Tú a Nueva York, yo a Chicago (Un sports romance muy ardiente 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

Everly

Salgo de la casa de mi madre con un precioso vestido en tonos azules, de alta costura.

Mi padre lo mandó traer con una nota en la que hablaba de la invitación al evento.

Lo llamé y su secretaria me dijo que estaba ocupado.

Entonces contacté con Mónica, aunque, desde hace un año, las cosas entre ella y yo no están bien, porque la idea de mandarme a un internado fue de ella.

—Hola —me saludó. Para mí, es mi madre. Más que la que me dio la vida.

—Hola —respondí—. Tengo un evento, pero no sabía nada.

—Te iba a llamar, pero no sabía si querrías escucharme. Yo… —Se quedó callada—. Lo harás bien, Everly.

—Sí…, ¿irá él?

—Sí, te espera allí. Os harán fotos juntos.

Noté como se me encogía el corazón. Mi prometido, el hombre que mi padre había elegido para mí, mediante un trato con su familia, estaría ahí.

Solo lo he visto dos veces, para cerrar el trato y firmar el compromiso.

Después, al cabo de tres años, una boda, pero hasta entonces nos veríamos de vez en cuando y posaríamos juntos.

Luego, seríamos marido y mujer. Hijos… in vitro , claro.

No tenemos que acostarnos. Todo quedó escrito.

Toda mi vida organizada hasta que me muera.

—Lo sé —respondí a Mónica, y colgué.

Miré el jardín, que estaba arreglando con la ayuda de Lia, y sentí las lágrimas silenciosas correr por mis mejillas.

Tomé aire y puse buena cara. He nacido para esto… Solo soy esto. Sin esto, no soy nada, como me decía mi padre de pequeña.

Entro en la limusina y cojo algo de agua para beber.

Hoy me recogieron a primera hora para ir a la peluquería y después me trajeron a casa para que me cambiara.

Lia vino a ayudarme con el vestido.

—Qué moño más feo. Se te van a salir las ideas. —Lia se hace querer. Es una chica increíble. Elara no sabe la suerte que tiene porque esté en su vida.

Y los señores Carter.

Llevo aquí dos semanas, la universidad está a punto de empezar y este tiempo ha sido raro. Me he visto perdida en conversaciones sin sentido en casa de los Carter y cenando con Lia en la casa de mi madre, mientras me ponía una serie tras otra o todas las pelis que le gustan, a ella y a mi hermana.

Ha llamado a Elara más de una vez, pero, aunque nunca sé qué decir, me gusta verla, y ver a Joss.

El problema es que, cuanto más me pierdo en este mundo, más duele, porque todo esto no es más que un espejismo en una vida que no es para mí.

Me siento fuera de lugar, pero no importa, porque cuando llegue el momento seré solo la esposa de alguien, sin poder hacer nada más en la vida.

Mi padre quería que este mundo me asqueara hasta el punto de volver llorando a su lado, pero nada de eso está pasando. Por primera vez en mucho tiempo puedo ser solo Everly, no una Rivera, y es… tranquilizador.

Temo que este tiempo aquí me cambie, pero no de la forma que mi padre ansía.

* * *

Llegamos al evento y mi novio, Rob García, me abre la puerta. Es rubio, de ojos negros. No es feo, pero nunca lo habría elegido.

Cuando lo miro, solo siento ansiedad. Un vacío en el pecho que no deja de crecer. Sobre todo, cuando salgo y le sonrío como si me alegrara de verlo. Todo un guion bien ensayado desde que era pequeña.

Caminamos hasta el photocall .

Hemos venido a la inauguración de un restaurante. Tenemos que dejarnos ver juntos, para que nadie se extrañe de que nos casemos antes de que yo acabe la universidad y lo deje todo por él.

Muevo mi anillo con los dedos y poso con mi mejor cara.

Su mano en mi cintura me da asco. Su perfume recargado no me gusta, me empalaga. Me saca quince años y a su lado me siento muy joven, muy pequeña, pero esto es algo que se ve a menudo en mi mundo. Es un hombre de negocios con el que mi padre quiere establecer una alianza.

El resto no importa.

Entramos al restaurante y miro hacia el fondo, buscando centrar la mirada en algo para recuperar la calma.

Entonces, veo a Seth. Está en la barra y me mira, clavando sus ojos dorados en mí. Esos ojos tan increíbles, que me recuerdan a un depredador.

No entiendo qué hace aquí, aunque va vestido como los demás. La camisa blanca resalta su piel morena por el sol y su pelo oscuro está peinado hacia atrás. Es tan guapo que duele mirarlo, y lo sabe.

Las mujeres, a su alrededor, babean por él. Él las ignora mientras toma su bebida sin dejar de observarme.

«No me mires», le pido mentalmente, aunque no pueda entenderme.

Por imposible que parezca, sonríe de medio lado, como si supiera como me jode que me mire así. Es como si conociera cada uno de mis secretos.

Aparto la mirada, agitada.

Solo es Seth; el idiota de mi vecino por tiempo limitado.

Paseo por la sala con Rob, que no me presenta a nadie. Aquí lo conoce mucha gente, pero da por hecho que saben quién soy y que si no es así, no importa.

Espero a que me dé permiso para hablar.

Es horrible, lo sé, pero mi padre se enfadaría mucho si no hiciera caso a todo lo que Mónica siempre me ha enseñado.

Conversan sobre una empresa que está en bancarrota y me gustaría hablar y dar mis ideas, pero como no me está permitido, cuento las bombillas que tiene el salón.

Paseo la mirada de un lado a otro, con disimulo, para contarlas y así me relajo. Cuando esperaba a que mi padre me hiciera caso, contaba los tictacs del reloj; hacerlo evitaba que el tiempo pasara lento como una losa.

—Puedes ir a por algo de beber —Rob me da permiso y casi salgo corriendo.

No pasa nada. Solo soy… Solo soy…

—¿Por qué mirabas todas esas lámparas del techo? —Seth se pone a mi lado en la barra. Me habla sin que nadie note que lo hace. Es como si supiera que esta gente no vería bien que charláramos.

—No miraba las lámparas.

—Parecía como si las contaras. —Lo miro agitada porque se haya dado cuenta—. Si no es por eso, ya te digo que en la casa de tu madre quedarían horribles. Una de ellas creo que mide casi tres metros. El salón se vería de golpe muy pequeño. —Mira mi mano, donde giro el anillo.

—Tampoco me llega el dinero para pagarlas.

—Entonces, contabas bombillas. Te vi mover los labios de forma imperceptible.

—¿Acaso no tienes nada mejor que hacer?

—No, esta gente me aburre mucho, pero debía estar aquí, por trabajo. Voy a desfilar luego. Mirarte y fastidiarte era mi mejor opción. E imaginarte con la ropa interior que te regalé.

Me sonrojo y lo miro de reojo.

—No era tu regalo.

—Entonces, la llevas… Acerté con la talla de la princesa. Bueno, eso es lo que piensas, pero yo sé lo que hice y fue regalártela para poder fastidiarte en el momento indicado. —Me guiña un ojo y se aleja.

Una mujer de la organización sale a su encuentro.

Lo veo perderse con ella tras unas cortinas.

Cojo algo de beber, agitada. No soporto ese aire de chulito sabelotodo, que me pone de los nervios.

Rob se me acerca y me lleva de vuelta con sus amigos.

Cojo algo para comer, cuando me lo ofrecen, y me dejo llevar por todas las lecciones que he aprendido desde niña.

Cuando nos avisan de que habrá un pequeño desfile, vamos hasta la primera fila.

Estamos de pie.

Han puesto pétalos de flores en el suelo y una pasarela llena de agua.

Bajan un poco la música y los focos alumbran la pasarela. El desfile es de lencería.

Salen varias modelos con vestidos elegantes, dejando que se vea su ropa interior. Aparecen varios hombres y uno de ellos solo lleva un bóxer.

Rob dice que esto es una ordinariez. No comentó lo mismo cuando salieron las mujeres.

Entonces, aparece Seth con la pajarita quitada, la camisa blanca abierta y los pantalones desabrochados lo justo para que se vea el elástico de su bóxer. Va descalzo y lleva el pelo revuelto, como si acabara de follar entre bastidores.

Se me seca la boca al verlo. Mi respiración se agita, y más cuando su mirada dorada se pasea un segundo por la mía. Por un segundo, es como si consiguiera que el mundo desapareciera; algo que no me había pasado en la vida.

Nunca he caído presa de una mirada…

Luego, se gira y regresa dentro.

Lo devoro con la mirada, hasta que me doy cuenta y toso para disimular mi azoramiento.

—¿Estás bien, querida?

—Necesito aire

—Sí, yo también. Es hora de irnos.

Va hasta sus amigos y nos despedimos.

Me acompaña hasta donde se encuentra mi limusina. Deja un beso en mi mejilla y siento que el asco me recorre.

—Nos vemos pronto. —Abre la puerta del coche y entro dentro.

Solo cuando estoy sola me limpio la cara y tomo aire varias veces, para alejar todas las emociones de esta noche. Sobre todo, las que nacieron cuando mi cuerpo tembló por unos ojos dorados.