Capítulo 47
Joss
Mi padre llega a la cena enfadado. Muy enfadado.
—Esa idiota de Elara ha renunciado a todo. Ya veremos cómo afecta eso a las empresas. Se cree que puede vivir sin ayuda. No sabe nada de la vida.
Lo ha hecho. Lo ha logrado.
Sonrío y eso molesta mucho a mi padre, que me mira todavía más enfadado.
Joder…, no creí que diera el paso, pero lo ha dado, sin importarle nada. No sé qué plan tiene, pero me siento feliz por ella. Si ha tomado ese camino, es porque sabe que todo saldrá bien.
Ha tenido la fuerza para decir basta.
—¿Por qué te ríes?
—Porque es tonto, como tú —dice mi madre, que habla poco, pero cuando lo hace, se corona.
¿Por qué soporto esto? Porque son mis padres, los únicos que he conocido, y no tengo más familia, porque estar solo duele…
«Pero ya lo estás», me dice una voz en mi interior.
¡Joder! No sé qué narices hacer.
—Vamos a cenar. Por suerte, te tenemos de nuestro lado. Hay que cambiar cosas, para que la gente vea que somos una piña, sin esa niñata de mierda. Tendrías que dejar el hockey , para que vean tu entrega a la empresa.
Lo miro y sé que ese era su plan desde el principio. Aceptó mis condiciones, pero solo hasta que supiera cómo cambiarlas.
Aquí nunca seré libre.
«No tienes nada, Joss… No puedes vivir del aire…»
—Esa desgraciada no sabe lo que ha hecho…
—Elara no es una desgraciada. —Mi padre me mira desafiante—. Es más, ha hecho lo que yo debí hacer hace mucho tiempo. —Mi madre deja de mirar su móvil y nos observa.
—Déjate de tonterías y vamos a cenar…
—No, no voy a cenar. Ni voy a seguir aquí.
Tiemblo por un futuro incierto que siempre me ha asustado. A pesar del miedo que siempre le he tenido y el asco por ser un padre horrible, seguía aquí porque lo desconocido me daba más temor.
—¿Y qué tienes sin mí? Todo lo que tienes es gracias a mí.
—Sí, gracias a ti he vivido con miedo toda la vida, con miedo a quedarme solo si no te hacía caso, con miedo a no poder elegir mi carrera… Con miedo a que me volvieras a pegar. Tú no sabes lo que es vivir de niño encogido por si me volvías a golpear la cara… Gracias, padre, por joderme la vida.
—O te sientas o te juro que…
—No, no me das miedo. —Lo miro a los ojos y voy hasta él.
De golpe, me parece más viejo, más mayor… Dejo de mirarlo con el respeto que siempre le tuve.
Tomo aire, tiemblo, pero, por primera vez en años, me siento fuerte.
Noto mil emociones en mi corazón, pero no me da miedo. No estoy aterrado.
—No dejaré que te lleves nada. Tu coche, tus aparatos electrónicos, tus trofeos… Todo se quedará en esta casa, ya que todo ha sido gracias a mí.
Lo miro y me quito la ropa delante de él. Luego, estrello el móvil contra el suelo y salgo de la casa en pelotas, mientras mi padre grita que, como haga eso, me deshereda.
Creo que no se ha dado cuenta de que ya no quiero su dinero. Ni en vida ni en muerte.
Ando como si llevara el traje más lujoso del mundo, porque, por primera vez, me viste la felicidad de haber encontrado la fuerza para romper con todo.
Llego hasta la puerta de la cafetería que hay cerca de la casa de mis padres y el dueño me abre la puerta sin decir nada sobre mi falta de ropa. Por dentro, seguro que estará deseando saber qué ha pasado.
Por suerte, dentro del establecimiento solo hay una mujer, que me mira con ojos como platos.
—Voy a llamar a la policía —dice el camarero.
—Necesito hacer una llamada.
—Ten mi móvil, joven —dice la misma mujer.
Me muevo por el local como si no estuviera en pelotas. Es lo que tiene cambiarse delante de tus compañeros de equipo, que dejas de darle importancia a tu desnudez.
Cojo el móvil y llamo a Brice.
—Te necesito.
—Ya puede ser bueno.
—Estoy en pelotas y he mandado a mi padre a la mierda.
—Vale, voy ahora mismo. Dime dónde estás.
Lo hago y le devuelvo el móvil a la señora.
Salgo de la cafetería y me voy a un callejón cercano.
En la oscuridad, pienso en todo y sé que ahora mismo estoy aterrado. Una parte de mí quiere volver y pedir perdón, pero otra sabe que me ha costado veintiún años llegar a este punto y no puedo echarme atrás.
Brice llega y voy hacia su coche.
—Tienes ropa detrás. Estoy harto de verte en pelotas. —Entro en los asientos traseros y me pongo su ropa—. ¿Qué has hecho, Joss?
—No tengo ni puta idea.
—No estás solo. Somos amigos.
—¿Lo somos? Me he comportado como un capullo.
—Soy amigo de Elara y me ha contado todo. Te lo hubiera dicho, pero esperaba el momento perfecto. ¿Se ha enfadado mucho tu padre?
—Mi padre odia a los niños. Solo me ha criado para asegurarse un sustituto en la empresa.
—Bueno, que se jodan. Son sus empresas, pero supongo que estás aterrado. Bajar del Olimpo al mundo de los mortales acojona. —Alzo una ceja—. Bueno, ¿adónde vamos ahora?
—¿Sabes dónde está Elara?
—Sí.
—Llévame con ella.
—Eso está hecho. Estaba deseando que dejarais de hacer el tonto y dejar así de ver vuestras caras de pena al miraros. Vamos a solucionar esto y el resto…, mañana. Hoy, a follar como locos.
Sonrío por cómo lo dice y dejo que me lleve con Elara.
Mañana va a ser un día duro, pero hoy, este amanecer no me duele tanto como lo hizo el último que la tuve entre mis brazos.