Tú a Chicago, yo a Nueva York (Un sports romance muy ardiente 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

Elara

—Sigo sin asimilar que le contaras con tanta facilidad a Joss lo de tu madre y que no te avergonzara un problema sexual que piensas que no es importante.

No le he contado todo lo que pasó con Joss y lo que me confesó del cabrón de su padre.

Eso es cosa de los dos. Lo vi muy agitado, nervioso y como si se avergonzara de confesar que lo habían abofeteado desde pequeño.

Yo sé lo que es eso…

Joss no tiene la culpa de tener un padre horrible y ojalá le salga bien lo del hockey , para que le dé fuerzas para romper los lazos.

Sé que necesita eso para decir basta. Una razón de peso para poder escapar de una infancia infeliz.

Cuando corrimos juntos… Bueno, cuando intenté correr a su lado, fue complicado mirarlo sudado y con poca ropa y no lanzarme a sus brazos.

Joder…, Joss me hace arder con solo una mirada. No sé cómo puede esto salir bien fingiendo que, cuando estamos solos, el deseo no nos consume por completo.

Ahora estoy en la universidad hablando con Lia. Me sigue de cerca el chófer, pero a una distancia suficiente para que no escuche nada de lo que digo.

Por suerte, desde que estoy con Joss, mi padre hasta me dijo que en mi casa podía tener la comida que quisiera, pero que nadie lo viera.

Esta tarde iré de compras, aunque me duele que un novio haya cambiado la forma en la que me ve mi padre.

—Bueno, con Joss nada está saliendo como con el resto.

—Sobre todo el sexo. ¡Joder, pedazo polvo en el aseo! —Noto que me sonrojo—. Seth dice que se lo notaba celoso. Tal vez le gustes más de lo que crees.

—No, solo estamos fingiendo y ahora somos amigos. Mejor no sentir nada por él.

—El amor es como los miedos: no se controlan.

—Bueno, pero se superan y, si me enamoro de él, lo superaré. Así me haré más fuerte.

—Ya, claro, llevas pillada por él desde que lo viste la primera vez…

—¡Eso es, la primera!

—Bueno, ten cuidado. Joss siempre fue especial y por eso a su lado el mundo se detiene.

Cuelgo sin poder dejar de pensar en sus palabras, porque es cierto.

Joss es especial, pero no estoy enamorada de él. Solo lo deseo. Solo tengo que recordar que nos besamos para fingir, y no por el placer de perderme en su boca, una y otra vez.

Ando hasta mi clase y antes de llegar lo siento.

Alzo la mirada y lo veo apoyado en la pared con el móvil.

Deja de mirar el teléfono y clava sus ojos verdes en mí. Esto hace que mis latidos se disparen. Sobre todo, cuando sonríe de esa forma pausada.

Camino hacia él admirando lo bueno que está hoy, con esos vaqueros y la camiseta del equipo.

Coge mi cara entre sus manos y me besa con lentitud. Es como si me saboreara y tuviéramos todo el tiempo del mundo para ser del otro.

Tengo un problema. Uno gordo. Uno que se llama Joss.

—Nos vemos luego. —Me guiña un ojo y se marcha a su clase.

Entro a la mía con mis temblores y el corazón acelerado.

—¿Te doy la enhorabuena o el pésame? —me pregunta Brice.

—El pésame —susurro, y eso lo hace reír.

«¿Dónde me estoy metiendo?»

* * *

Joss me espera para ir a tomar el almuerzo.

Al llegar, Remi nos mira a los dos.

—Es inofensivo —le indico a mi amiga.

—Por mí vale, si no nos tenemos que sentar con los dioses del Olimpo.

Joss pasa su mano por mi espalda y la forma en que me toca me hace temblar.

—¿Así que dios del Olimpo? ¿Por algo en especial?

—Por creeros superiores al resto de los mortales. No es por nada sexual. Siento explotar tu burbuja.

—Sabes de primera mano que soy capaz de llevarte al paraíso —susurra en mi oído— y eso solo lo consiguen los dioses del sexo —bromea, y eso me hace poner los ojos en blanco.

Cuando lo miro, está sonriendo.

—No es para tanto. He leído libros que me han puesto más cachonda —le replico.

Se hace el herido y me gusta este lado suyo juguetón y menos serio.

«Es mentira. Todo es mentira», me recuerdo.

—¿Y cómo es eso posible?

Miro a Remi, que habla con su novio con el móvil mientras esperamos que nos atiendan y no se entera de nada.

—En los libros los preliminares son los que marcan la diferencia. Vas leyendo y calentándote poco a poco. Lentamente, sin prisas, y cuando pasa, estás ardiendo…

—Justo lo que hice yo al privarte de los orgasmos. Gracias por aclarar que te encantó mi forma de interpretar tu libro. —Sonríe y lo miro enfurecida—. Reconócelo: soy un puto dios del sexo. —Tira de mi camiseta.

—Cuando pruebe otros mástiles te diré si solo en el tuyo encontré la gloria.

Agranda los ojos.

—Eres una bruta.

—Y tú un creído.

—Nadie es mejor que yo.

—Ya veremos. —No sé si esto es para recordarme a mí misma que habrá otro o para joderlo.

Dejamos el tema de lado. Mejor.

Pedimos lo de siempre y nos sentamos en una mesa los tres, hasta que Brice se acerca y se acomoda con nosotros.

—Si no te gusta, te largas —le dice a Joss.

—Si te soporto en los entrenamientos sin partirte esa cara de tonto que tienes, también puedo hacerlo aquí y hasta ser educado.

—¡Qué honor! —Nota mental: preguntar a Joss por esta enemistad—. Si tanto te molesta, puedes irte con tus amigos. Te echarán de menos.

—Eso seguro —doy un trago a mi café—, pero ella quiere estar aquí. Echa de menos mi mástil.

Escupo todo el café, aunque las últimas palabras han sido susurradas, para que solo yo las escuche. Luego, le doy en el brazo y se ríe. El muy cabrón se ríe.

—Nunca te ha importado lo que quisieran otros —señala Brice mientras me da servilletas para limpiarme.

—Ni me importa, pero Elara es diferente. ¿Te relato por qué o me dejas tomar el café en paz?

Joss se ha metido de lleno en el papel hasta tal punto que yo me estoy creyendo su actuación.

Brice lo deja tranquilo y comemos sin saber de qué hablar.

Lo peor es que me pregunto cómo me sentiría si esto fuera real.

«No, no lo es.»

Casi a la hora de irnos, Joss se levanta y se agacha para darme un beso, que sabe a café y a él.

—Nos vemos luego en el entrenamiento. —Pasa su pulgar por mi labio y se marcha.

—Estás colgada de él —apunta Remi—. No sé cómo otros han podido dudar de lo vuestro. Hay cosas que no se pueden fingir.

La miro mientras sonríe y, aunque no sepa nada, sus palabras se me clavan de lleno en el pecho.

Ahora no estaba fingiendo. No lo he besado de forma fingida ni me he sonrojado por ser buena actriz. Me sale solo, como lo de olvidarme del mundo.

—Me voy a clase.

—¿Dije algo malo?

—No, todo bien. —Ahora sí miento. A todos e incluso a mí misma.

Nada está bien.

Esto solo me hará más fuerte. Solo seré más fuerte cuando acabe. No estoy enamorada de Joss. Solo me atrae. Solo eso.