agua en el banco, para que no cortaran ninguna de las dos.

Seth no tarda en llegar.

Estoy tomando notas en la libreta que llevo en mi bolso. Se acerca y lee por encima.

Lo miro: lleva el pelo mojado y se lo ha echado hacia atrás.

Coge mi libreta y espero que se burle. No lo hace.

Analiza las jugadas en términos matemáticos.

Arranca las hojas y se me acelera el corazón por los recuerdos.

—¿¡Qué tonterías son estas?! —me soltó mi padre mientras rompía mis cálculos—. ¡No quiero esto de ti! Olvida esto. Olvida estas estupideces.

—Gracias —dice Seth, y me descoloca—. Por las jugadas. Son muy buenas. Las usaremos. Luego, se las pasaré al entrenador.

—¿No te parece estúpido?

—El entrenador es amante de las matemáticas. Le encanta hacer cálculos y esto le ayudará.

Algo cálido se extiende por mi pecho. Me siento… útil.

—Tengo más ideas —murmuro.

—Perfecto, pero ahora vamos, que llegamos tarde. —Lo sigo hacia su coche—. ¿Cuántos pases hice?

—Quince, pero dos de ellos los interceptó el equipo contrario.

—¿Y cuántas veces toqué el disco?

—Que yo contara, cien.

—Y todo eso lo has contado mientras pensabas en ángulos, jugadas y cifras. Tienes una mente prodigiosa.

—No, es solo que contar me gusta…

—Te relaja —apunta—. A mí me relaja jugar al hockey . Desde pequeño aprendí que con este deporte podía canalizar mis emociones.

—Me da miedo que estés siendo amable. ¿Vas a venderme por partes? ¿Pedir un rescate a mi padre?

—No, pero no es mala idea. —Se frota la barbilla. Llegamos a un automóvil negro deportivo, que no es el del otro día—. Este es mi coche, pero Lia a veces se lo lleva.

—Ah… Es bonito.

—No es digno de una princesa como tú —me pica. Miro el coche a la espera de que me abra—. No soy tu mayordomo.

«Mierda, no lo hice por eso…»

Abro la puerta, mortificada. A veces olvido que ya no tengo que ser esa chica rica.

—Es la costumbre, perdón.

—No pasa nada, pero no me gusta abrir puertas como si solo fuera un puto sirviente.

Aprieta el volante y sé que ese tema le duele mucho.

Me muerdo la boca para no preguntar. No me lo dirá y, de momento, estamos en una especie de tregua que, si vamos a trabajar juntos, no quiero romper.

—Para mí, los trabajadores de mi casa son parte de mi familia —comento, mirando por la ventana—. Los quiero mucho.

—Pero no puedes quererlos. Hay líneas que no se pueden mezclar, ¿verdad?

—No —respondo, pero no es porque no quiera. Es porque no puedo, ya que mi padre castigaría a los trabajadores si se comportaran conmigo de forma diferente a como se espera de ellos.

Todo sigue un orden natural. Si cruzo las líneas, la estabilidad se tambalea. Lo aprendí bien joven, cuando mi padre despidió a mi niñera porque la quería más que a él.

—No se quiere a los sirvientes. Solo nos hacen una labor —me dijo y acarició mi pelo—. Se quiere a la familia. Nadie te querrá como te quiero yo. Tal vez hoy no lo veas así, hija, pero todo lo que hago es por ti.

—Es mejor que no olvides —me indica Seth, trayendo mi mente de vuelta— que solo estamos de paso en tu vida. Sobre todo Lia. No le hagas promesas que no podrás cumplir cuando regreses a tu castillo.

—No pienso hacerlo. Nunca hago promesas que no pueda cumplir.

—Yo tampoco —asegura, como si le jodiera ser en algo igual a mí.

Sonrío por su lado gruñón.

Llegamos a un edificio antiguo, de ladrillos marrones. Aparca el coche y entramos.

La de la recepción lo saluda con una mirada de esas que dicen que lo quiere en su cama.

Seth solo saluda de forma seca. Como a todo el mundo, vamos.

Caminamos hacia unas escaleras y subimos a un despacho.

El espacio es abierto y en el techo hay un tragaluz que, por el día, se debe de ver muy bonito.

Llama a la puerta y una voz nos dice que pasemos.

Entro y veo a una mujer de piel morena, preciosa, con el pelo castaño, que me mira. Me recuerda a la protagonista de Avatar; esa actriz siempre me ha parecido muy bella, aunque no he visto la película, pero sí los tráileres.

—Luna, esta es…

—Sé quién es Everly Rivera. Encantada de tenerte en el equipo. A ver si sabes ser algo más que la hija de papá.

Asiento y me tiende unos papeles.

Me hace sentarme mientas los leo y se va a hablar con Seth. Por cómo conversan se nota que tiene aprecio a Seth y este no la mira como si le perdonara la vida.

Reviso el contrato y está muy bien.

Lo firmo y dejo todo en la mesa.

—Perfecto, Everly. Quiero que sepas que aquí no se te va a tratar de forma especial por ser una Rivera. Aquí la gente se lo curra.

—No me asusta el trabajo —respondo.

—Perfecto, porque Seth es un capullo de manual. No le dura ninguna asistente.

—Eso es porque todas quieren follar conmigo y, cuando paso de ellas, salen corriendo.

—Eso también. Vamos, marchaos ya. Tienes que ayudarlo para su próxima sesión de fotos. Me alegra tenerte en el equipo. —Le sonrío y me marcho tras Seth.

Vamos hasta el sótano y entramos en lo que parece un estudio de fotografía.

Seth me indica dónde está todo.

El fotógrafo se nos acerca y le dice dónde debe cambiarse. Después, se va a hacer fotos a una chica que posa con un sujetador deportivo que parece sexi.

Seth me llama y voy a donde está.

Cuando llego, solo lleva un bóxer negro.

«¡Madre mía! Madre mía… Joder…»

Intento no mirarlo con descaro, pero mi mirada va de un lado a otro sin saber dónde pararse. Allí donde miro, hay carne prieta y jodidamente sexi…

«¡Madre mía!»

—¿Puedes dejar de babear por mi cuerpo y echarme el aceite?

—Estarás de coña, ¿no?

—Yo nunca estuve de coña. Eras tú la que creías que sí.

Me tiende un tubo y me dice cómo hacerlo para que quede bien.

Seth se lo ha puesto por delante, pero tengo que ayudarlo por detrás.

Joder…, no estoy preparada para esto.

Pongo un poco en mis manos y lo caliento, como hacen cuando me dan masajes.

Extiendo el aceite por su espalda.

Está muy caliente y es muy suave. Tocarlo no está tan mal. Se siente bien.

Esparzo el aceite moviendo las manos por su cuerpo. Se me acelera la respiración y noto como tiemblan mis piernas. Sobre todo, cuando se gira y mis manos acaban en su torso.

Lo miro a los ojos mientras unto más aceite, que sigue en mis manos.

Tocarlo no debería sentirse así. No debería quemar. No debería hacerme arder…

—Ya es suficiente. —Me tiende una lista—. Esto es todo lo que debes hacer mientras hago las fotos. Si no encuentras algo, pregunta. Aquí la gente siempre ayuda a los nuevos.

Le digo que vale y me marcho casi corriendo.

Al salir, me apoyo en la puerta esperando que los latidos de mi corazón se normalicen. ¿Qué acaba de pasar?