Tú a Nueva York, yo a Chicago (Un sports romance muy ardiente 2) Capítulo 5
11%

Capítulo 5

Everly

Seth conduce hasta un aparcamiento.

Al salir, me siento un poco rara con la ropa prestada de Lia. Me ha dejado un vaquero y una sudadera. Nunca he llevado algo así y hasta voy con deportivas.

No sé cómo andar sin tacones.

Miro a mi alrededor y nadie se fija en mi indumentaria, porque todos van igual o muy parecido.

Seth sale del coche y ando hacia él. Mira mis pies.

—¿Por qué andas como si fueras una barbie de plástico y no pudieras poner los pies planos? —Sus ojos dorados me miran divertidos—. Camina como cuando vas descalza.

—Ha sido sin querer —le digo.

En verdad, no sé por qué lo hice. Tal vez porque los tacones siempre me han dado seguridad.

Ando normal y vamos hasta unas puertas correderas.

Entramos y veo lo grande que es. Está lleno de tiendas, unas pegadas a otras. Hay mucha gente, pero soy invisible para ellos; es como si nadie supiera que soy una Rivera.

Se me hace raro que no me graben con el móvil o que no se acerquen a saludarme. Claro que mi padre solo me dejaba ir a los clubs de sus amigos o a fiestas con gente selecta. Si iba de compras era a tiendas específicas y con Mónica.

Observo todo y voy hasta las escaleras mecánicas.

Seth me mira de reojo. Sus ojos dorados me ponen nerviosa. Debería estar prohibido ser tan idiota y estar tan bueno.

Al subir, me apoyo en la barandilla y miro hacia arriba. Hay varios pisos y todos comunican con el centro.

—Puedes hacer una foto para mandar a tus amigos. Seguro que les gusta.

—Lo odiarían —indico, hasta que me doy cuenta de que no lo soporto—. Vamos, dime dónde puedo comprar ropa.

Lo sigo y vamos a una tienda en la que dice que hay ofertas de camisetas a cinco dólares.

Ese cartel debe de estar mal.

Entro y veo que la ropa no es de mi estilo. Voy a salir, pero me choco con Seth. Su fibroso cuerpo me recibe.

Antes de apartarme, reparo en lo duro que está su torso y en lo bien que huele, a jabón y algo más. Es un perfume que no reconozco.

—Esta tienda no es para mí.

—Si no vas a tener más dinero, a menos que te quieras poner a trabajar, te toca hacer que sí sea para ti. Y, como esta, hay varias.

—Pero tengo que acudir a eventos para mi padre. No puedo presentarme así.

—Y quedar con tu prometido.

—¿Qué? —Alza una ceja, divertido—. Ah, sí. Yo…, no sé si quedaremos pronto.

—Vaya novio más raro. Yo, si tuviera novia, no saldría de mi cuarto. Ya me entiendes. —Me da un codazo y lo miro sin comprender. Se acerca a mi oído—. Estaríamos follando a todas horas. —Me sonrojo y me aparto de él—. ¿Ahora me dirás que las princesas no tienen sexo?

Me estremezco involuntariamente por cómo lo dice. Mi cuerpo tiembla por sus palabras y noto como se me sonrojan las mejillas.

—Cállate. No es decoroso hablar de eso en público.

—¿Que no es decoroso? Esta sí que es buena, ¿De dónde has salido tú? ¿De una máquina del tiempo, desde el siglo XIX ?

—Idiota. No se habla de sexo y punto.

—Vamos, que eres virgen. Tranquila, que no es una enfermedad contagiosa.

Lo fulmino con la mirada y levanta un vestido de flores horrible.

—Ni de coña. —Saca otro peor—. No. —El siguiente es aún peor—. Tú quieres que muera horrorizada.

—Abre tu mente, Everly. Mira los precios, haz números y date cuenta de que no te queda otra si no quieres buscar un trabajo antes de que te adaptes a esto.

—Trabajar está descartado.

—Hasta que no te quede dinero, pero tú misma.

Si quieres vamos a otra tienda de las que te gustan, pero te tocará trabajar dentro de unos días, porque ya te digo que tu madre no va a comprar ni para comer ni para cenar.

Mi madre te ayudará, pero ¿quieres vivir de sus limosnas?

—Aprieto los dientes—. Así que, abre tu mente o te digo dónde puedes trabajar.

Muevo las bolitas de mi anillo antiestrés con el dedo. Me lo regaló Mónica hace años.

En las fiestas solía mover las manos, nerviosa, y me dijo que así nadie notaría mi nerviosismo.

Pienso las opciones que tengo mientras Seth no deja de observarme de esa forma suya que me pone nerviosa.

A mí no me observan, pero las mujeres no dejan de mirarlo a él.

Mi padre ha sido claro: ahora soy responsabilidad de mi madre. Ese es el trato. Mandará una limusina cuando tenga un evento para prepararme y que esté presentable, pero nada más.

Hasta ahí llega su ayuda.

Pienso en las palabras que escuché a los Carter, sobre si mi madre sabe algo de mi padre que hace que este acepte sus condiciones.

Algo tiene que haber. Fotos macarras o algo por el estilo, de una vida pasada.

En casa de mi abuela no había fotos de su hijo. Mi padre las mandó quemar antes de que ella muriera, porque dijo que odiaba la persona que fue antes. Tal vez mi madre tenga vídeos de esa vida, o fotos, y por eso lo chantajea. Con seguridad.

Aun así, todo lo que ha pasado, dejarme sin nada… No lo esperaba.

Saco el móvil y me pongo a hacer cuentas. Las matemáticas siempre me han tranquilizado. Resolver problemas es uno de mis dones. Por eso me muevo por la tienda y hago cálculos de cuánto podría gastarme aquí y lo que me quedaría.

Cojo algunas camisas básicas y unos vaqueros.

Tras pagarlo, tiendo a Seth las bolsas, hasta que me doy cuenta del error.

—¿En serio, Everly? No soy tu mayordomo.

Las cojo, mortificada.

Salgo de la tienda con las bolsas y me lleva a otro lugar. Hay varios vestidos que no están tan mal.

Cuando entro en la tienda de ropa interior, lo miro para que se quede fuera.

—Ni de coña. —Entra y lo saludan. Lo que me pilla por sorpresa.

Hasta que alzo la vista y veo un póster de él, al fondo, posando con un bóxer negro y nada más. Nada más… Nada más… ¡Joder!

—Todo es mío. No hay Photoshop —me susurra el desgraciado mientras intento procesar lo bien dotado que está y lo bueno que está solo con un bóxer. Que es sexi a rabiar es algo que no voy a negar, pero tampoco su especialidad en ser un idiota.

—Seguro que mientes. —Sonríe de medio lado y se levanta un poco la camiseta—. ¿Qué haces?

—Demostrarte que no.

—No, deja eso. —Me sonrojo todavía más.

—Vaya, vaya, a la virgen le pone un tío medio desnudo. Lo mismo es que nunca has visto uno así.

Lo miro enfurecida y clavo la puntera en el suelo. Eso le divierte más y se ríe de mí.

Las dependientas de la tienda no dejan de mirar a Seth como si fuera un dios y él se acerca para decirles algo.

—Es amiga de la familia —escucho que dice—. Hacedle buen precio. Necesita ofertas.

Ofertas… Soy carne de ofertas. Yo, que siempre he llevado ropa que ni ha salido a la venta. Exclusiva y de marca, pero se me da bien regatear y hacer negocios. Tal vez sea mi oportunidad de aplicar todo lo estudiado durante años. Al fin y al cabo, tengo que ver el lado positivo de todo.

Hago cálculos de nuevo y cojo varias cosas. Sencillas y nada bonitas.

Seth pone un sujetador y unas braguitas de encaje sobre todo lo demás.

—Esto te lo regalan. Es de la marca que promociono —indica. Lo voy a apartar cuando añade—: A menos que te dé miedo dejar de ser una sosa.

—No me da miedo. —Lo pago todo y miro lo que me queda—. Tengo que comprar algo para comer y cenar… y supongo que también para desayunar.

—Sí, supones bien. Tu madre odia las verduras. Si compras comida basura, se la comerá toda. —Salimos de la tienda—. Compra cosas que ella odie si no quieres que te deje sin ella.

—¿Es lo que hacía con Elara? —Asiente.

Seth sabe más de mi melliza que yo misma. Duele saber que nacimos juntas, pero que somos tan diferentes.

Vamos hasta un puesto de comida y Seth dice que invita.

Voy a protestar, pero tengo que ahorrar. Si quiere pagar, que pague.

Al poco, viene con perritos calientes. Los miro y busco los cubiertos.

—Con las manos, princesa.

—¡Ni de coña!

—Oh…, sí. Con las manos. A veces no está mal saber agarrar con fuerza una buena salchicha. —Me sonrojo, y se ríe de mí—. Eres una mal pensada.

—No lo soy. —Miro la comida y a la gente de mi alrededor. Solo tengo que integrarme.

Cojo el perrito y lo llevo a mi boca.

Doy un pequeño bocado. Está bueno. Sigo viva. No está mal.

—Vaya bocado de mierda —apunta Seth, al que parece que no le ha gustado mi forma de comer—. Voy a ilustrarte, princesa. —Odio que me llame así, pero empiezo a pensar que solo dejará de hacerlo si no sabe cuánto me molesta.

Seth se lleva el perrito a la boca y le da un mordisco; uno de los grandes.

Me fijo en su boca, en sus labios…

«No, por ahí, no».

—Vale, no es tan difícil. —Hago como él y el kétchup aterriza sobre mis pechos.

Miro hacia abajo, aún masticando, y me siento mortificada. Me bloqueo. No, esto no me puede estar pasando. No a mí…

Tiemblo. Miro la mancha y doy vueltas a mi anillo para relajarme.

Espero que mi padre me grite, que me pellizque bajo la mesa por lo mucho que lo avergüenzo. Espero su mirada de odio.

Me levanto y Seth me observa, clavando sus ojos dorados en mí.

—Voy a… limpiarme la mancha. —No espero que me responda.

Me marcho con paso firme, buscando el servicio.

Cuando encuentro uno, cierro la puerta y trato de alejar mis recuerdos. Encerrar en mi mente todo lo que me hace temblar.

* * *

Al regresar, Seth está mirando el móvil. Alza la cabeza lo justo al ver que me acerco.

—¿Vas a querer más? —Niego con la cabeza.

Se levanta y cojo mis bolsas.

Andamos hasta el supermercado. Nunca he entrado en uno, por lo que es todo nuevo para mí. Solo lo he visto en las películas. No sé por dónde empezar. Hay demasiados números. Quiero hacer una lista detallada de todo lo que necesito, pero dudo que pueda.

—¿Podemos irnos?

Seth me mira como si estuviera loca.

—Necesitas comprar algo de comida.

—Tengo que… Debo hacer una lista detallada de todo lo que necesito. —Muevo el anillo, nerviosa. Ruidos, gente…

Empiezo a irme sin importarme si me sigue. Cuando estoy nerviosa, el ruido y la gente se vuelven de golpe como gigantes que pueden aplastarme en cualquier momento.

Seth me sigue de cerca mientras camino más estirada que una palmera.

Vamos de vuelta a su coche y, cuando entro, aspiro el silencio mientras él va al lado del conductor. Por un segundo, dejo de fingir que todo está bien, hasta que abre la puerta y pongo mi máscara de que todo está controlado.

Seth conduce de regreso.

Ninguno comenta nada en todo el trayecto.

Se nota que Seth odia estar aquí, conmigo. No lo oculta. Sus ojos dorados no han dejado de observarme como si fuera lo peor que le ha pasado en mucho tiempo.

Al llegar, salgo con todas mis bolsas amontonadas a mis pies.

—Muchas gracias por el viaje.

—Espero que sea el último, princesa.

Aprieto la mandíbula y me marcho a casa de mi madre.

Empujo la puerta y está abierta. La poca seguridad que hay en esta casa me agita.

Entro al dormitorio y veo un escritorio y una cama con sábanas limpias.

Cierro la puerta. Tiene dos pestillos y una llave y sé que todo esto ha sido cosa de los Carter.

Dejo todo en el suelo y me siento en la cama.

Me hago un ovillo, como hace años, pero no lloro. No recuerdo cómo se hace, pero mi alma llora por dentro.

Estoy agitada, nerviosa…, y no sé cómo ver el lado positivo a todo esto.

Empiezo a pensar que todo esto es parte del plan de mi padre, para que odie tanto esta vida que le prometa que nunca me separaré de su lado. Para que deje a un lado todas y cada una de mis metas y sea, como siempre, la hija que él desea a su lado.