Tú a Chicago, yo a Nueva York (Un sports romance muy ardiente 1) Capítulo 43
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Capítulo 43

Joss

El equipo, sobre todo Brice, ha insistido en ir a tomar algo tras el triunfo.

Un triunfo que no ha sido gracias a mí, claro.

No consigo centrarme. No, después de saber que podré jugar al hockey tras lo que le hice a Elara.

No todo vale para conseguir las metas.

Entramos en la discoteca y vamos hasta el fondo de la planta baja.

No subimos a la zona vip y nos integramos con el resto de la gente. Piden algo de beber y cojo lo primero que pillo cuando traen las bebidas.

Esta semana ha sido dura y por eso no acabé las clases.

No podía ver a Elara tan cerca y tan lejos a la vez. Era incapaz de apartar la mirada de ella y lo peor es que parece más feliz. Es como si no le doliera tenerme cerca.

Quiero verla feliz, pero duele saber que tal vez ya ha pasado página.

Tal vez Ivar le guste más de lo que parecía. Han quedado estas fiestas navideñas y se les ha visto en algunas fotos juntos. Aunque de Elara cada vez se suben menos.

Tomo dos copas viendo como las mujeres se nos acercan para llamar nuestra atención.

No les hago ni caso hasta que por el rabillo del ojo veo a una de ellas, que conozco muy bien.

Miro, creyendo que me engaña la vista por mis ganas de verla.

Pero no es así. Entre las chicas que se han acercado a nosotros está Elara, que parece muy interesada en los músculos de uno de mis compañeros.

«¡¿Pero qué cojones hace?!»

La cosa no mejora cuando se sube a horcajadas sobre él y el capullo pone sus manos en su cintura. Elara baila con la música.

Lo siento, pero hasta aquí ha llegado mi función.

La cojo para que deje de ligar con mi compañero y tiro de ella hasta unas cortinas.

Nos oculto tras ellas y la aprisiono contra la pared, tratando de calmar mis celos.

—¿A qué ha venido eso?

—Soy una mujer libre… Puedo follar con quien quiera. Me curaste y ahora puedo tener sexo sola o con otros. Algo bueno salió de tu mentira. Gracias, por cierto.

Sus palabras me duelen como dagas afiladas y no puedo refrenar mis emociones.

La beso como si quisiera marcar su boca para siempre con la mía.

Cuando deja de luchar y me devuelve el beso, sé que estoy perdido. Nada podrá detenerme.

La deseo demasiado.

Toco su cuerpo, sobre su vestido, y disfruto de sus curvas y sus gemidos.

Me sigue deseando. Nada de esto puede ser fingido. No puede mentir tan bien.

Toco sus pezones sobre el vestido y meto mi mano entre sus piernas. Toco su tanga, ya mojado por su humedad, y disfruto de saber que la pongo tan cachonda.

«No me ha olvidado…»

Rompo la tela y meto los dedos dentro de sus pliegues.

La gente baila a unos metros, pero aquí, en nuestra burbuja, nadie nos ve.

Meto un par de dedos dentro de ella, hasta que casi se corre y los saco.

—No sin mí —le digo, antes de liberar mi polla y alzarla para entrar en su interior.

Enreda sus piernas en mis caderas y se mueve conmigo.

Dudo que pueda durar. Han sido muchas semanas añorándola.

Nos movemos juntos, hasta que se corre y salgo de su cuerpo para dejarme ir entre sus piernas.

—Joder… Esto no debería haber pasado —digo con la frente apoyada en la de ella.

—Tampoco dejarme como lo hiciste —indica—. Ahora que ha quedado claro que odias que nadie me toque, ¿me puedes contar la verdad? Y como no lo hagas…, te juro que me verás cada día ponerte celoso hasta forzarte a que confieses.

La miro y está decidida. La creo capaz.

Joder…, al parecer no soy tan bueno jugando al póker como yo creía.

Elara

—Aquí, no. Iré luego a tu casa.

—No voy a moverme sin saber la verdad…

—Luego, en tu casa. —Asiento, al ver que no confesará nada ahora.

Nos arreglamos la ropa y salimos.

Yo voy al aseo que pilla cerca y pienso en lo que ha pasado. Brice me dijo con quién podía poner celoso a Joss y su amigo se prestó para que lo usara.

Brice no me valía, porque tiene novia.

Pero con su amigo funcionó.

Joss no aguantó ni cinco minutos y luego me besó como siempre. Es como si el no besarme lo hubiera matado tanto como a mí.

Ahora sé que me desea, que siente algo por mí y que hubo algo que lo hizo echarse a un lado.

Voy a mi casa y lo espero tras darme una ducha.

Los minutos se hacen eternos mientras espero la verdad.

Me llega un mensaje de Joss.

Joss: Estoy en la azotea. Aquí no hay cámaras. Te espero.

Cojo una manta y subo a la azotea decidida a descubrir lo que ocurrió. El problema es que temo que la verdad no me dé lo que quiero: a Joss.