Tú a Chicago, yo a Nueva York (Un sports romance muy ardiente 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

Elara

Estoy sacando mis libros cuando escucho revuelo cerca.

Alzo la mirada y veo a Joss entrar en el aula con cara de pocos amigos.

He visto las imágenes con Ivar y parece que le sonreí más de lo que recuerdo. Cogieron todos los momentos en que lo hice e hicieron un montaje donde parece que no paraba de hacerle ojitos. Una vez más, se duda de que lo mío con Joss sea real.

Intento no fijarme en lo bueno que está Joss a primera hora con esos vaqueros y la camiseta blanca que se pega a su cuerpo.

Lo intento, pero fracaso, porque me atrae mucho… sexualmente, claro.

Coge mi cara entre sus manos y me besa de una forma que acabo por gemir en su boca.

Joder, su beso me hace arder y me recuerda todo lo prohibido que hemos compartido.

—Buenos días —dice con una sonrisa. Falsa, seguro.

—Buenos días —respondo un poco atontada. Si me preguntara, le diré que todo era fingido.

Se sienta a mi lado y la gente, cómo no, no para de mirarnos.

—Estuviste genial en el partido. Eres el mejor. —Sonrío atontada. Fingido, claro.

Joss se me acerca al oído.

—Baja el nivel de azúcar empalagosa, que me estás dando escalofríos.

—Y eso que no te he llamado osito mío ni nada por el estilo —susurro, y su cara de horror me hace reír.

El profesor entra en clase y nos centramos.

Joss no toma notas. Se pasa toda la clase con la mano acariciando mi brazo.

Noto como la respiración se me acelera por su contacto, por sus caricias y por su cercanía. Mi cuerpo reacciona a él como un traidor en busca de un poco de mimo.

Al acabar la clase estoy sonrojada. La cosa no mejora cuando me besa de nuevo, como si quisiera hacerme el amor en medio de toda esta gente.

—Nos vemos luego.

Se marcha tranquilo, con paso firme, como si no acabara de dejar mi corazón en modo cardiaco.

Recojo mis cosas y me marcho casi corriendo a la siguiente clase.

A la hora del descanso, entro en la cafetería sintiendo la mirada de todos sobre mí.

Busco a Joss y lo veo al fondo, con sus amigos.

Lo saludo con la mano y pido algo para comer. Necesito chocolate para aplacar mis nervios.

—Hola, hoy te invito yo.

Me giro y veo a la joven del otro día.

—No hace falta…

—Remi.

—Encantada, Remi. —Me traen lo que he pedido y ella lo paga todo—. Solo te presté dos dólares. Ahora me siento mal por mi desayuno calórico.

—Yo no. —Pide un café y yo un cuchillo para partir en dos mi dulce, cargado de chocolate. Lo dejo en un plato—. Así lo disfrutamos juntas.

Asiente y cogemos las bandejas.

Mira una mesa vacía.

—¿Te importa si me siento a tu lado?

—¿Y no lo haces con el novio perfecto?

—No se lo digas a nadie, pero a sus amigos no los soporto.

Se ríe.

—Nadie lo hace por aquí. Se creen los dioses del Olimpo.

—Exacto.

—Joss no es mejor que ellos.

—Lo sé, pero él me atrae. Díselo a Cupido, que es quien tiene la culpa de semejante despropósito. —Se ríe y yo con ella.

Nos sentamos juntas.

Me cuenta que está estudiando Psicología, lo que hace que le pregunte miles de cosas.

El tiempo se nos pasa muy rápido.

—Podemos quedar otro día para desayunar —comento.

—Tal vez. —Se marcha y me pregunto si podré convencerla de que no formo parte del clan del Olimpo.

—¿Una nueva amiga? —me susurra Joss al oído cuando voy a clase. Ha puesto su brazo a mi alrededor.

—Puede ser.

—Es hermana de Brice, el capullo de mi equipo.

Esta información me sorprende, la verdad.

—Bueno, últimamente lidio mucho con capullos del Olimpo. —Alza una ceja sin comprender—. Tus amigos y tú os creéis dioses.

—Es por culpa de la gente que nos mira como si lo fuéramos.

—Como si no te gustara.

—¿La verdad? —Llegamos a mi siguiente clase y me acorrala contra la pared—. Odio ser el centro de atención, pero ahora debemos serlo… Te beso por el plan—me dice con voz queda.

—Yo lo hago por lo mismo. Cuanto antes me beses, antes acabará.

Su boca está muy cerca de la mía y su sonrisa me acaricia los labios antes de besarme.

Nos besamos como dos hambrientos.

Se nos va de las manos, como casi siempre, y cuando posa su mano en mi culo para atraerme hacia él, gimo en su boca demasiado fuerte.

Alguien tose a nuestro lado y, cuando miro, es el profesor.

«Joder…, qué vergüenza.»

Entro a clase y no pienso admitirlo, pero me siento flotar.

«Solo es sexo…»

* * *

Mi padre va a dar una fiesta en su casa y supongo que será de las de sin gracia.

Es viernes y, tras la universidad, Mónica me esperaba para la sesión de peluquería y masajes.

Odio los masajes. No sé estar tranquila mientras me dan una paliza en todo el cuerpo. Además, me tensa que me toquen. Salvo cuando lo hace Joss. Con él, mi cuerpo reacciona como si fuera el dueño de cada uno de mis puntos sensibles.

Solo nos hemos visto en la universidad y los besos cada vez son más ardientes. Por su culpa, llevo un calentón importante y, cuando estoy sola y trato de aliviarme, no puedo. No soy capaz de olvidar lo vivido de niña, en casa de mi madre. De que el sexo solo sea algo mío.

No sufrí violaciones y por eso me costó contarle a Lia mi problema, tras mi primer fracaso con un chico. No sabía cómo explicar lo que me pasaba sin que me dijera que no tenía motivos para sentirme así ante el sexo.

Por eso, es una carga que llevo sola. Solo con Lia puedo hablar de ello.

—Hemos hablado con Everly —me dice Mónica, poco antes de llegar a la casa de mi padre—. Está muy bien, pero no quiere información del exterior mientras se centra en su futuro. Me ha dicho que te diga que te quiere.

—Y yo a ella.

—Everly tiene que aceptar que vivirá con tu madre. De golpe, su vida de lujos va a desaparecer. Será muy duro para ella.

—Yo he estado en esa casa dieciocho años…

—Y gracias a tu padre, ya nunca te faltará de nada. —Coge mis manos y las aprieta.

Salimos del coche y subimos a la casa de mi padre.

Al verme, me saluda sin dejar la llamada que está atendiendo.

Voy hasta mi dormitorio y me ayudan a cambiarme, no vaya a ser que no sepa ponerme bien el vestido de casi seis mil dólares que ha elegido Mónica para mí.

Luego se lo dejaré para que ella lo guarde en su vestidor. Casi preferiría que me lo dieran y venderlo para tener más dinero, por si acaso.

Pero no, todo es suyo.

Lo dejan siempre claro.

Cuando salgo, aún no ha llegado nadie.

Mónica me retoca el apretado moño.

No puedo odiarlo más. Y los zapatos. Odio ir con tacones y estos son de los finos, superaltos. Mis pies ya gritan por esta tortura y acabamos de empezar.

Los invitados nos saludan cuando llegan y mi padre da por finalizadas las presentaciones con la llegada de Ivar y su familia.

Miro hacia la puerta esperando a Joss y a sus padres. No entiendo por qué no han venido. Esperaba a Joss cerca.

Nos sentamos a cenar y no me pasa desapercibido que me sientan al lado de Ivar.

No sé a qué juega mi padre, porque pensaba que le gustaba una alianza con Joss King.

Si para conseguir mi libertad tengo que acercarme a Ivar, lo siento, pero no. Con Joss todo surge solo.

La cena, como ya esperaba, es insípida, pero todos alaban al cocinero.

Al acabar, Ivar me lleva hasta la zona de bebidas, donde han puesto una música suave. Pone su mano en mi cintura y no me gusta sentirla ahí.

Por eso, cuando puedo, me aparto sutilmente.

La cosa no mejora cuando algunas personas bailan y me propone que dancemos juntos.

La mirada que me lanza mi padre me deja entender que, si lo rechazo, se enfadará conmigo.

Acepto.

—¿Quieres ir luego a tomar algo con unos amigos?

De nuevo, mi padre me mira como si supiera de qué estamos hablando.

Asiento, porque le tengo miedo, y eso me asusta. Es mi padre y no me hará nada malo, ¿verdad?

Pero no lo sé, porque no conozco a este hombre.

Pero es mi padre… y lo quiero.

Mientras bailo, recuerdo los momentos en que me colaba en su despacho y lo abrazaba con fuerza. Él me revolvía el pelo y seguía trabajando. Es como si ese hombre nunca hubiera existido. No ha tenido casi muestras de cariño conmigo desde que llegué.

Ivar pide permiso a mi padre para irnos y este, cómo no, se lo da encantado.

—Disfrutad de la noche.

Ando hasta la salida como puedo; odiando el pelo estirado y los tacones.

Vamos hasta el coche de Ivar y siento que el espacio cerrado se queda sin aire.

Miro por la ventanilla hacia el exterior para no centrarme en que estoy a solas con él en un espacio tan pequeño y que, a su lado, el mundo grita con demasiada fuerza.

—Casi no has comido nada en la cena.

—No tenía mucha hambre.

—Por si acaso, en donde vamos pueden ponerte algo de cenar.

—No, pero gracias por el detalle.

Asiente con una sonrisa.

Al llegar al sitio, deja el coche a un aparcacoches y vamos hasta la entrada.

Es el mismo sito donde estuve con Joss y eso me inquieta. No sé si estará aquí o si Ivar ha elegido este sitio para joder.

No lo creo, pero no me gusta.

Al entrar, busco a Joss entre la gente mientras andamos hacia los amigos de Ivar. No lo veo y eso me relaja un poco.

Los amigos de Ivar son más mayores que yo y me saludan todos con respeto y cariño. Nada comparado con los de Joss, que son todos medio gilipollas.

—He pedido algo de picar —me informa Ivar, atento.

—Gracias.

Me guiña un ojo y, cuando lo traen, cojo algo, porque es fácil de comer y no destrozaré este caro vestido.

La charla sigue. Es un poco aburrida, pero me va relajando.

Lo hace hasta que siento que el aire cambia. Se hace más denso. Más pesado.

Siento a Joss cerca antes de verlo.

Lo busco entre la gente y lo veo sentado en la mesa de sus amigos, tomando una copa. Su verde mirada es afilada y parece enfadado. Se ha metido de lleno en su papel de celoso. Si no le va bien el hockey , puede plantearse ser actor, porque lo clava.

Aparto la mirada, porque no sé qué debo hacer. Estoy perdida, porque nadie me ha preparado para fingir tanto en mi propia vida.

Me remuevo agitada en el asiento y casi espero que Joss se levante y me saque de aquí. Es lo que haría si lo nuestro fuera de verdad.

No hace nada. Solo nos mira como si estuviera preparando una muerte lenta para nosotros.