Tú a Nueva York, yo a Chicago (Un sports romance muy ardiente 2)
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Prólogo
Everly miraba a su padre desde la puerta del despacho, abrazando su osito de peluche. Se pasaba así horas, esperando que su padre terminara de trabajar para estar con ella. A veces hasta se quedaba dormida.
Hasta que se fue haciendo mayor y a su vida llegó Mónica.
—¿Te apetece que veamos un vídeo de moda?
Everly miró a la mujer de su padre con sus grandes ojos verdes.
—Papá no tardará en salir.
—¿Te apetece si lo vemos aquí?
Everly asintió. Tenía tan solo ocho años y nunca, en toda su vida, se había quejado de nada; algo raro en un niño.
Mónica se sentó a su lado con la tableta y se pusieron a ver vídeos. Cuando su padre salió, revolvió el pelo a su hija y luego echó la bronca a Mónica, porque no era propio de una señorita, como lo era su hija, estar en un pasillo.
Los días siguientes, Everly aceptó ir con Mónica a ver algo y su padre lo agradeció.
—Tengo que trabajar. No puedo perder mi tiempo contigo. ¿Quieres una nueva consola?
—No, no quiero otra más.
—Pues entiende que ya no puedes quedarte tras la puerta. Espero mucho de ti. No me defraudes.
Su padre tomó el cuadro donde tenía expuesto su primer billete; el billete que le cambió la vida. Según contaba, había ganado la lotería y, gracias a eso, pudo dar vida a todas sus ideas. Entonces empezaron a llegar los socios y, entre ellos, apareció el padre de Joss.
—Yo no tenía nada —dejó el billete en su sitio; la pequeña se sabía la historia de memoria—, pero un golpe de suerte me lo dio todo. Igual que me lo dio, me lo puede quitar. Por eso tengo que trabajar duro para no volver a esa vida… Tú tienes suerte de no saber lo que es vivir así.
Everly pensó en su abuela, la madre de su padre, a la que apenas veía, porque a su hijo no le gustaba ir al barrio de su madre. Pensó que su abuela, con menos, parecía mucho más feliz que su hijo y ella, que tenían tanto.
Algo se le escapaba de todo eso, pero si su padre decía que esa vida era horrible, lo creería, porque, al fin y al cabo, su padre lo era todo para ella.
—Gracias a mi esfuerzo nunca te faltará de nada —le acarició el pelo y le dio un dulce beso en la mejilla—, pero tienes que hacer caso a papá en todo, ¿vale? —La pequeña asintió.
Everly estaba feliz, porque su padre le había dado un dulce beso. Su espera había merecido la pena. Papá la quería… O eso se decía, una y otra vez.
Las cosas empezaron a cambiar con la llegada de su madrastra.
Comenzaron a criarla de forma diferente y su padre usó a Mónica para pasarle mensajes; para educarla y prepararla para la vida que tenía planeada para ella.
Una vida en la que sus sueños y sus ilusiones se perdieron por el camino.
Donde las muestras de cariño se quedaron para siempre en el olvido…