Capítulo 3
Everly
Llenan mi plato hasta arriba de comida y siento que se me cierra el estómago.
Siempre me pasa cuando veo mucha comida.
Tal vez porque mi padre siempre me dijo que debía comerme todo lo que tenía en el plato, pero soy muy lenta y, desde niña, me angustia tener que hacerlo con rapidez, para evitar quedarme la última comiendo.
Sonrío y me pongo a cenar con ellos sin despreciar su comida.
La pruebo con miedo.
Llevo años comiendo alimentos insípidos por mi padre y sus dietas.
Tomo aire y pruebo lo que parece puré de patatas con eneldo. El de mi padre siempre me da ganas de vomitar.
Lo llevo a mi boca y casi lo trago sin saborear, hasta que se me queda el regusto de la mantequilla y el sabor me deja paralizada un segundo.
Está bueno. Muy bueno, de verdad.
Cojo otra cucharada y la mezclo con la carne, como hacen ellos.
Los tres no dejan de mirarme hasta que, al probar la carne, el sabor explota en mi boca.
—¿Es usted cocinera profesional? —La madre de Lia me observa como si no se creyera mi pregunta—. Solo quiero saber en qué escuela se formó como chef.
Los tres me miran y rompen a reír.
—En la escuela de la vida, niña. —Me pone un poco más de verduras y carne—. Y eso que no has probado el postre.
—¿Y deja que un talento así se vea desperdiciado en un lugar como este?
Se quedan callados.
—¿De verdad crees que mi talento se desperdicia? Trabajo en la cafetería de la agencia de modelos del barrio y en mi casa… Dudo que mi talento se desperdicie como dices. —La mujer me mira de una forma que me da escalofríos.
—Lo siento. No debí decir eso, pero no entiendo como alguien puede tener un talento así para crear comidas y no aspirar a ser cocinera de un gran restaurante.
—Porque a lo que aspiro en la vida es a ser feliz y lo soy. Además, no todos tenemos las mismas oportunidades para alcanzar el éxito.
Esto me lo comentó mi padre: él, desde pequeño, siempre había aspirado a más y, aunque ganó el dinero de la lotería, fue su ambición lo que lo llevó lejos.
Por eso les suelto las palabras que tantas veces me ha repetido mi padre, sin pensar mucho en el daño que pueden hacer, porque en mi «mundo» estas palabras son bien recibidas.
—No hay felicidad sin ambición —recito las palabras de mi padre.
Los tres me observan raro.
Decido quedarme callada y comer en silencio. Los demás hacen lo mismo.
Al acabar, me sirven el postre y está exquisito. Las natillas son una delicia.
No entiendo cómo se puede tener un talento así y quedarse en casa sin querer explotarlo. O conformarse con una cafetería.
—Buenas noches, muchas gracias por la cena.
Solo asienten y Lia me dice que la siga.
Vamos al garaje mientras siento que he dicho algo malo. Por norma general, mi comportamiento es impecable en las cenas y en los eventos, pero aquí parece que no sé encajar.
—Mi madre siempre ha querido tener un restaurante —me informa sacando unas cajas—, pero la vida a veces hace que los sueños se vean aplazados o cambiados por otros.
—La ayudo—. Siempre dice que es feliz, que no importa lo que deseara, pero es una espinita que sé que está clavada en su pecho.
Trabaja en la cafetería, pero su talento sirve para algo más que preparar bocadillos y almuerzos sencillos. Pero así es la vida…
—¿Y por qué no lucha por su sueño? Puede hacer un plan de inversiones…
—No te lo tomes a mal, pero en este mundo las cosas no son tan fáciles, Everly. Esta casa cuesta mantenerla y suerte tiene de trabajar. Soñar no es válido para todos.
—Bueno, yo no tengo sueños, solo metas que iré logrando.
—Qué triste, entonces. —Me tiende un saco de dormir—. ¿Sabes cómo se usa? —Voy a asentir, pero niego con la cabeza. Amable, me explica cómo va—. Mañana prepararemos la cama.
Busca otra cosa más y la abre. Saca unos cascos rosas y me los da.
—Son unos cascos antisonidos. Eran de tu hermana.
Esta caja tiene cosas de ella. Antes de que tu madre las vendiera todas, me colé en su casa para coger algunas de las que eran importantes para Elara.
Hay fotos de las dos juntas y es raro ver cosas de una hermana a la que casi no conozco—. Lo que me recuerda…
Saca el móvil y hace una videollamada a mi hermana.
Al poco, aparece al lado de Joss. Sonríe a su amiga, hasta que me ve y se levanta de golpe.
—Everly, ¿estás bien?
Solo asiento. No sé qué decir. Desconozco cómo contarle lo que pasa. No sé cómo explicarle lo que he tenido que hacer para que sea libre con Joss… Mi primer amor y mi único y mejor amigo.
Joss mira la cámara y, por un segundo, nos observamos. Éramos los mejores amigos del mundo. Mi puerto seguro. Lo quería tanto…, que confundí todo con amor. Hasta que lo vi con mi hermana; los vi juntos y me di cuenta de que lo que ellos tenían, nunca lo tendría yo con Joss.
Me dolió tanto saber que la persona con la que veía mi vida construida no me miraba así, que lo perdí como amigo, porque a su lado mis sueños se habían hecho pedazos.
Seguramente no fuera amor, pero casarse con tu mejor amigo en un futuro, en un mundo donde la gran mayoría de los matrimonios se odian, no me parecía tan malo.
De golpe, no quise estar en medio de eso.
—Estoy bien, gracias.
—Tenemos mucho de que hablar —me dice mi hermana, preocupada.
—Sí, otro día. Ahora estoy cansada por el viaje.
—Vale, pero pronto debemos tener una conversación. —Asiento.
Me lanza un beso y sonrío sin saber cómo devolverle el gesto.
Lia cuelga y cojo el saco.
—Muchas gracias por todo, Lia.
Salgo de la casa con un millar de emociones latiendo en mi pecho, que reprimo.
Camino hasta la casa de mi madre no queriendo que nada me duela, que nada me haga sentir. Que nada me haga romper mi cúpula de hija perfecta.