Capítulo 4
Seth
—¿Dónde están mis cosas? —Escucho que grita Everly a primera hora de la mañana en su casa, cuando regreso de correr,
—Las vendí. Todo lo que está en mi casa es mío.
Su madre se ríe hasta que escucho que algo se rompe y me dirijo a la cocina, por si Graciela está atacando a la princesita.
Veo la mesa de la cocina en el suelo y Everly yendo hacia su madre con la mirada fiera y segura de un depredador de la Gran Manzana.
—Te doy doce horas para que recuperes todas mis cosas o te juro que uso mis influencias en la ciudad para que tu culo acabe en la cárcel.
Su madre la mira aterrada, hasta que se ríe de ella.
—Eres más patética que tu padre. En esta ciudad, quien conoce a gente chunga soy yo. Si no quieres que te los presente, déjame en paz o seré yo quien te joda la vida.
Su madre pasa por su lado y Everly la mira temblando.
Cuando se percata de que lo he visto todo, me mira enfadada, como si tuviera la culpa.
—Así aprendes para la próxima vez, y no dejes nada de valor por estos lugares.
—No soy tonta. Ya lo había pensado y solo era ropa.
—Lo pareces, princesa.
—No me llames así.
—Haré lo que me dé la gana. —Le guiño un ojo y me marcho.
Voy a subir a mi casa para ducharme, buscando que todo esto no me importe, pero acabo por pasar por mi casa, sabiendo que mis padres estarán ahí antes de ir a trabajar.
Así es. Me sirvo un café y les cuento lo que ha pasado.
—Esa Graciela debió perder la custodia de las niñas hace años —dice mi madre.
—Pero a su exmarido no le interesaba —añado.
—Bueno, siempre he pensado que Graciela sabe algo que hace que Elias no dé ese paso —apunta mi padre.
—Un secreto inconfesable, por ejemplo. Al fin y al cabo, eran novios antes de que él tuviera ese golpe de suerte en la lotería.
Lo mismo no quiere que cuente cosas de que era un pandillero o fumaba porros…
—Mi madre mira hacia la casa de Graciela—.
Algo tiene que haber para que mande aquí a su hija preferida y no haya usado su dinero para romper ese acuerdo.
Soy el primero en darse cuenta de que Everly está en la puerta trasera.
No sé cuánto ha escuchado, pero no tiene buena cara, hasta que se da cuenta de que la miro y la cambia.
—Solo venía a preguntar si sabéis cómo ir al centro para comprar.
Mi madre abre la mosquitera y la hace entrar. Lleva la misma ropa que le prestó mi hermana.
—Tu madre no debió vender tus cosas, pero para que no te vuelva a pasar, dejarás aquí todo lo que sea valioso para ti.
—No hace falta —indica—. Puedo mandar poner una puerta de seguridad y tal vez pueda… No sé. Cuando le cuente esto a mi padre, seguro que hace algo. De hecho, lo he llamado y pronto lo arreglará.
Mi madre le tiende un café, pero lo intercepto a medio camino.
—No, que su padre le diga cómo conseguir uno.
Los tres me fulminan con la mirada.
Cedo porque mi madre me mira como si quisiera sacarme los ojos.
—Pero el siguiente no será gratis, princesa.
—En mi casa, las hermanas Rivera no van a pagar nada —señala mi padre—. Y ahora vete a duchar, que vas a llevar a Everly al centro.
—¡No hace falta! —dice la mencionada, y solo por eso asiento.
—Lo haré encantado —miento, pero por fastidiarla merece la pena soportarla un poco más.
Voy hasta mi lado de la casa y subo las escaleras para entrar en mi cuarto.
Tengo la privacidad que necesitaba hace años. Mi padre lo arregló para que no me fuera de casa, aunque siempre entendió que necesitaba mi espacio, a pesar de que me gustaba estar con ellos.
Por eso, cuando iba a empezar la universidad y pensé en irme a un piso de estudiantes, hizo esto.
Tengo una pequeña cocina, con una isleta, una cama grande y un sofá frente a una tele. Además, un aseo completo y un pequeño vestidor. Todo está abierto y, aunque no es gran cosa, puedo hacer mi vida sin que se metan, porque tiene una puerta por donde puedo entrar y salir sin dar explicaciones.
Me quedé, pero nunca he traído a nadie, porque este es mi espacio para poder ser yo mismo. Casi lo hice con mi ex…, pero mejor que todo se acabara antes.
No deseo recuerdos de ella aquí.
Al final, solo le gustaba porque era el capitán del equipo de hockey , pero no por quien era en realidad. Cuando me di cuenta fue cuando me creía enamorado.
Me sentí engañado cuando uno de mis compañeros me informó de que mi novia tenía un perfil en una web de citas y, al parecer, la usaba para ligar. Tenía pantallazos de ella ligando con un amigo suyo, de otro barrio.
Por eso prefiero no tener recuerdos de ella aquí.
Ni de ninguna otra.
Tras una ducha, me pongo los vaqueros y una camiseta negra para bajar al garaje, donde Everly me espera al lado del coche de mi padre.
Me tiende las llaves.
—Podría pedir un taxi, pero mi padre me ha dicho que, mientras esté aquí, no tengo su dinero. Ahora soy responsabilidad de mi madre. —Parece molesta.
—Vaya, vas a tener que vivir sin comer caviar para desayunar.
—¿Quién toma eso para desayunar? —Me mira con asco—. Para cenar está mejor. —Se muerde su generosa boca—. No sé para qué te cuento esto.
—Yo tampoco, porque ni me das pena ni me importas.
—Idiota. —Le guiño un ojo y le molesta. Abro el coche y entra—. No sé qué puedo comprar con lo que tengo en el bolso. —Saca varios billetes de doscientos y uno de quinientos.
La miro, pensando si es tonta.
—¿Es todo lo que te queda?
—Sí.
—Pues te llevaré a tiendas donde puedas comprar cosas y guardar algo, por si te surge alguna cosa en la universidad. Intuyo que tu padre tampoco te va a dar dinero para esos gastos.
—Supongo que no. —Saca el dinero y lo cuenta. Después, se pone a hacer cuentas y anota en el móvil, mientras conduzco—. Puedo comprarme dos camisetas y dos pantalones.
—¿Y para dormir? —Giro la cabeza—. Mejor no ir por esa casa con poca ropa.
Me mira nerviosa un segundo antes de centrarse en su dinero.
Veo que ha separado cuatrocientos dólares del resto.
—¿Eso es para la ropa? —Asiente—. Deja a un lado tu rollo de pija y abre tu mente, porque no te voy a llevar a pijolandia.
—¿Y adónde me vas a llevar?
—A un centro comercial.
—Nunca he ido a uno. ¿Tienen tiendas de ropa de lujo? —Me menciona varias marcas, que conozco por mi trabajo.
—Seguro —bromeo y asiente tranquila.
Estoy deseando ver a la princesa en una tienda de ropa para todos los bolsillos.
No debería disfrutar de esto, pero, joder, odio a las personas como ella. Me va a encantar ver su cara de horror.