Tú a Chicago, yo a Nueva York (Un sports romance muy ardiente 1) Capítulo 38
78%

Capítulo 38

Joss

Observo a Elara sobre mí, desnuda. Está increíblemente preciosa y es mía.

Llevo días sin saber qué excusa buscar para besarnos sin tener que dar explicaciones luego de por qué ha pasado.

Al final, hemos acabado besándonos sin excusas, sabiendo que esto lo cambiará todo entre nosotros.

La deseo más que a nada en esta vida.

Por eso, tenerla sobre mí me excita demasiado. Su cuerpo es una pura tentación.

Sube y baja, haciendo que sus pechos reboten, y me encanta verlos moverse mientras su cuerpo se abre a mí. Su vagina me oprime como si quisiera que me quedara para siempre así.

Aprieto con mis manos sus redondeados glúteos y disfruto de como sube y baja de nuevo.

«Joder…, esto es demasiado.»

Busco uno de sus pezones con mi lengua y lo chupo hasta que se endurece mucho más. Lamo el otro y luego lo muerdo levemente mientras Elara se mueve adelante y atrás, conmigo dentro.

Llevo mi mano a su sexo y noto lo mojada que está. Que me desee tanto me vuelve loco.

Esparzo su humedad por su clítoris y lo froto mientras ella se sigue contoneando sobre mí. Conforme se va excitando, sus movimientos son más rápidos.

Se levanta y se deja caer varias veces mientras toco sus puntos débiles; unos con mi boca y otros con mis dedos.

Siento que estoy cerca y aumento la fricción de mis dedos sobre su clítoris.

—Joss… —Deja ir mi nombre antes de correrse con fuerza.

Siento como su cuerpo late y eso me pierde. Además, me encanta verla correrse sobre mí.

Me corro con fuerza.

Al acabar, se cobija en mi cuerpo como si así la conversación sobre lo que ha pasado pudiera dejarse a un lado.

Hago lo mismo. La abrazo y me quedo quieto, sin hacer nada, por miedo a que lo que pueda decir lo cambie todo.

* * *

Tras ducharnos, le presto ropa y no quiero que se vaya, pero tampoco hablar de nada.

Quiero que el tiempo corra y saber qué hacer.

La deseo, me importa… Elara siempre fue especial, pero ella está ligada a un hombre que tiene planes para mí en los que no entra mi deporte… Mi vida.

No sé cómo tenerlo todo.

—Quédate a dormir —le pido y asiente.

Vamos a la cama y se acomoda sobre mí.

Si tener sexo sin excusas no lo complica ya todo, dormir juntos sí lo hace.

Qué puedo decir: no puedo dejarla marchar.

—¿Vas a volver con tu madre cuando todo esto acabe? ¿Qué planes tienes de futuro? —Nunca hemos hablado de esto y creo que es importante, para saber cómo podemos encajar juntos.

—Lo de mi padre me tiene la cabeza un poco agitada y no me centro tanto en los estudios como esperaba. Suerte si acabo esta carrera.

—¿Y dejarla?

—Si lo hiciera, tendría que enfrentarme a mi padre. No quiero perder a Everly. A ver cómo pasa el tiempo. ¿Y tú? Irte lejos como profesional del hockey , supongo.

—Sí, necesito esa independencia para romper con todo… O tal vez sea una excusa, porque cuesta que, para poder ser libre, debas elegir entre tu libertad y tu familia.

—Te entiendo. Tenemos unos padres horribles, pero son nuestros padres. Odio ese lazo que te une, a pesar de los golpes. Es como si no quererlos fuera contra natura.

—No debería ser así. El amor se debería ganar, aunque haya sangre de por medio.

—Sí, pero no es así. Queremos a la gente, pero a veces solo por lo que son en nuestra vida en vez de por lo que nos aportan. Solo sé que no quiero esta vida. No me gustan las fiestas. Ni sonreír cuando no quiero… Quiero dejar de mentir.

—Entiendo.

—No lo digo por ti… Me gusta mucho que seas mi mentira favorita.

Sonrío, aunque Elara no puede ver que la felicidad no llega a mis ojos. No quiero ser una mentira para ella, pero tampoco puedo ligarla a mi mundo.

Tengo que pensar algo.

—Vamos a dormir, que es tarde.

Beso su frente y siento sus labios en mi cuello.

Intento dormir, pero no puedo. Mis emociones giran demasiado rápido en mi cabeza y no sé cómo ordenar este caos.

* * *

Me marcho a entrenar y la dejo dormida.

Hice el desayuno y le dejé una nota en la que le digo que no tenga prisa por irse de mi casa y que la espero en el partido de esta tarde.

Entrenar me da la vida, porque me olvido de todos mis problemas.

Me paso el día con los del equipo, hasta la hora del partido.

—Joss… —el entrenador se me acerca poco antes de empezar a prepararnos para jugar—, es posible que venga un ojeador al partido para hacer fichajes, en mitad de la temporada, para la liga profesional.

Ese «posible» es que lo sabe seguro y me está diciendo que haga mi mejor juego.

Brice sonríe y se me acerca cuando el entrenador se va.

—Lo harás bien.

—No tengo dudas.

—Si controlas tu rabia, mejor.

—No necesito tus consejos. —No se lo digo borde, porque Brice no me cae mal. Creo que yo, en su lugar, si tocara a Elara también habría actuado preso de los celos—. Opino que podré hacerlo bien.

—Sí, si lo que quieres es hacerte con una oferta y que acabes tus estudios de este año. Así el año que viene te trasladarías con ellos. Pero ¿cómo se lo tomarán tus padres?

—Mal. Están esperando que deje esta tontería y me centre en la empresa. —Brice asiente—. No lo entenderías.

—No, tal vez no. Mis padres son geniales y, aunque no tenemos mucho dinero y estudiamos gracias a becas…, sé que lo tengo todo.

—Lo tienes.

—Intenta no cagarla y podrás ser quien tú quieras. —Asiento.

Es raro hablar con él como si fuéramos amigos.

Vamos hasta el vestuario y empezamos a prepararnos para el partido.

Solo quedan unos minutos.

Saco el móvil para ver si me ha escrito Elara y veo que tengo varias llamadas de ella.

La llamo, preocupado.

Descuelga, pero solo la escucho respirar muy deprisa.

—Elara, dime dónde estás. —Su respiración se hace más agitada—. Elara, por favor.

—En mi casa… Estoy bien… —No puede hablar. Su voz suena débil. Es un ataque de ansiedad.

En un segundo, pasa ante mí la vida con dos caminos.

Si me quedo, podré tener mi futuro asegurado, pero si me voy, tal vez no haya otra oportunidad… La vida, a veces, tiene una forma retorcida de hacernos elegir entre lo que deseamos y lo que más queremos.

Elijo a Elara, por encima de todo.

—No me cuelgues, que voy para allá.

—¿Qué pasa? —me pregunta Brice.

—Elara está teniendo una crisis de ansiedad. Voy a llamar a una ambulancia e ir con ella.

—Puedo ir yo. Mi futuro no depende de este partido.

—No puedo… Tengo que estar con ella.

Brice solo asiente y me ve marchar. Los dos sabemos que Elara me importa más de lo que tal vez esté dispuesto a admitir ante nadie.

—Yo llamo a la ambulancia. No le cuelgues y trata de tranquilizarla —me dice—. Canta, si hace falta, para que su mente deje de girar sin sentido.

Le doy las gracias y me marcho sin mirar atrás.

Elara cada vez respira más agitada.

Le hablo para tranquilizarla mientras voy corriendo hasta su casa.

Llego al mismo tiempo que la ambulancia y subo con los técnicos hasta la casa de Elara.

Abro la puerta y la encontramos en el suelo, con la mano en el pecho.

Al verme, sonríe, pero no consigue tranquilizarse. Seguro que llevará mal mucho tiempo y algo ha hecho que todo se desborde.

—Estoy contigo. Todo va a ir bien.

Coge mi mano y enreda sus dedos con los míos.

No la dejo sola en la ambulancia y solo me separo de ella cuando se la llevan para suministrarle calmantes.

Al poco, la trasladan a una habitación.

Remi ha venido. Seguro que la ha avisado su hermano.

He llamado al padre de Elara, quien me ha dicho que tenía una cena importante, pero que lo tuviera informado de cómo va todo.

Capullo… Nada es más importante que las personas que amas. Quizás es que en realidad no la quiere.

El tiempo pasa muy lento mientras espero que Elara despierte y me sonría.

Me doy cuenta de que, por su felicidad, sería capaz de todo. Hasta de hacerme a un lado para que pueda ser feliz. Ojalá la vida nunca tenga que obligarme a algo así.