Tú a Chicago, yo a Nueva York (Un sports romance muy ardiente 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

Joss

Detengo el coche frente a la mansión de uno de mis amigos. Sus padres le dejan la casa para que haga fiestas cuando se van de viaje.

Llevo el vehículo hasta el garaje y miro a Elara. Observa nerviosa el lugar. La cosa no se va a poner mejor cuando hable, pero me da igual. La he dejado huir demasiadas veces. Cuando entre conmigo, no habrá marcha atrás. Mi felicidad será lo primero.

Miro al frente y luego a ella.

—Necesito que dejes algo aquí.

—Dime que los tacones. Me están haciendo polvo. —Sonríe descarada.

Si yo fuera un chico normal, sé que podría perderme en ella un segundo más, pero no lo soy. Mi padre no deja de recordármelo cada día y este año necesito ser el mejor en el hockey . Por eso quiero que vean que voy en serio con ella y así me dejarán en paz.

—Tu tanga.

—Espera… ¿Qué?

Abro la guantera.

—¿Te lo quitas tú o lo hago yo? Te aseguro que no me importará anticipar dónde acabarán mis manos esta noche.

Su mirada se agranda, su respiración se agita y mi último gramo de humanidad pide que salga corriendo.

Pero no lo hace.

Se sube la falda lo justo para tirar del elástico del tanga negro.

Tenso la mandíbula, perdido en ella. No debería disfrutar de esto, pero si lo hago, mejor para todos.

Baja el tanga por sus piernas y lo coge para meterlo en la guantera.

—¿Vamos? —Abro la puerta sin decir nada y empiezo a andar.

Elara me sigue y entrelaza sus dedos con los míos. En este juego no entra el sentir nada, pero me lo pone jodidamente difícil.

«Solo finge», me recuerdo, mientras entramos y espero que agrande los ojos.

Lo hace al ver las luces rojas y el desfase que hay aquí. La bebida, la droga y el despilfarro corren por la mansión.

—Vaya, esto no lo esperaba.

Vamos hasta el sótano y ve varias mesas de juego de todo tipo.

Aquí nadie guarda la compostura. Ni las formas. Es desfase total y lo que pasa aquí, aquí se queda.

Llego con Elara hasta una mesa y nos miran a los dos.

—¿Vas a jugar? ¿O estás muy ocupado?

—Vamos a jugar. —Separo una silla y me siento, para luego acomodar a Elara sobre mí.

Mi polla da una sacudida cuando nota su redondo trasero, desprovisto de ropa interior. Pongo mi mano en su cintura y la dejo ahí de forma posesiva.

—Bien, por mí no hay problema. —Gunther es el anfitrión y lo que él dice es ley aquí.

—¿Sabes ya las normas? —pregunta a Elara.

—Que toda esta mierda no salga de aquí, supongo.

Gunther sonríe.

—Exacto, chica lista. ¿Es tu primera fiesta?

—¿A esto se le llama fiesta? He estado en antros mejores.

Retengo una carcajada y Gunther le aguanta la mirada.

—Ahora me dirás que sabes jugar al póker.

—Soy la mejor. —Coge las cartas y las baraja, dejando claro que sabe, y mucho—. Pero este grandullón —me señala— quiere ganaros y no quiero dejaros mal.

—Por favor, necesito ver cómo juegas. —Sujeto su cintura para que no ceda a la tentación.

—¿Y privarme del placer de estar sentada aquí? Paso, me gusta ganar, pero más me gusta restregar mi trasero sobre mi capitán favorito.

—A ver si tu capitán es capaz de ganar contigo encima.

—Seguro que sí. No es el mejor en la pista de hielo por nada. Nada lo pone nervioso. Ni siquiera mi trasero. Haz la prueba, ¿o tienes miedo de que te gane? —Le sostiene la mirada y es evidente que Elara ha estado en sitios más descabellados que este.

Me pregunto dónde, hasta que me doy cuenta de que no me importa.

—Juguemos —digo, y Gunther baraja y reparte.

Deja su dedo sobre mi montón, antes de que lo coja.

—Si es tan buena, la prefiero lejos. No me apetece perder.

—Vaya, eres un gallina —suelta Elara, que se levanta con elegancia—. Voy a por algo de beber. —Se marcha.

Siento la tentación de ir tras ella. No sabe dónde se está metiendo. No me gusta que vaya sola por aquí.

«Sabe defenderse», pienso mientras miro mis cartas. Ganar a Gunther es una prioridad, porque si pensara que tengo una debilidad, no pararía hasta encontrarla y destruirme. Su padre odia al mío y al de Elara. Va de amigo para encontrarme una tara.

Por eso juego sin querer pensar mucho en qué hará Elara o si se estará metiendo en líos.

Gano dos manos y pienso en ir a ver dónde está cuando siento sus uñas en mi cuello, arañándolo y acariciando mis rizos rubios. Por cómo reacciona mi cuerpo sé que es ella.

—¿A que mi fiesta es increíble? —pregunta Gunther encendiendo un porro.

—Las he visto mejores en mi barrio. —Muerdo mi boca para no sonreír—. ¿Les has ganado ya? Tengo en mente otras cosas mejores que puedes hacer con las manos.

Mi respiración se dispara y me levanto.

—No me lo digas dos veces. Lo siento, chicos, pero tengo otras cosas mejores que hacer con mi lengua.

—Por mí no os cortéis. —Gunther mira hacia mi zona favorita de este lugar—. Todo tuyo.

Es una zona del garaje donde casi no hay luz y donde me he enrollado muchas veces con unas y con otras.

La idea era esa desde el principio, pero ahora me cuesta llevar a Elara a un lugar donde otras han estado conmigo.

«Solo es un juego… Todo es falso.»

Elara me coge de la mano y me lleva a mi lugar favorito de la casa.

«Solo es un juego», pienso de nuevo, antes de coger su cara entre mis manos y estampar su espalda contra la pared.

Esta noche sus gemidos se oirán lo suficientemente alto para que nadie lo dude.

Ese era el plan. Siempre me gustó tener espectadores que no ven nada, pero oyen todo… Pero ahora… Ahora la quiero solo para mí.

Por eso mismo, no me detengo.