Capítulo 42
Joss
Entro a la pista de hielo para entrenar.
Necesito hacerlo tras la horrible cena de anoche.
Ver a Elara tan cerca y a la vez tan lejos me mató.
Lo peor fue que su odio me dio paz. Solo se odia a quien te importa, aunque sea un poco.
Nunca creí que un «te odio» me parecería tan dulce un día.
No sé cómo voy a sobrevivir al resto de mi vida.
Alzo la mirada al ver que, a pesar de la hora, no estoy solo. Reconozco a Seth entrenando.
Al verme, pone mala cara. Es como un hermano para Elara y ahora mismo tiene que verme como el demonio.
—No sabía que se permitía el uso de basura en la pista —me suelta a modo de saludo.
—Yo tampoco, pero tú estás aquí —lo pico, porque tengo que representar mi papel.
—No vayas de listo conmigo. Eres un cabrón.
—Ella siempre supo que era mentira. Además, disfrutó mucho. La hice disfrutar.
Como esperaba, viene hacia mí para darme una paliza.
Lo he provocado, porque necesito esto.
Nos peleamos sobre el hielo, hasta que se da cuenta de que solo recibo golpes y que no me defiendo.
—¿Acaso me tienes miedo?
—No sueñes.
Su móvil suena en el banquillo. Va hasta él y lo coge.
—Sí… ¿Qué le ha pasado a Elara? Vale… Ahora mismo voy. ¡Joder!
—¿Está bien? —la pregunta me sale antes de que pueda reprimirla.
Seth me mira.
—No, pero es por tu culpa. Así que, qué más te da.
Que esté mal por mi culpa me duele. Me duele mucho.
Aparto la mirada y patino como si no me importara nada.
Seth se marcha y me embarga el miedo de que Elara esté mal.
Elara
Seth llega a mi casa con el desayuno.
Lia lo llamó para pedirle que nos trajera algo rico, para compensar una noche horrible en casa de mi padre.
Seth comenzó a decir que qué me pasaba ahora y no sé qué más.
—Mi hermano está tonto —indicó Lia cuando colgó.
Seth me mira y me suelta la bomba.
—He dado una paliza a Joss en la pista.
—¡¿Acaso estás loco?!
—No, él me ha provocado. De hecho, parecía que lo deseaba. Es como si quisiera ser castigado. Es raro, ¿no? Además, cuando dije que estabas mal, le cambió la cara. Se quedó pálido y me preguntó cómo estabas, olvidando su papel de «me importa una mierda».
—¿Por qué has hecho eso?
—Antes de que Joss llegara, estuve hablando con el entrenador y le dije que Joss era un mierda, pero que lo tenían ahí.
Me contó que ya no juega como siempre, que algo ha cambiado en él.
Parece que el hockey , que era su vía de escape, ya no lo hace feliz.
Me ha contado como perdió la oportunidad de fichar por la liga profesional por ir a buscarte.
Según él, siente que algo no va bien. Luego me dijo que, como era tu amigo, te comentara que solo tú podrías descubrir la verdad.
—Ya, claro. Ahora soy la salvadora de don capullo.
—Ese día te dio un ataque de ansiedad cuando tu padre apareció en el hospital y os explicó cómo sería tu vida ahora que estabas enamorada de Joss. A partir de ese momento, él cambió —recuerda Lia.
—Porque quería jugar al hockey sin que se lo impidieran.
—Pues últimamente juega de pena. —Seth saca su móvil y pone varios vídeos que muestran el deterioro de la carrera de Joss—. Los vi cuando tú no podías saber nada de esto. No paro de dar vueltas a que, si hizo todo esto por el hockey , por qué no se nota.
—¿Y si me aferro a una esperanza para descubrir que en verdad solo me usó?
—Pues te hará daño —indica Seth tranquilo—, pero, al menos, sabrás la verdad. Algo no me cuadra en esta historia. Yo nunca sentí que ninguno de los dos fingierais. Todo era real, pero ahora sí parece que finge que es feliz jugando al hockey y le sale de pena.
—Eres demasiado cabezón —le dice Lia—. Si estás equivocado…
—Estaremos ahí para ella. No la vamos a dejar sola. Yo ya te he dicho lo que pienso. Lo que pase a partir de aquí, es cosa tuya.
Miro el móvil y las jugadas de Joss dan pena. El titular dice: «¿Es el fin de la gran promesa del hockey ?».
—¿Y por qué el entrenador te ha contado todo esto?
—¿No te he dicho que el entrenador fue el mío cuando jugaba en el instituto? Lo trasladaron aquí y por eso me deja usar la pista para entrenar.
—Pues no. No lo sabía.
Seth sonríe. Solo cuenta determinadas cosas cuando está preparado para hablar, como ahora. Si me ha contado esto es porque piensa que tiene razón.
Seth es muy observador. Le gusta analizar todo mientras el resto del mundo opina que es serio, porque nada lo motiva.
En verdad, solo está analizando la vida a su manera.
Desayunamos y no paro de dar vueltas a las palabras de Seth.
No paro de pensar en ello hasta que empiezan las clases y mis amigos ya han vuelto a Chicago.
Los exámenes empiezan y casi no tengo tiempo para nada que no sea estudiar.
Por suerte, mi padre ya no me obliga a ir a fiestas y la gente ha dejado de observar todo lo que hago. Sin Joss a mi lado, parezco invisible.
—Hay gente que nunca cambia —comenta Remi cuando Joss se sienta con los dioses del Olimpo.
Lo miro buscando alguna señal y, salvo que parece que nada lo motiva, no veo nada.
Entonces, se gira y me mira, como si notara que lo estoy observando. Por un segundo, solo lo que tarda en ocultar lo que siente, sus ojos verdes se muestran más cálidos.
Luego, su mirada se endurece como si nada.
—Me dijo mi amigo Seth que Joss juega peor desde hace un tiempo. —Brice me mira—. ¿Coincide desde cuando lo dejamos?
—Sí, esa semana vino bebido varios días… ¿Te hace bien hablar de esto? —Mira a su hermana, quien me observa preocupada.
—Sí, habla.
—Joss no parece el mismo. No juega bien, pierde muchos pases y, aunque se nota que jugar le da la vida, ya no parece feliz. Si sigue así, perderá su oportunidad de jugar en la liga profesional.
—Lo mismo solo está fingiendo —apunta Remi.
Brice y Remi saben la verdad de mi relación con Joss. Se la conté tras regresar y quedar con ellos.
—Es complicado fingir tan bien —señala Brice—. Yo creo que Joss no fingía cuando estabais juntos. Ni tú tampoco. Qué pasó para que diera este paso es lo que no sabemos. Ven al partido el sábado, verás tú misma el cambio.
—Yo iré contigo. Esto solo puede hacerte más daño —dice Remi.
—Ya no me da miedo caer. Sé que me levantaré con más fuerza, pero pienso saber la verdad al precio que sea. Siempre he sentido que algo no me cuadraba y tal vez sea esto. Quiero averiguarlo.
Miro a Joss y lo pillo observándome.
Al ver que lo he pillado, se termina el café y se marcha.
«¿Qué ocultas, Joss? ¿Qué pasó, que ignoro, para que dijeras todo eso?»
* * *
Voy al partido con Remi y no me siento donde siempre.
Lo hacemos alejadas de todo.
Joss no ha vuelto a clase desde el otro día. Tengo grabadas sus miradas; esos segundos en que sus ojos verdes mostraban tanto dolor.
«¿Y si solo está fingiendo?»
Si algo he descubierto es que nadie finge tan bien. Cuando nos creemos sus mentiras es porque necesitamos creerlo, porque la realidad no nos gusta y deseamos ocultarla.
He estado viendo los vídeos que nos tomaron a los dos y se me nota desde el principio que sentía algo por él.
Aunque yo creía estar haciendo una gran actuación, mi cara reflejaba la verdad que yo no quería ver.
Miré a Joss y vi más allá de los momentos que creíamos fingidos. Vi sus miradas, cuando no sabía que era grabado, y me encontré con la dulzura en la forma de observarme o en sus caricias inocentes.
Hay mucho más de lo que se vio y mirarlo duele, pero quiero forzarlo a decir la verdad.
Veo a Joss enseguida.
Lo primero que me llama la atención es que ya no es el capitán. Ha perdido su puesto.
El partido empieza y Joss parece distraído. No parece el mismo.
—Ha hecho todo esto para conseguir llegar a la liga profesional y poder seguir contando con el dinero de su padre —me dijo Mónica en el hospital—. Lo siento, Elara… Yo me creí vuestra historia. Se os veía enamorados de verdad.
El partido va a peor. No mejora. No remonta.
O Joss no tiene corazón y solo hizo todo para hacerme daño, o no me cuadran sus motivos.
Tengo un plan.
Esta noche sabré la verdad.
Al fin y al cabo, Joss siempre fue muy celoso…