Capítulo 31
Joss
Llego a casa de mis padres para la comida de los domingos.
Elara no me contestó cuando le pregunté qué tal estaba, ya que iba a casa de su padre y este estaba muy enfadado.
Seguro que será porque han subido fotos suyas con varios chicos y diciendo que ama la comida basura.
Solo vi que las acciones de la nueva empresa que su padre quiere abrir de comida sana y saludable caían en picado y se puede deducir que su comportamiento ha podido influir en ello.
Elara no tiene ni idea de la que ha liado y lo peor es que no es por su culpa.
Entro en la casa y veo a mis padres al lado de los Rodríguez, una familia adinerada de Nueva York. Me presentan a su hija, que estaba estudiando fuera.
Sarah, que así es como se llama, me mira coqueta.
Está claro que esto es una puta encerrona para darme a entender que, si no elijo yo pareja, lo harán ellos por mí.
—Últimamente no estás muy centrado, hijo, y por tu culpa podemos perder la mejor opción de conseguir poder en la empresa.
Estamos en su despacho, adonde me ha hecho venir tras la comida.
—Lo tengo todo controlado.
—¿Antes o después de que se fuera con unos y con otros? Su padre está muy enfadado y hoy ha invitado a Ivar a su casa. No eres tonto para saber que quiere atar en corto a su hija y, si no es contigo, será con otro que controle a la descarriada esa.
La rabia se apodera de mí.
Me marcho de la casa y voy directo a la de Elara.
Cuando llego, me hacen esperar en el rellano mientras escucho las voces de los Rivera y sus invitados.
El padre de Elara, Elias Rivera, se me acerca.
—Ella nunca se enamorará de Ivar y lo sabes, pero de mí, sí, y cuando la tenga enamorada, hará por mí lo que sea. Hasta renunciar a todo por mí, y lo sabes. Sabes que Elara solo cederá si ama.
Duda, pero asiente.
—¿Estás dispuesto a firmar un preacuerdo de matrimonio?
—Para Elara todo es nuevo. Ella no se ha criado aquí y si fuerzas las cosas, solo conseguirás más como lo de este fin de semana. ¿Es lo que quieres? Ella y yo somos amigos, además de que el deseo entre los dos es evidente. ¿Vas a tirar por tierra mi juego solo por tu impaciencia?
—No me hables así…
—Te hablo como quiera. Quieres que sea tu sustituto, que el matrimonio con una de tus hijas me dé poder en la empresa. Si quieres eso, no lo jodas solo para demostrar a tu hija quién manda.
Lo miro desafiante. Es más bajo que yo y eso ayuda. Los hombres como él no me dan miedo. Solo asco.
Desde que nací siempre me ha visto como su heredero, pero solo si una de sus hijas se casaba conmigo. Lo intentó con Everly, pero éramos muy jóvenes y, además, se nos fue de las manos.
Ha movido ficha solo para presionarme para firmar ese acuerdo. Lo sé. Es un capullo y sabe que ese acuerdo me ligará a su familia.
—Un año. Al acabar el año, si no has firmado el acuerdo, lo firmará con otro mejor que tú. A ver si es verdad que consigues enamorarla.
Me tiende la mano y se la estrecho.
Él no sabe que en este año haré lo imposible por alejarme de todo esto. Solo necesito unos meses para que me hagan una oferta de la liga profesional de hockey . Solo unos meses y se pueden meter sus acuerdos por donde les quepan.
Vamos hasta la sala.
Elara, al verme, agranda los ojos. En la mesa hay dulces, pero sé que no ha comido nada.
—Buenas, espero que no les importe que me una al café. No podía estar lejos de mi novia —lo recalco mientras me siento al lado de Elara.
—No, claro. Ahora te sirven un café —dice Mónica.
—¿Qué narices haces? —murmura Elara para que solo la escuche yo.
—Luego hablamos —le indico y sé que, si quiero que esto funcione, tenemos que hablar largo y tendido.
Algo peor: tenemos que ser amigos… Amigos. Hace mucho tiempo que no tengo un amigo, porque la última persona que lo fue de verdad era su hermana y acabamos odiándonos.
Sé que lo estropearé todo, pero Elara no me contará nada ni me hará caso si no cedo en eso.
* * *
Cuando ha pasado un tiempo prudencial, les anuncio que Elara y yo nos vamos.
Tras despedirnos, bajamos por el ascensor.
Abre la boca para hablar, pero se la cierro con un dedo. Sus labios me tientan, pero si la beso, querré estar de nuevo entre sus muslos.
Miro las cámaras y ella asiente.
Entramos en mi coche y conduzco hasta una zona tranquila, lejos de las miradas de nuestros padres. Acabamos en un jardín desde el que se ve la ciudad.
—Yo esperaba comida… —Miro el puesto callejero—. Ahora vengo.
Va hasta el puesto y, como esperaba, compra comida de más. Por eso no he ido tras ella, porque pedir lo que yo quiero es tontería, cuando a ella siempre le sobra la mitad.
La empiezo a conocer más de lo que me gustaría. Cuando la miro sé qué cara pondrá cuando le sirvan todo y cómo se le iluminan los ojos violetas cuando se imagina saboreando su pedido.
Al llegar al coche con la comida, está feliz. Más de lo que estaba en casa de sus padres.
—¿Pueden hacernos fotos aquí?
—No, puedes comer tranquila. Por esta zona no se mueven los amigos de nuestros padres.
—Genial. —Disfruta del perrito caliente y de las patatas.
Le voy quitando algunas, hasta que se llena y le quito el perrito para acabarlo por ella—.
Eso lo hace Seth… El chico de ayer. Es mi amigo de toda la vida y es como un hermano para mí —añade, como si me tuviera que dar alguna explicación.
No me la debe, pero saber que es como un hermano para ella relaja mis incomprensibles celos.
—Tenemos que hablar de todo esto.
—Mejor con helado. —Se levanta y va a por helado.
Regresa con uno de nata y chocolate, con dos cucharillas—.
Mi padre estaba muy enfadado. Al parecer ha invertido en una empresa de comida saludable y de ahí su afición a que en sus fiestas y sus casas todo sea lo más sano posible.
Parece ser que mi imagen le jodió las acciones.
No lo sabía. Solo estaba disfrutando de una hamburguesa.
—A esa hamburguesería van mucho los de nuestra universidad y por eso te grabaron.
—Yo no tengo ni idea de todo eso.
—Pero yo sí y ahora somos un equipo.
—Y novios, al parecer. —Le cuento todo lo que he hablado con su padre y agranda la mirada—.
¿De verdad espera que por amor renuncie a todo?
—Asiento—. Vale, tenemos un año para conseguir salir de este lío y no enamorarnos.
Algo fácil, porque solo te deseo sexualmente.
No te lo tomes a mal, pero eres un poco capullo.
Sonrío.
—No me lo tomo a mal. Sé lo que soy y tenemos que ser… amigos —afirmo, como si me costara, y eso la divierte.
—Vamos, Joss, que ser amigos no es tan malo, pero me tienes que suplicar, ¿recuerdas? —La fulmino con la mirada—. Vale, dejemos lo de suplicar.
—Mejor, pero habrá unas reglas: sexo y besos, solo si es por nuestro fin. Cuando no tengamos que fingir, nada de caricias…
—Es lo mejor —lo acepta, pero mira mi boca y yo la suya, con helado en los labios. Llevo un rato reprimiendo mis ganas de besarla y por eso aparto la mirada—. Vale, amigos. Tenemos que confiar el uno en el otro.
—Sí, pero para eso debes contarme cómo cojones has acabado perdiendo la virginidad conmigo, en un aseo, siendo lo nuestro tan falso. ¿Acaso no merecías algo mejor, Elara?
Noto el dolor crecer en mi pecho, porque mi primera vez fue una mierda. En un coche, con una de mi clase. Luego, la cosa mejoró, pero el sexo siempre ha sido un intercambio de placeres para mí, mientras trataba de que todo me importara una mierda.
Hace tiempo que no me permito el lujo de sentir emociones. Sentir duele y por eso me endurecí. Me hice fuerte para sobrevivir en mi mundo de falsedades.
Lo hice hasta tal punto, que me convertí en un idiota sin corazón.
Lo peor fue que mi dinero y mi cara atraían a mujeres que solo deseaban fama y conseguir buenos regalos. Fama, conseguían, pero regalos, no. Odio comprar regalos, porque es como si pagara por el sexo.
Otros amigos lo hacen. Cuando rompen, les hacen un regalo caro, pero a mí no me hacía sentir bien eso.
Tras años de no sentir nada, llega Elara y trastoca todo mi mundo haciendo que, al mirarla, sienta que soy lo peor que ha tenido la mala suerte de conocer. En el fondo, siempre supe que ella no sería como el resto, pero hace años me hizo sentir paz en medio del caos.
—No —afirma a las claras—. Lo disfruté. No le des más vueltas. —Se remueve inquieta.
—Si quieres que seamos amigos, necesito algo más que todo esto.
—Como si te importara.
—Bueno, ahora mismo eres la persona en la que más confío.
—Pues sí que tienes pocas personas en tu vida de confianza. —Sonrío—. Es una tontería, Joss. Yo misma no entiendo por qué me pasa.
—Ahora sí que me tienes intrigado. No me dejes así.
No lo dejo pasar. Esta vez no quiero dejarlo pasar. Necesito saber la verdad, para que deje de doler el arrepentimiento en el pecho.
—Mi madre no ha sido como el resto. —En el fondo, sabía que esa mujer tenía algo que ver—.
Solo tenía diecinueve años cuando me llevó con ella.
Era alocada y le gustaban mucho las fiestas.
Y, bueno…, el sexo. Yo era demasiado pequeña para entender sus gritos y gemidos.
Al principio, creía que la estaban matando y lloraba hasta que acababa.
Cuando me fui haciendo mayor, sabía lo que era, pero no soportaba escucharla.
Tampoco que, al día siguiente, su novio de turno me insinuara participar y mi madre solo se riera.
Eso hizo que sintiera asco por el sexo y que, cuando intentaba algo con alguien, no consiguiera evadirme y pensar solo en mi placer.
—¿Tampoco a solas? —Niega con la cabeza—. No sé cómo me deja saber que te he robado tantas primeras veces así…
—Bien, porque eres la única persona con la que he podido sentir mi cuerpo sin escuchar mis pesadillas. Así que gracias.
—No me des las gracias por el sexo. —Se ríe—. Lo siento… Siento que te tocara vivir todo eso.
—No se puede cambiar el pasado y por eso quiero cambiar mi futuro. Deseo pensar en mí por primera vez. —Noto dolor en sus ojos—. Lo mismo en este año podemos conseguir que mi padre me permita tenerlo todo sin perderlo.
Mucha gente no entendería esto y por qué, a pesar de tener unos padres horribles, nos aferramos a ellos.
Lo hacemos porque la soledad asusta mucho y, aunque sean lo peor, son nuestros padres.
Por eso no puedo juzgarla, porque yo tampoco he podido romper esos lazos. Y no es por el dinero; es porque, a pesar de todo, los quiero.
Quererlos duele.
Tomo aire, agitado por toda esta conversación.
Solo con imaginarla con otros me invaden los celos. No soporto que la toquen siquiera. Nunca he sido tan posesivo con nadie.
Pienso que queda un año y que hasta entonces es toda mía.
Aunque esto no sea real.
Así, Elara aprenderá a disfrutar del sexo y yo a seguir mi vida pensando solo en mí. Sin que su paso por mi vida me cambie.
—Nos vamos, pero tenemos mucho que hacer.
Empezamos a andar de vuelta a coche, ya que habíamos salido a tirar todos los envoltorios, y parece pensativa.
—Vamos, di lo que se te pasa por la cabeza.
—Yo te he contado algo muy íntimo… Necesito algo, a cambio, para no sentirme tan desnuda.
La miro y parece agitada.
—Me pides demasiado.
—Algo que nadie sepa. Una prueba de amistad, para saber que no contarás lo mío.
Entiendo qué quiere hacer. Si los amigos comparten secretos, cuando dejan de ser amigos, por respeto al tiempo que compartieron, no dirán lo que saben. Si solo yo sé sus secretos, no me importará lo que ella pueda contar de mí.
—Mi padre… —La miro agitado y nervioso. Centro la mirada en sus ojos violetas y pienso que le importo, aunque sea un poco—.
El cabrón de mi padre me daba bofetadas desde pequeño hasta que crecí, porque tenía miedo de que me rebelara.
—Agranda los ojos—. Por eso no soporto que me toque. Me recuerda cada vez que…
—Que te encogiste por miedo. —Se tira a mis brazos y la agarro por inercia—. Te entiendo.
No tengo fuerzas ahora mismo para preguntar si es por experiencia propia.
Montamos en el coche y conduzco agitado.
Recuerdo cada bofetada. No me hacía daño, pero moralmente me destrozaban.
Mi padre decía que eso no podía considerarse pegar, porque solo me daba toques, pero yo me encogía cada vez que hacía algo mal y él levantaba la mano y me golpeaba de nuevo.
—¡No puedes ser más inútil! —me decía una y otra vez.
Dejo a Elara sin muchas palabras y me marcho a mi ático.
No consigo olvidar lo que le he contado, porque me siento vulnerable. Mi padre dejó de pegarme el día que le agarré la mano y lo miré con rabia cuando iba a golpearme.
Tenía miedo de que se lo devolviera.
Mi madre nunca ha hecho nada. A mí me han criado las niñeras que contrataban, mientras ella solo queda bien en las fotos. Es así de triste, pero es la verdad.
Doy vueltas en la cama, agitado. El odio que siento por mi padre no me deja dormir y me pregunto si un día tendré la fuerza necesaria para decirle hasta aquí sin que me dé miedo a quedarme sin nada.
Es horrible aferrarse a personas que sabes que nunca harán por ti algo tan valioso como dejarte ser libre para vivir tu vida.
A punto de amanecer, llamo al apartamento de Elara.
Abre la puerta medio dormida.
—¿Vas a correr?
—Esa es la idea.
—Dame un momento y voy contigo. Me muero por tortitas con chocolate.
Entra y me pregunto qué cojones hago aquí, tras una noche de mierda.
Sale al poco, lista para ir a correr. Odia correr, así que la tengo que esperar cada poco tiempo hasta que nos sentamos para disfrutar del amanecer en un banco.
Lo hacemos en silencio, sin decir nada.
Tengo atascadas las palabras.
Elara busca mi mano y entrelaza nuestros dedos.
—Me encanta tenerte así de sudado para mí —bromea y, a pesar de mi mierda de noche, me hace empezar el día con una sonrisa.