Capítulo 9
Seth
Termino de atarme los patines y salgo a la pista de hielo.
Me gusta estar aquí. Patinar sobre el hielo. Luchar por ser el mejor jugando al hockey . He nacido para esto.
El año pasado no hicimos una buena temporada, a pesar de quedar segundos. Nos faltó algo como equipo y aún lo sigo buscando, pero casi todos los jugadores son nuevos este año y eso puede hacer que esta temporada sea peor.
No puedo permitirlo. Necesito una oferta para jugar en la liga profesional. Esa es mi meta. Ese es mi único futuro.
Era pequeño cuando mi padre, haciendo zapping , puso sin querer un partido de hockey , y le pedí que lo dejara.
Me quedé quieto, mirando la televisión. Al día siguiente, me hice un stick con una caja rota y una pelota de papel de aluminio. Corrí por el patio como si patinara, pero se rompieron, claro.
Mis padres me vieron y me preguntaron si quería apuntarme al equipo del instituto.
Por supuesto que quería. Aprender a patinar fue lo mejor de mi vida. Tener un objetivo me daba paz. Y aquí estoy ahora, para cumplirlo: ser el mejor este año y recibir una oferta para jugar en la liga profesional.
Patino por el hielo para entrenar y veo a los nuevos reírse mientras se toman esto a cachondeo.
—Dime que yo no era así hace años. —Miro a uno de mis compañeros de último año. Es Alberto.
—Seguro que sí. —Me da con el hombro—. Lo tenemos jodido este año.
—Bueno, podemos hacer que chupen banquillo. —Se marcha a patinar.
El entrenador nos indica que hagamos un partido.
Pone a los nuevos juntos, porque ellos se lo piden, y el resto formamos el otro equipo.
Les damos una paliza, pero les da igual. Se ríen y se van a los vestuarios como si no importara perder.
Me acerco patinando al entrenador.
—No puedo perder mi oportunidad de nuevo por esta panda de idiotas.
—Son jóvenes, las primeras semanas de universidad… Aún no tienen la cabeza en lo que deben. Dales tiempo.
—Lo que debería darles es una paliza para que espabilen. —Sonríe.
—Deberías enseñarles lo que sabes.
—En sus mejores sueños. Además, soy un pésimo profesor.
—Eso creía yo y mírame. —Me da unas palmadas en la espalda—. ¿Te quedas entrenando?
Asiento y me quedo un rato patinando solo.
Me gusta cuando todos se van y la pista de hielo es solo para mí.
* * *
El primer partido tiene a todos nerviosos.
Tanto es así, que vamos a hacer antes uno amistoso con un equipo local, para que los nuevos jugadores no lleguen en ese estado.
Me preparo para darlo todo.
Mis padres y mi hermana están en las gradas. Todos con las caras pintadas con los colores de mi equipo. Al verme, levantan sus manos de goma y casi se les caen las palomitas. Son patéticos, pero sonrío por dentro del casco.
Paso cerca de ellos y golpeo con el stick el cristal.
Hay un sitio vacío al lado de Lia. Por un segundo, creo que será para Everly. No la he visto más que de lejos estos días, mientras intenta encontrar un trabajo. Yo sé que acabará trabajando conmigo.
Espero que Everly aparezca, pero quien lo hace es el novio de Lia con mala cara.
Odio a ese capullo. No sé cómo alguien como Lia ha podido acabar con alguien que solo la apaga y le hace parecer otra persona. Bueno, sí lo sé. Es la primera vez que mi hermana tiene novio y se ha conformado con quien le ha hecho caso.
Desde pequeña ha sufrido bullying por su precioso pelo rojo. En el colegio, yo era el que la defendía. Me expulsaron varias veces, pero nunca servía que la ayudara, porque lo hacían de nuevo y yo lo devolvía, hasta que me cambiaron de colegio para que dejara de meterme en peleas.
Entonces, fue Elara la que defendió a su amiga.
Lia siempre decía que estaba bien, pero esas mierdas se llevan por dentro. Cuando tenía a Elara cerca, se sentía más fuerte, y ahora, sin ella, se ha dejado camelar por semejante idiota.
Le partiría la cara si eso no supusiera que mi hermana se enfadara conmigo.
Voy hasta donde está el entrenador y nos da las pautas para el partido. Los nuevos no paran de hablar.
—¡Callaos, joder! —grito, mirándolos mal.
—Seth —me dice el entrenador, y sigue como si nada.
En su mirada se lee que tenga paciencia, pero no la tengo en absoluto.
Salimos a jugar y dirijo a los veteranos. Al resto, les digo algo, pero no me centro en ellos, para ver cómo se apañan.
Empieza la primera parte de tres y no me cuesta mucho meter el primer tanto para mi equipo.
A ellos tampoco, porque meten el segundo por culpa de que los nuevos van de un lado a otro como pollos sin cabeza.
Miro al entrenador y parece tranquilo. ¿Cómo puede estarlo? Toma notas, da órdenes y sigo jugando para dar lo mejor de mí, pero yo solo no puedo llevar el peso de un equipo.
Al final, ganamos, pero por muy poco. Me he tenido que dejar la piel en la pista de hielo. Ahora mismo estoy nervioso y agitado.
El entrenador me lo nota y me manda a las duchas mientras él da una charla.
Antes de entrar a la ducha escucho que dice:
—Bueno, lo tenemos jodido, pero yo creo en vosotros.
Pues yo no. Yo no creo en nadie ahora mismo y la idea de perder mi oportunidad de llegar a la liga profesional me mata por dentro. No se me da mal ser modelo, pero ese no es el futuro que soñé. No quiero rendirme. No puedo rendirme.