Tú a Chicago, yo a Nueva York (Un sports romance muy ardiente 1) Capítulo 41
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Capítulo 41

Joss

Esta noche veré a Elara en la fiesta que van a dar sus padres por Navidad.

No puedo no ir. Ni ella tampoco, ahora que ha vuelto de ver a un familiar… En realidad, sé que ha estado en un sitio para curar su ansiedad; en un retiro para gente con dinero.

Afortunadamente, está mejor.

Yo no. Me siento cada día peor. La echo de menos, muchísimo, y pensar en un futuro sin ella me angustia.

No sé cómo vivir sin sus risas o sin sus miradas dulces. No sé cómo vivir sin perderme en su boca una y otra vez.

Ella es lo único bueno que he tenido en la vida. Lo único valioso de verdad. Recordar que todo lo hice por ella no mejora las cosas.

He empezado a trabajar en la empresa de mi padre. La condición que les pedí, además de dejar apartada de todo esto a Elara, es que me dejaran acabar la carrera y jugar al hockey .

Si me contrata la liga profesional, aceptaré y aprenderé a llevar las empresas desde donde esté. Si pierdo el hockey también, me muero. Es lo único que me da paz.

Debía tener una carta maestra para que vieran que mi juego era cierto y fue la del hockey . Ahora puedo jugar en la liga profesional con el consentimiento y apoyo de mi padre y eso no me hace feliz.

El precio que he pagado por ello ha sido muy alto.

Entro a la casa de los Rivera y siento a Elara antes de verla.

No sé cómo mirarla sin que note que me muero por ella.

Pongo mi mejor cara de póker y alzo la cabeza para verla.

Está al lado de Mónica, con un precioso vestido que poco se parece a los que lucía antes.

Es más de su estilo. Lleva el pelo suelto y el maquillaje es sutil.

Se parece más a ella misma que nunca. Está preciosa.

Jodidamente preciosa, y me mira como si me quisiera matar.

Joder…, la deseo. La deseo hasta cuando me mira como si fuera el peor hombre de la tierra.

—Buenas noches, señorita Rivera. Se la ve bien.

—Mejor que nunca —responde con rencor.

Cojo su mano para darle un beso, pero me da un pisotón antes de irse, dejando claro que, a partir de ahora, ella decide cómo llevar su vida en casa de su padre.

La miro con una sonrisa, sabiendo que ha merecido la pena todo mi sacrificio. Al fin es libre y está fuera de los juegos de su padre.

Ivar sale a su encuentro y odio como le habla al oído. Se va con ella como si le perteneciera.

Los celos me matan.

Entro donde se sirven las bebidas y pillo la más fuerte. No sé cómo voy a soportar verla feliz sin mí… ¡Joder!

Elara

Joss sigue tan impresionante como recordaba, o más. Sus ojos verdes me han parecido más increíbles que nunca.

Cuando cogió mi mano, sentí de nuevo ese cosquilleo y por eso le di ese pisotón, infantil, pero era eso o que viera como sigo temblando por él.

Ivar se queda a mi lado y lo agradezco.

Lo primero que me ha dicho al oído ha sido:

—Me alegro de verte de vuelta. Quiero que sepas que yo no tenía ni idea de los tejemanejes del resto.

Que haya reconocido eso me relaja, porque, al parecer, no todos se han creído el cuento de que me fui con mi familia lejana.

Al menos, su amistad era sincera y tenerlo en esta fiesta es un apoyo.

Si estoy aquí es porque Mónica lo ha organizado todo y quiero que salga bien por ella. También porque quería probar que podía ver a Joss sin romperme.

Bueno, estoy por dentro fatal, pero nadie lo nota mientras recuerdo cómo se respira con calma.

Nos sentamos a cenar y dejo de mirar la comida de mi padre como la enemiga. Solo es una cena. Si no como más, ya comeré después algo.

Cojo un poco de todo y trato de disfrutar como puedo.

Aunque es complicado, porque la comida es horrible. Hace buena a la de los hospitales.

Al acabar, me excuso para ir al servicio.

Necesito un momento para mí.

Voy a abrir la puerta, cuando se abre y sale Joss.

Nos miramos a los ojos. Estamos solos. Solos tras su mentira. Solos sintiendo que el peso de todo lo vivido duele.

—Te odio.

—Lo sé.

Se marcha sin decir nada más y eso me duele.

Me duele que pueda mirarme a los ojos y no sentir arrepentimiento.

No todo debería valer para el éxito.

¡Lo odio!