Capítulo 1
Everly
Tomo aire delante de la puerta de mi madre mientras el chófer se marcha.
Mi padre me indicó que esta situación me servirá como aprendizaje para ayudarlo mejor en las empresas.
Me he tomado un año sabático para ver si mi padre era capaz de anular este estúpido acuerdo.
Al final, solo me dijo que era imposible.
Poco después, me enteré de lo de Elara y Joss y moví ficha.
—Estudiaré lo que tú querías: Dirección de Empresas.
—Es lo mejor, hija.
—Pero deja a Elara y Joss en paz.
—No puedo hacer eso. Tengo planes.
—Búscame un prometido. Me da igual quién sea. Úsame para estrechar una alianza.
El silencio de mi padre no era nada comparado con el dolor de mi corazón. En el fondo, siempre he sabido que no podía escapar de él.
—Vale, lo miraré. En Chicago hay una familia que me interesa tener cerca —lo dijo de tal forma que, aunque yo no hubiera aceptado, dejaba claro que esos eran sus planes desde el principio—. Gracias, hija, por comprender que te necesito. Te quiero.
—Y yo a ti.
En el fondo, sigo siendo esa niña estúpida que espera tras la puerta del despacho que mi padre alce la cabeza, me mire y deje todo por mí.
Tomo aire de nuevo y camino hasta la puerta de mi madre.
De pronto recuerdo las maletas y las arrastro hacia ella.
Odio a esta mujer. Es egoísta, insufrible, y mi hermana, por su culpa, ha llevado una vida horrible.
Pedí mil veces a mi padre que la sacara de aquí, pero nunca me hizo caso.
Nunca he entendido que, siendo las dos sus hijas, pudiera mirar hacia otro lado cuando le contaba que mi hermana pasaba hambre y sufría por culpa de mi madre.
—No es mi responsabilidad. Tu madre debe aprender a cuidarla —me repetía, como si fuera algo tan sencillo.
Al final, me cansé de pedirle nada, porque no iba a cambiar nunca las cosas.
Eso conllevó que empezara a endurecerme frente a Elara. No sabía de qué hablar, no sabía cómo ser ante ella y no sabía cómo no sufrir por ella.
Nos queremos, pero la vida nos ha hecho convertirnos en dos extrañas que solo se quieren porque deben hacerlo y no porque lo sepan todo la una de la otra.
Para mí, mi hermana es una de las personas más importantes de mi vida, pero no sé cómo ser parte de su vida.
Llamo a la puerta y aparece tras ella un hombre sin camisa, de unos cuarenta años.
—¿Quién es? —pregunta mi madre desde la cocina.
—Soy Everly —respondo y entro en esa casa que parece igual de grande que todo mi dormitorio.
Dejo las maletas en el salón. Hay humo en el aire y huele a porro.
Siento náuseas.
Mi madre sale vestida solo con una camisa de hombre. Al verme, pone mala cara. Tenemos los mismos ojos verdes. Lo cierto es que nos parecemos mucho.
—Pensé que llegarías más tarde. Quedan dos semanas para que empiece la universidad.
—Si por mí fuera, no habría venido nunca. ¿Dónde está mi habitación?
—¿Tu habitación? Suerte que te dejo dormir en el sofá. —Se ríe.
Voy hasta ella; con tacones soy más alta que mi madre.
—He dicho que dónde está mi cuarto —se lo repito sin que note como por dentro me estoy derrumbando.
—Parece mentira que alguien como tú saliera de mí.
—Parece mentira que alguien como yo tenga una madre como tú.
—Un poco de respeto.
—Cuando te lo merezcas. Dime dónde está mi dormitorio.
Señala una puerta.
—Vendí todo…, pero el suelo es cómodo.
Entro y veo que no hay nada. Ni cama ni muebles. Nada.
Cierro la puerta asqueada y al poco escucho los gemidos de mi madre.
Siento asco y salgo por la puerta trasera de la casa.
Los tacones se clavan en el terreno mal cuidado.
Tengo que pensar en un plan y cambiar la situación a mi favor. Tengo que sobrevivir a esto…
Llamo a mi padre. Me lo coge.
—Si vas a quejarte de todo, mejor te lo ahorras. Yo hace años no tenía nada, Everly. Ya lo sabes. Esto te ayudará a que des gracias por lo que te doy y a que valores todo lo que hago por ti; que entiendas por qué me esfuerzo tanto por no volver a esa horrible vida.
—¿Acaso no lo hago ya?
—No, quiero que veas lo que posees a mi lado y lo que puedes tener si me abandonas, como tu hermana.
Estás sola en esto. Lo hago por ti. Cuando te necesite para las fiestas a las que tienes que ir en Chicago, te haré llamar y lo arreglaré todo para que estés presentable. Eres una Rivera, que se note.
Cuelgo y tomo aire mientras trato de andar por este barrizal.
No puedo mover bien los pies y eso me hace perder el equilibrio. Caigo de bruces contra el suelo.
No quiero hacerlo, pero termino gritando.
—Ese grito solo puede ser de una pija.
Alzo la mirada del barro y veo acercarse a un joven un poco mayor que yo.
Sus ojos dorados me observan divertidos. Mi situación le hace gracia.
«Capullo.»
Me tiende una mano para ayudarme que, por supuesto, no acepto.
Aun así, mientras me enderezo lo miro de reojo. Es muy alto y musculoso. Es de esos hombres que cortan el aliento, porque no te crees que alguien así exista. El pelo oscuro lo lleva revuelto sobre la frente y algo húmedo.
Intento no quedarme prendada de su atractivo, pero es complicado. Es muy guapo y, por su mirada, es evidente que lo sabe. Sabe lo que hace a las mujeres que lo observan más de dos segundos seguidos.
Aparto la mirada.
Cuando consigo levantarme, sin tacones, le llego por la barbilla y me toca alzar la cabeza.
—Eres más sorprendente que tu hermana —tal y como lo dice, sé que no es nada bueno.
—¡Seth! Deja de hacer el idiota y ayúdala. —Una pelirroja preciosa se me acerca y trata de ayudarme con el barro.
Reconozco ese nombre: Seth. Es el hermano de Lia y uno de los mejores amigos de Elara.
Miro desafiante a Seth. Sus ojos dorados no dejan de vigilar cada uno de mis movimientos. Es insufrible y no necesito más tiempo a su lado para saberlo.
—Lo siento…
—Lo del barro no ha sido tu culpa —indico con elegancia a Lia.
—No, lo que siento es que te cruzaras primero con este bruto.
—Tampoco ha sido tu culpa.
—Ya, soy Lia. Estábamos esperándote. —Se escucha un fuerte gemido de mi madre—. Vaya…, novio nuevo.
Lia tira de mí hasta su casa, que está justo al lado. Están unidas por el jardín trasero.
Voy hasta su casa sin saber muy bien por qué la sigo. Tal vez porque no quiero volver a la de mi madre ahora mismo.
Al entrar, me recibe el olor a comida recién hecha y esta casa sí parece un hogar. Uno pequeño, pero acogedor.
—¿Qué te ha pasado, Everly?
—Un accidente.
—Tus zapatos. —Seth los deja cerca de la lavadora.
—¡Qué desastre! —señala su madre—. Lia, acompáñala al baño, para que se dé una ducha, y déjale algo de ropa.
—He traído ropa… y puedo ducharme en casa de mi madre.
—Lleva sin pagar el gas hace meses. Si quieres agua fría, todo tuyo —Seth lo dice como si nada, apoyado en la encimera—. Por un día, puedes seguir siendo una princesa.
—Seth, para —le ordena su madre, y él solo asiente divertido.
Sigo a Lia hasta su cuarto y me tiende algo de su ropa.
—Cena con nosotros y luego regresas. Me alegra tenerte aquí. Tenía muchas ganas de conocerte. —Lia me abraza, pero me quedo quieta, sin saber cómo responder.
Por eso le doy unos toques en la espalda que, cómo no, ve Seth, y pone mala cara, malinterpretando mi gesto.
No sé cómo reaccionar ante las muestras de cariño y no es por lo que está pensando el idiota.
Entro al aseo y cierro la puerta.
Noto el escozor de las lágrimas.
Nadie me ha preparado para esto. Solo me hará más fuerte. Soy una Rivera…