Capítulo 23
Elara
Estoy loca. Lo sé. Pero cuando Joss me besa y me acorrala contra la pared, el mundo desaparece y esta sensación es tan placentera que me olvido de que no estamos solos en este juego de placeres.
Se está convirtiendo en mi droga; en ese lugar donde me pierdo cuando quiero escapar del mundo. Es como si, por un momento, pusiera todo en pausa y la vida dejara de doler.
Es todo mentira. Lo sé. Pero lo que siento cuando me toca es tan real que no me importa que lo demás sea fingido.
Cubre mi cuerpo con el suyo mientras su boca me devora como si yo le importara de verdad.
La realidad es que besa de maravilla y su sabor me vuelve loca.
Muerde mi labio inferior y luego lo chupa antes de succionarlo y tirar de él. Levanta una de mis piernas para que la enrede en su cintura. Mi vestido se sube y no se me ve nada, porque él y la oscuridad lo tapan todo, pero, por un segundo, soy consciente de que a unos pasos hay personas cerca.
Que escuchen como me derrito entre sus brazos me excita y no sé en qué me convierte eso.
El peso de los recuerdos se arremolina en mi pecho hasta que siento la mano de Joss ascendiendo por el interior de mis muslos y me olvido hasta de mi nombre.
«¿No será capaz?»
Su lengua me devora al tiempo que sus dedos se quedan peligrosamente cerca de mi sexo.
—Veamos lo mojada que estás por mí.
—Es todo mentira —respondo retadora.
En cuanto lo digo, pasa sus dedos por mi sexo de arriba abajo.
—Qué mentira más real, entonces —dice, pasando de nuevo sus dedos por mi sexo desnudo—. Joder…
Parece que la reacción de mi cuerpo lo excita.
Acerco mi cuerpo a él, lo que hace que sus dedos casi se adentren en mi vagina.
—Yo tengo el control de tu cuerpo ahora, Elara. —Tira de mi clítoris y lo frota—. ¿Entendido?
—Pues más vale que merezca la pena. A ver si vas a ser un cordero con piel de lobo.
—Te gusta jugar duro…
—Me gusta que me den duro —lo presiono, pensando que se me ha ido la pinza. No conocía este lado de mí hasta que Joss apareció en mi vida.
—Juguemos duro, entonces. —Devora mi boca.
Mete sus dedos dentro de mi sexo con fuerza y luego frota con su pulgar mi punto más sensible.
Noto los pezones duros contra la tela del vestido.
Con cada movimiento se hacen más sensibles.
No deja de besarme mientras sus dedos entran y salen de mi cuerpo con fuerza.
Se traga todos y cada uno de mis gemidos.
Lo que me hace pensar que tal vez no quiere que nadie sea testigo de este momento, como parecía.
Noto como mis muslos se mojan por mis jugos.
—Joder… —De nuevo gruñe, como si estuviera enfadado o demasiado perdido en esto.
Aumenta la intensidad del beso mientras sus dedos se mueven dentro y fuera de mí.
Cuando estoy cerca se detiene y apoya su frente en la mía.
—Te prometo que si me dejas así, no habrá merecido la pena.
—Con esto es suficiente. —Baja mi pierna y arregla mi ropa. Luego se marcha y me deja en la oscuridad.
Tengo muchos motivos para odiarlo, pero ahora mismo el que más arde de todos es la insatisfacción.
«Muy bien. No lo necesito. A él ni a nadie.»
* * *
Maya, o la cara de acelga amiga de Joss, se me acerca en el jardín, donde estoy sentada en una hamaca viendo como varios borrachos se tiran a la piscina con la intención de no ahogarse mientras hacen el idiota.
Prefiero estar aquí que cerca de Joss, mientras juega al póker tras dejarme insatisfecha.
«Como si necesitara sus manos para correrme… Pues sí. La verdad es que sí, porque, cuando yo me toco, los recuerdos del pasado me angustian. ¡Joder! Lo odio.»
—Así que has dejado que Joss te bese en el sótano —se sienta frente a mí—, pero no le debes de gustar mucho, porque casi no se oía nada y a Joss le gusta hacer gemir a las tías con las que se va a su rincón.
Lo que yo imaginaba: solo está contigo para contentar a vuestros padres.
Se veía venir. —La miro y pone cara de fingida pena—.
¿No lo sabías? Siento ser yo quien rompa tu burbuja.
Joss nunca se fijaría en alguien como tú.
No eres su tipo. No te ofendas. Eres preciosa…
, pero no eres una de los nuestros. Nacer con el apellido Rivera no te da derecho a serlo.
—¿Algo más? Porque me he cansado de esta charla incesante. Eres muy aburrida.
—No te interesa tenerme como enemiga.
—Ni a ti a mí. No sabes de dónde vengo, pero he estado cerca de gente muy chunga. ¿Quieres ver de primera mano todo lo que aprendí en los bajos fondos? —Se acojona ante mi farol—. Entonces, será mejor que me dejes en paz.
—No eres más que un fraude.
—Feliz de no ser una de los vuestros. Hay cosas mejores en la vida que ser una niña de papá.
—Zorra.
—Gracias, ser una zorra es un lujo que no todas tienen el orgullo de poder ser.
Cuando se marcha, se la nota muy enfadada.
La ignoro y me doy una vuelta por el sitio para coger algo de beber y comer.
La piscina tiene buena pinta, pero paso de meterme con los brutos que no paran de hacerse aguadillas. Me acerco al borde para tocar el agua y es por eso por lo que no veo venir a Maya, cuando se acerca y me empuja para que caiga de cabeza al agua.
El agua caliente me abraza, porque no lo esperaba, y me quedo sin aire mientras intento salir de aquí.
Saco la cabeza y tomo aire antes de abrir los ojos mientras sujeto mi vestido para que no se suba.
Voy hasta la escalera de obra y empiezo a subir los escalones uno a uno como si fuera la mismísima Venus de Milo.
Contoneo mi cuerpo y tiro de mis horquillas, que lanzo al césped, para dejar que mi cabello mojado caiga por mi espalda.
—Gracias por el baño, Maya.
Su enfado es evidente cuando nota como el resto me miran como si fuera una diosa.
No pertenezco a este mundo de hipócritas, ni quiero pertenecer, pero no es la primera vez que me he visto envuelta en una pelea.
Tengo cicatrices de varias en las que participé para defender a mi amiga Lia.
Tirarme al agua es una chorrada en comparación con cada cosa horrible que he vivido en un colegio donde apenas existía la ley.
Ando mojada hasta mi hamaca.
Estoy llegando cuando siento a Joss mirarme.
Lo busco y lo pillo observándome desde la puerta que da al jardín. Con las manos en los bolsillos y el gesto serio. Sus ondas rubias caen por la frente y sus ojos verdes arden de rabia.
Cuando Maya pasa por su lado, le sujeta el brazo y le dice algo al oído que la hace temblar.
Seguro que la ha amenazado con informar a su padre de cómo trata a una Rivera. Como si lo viera venir. Esta gente solo reacciona cuando amenazan con contarlo a sus padres, por si les cortan el grifo y se tienen que buscar la vida.
Estiro mi cuerpo en la tumbona como si el sol fuera a secarlo. Hace frío, pero no pienso dejar que nadie me vea temblar.
—Nos vamos —me anuncia Joss, ya cerca de mí. Abro un ojo y luego el otro—. Ahora.
—Eres un aguafiestas. La fiesta empezaba a dejar de ser tan aburrida.
La verdad es que tengo frío. Por eso, me levanto y lo sigo hasta su coche.
Por suerte, mi móvil y todo lo demás está dentro del vehículo, en mi bolso.
Vamos hasta su coche y observa mi ropa mojada. Se quita la camisa ante mi atenta mirada. Su cuerpo me enciende y me recuerda dónde estaban sus manos hace un rato.
—Quítate el vestido y póntela.
—¿Delante de ti?
—Soy quien te cubre para que no se vea nada. —Señala la cámara de seguridad—. ¿Me aparto?
—No.
Tiro del vestido hacia arriba y ahora es él quien no deja de mirar mi cuerpo desnudo en la luz tenue del garaje.
Cuando me quedo desnuda ante él, noto como su respiración se acelera.
Cojo su camisa y me la pongo. Estoy temblando por su forma de mirarme. No parece falsa. Nunca nadie me ha visto desnuda, salvo mi madre, claro.
Termino de abrochar los botones y me abre la puerta del coche.
Paso y veo por el retrovisor que coge el vestido y lo deja en el maletero.
Se pone una camiseta de su equipo, que guardaba en esa parte del coche, antes de entrar.
Arranca el motor y, aunque aquí no tengo que seguir fingiendo, mi mirada se centra en sus manos. En los dedos que antes estaban dentro de mí.
Muerdo mi boca, porque sigo ardiendo, al privarme del orgasmo prometido. Casi lo pude tocar con los dedos. Saber por primera vez qué se siente cuando tu cuerpo explota en cientos de pedazos. Casi pude saber por qué la gente pierde la cabeza por el sexo…
Lo acaricié con los dedos y me privó de ello, pero mi cuerpo sigue en ese punto. Los pezones se ponen duros bajo su camisa. Respirar y que su perfume me inunde me hace recordar sus besos. Sus mordiscos en mi boca llena.
«Joder…»
Muevo mi cuerpo buscando la fricción.
—Para —me pide, cuando se da cuenta de lo que hago.
Me detengo, porque no entiendo qué me pasa. Mi cuerpo vibra de una forma que no comprendo. Es como si esperara ser tocado de la forma correcta para dejar escapar la melodía de mi deseo.
Detiene el coche en un callejón oscuro, cerca de nuestra casa.
Estamos a oscuras. Nadie puede ver nada.
Joss tira de mí hasta su regazo, tras echar el asiento hacia atrás. Coge mi cara entre sus manos y me besa con fuego.
—Es todo mentira.
—Todo —afirmo, antes de enredar las manos en su pelo y devolverle el beso.
Contoneo mi cuerpo sobre él y noto su dureza. Froto mi sexo de arriba abajo contra su dura polla.
Pone su mano en mi cintura y pienso que me va a detener.
No lo hace.
Me guía para conseguir más placer.
Abre mi camisa hasta el final, dejando expuesto mi cuerpo desnudo.
Pasa los dedos por mis duros pezones. Luego, tira de uno de ellos.
Gimo en su boca. Ansiaba su mano justo ahí.
Baja sus labios por mi cuello, me muerde y me chupa la zona lastimada.
Me encanta cuando hace eso.
Luego, sigue hasta la cima de mis senos y su lengua toca uno y otro.
Contoneo más mi cuerpo buscando alivio, notando como cada vez está más duro.
Mis jugos mojan su traje, pero parece que poco le importa mientras se mete todo lo que puede de mi pezón en la boca y lo succiona con fuerza.
Tiro de su pelo, mientras sus dientes y su lengua hacen estragos en mi sensible piel.
Hace lo mismo con el otro pezón y entonces detiene los movimientos de mis caderas. Pienso que va a dejarme a medias de nuevo y me enfado, hasta que noto sus manos entre mis muslos, frotando la humedad por mis pliegues.
Lo hace sin dejar de devorarme las tetas.
Primero me acaricia con toda la palma, recorriendo cada centímetro de mi sexo, hasta que mete dentro varios dedos y los hunde hasta el fondo. Sus dedos entran y salen al mismo tiempo que muerde y lame mis pezones.
Araño su espalda y tiro de su pelo mientras me pierdo en sus atenciones.
Aumenta las embestidas cuando nota que estoy cerca.
—Suplícame —me pide lamiendo mi dolorido pezón—. O no sigo.
«Si no sigue, no podré correrme… Yo sola nunca lo he conseguido.»
—Por favor, no te detengas.
—Así me gusta.
Hunde más hondo sus dedos y vuelve sus atenciones a mis pechos mientras su pulgar hace círculos sobre mi clítoris.
No deja de entrar y salir de mi cuerpo hasta que noto que el orgasmo se anida en mi sexo. Entonces, busca mi boca y me besa mientras el placer estalla y me rompe en cientos de pedazos.
Joder…, floto para luego caer.
¿Qué narices acaba de pasar? Ha sido… increíble.
Dejo mi cuerpo caer sobre el de Joss y no me aparta. Al contrario, deja su mano en mi espalda, como si de alguna forma me abrazara.
Cojo fuerzas, mientras los ojos se me llenan de lágrimas. No es por lo que ha pasado aquí, sino por todas las veces que intenté esto sin éxito. Por todas las veces que me sentí diferente al resto, por no ser capaz de sentir nada por un beso o una caricia.
No había nada mal en mí… No hay nada mal en mí. Solo es que, para sentir, primero debes encontrar a esa persona que te hace volar lejos del mundo.
Me asusta que esa persona sea Joss…