Tú a Chicago, yo a Nueva York (Un sports romance muy ardiente 1) Capítulo 46
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Capítulo 46

Elara

—Tu hermana ya me cae un poco mejor. —Lia está al teléfono mientras voy en el metro, de camino a la casa de mi padre—. Es como tu hada madrina. Sabía que, si le contaba la verdad, haría algo. Everly te quiere.

—Sí, hoy lo he visto, pero sigo sin perdonarte que la molestaras para contarle todo.

—Puedes enfadarte todo lo que quieras. Lo hice en modo clave, por si había escuchas, y parece que lo entendió.

Le conté una película entre una humana y un dios del Olimpo.

—Pongo los ojos en blanco. Solo Lia podría ser tan peliculera, pero Everly lo entendió—.

Ya que tú no luchas por el amor de tu vida, lo hace tu mejor amiga, que para algo soporta todos tus lloros.

—No lloro tanto.

—Sí lo haces —apunta Seth.

—Vete. Es una conversación importante. Va a decirle a su padre que lo deja todo…

—¿Y esperas que me vaya ahora? ¿Puedes grabarlo para ver la cara que se le queda?

—No voy a grabar nada. ¿Y si a pesar de todo logra separarme de Everly?

—Vosotras sois como el agua dulce y el mar. Da igual lo mucho que os contengan y os separen, al final siempre encontraréis la forma de reuniros de nuevo.

—¿Qué tontería acabas de decir? —pregunta Seth.

—En mi cabeza quedaba mejor, la verdad.

—Yo te he entendido —le indico—. Os quiero, chicos. Voy a romper con mi padre, el multimillonario.

—No sé si desearte suerte o el pésame. Te mandaré flores bonitas a tu tumba.

—¡Eres tonto, Seth!

Sonrío y me despido de ellos.

Salgo del metro y camino hasta la casa de mi padre más segura y fuerte que nunca.

Entro y ando hasta su despacho.

Mónica, al verme, me da un cálido abrazo.

Mi padre está con una llamada y me mira como si le molestara mi presencia.

—Lo siento, papá, pero lo mío es más importante.

—Lo dudo —murmura.

—Quiero dejar de ser tu hija… O, bueno, de ser parte de tus manipulaciones o tu herencia —afirmo, y su cara pasa de la sorpresa al enfado.

—Ahora te llamo. —Me mira amenazante—. ¿Qué acabas de decir?

—Que sé que nunca podré dejar de ser una Rivera, pero desde hoy deseo dejar de ser un peón para tus juegos. No quiero tu dinero ni quiero tus cuidados, que han sido pocos, por otra parte. Has sido un padre horrible que solo ha pensado en sí mismo y ya me he cansado.

—Elara…, te conviene no enfadarme.

—Me da igual que te enfades, ya no me importa.

De ti solo quería amor. Solo quería un padre, pero uno de verdad.

No uno que pensara antes en su empresa que en mí.

¡Mamá me pegó y no hiciste nada! ¡Nada! ¿Qué clase de padre tiene los medios, pero no hace nada para salvar a su hija?

Eres un ser horrible y no lo veía, pero ahora, sí.

Me cruza la cara.

Es la primera vez que me pega y duele.

Le escupo la sangre a la cara.

—Si sales por esa puerta, perderás a tu hermana.

—No me das miedo. Solo lástima, porque eres un ser horrible. —Alza la mano para pegarme de nuevo, pero Mónica se pone delante y la bofetada se la lleva ella—. ¡Aparta!

—No lo haré —dice Mónica—. Elara merece elegir…

—No eres más que una zorra que no valora todo lo que le he dado. Aparta o te juro que lo lamentarás. —Sé que se refiere a Everly, pero Mónica se aparta, llevándome con ella—. Si sales por esa puerta es sin nada. Todo lo que tienes es mío. Prohibiré que cojas nada de tu piso.

Debí pensar que ese sería el plan.

Saco el móvil que me compró y lo estrello contra el suelo. Luego, lo aplasto para que quede roto.

—Soy mucho más de lo que tu dinero me dio nunca.

Por si no lo sabes, que lo dudo, he vivido sin nada.

He pasado hambre y he tenido desnutrición.

Si estoy bien, es porque mi verdadera familia me curó.

Así que, si crees que la amenaza de no tener nada material me asusta, es que no me conoces en absoluto.

Salgo del despacho notando como el corazón se me agita. La ansiedad me atrapa, pero respiro.

Recuerdo cómo se respira mientras sé que todo lo vivido me ha preparado para este momento.

—¡Asegúrate de que no se lleva nada! —le grita a Mónica.

Esta corre tras de mí.

Al llegar a la puerta, la miro y la abrazo.

—Te toca a ti romper con todo. No nos perderás, confía en mí —le digo en un susurro, pegada a su pecho, para que nadie lo escuche ni lo graben las cámaras.

—No puedo —me indica y siento lástima por ella.

Tal vez el miedo que siente hacia mi padre hace que sea incapaz de ver el camino. Solo espero que un día lo logre. Confío en que sí.

Salgo del edificio y tomo aire.

Me siento más libre que nunca.

Miro al cielo y sonrío. Todo puede salir mal, terriblemente mal, pero, por primera vez en años, no tengo miedo.

Soy libre.