Tú a Chicago, yo a Nueva York (Un sports romance muy ardiente 1) Capítulo 44
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Capítulo 44

Joss

Elara sube con una manta alrededor de su cuerpo y la imagen me enternece. Me hace desear meterme con ella bajo su calor.

No lo hago.

Le voy a contar la verdad, porque sé que me presionará para descubrirla. Si ha llegado hasta aquí, es porque ha visto señales que dejé sin querer y no se va a dar por vencida. Luego, debe entender que estar juntos no es una opción.

Aunque nos duela.

He pasado por mi casa para darme una ducha. No vivo en ella, porque hay demasiados recuerdos de Elara entre sus paredes.

No sé vivir con el peso de los recuerdos, donde me gustaría instalarme para siempre.

—Quiero la verdad.

—Te la voy a contar.

—Bien, escucho. —Se sienta en uno de los bancos que hay en la zona.

Hay flores y un jardín que nadie usa, pero que pusieron para que en las fotos de internet, desde el satélite, se viera más bonito el edificio desde arriba.

Todo para aparentar, claro.

—No mentí en nuestra historia, o, bueno, sí. A mí mismo, porque lo cierto es que desde el principio busqué excusas para tenerte. Como los besos y el sexo, cuando podíamos haber fingido sin todo eso. Pero te quería cerca… Muy cerca.

—Yo quise seguirte el juego, porque me gustaba tenerte cerca. No me paré a pensar que era exagerado para fingir ser novios.

Sonrío, a pesar de todo.

—Al final, la verdad es que siempre fuiste especial.

Desde hace tres años. Nuestros padres lo sabían.

Cuando tu padre vino al hospital, se le escapó que tu hermana les contó que entre nosotros había algo especial y nuestros progenitores nos usaron para que nos enamoráramos.

De esa forma, firmaríamos todo lo que nos dijeran con tal de no perder al otro.

—¡Qué cabrones! Me acuerdo de esa conversación en el hospital, pero comencé a tener un ataque de pánico y no había vuelto a pensar en ella hasta ahora.

—Asiento, entendiendo su explicación. No se encontraba bien y era comprensible—.

Entonces, ¿todo era un teatro de ellos? —Afirmo de nuevo—. ¿Y qué hiciste?

—Cuando tu padre te dijo lo que esperaba de ti, el ataque de ansiedad fue a más y supe que yo podía soportar todo esto, porque he nacido en este mundo, pero tú no. Ya has sufrido suficiente por unos padres egoístas. Merecías ser feliz y libre.

—E inventaste esa historia de que lo único que te importaba era el hockey .

—Sí, les dije que sospechaba de ellos y que quería ver lo importante que era para sus negocios, para hacerles una oferta en la que tú no entrabas.

—Y me dejaste sola, cuando más te necesitaba, para que te odiara.

—Era el plan. —Me mira con calidez—. Esto no cambia la verdad, Elara. No podemos estar juntos.

—Pero estoy enamorada de ti y tú…

—Te amaré toda mi vida —confieso y sus ojos se llenan de lágrimas. Me arrodillo ante ella—. No quiero que seas infeliz y este mundo destruiría todo lo que amo de ti.

—Tiene que haber una salida…

—No la hay. Tu padre quiere el control de todo. De ti y de mí. Si estamos juntos, querrá mandar sobre tu futuro. ¿Acaso no lo ves? ¿No ves como duele dejarte ir? Pero no quiero que seas una sombra de la mujer tan increíble en que estás destinada a convertirte.

—Te elijo a ti, por encima de todo…

Se me encoge el pecho.

—Por eso tengo que dejarte ir. Ya has elegido a demasiada gente por encima de tu felicidad.

La beso y apoyo mi frente en la de ella.

—No puedo ser feliz sin ti.

—Puedes ser feliz sin mí, Elara. Piensa que en alguna parte de este mundo hay un tonto que te ama con toda su alma.

—¿Y de qué sirve eso, si tengo que dejarte ir? —Pone sus manos en mis mejillas—. ¿Y si rompo con todo?

—¿Serás feliz perdiendo a Everly? Sabes que tu padre no dejará que la veas, enfadado por tu desafío.

—La vida no debería ponerte delante elecciones tan difíciles.

Seco sus lágrimas.

—No puedes elegirme. Yo no soy una opción.

—Duele mucho, Joss. Duele mucho la vida sin ti. Eres mi puerto seguro…

—Aprende a que ese puerto seguro esté en ti. Sé que puedes hacerlo y, cuando lo encuentres, deja cerca nuestros recuerdos.

—¿Te quedas conmigo un último amanecer?

—Lo haría toda la vida…, pero no puedo. Un amanecer me parece un regalo.

Compartimos su manta y miramos la noche, abrazados por última vez.

Juro que el amanecer llega demasiado pronto. Quería que esta noche fuera eterna. Quería tenerla para siempre aquí. Conmigo.

—Te amo —me dice rota de dolor.

—Y yo —indico y noto el escozor de las lágrimas en los ojos por primera vez en muchos años.

Me levanto para irme, para no alagar más esta horrible despedida.

Bajo hasta mi casa y cierro la puerta, sintiendo que el corazón se me rompe en pedazos.

Fue malo dejarla la primera vez, pero este momento ha sido horrible, porque somos perfectos el uno para el otro, pero no para esta vida que nos ha tocado vivir.