Tú a Nueva York, yo a Chicago (Un sports romance muy ardiente 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

Seth

Regreso de correr y paso por la casa de Elara, como siempre, para ir hasta la mía. En la puerta hay bolsas de basura a montones.

Eso me sorprende, por la hora que es.

Voy hasta allí, extrañado de que Graciela haga limpieza, porque parece que le da alergia.

Antes, quien limpiaba era Elara.

Escucho un estruendo y luego un grito.

«Vaya, esto es cosa de la princesa».

Entro en la casa y la veo patas arriba, y el suelo demasiado mojado.

Entro en la cocina y encuentro a Everly sujetando el microondas, que está a punto de caerse.

Lo cojo con facilidad y lo dejo en su sitio.

La cocina parece sacada de una película de terror.

Everly me mira con el pelo revuelto, sin maquillar y con profundas ojeras. No ha dormido en toda la noche. Seguro que se la ha pasado recogiendo.

Sus ojos verdes como esmeraldas me miran a la espera de que diga algo que la rompa todavía más.

Por eso, me callo y me marcho. No me cae bien la princesita, pero ahora mismo no puede soportar mi estupidez.

Entro en mi casa e informo a mi madre de todo. Tal y como esperaba, sale corriendo con un montón de productos de limpieza.

Es lo que hacía con Elara, cuando su madre se iba de casa y se ponía a recoger todo. Sobre todo, para tratar de quitar la peste a porro de las paredes.

Si quemaran esa casa, saldrían ganando todos.

Cojo algo de café y, al regresar a mi cuarto, veo un mensaje de mi agente.

Tengo una sesión de fotos. Toda esta mierda no me gusta, pero solo tengo que ser yo mismo mientras me hacen fotos y me pagan muy bien, porque, gracias a ese dinero, puedo estudiar en la universidad y pagar la plaza de Lia.

Mis padres llevaban toda la vida ahorrando para un fondo universitario, pero se jodió todo y lo perdieron… Es lo menos que puedo hacer por ellos.

Por eso, acepto la campaña y, tras darme una ducha, me marcho.

Cuando paso con el coche, miro hacia la casa de Graciela y veo a Everly salir con una bolsa cargada de basura.

Eso no lo esperaba. Tampoco que estar a su lado no fuera tan desagradable…

Mejor estar alejado de la princesita, porque me trae a la memoria amargos recuerdos que no quiero de vuelta en mi vida.

Everly

No he limpiado en toda mi vida. Casi inundo la casa, casi se me cae el microondas encima y casi hago explotar el cuadro de luces… Un desastre, pero entonces llegó la señora Carter y me ayudó.

Sé que Seth le dijo algo.

Llegó justo cuando me debatía entre dejar caer el microondas o gritar pidiendo ayuda. Una vez más, noté que estar a mi lado le molestaba, pero me ayudó, con esa mirada seria y fría que tiene.

Luego, se fue y llegó su madre.

Al poco, apareció su padre y Lia se ha apuntado a media mañana.

La casa está muy descuidada. No podía dormir y, al salir a por un vaso de agua, vi una nota de mi madre en la nevera que decía que se marchaba de viaje unos días y que no le quemara la casa.

Miré la vivienda, que estaba destrozada, y pensé que, si se quemaba, sería algo positivo.

De inmediato, me puse a limpiar y a tirar basura. Comida podrida y cartones de pedidos.

He vomitado varias veces por el mal olor y por lo que he visto. Mis manos están rojas por la quemazón de los productos y me siento como si me hubiera pasado un camión por encima.

Por eso, cuando cae la noche, tras un día inacabable, me doy una ducha de agua fría, ya que se ve que mi madre no paga por tener agua caliente, y me tiro en la cama tras cerrar la puerta principal y mi dormitorio con llave.

Por un momento, no pienso en nada y el dolor de mis músculos me hace dormir sin miedo, sin pesadillas.

* * *

—¿Qué haces? —Lia entra en la cocina a primera hora, con café recién hecho y algo de comer. Lo deja en la mesa y mira mi lista de cuentas.

—Estoy viendo el dinero que tengo, para calcular hasta cuándo me puede durar. He comprobado los precios de los supermercados más próximos y he visto dónde está todo más barato… —La miro y solo sonríe. No parece aburrida por mi charla—. Me relaja hacer cuentas.

—Elara odia las matemáticas —se ríe—, pero es una empollona. Nunca quiso que nadie lo notara.

—A mí también se me da bien estudiar. Sobre todo las matemáticas.

—Eso me recuerda… —Saca el móvil y llama a Elara.

Al poco, aparece mi hermana en una cafetería; allí es una hora más.

—Hola, chicas —nos saluda con una sonrisa—. ¿Cómo va todo, Everly? Tengo cinco minutos antes de que mi jefa me pille. —Anda hasta una sala donde se encierra.

—Todo bien —le digo, sin saber qué más contarle.

—Tu madre se ha ido —informa Lia—. Con seguridad, de festival con su último novio, y hemos limpiado la casa. Ya no huele a perro muerto.

—Eso es bueno. Siento que tengas que pasar por todo eso —comenta Elara, y eso me recuerda que su vida ha sido así desde niña. Luego me quejo yo de mis taras…

—No pasa nada. No está tan mal. Estoy aprendiendo de la clase media y después haré un estudio de mercado… —Lia me mira, dejando claro que eso de «la clase media» no le ha gustado—. Clase obrera.

—Tampoco.

—Yo…

—Te hemos entendido —indica Lia—, pero no digas eso por ahí, que quedas muy esnob.

—Es lo que es —suelta Elara—. Os dejo, chicas, llamadme pronto. —Cuelga y se marcha a trabajar.

Lia coge mis cuentas y las analiza. Me las devuelve con una dulce sonrisa.

—¿Te tienes que cambiar?

—¿Para?

—Para ir a comprar todo eso. Cuanto antes empecemos, mejor.

—No hace falta que vengas conmigo.

—Hasta que no empiece la universidad, no tengo nada que hacer y he discutido con mi novio… Necesito distraerme.

Noto algo en su mirada; una tensión que queda rara en ella. Siempre parece alegre y feliz, pero, al hablar de su novio, algo parecido al miedo ha surgido en sus ojos.

—¿Por algo importante?

—No, nada que no se arregle en unos días.

Quiero saber más, pero no sé cómo hacerlo.

Voy a cambiarme y, cuando regreso, Lia me espera en la puerta con un horrible carro de la compra.

—Créeme, cuando tengamos que cargar con todo, lo agradecerás, y no podemos ir con el coche, porque Seth se ha llevado el suyo para otra sesión de fotos que tenía hoy y mi padre está trabajando.

—Me parece bien.

Llegamos al supermercado, que es más pequeño que el del otro día. También estoy menos agitada y por eso no me agobio tanto como entonces.

Lia ha traído la lista y se mueve por el supermercado como pez en el agua. Va metiendo las cosas en el carro que hemos traído.

Al llegar a las cajas, la cajera pasa todo mientras habla con una compañera.

Al acabar, nos dice el precio y Lia me pide el dinero.

—Hay un error de cinco dólares con dieciocho céntimos.

La cajera me mira mientras masca chicle.

—Imposible, la máquina no se equivoca nunca.

—Hay un error… —digo, y Lia le pide el tique.

Yo recuerdo a mi padre mientras todo el mundo me mira como si fuera un bicho raro.

—No hagas eso, Everly —me dijo una vez de niña, mientras regresábamos a casa.

Había ido con él al club de campo y sus amigos hablaron de ventas. Yo sumé todo mentalmente y pregunté dónde estaba todo el dinero que faltaba de la suma final de capitales.

Mi padre me miró como si quisiera matarme. Después se rio y les dijo que solo bromeaba, pero luego me reprendió en el coche.

—¿Hacer qué? —le pregunté.

—La gente no quiere que te pongas a sumar como si fueras un bicho raro. Olvida tu don; olvida lo buena que eres con las matemáticas. No es eso lo que espero de ti, hija.

—¿Y qué esperas de mí?

—Que seas una buena esposa…

—¿Y entonces para que me haces estudiar?

—Para que seas una buena esposa y un buen partido.

—¿Y si quiero algo más? —Su mirada dejó claro que no había opciones.

—Que nadie sepa que eres superdotada. La gente se asusta ante las personas como tú. Ocúltalo como sea. Me has defraudado, hija.

Cuando llegamos a casa, me encerré en mi dormitorio y llamé a Joss.

No dijo nada. Solo me saludó y se quedó al otro lado. Él me sentía y yo a él.

—Acabará por pasar todo —me dijo.

—Estoy bien.

—Pues yo no —indicó, y se quedó al teléfono.

Era mi mejor amigo y lo perdí porque no supe explicarle cómo me sentía. Como lo necesitaba y como ansiaba que un día me amara, como sabía que amaría a mi hermana en un futuro, si la vida les daba una oportunidad.

Hay miradas que son el principio de una preciosa historia de amor.

Ahora sé que no era amor lo que yo sentía por él, pero era bonito imaginar una vida con la única persona a la que había querido que no fuera mi hermana.

Regreso al presente y tiendo el dinero para que me cobren y salir de aquí.

Lia lo aparta y sigue revisando el tique.

Yo la miro y veo el error. No digo nada, porque temo que mi padre salga de entre las sombras y me recuerde que nadie debe saber que soy tan lista.

—Aquí está. Nos has cobrado tres botes de más. —Lia se los señala y la cajera asume su error y lo corrige.

Pagamos y recogemos todo. No cabe en el carro y lo llevamos también en bolsas.

—Nos querían engañar… Hay que tener mucho cuidado, porque se les pasan muchas cosas y el dinero no sobra por aquí. Bueno, a ti, sí.

—Mi padre me ha cerrado el grifo. Mientras esté aquí, debo mantenerme sola o con lo que me ayude mi madre.

—¿Quiere darte una lección de vida? —Asiento—. Lo mismo es para que, cuando estés en la empresa, lo ayudes mejor.

—Puede ser.

No, no es eso. Mi padre solo espera que sea esposa, madre y mujer florero. Mis sueños no tienen cabida en su vida perfecta y hace tiempo que los olvidé, porque lo quiero. Quiero a mi padre y a Mónica. No quiero perderlos. Si los pierdo, me muero. Y más aún si pierdo a Elara.

No soy nada sin ellos.

Mis metas en la vida se reducen a no perder a las personas que quiero.