Capítulo 8
Everly
Atiendo al profesor y, aunque tomo notas, no lo hago para destacar. Mi padre siempre me dijo que no esperaba que fuera demasiado inteligente. Quiere que estudie esta carrera y la deje por amor. Justo eso será lo que anuncien, que por amor a mi familia la dejé.
Tomo notas y me siento bien en las primeras horas de clase.
Al salir, a la hora del almuerzo, Lia me espera.
—Vamos a tomar algo —indica.
—No tengo mucha hambre…
—Invito yo. —Pasa el brazo sobre mis hombros.
Ayer vino a mi casa para traer comida y me preguntó por la gala.
Le dije que había ido bien. Ya estaba conmigo cuando pasaron para recoger las joyas y el vestido.
Lo miró mal, pero le expliqué que era algo habitual. Muchas joyas solo se prestan para las fotos.
A continuación, me preguntó si vi a Seth y entonces me sonrojé. Ella alzó una de sus cejas pelirrojas.
—No me di cuenta.
—Seth dijo que te vio con tu novio y que contabas bombillas.
—Lo mato —murmuré.
—Me ha dicho que te pregunte cuántas había y que te dé esto. —Sacó una caja y la abrí. Dentro había una bombilla—. La pidió para ti. Dice que es una muestra de paz, por lo mucho que las miraste durante toda la gala.
—Idiota.
—Lo es, pero Seth es así. Solo él entiende muchas veces el significado de sus bromas. Lo mismo un día te cuenta qué pensó cuando pidió que le bajaran una bombilla para ti.
—Como si me importara.
Se fue, pero, por alguna extraña razón, guardé la caja tras acariciar con los dedos una de esas bombillas que tanto me habían entretenido en la velada.
Sigo a Lia a la cafetería.
Es raro entrar en ella y no estar en el grupo de los hijos de los ricos. Están al fondo y se les nota. Algunos me miran curiosos. Deben de saber quién soy, pero aquí no tengo el apoyo de mi padre. No es como en Nueva York, donde tiene mucho más poder.
Vamos a pedir un café y algo para comer.
Después, nos dirigimos a una mesa donde nos espera el novio de Lia.
No me gusta.
Se han perdonado, pero Lia, que podría patearse el mundo buscando un amor de verdad, se conforma con un tío que, por lo que me contó, se enfada cada dos por tres por algo que le desagrada de ella.
No me gusta nada. Me pregunto qué piensa Elara.
No puedo hablar con ella con mi móvil porque mi padre lo tiene pinchado. Vigila todo lo que hago con él. Por eso no me traje ni el ordenador ni nada caro. Quería comprarme uno que no le perteneciera, pero para eso necesito dinero.
—¿Qué te preocupa?
—Todo lo que debo comprar y el dinero que tengo —le indico a Lia.
—En la agencia de Seth buscan gente para ayudar y está en nuestro barrio. O bien planchando ropa o ayudando a los modelos a vestirse. Yo voy… —Su novio carraspea y ella se hace pequeña—. Yo iba a trabajar en eso. Si quieres, te paso el número.
—No sé.
—Pagan muy bien y solo trabajas unos días a la semana. Es lo mejor para compaginarlo con los estudios. —A Lia se la ve emocionada con esto, porque le gusta mucho la moda. Se le nota.
La miro y pienso si me veo así con Rob, pero yo sé que no lo amo, que no lo amaré nunca, pero que no tengo más opciones si quiero una vida al lado de mi padre. Además, para que mi hermana y Joss puedan vivir en paz, debo seguir con esto. Mi padre sabe dónde están. Lo sabe todo. Siempre lo sabe.
—No, gracias. Puedo conseguir un trabajo sin ayuda de Seth.
—Hablando de mí a mis espaldas. —Seth se sienta a mi lado tras girar la silla. Apoya sus brazos en el respaldo y me mira.
Intento ignorarlo, pero tomo aire y es un gran error. Su perfume me llega y hace que lo recuerde medio desnudo en la pasarela…
«Para. Esto no tiene sentido. Solo es Seth, el odioso de mi vecino.»
—Le decía a Everly que podía trabajar para tu agencia, ya que buscan gente para ayudar. Además, está cerca de casa.
—Y ella no ha aceptado porque se muere por mis huesos.
—¡Tú sueñas! —respondo.
—Te vi cómo me devorabas con la mirada en la gala.
—Te miraba horrorizada por semejante ordinariez.
—¿Era demasiado escandaloso para una princesa?
—Demasiado vulgar. No me gusta nada la vulgaridad.
Nos miramos retadores mientras espero que solo vea mi rabia y no como me pierdo en sus ojos dorados más de lo que debería. Cuando lo tengo delante, siento como si perdiera el control de mi cuerpo y de golpe se transformara en algo parecido a la gelatina. ¡Lo odio!
—Si en una semana no eres capaz de encontrar un trabajo por ti misma, serás mi sombra en la agencia. —Me tiende una mano.
Lo miro desafiante y la acepto solo para fastidiar.
Su mano está muy caliente y es más cálida de lo que esperaba. Con lo que no contaba era con el cosquilleo que me produce sentir su piel al rozar la mía.
Se acerca sin soltarme y me fijo en que sus ojos dorados tienen motitas verdes que se mezclan entre el oro.
—Estoy deseando que me pongas aceite sobre mi vulgar cuerpo —lo susurra en mi oído, antes de levantarse, y mis mejillas se sonrojan, demostrando el poco control que mantengo de mí misma cuando lo tengo delante.
«¡No lo soporto!»
—Ni muerta. —Lo veo irse mientras pienso dónde narices me estoy metiendo—. Dime dónde puedo conseguir un trabajo —le pido a Lia, que, divertida, niega con la cabeza.
—No puedo ayudar. Esto es una apuesta.
—No serás capaz. —Se ríe, dejando claro que sí será muy capaz.
Mierda, ahora sí que lo tengo jodido.
* * *
He echado currículums por el barrio y por los alrededores de la universidad.
Espero que me llame alguien mientras busco qué comida precalentada hacerme para cenar. Compré solo cosas que tuviera que calentar en el microondas, pero he estado haciendo cuentas y me sale más rentable aprender a cocinar.
Demasiadas cosas tengo que hacer.
Salgo al jardín para disfrutar de la cena sentada en las escaleras.
Miro al cielo, pero las estrellas casi no se ven por la luz artificial.
—Un día contaré todas las estrellas. ¿Cuando lo haga, me querrás? —le pregunté a mi padre con la inocencia de mis siete años.
—Yo ya te quiero.
—¿Y cuándo podrás jugar conmigo?
—Las señoritas no juegan, Everly.
—¿Y si contara todas las estrellas, lo harías entonces? —Mi padre revolvió mi pelo y negó con la cabeza.
—Ni aun así. Tu papel no es el de jugar ni el mío tampoco.
Se fue a su despacho mientras yo apretaba mi peluche contra el pecho.
Aparto ese pensamiento de mi mente y dejo a un lado la cena terminada. Este barrio es tranquilo, comparado con el bullicio del centro de Nueva York.
La verdad es que no se está tan mal.
Escucho pasos y, cuando alzo la mirada, veo a Seth en su jardín, con la camiseta del equipo de hockey . Parece nervioso, hasta que se da cuenta de mi presencia y su mirada se torna fría.
—Odio a la gente como tú —me suelta y se me encoge el pecho.
—No te he hecho nada.
—Existir —indica agitado, y se marcha a su casa nervioso.
Seth odia a la gente como yo. Vale, es evidente, pero ¿por qué? Alguna ex que le partiera el corazón… Siempre suele ser eso. No me imagino a Seth cariñoso, dulce o atento. O fogoso…
No, eso sí me lo imagino.
Mi respiración se agita.
Nerviosa me levanto y enciendo la luz trasera para arreglar unas macetas.
El jardín nos ha quedado muy bonito y es la primera vez que me mancho tanto las manos en un trabajo.
Estoy muy orgullosa de mí misma.
Si mi padre me viera, se horrorizaría, pero todo esto es por su culpa. Estoy aquí porque él ha querido, de eso no tengo dudas.
No paro de dar vueltas al motivo y quizás estando aquí lo descubra.
Cuando mi padre era pequeño, vivía en uno de los peores barrios de Nueva York, pero odia hablar de su pasado. A pesar de que, tras el divorcio de mis abuelos, mi abuela se casó de nuevo y salieron de ese barrio para irse a uno mejor.
Mi padre dice que no poseer dinero era horrible.
No me lo pareció las pocas veces que mi padre me dejó con mi abuela. Me gustaban sus abrazos cariñosos y sus besos en la frente. Me gustaba ver películas con ella y estar ahí, en esa casa llena de vida, a pesar de no tener nada.
Yo era aún muy pequeña cuando murió en un accidente de coche. Ella tenía casi ochenta años. A Elara ni la llegó a conocer, más allá de los primeros meses de vida.
Mi abuela me dejó su casa y, cuando podía, me escapaba allí.
Ahora es donde vive mi hermana y, aunque yo cada vez iba menos, la decoré a mi gusto.
Nunca me pareció un mal lugar, pero, por miedo a ofender a mi padre, dejé de frecuentarla y solo acudía para dejar algo de dinero, por lo que pudiera llegar a necesitar algún día.
Mi padre no habla de su pasado porque, para él, no ser rico desde el nacimiento es una lacra que intenta ocultar con su éxito.
Algo debe de saber mi madre de ese pasado, algo que hace que yo esté aquí y que Elara haya vivido en este lugar toda su vida.
Es por eso por lo que, de vez en cuando, registro la casa, para ver si encuentro alguna pista de por qué un hombre que jura amar a sus hijas mira hacia otro lado cuando le interesa.
Siento que hay algo que no encaja en toda esta historia.