Tú a Chicago, yo a Nueva York (Un sports romance muy ardiente 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

Elara

Joss no está muy contento de traerme a su casa. A su ático de lujo, cerca de la universidad.

Al entrar, hemos visto a varias personas de nuestra edad en los pasillos. Una nos ha invitado a una fiesta en su casa.

Joss ni le ha respondido y yo no puedo hablar.

Por eso, cuando entramos en su casa, me dejo caer en el sofá, ansiando que el dolor se me pase cuanto antes.

Es lo malo de que te prohíban cosas, que cuando puedes disfrutarlas, lo haces sin medida.

Tenía tanta hambre, y todo tenía tan buena pinta, que pedí de más y luego me dio pena tirarlo. Acabé comiendo cosas sin hambre, solo porque podía hacerlo.

Me pasa muchas veces.

Joss me deja sola y, cuando regresa, trae una manzanilla humeante.

Tras incorporarme, la cojo y me la tomo poco a poco.

—¿Es una residencia de estudiantes?

—Algo así. Muchos padres ricos mandan aquí a sus hijos, para que estén cerca de la universidad.

—¿Y hay pisos libres?

—No, no vas a venirte aquí. —Alzo una ceja.

—Haré lo que quiera y si estoy aquí podré comer sin morirme de hambre…

—O de empacho.

—Pues sí. —Doy un trago a mi manzanilla—. Si me tienes cerca, puedes usarme como cómplice y decir que estás en mi casa. Te seguiría el rollo y yo haría lo mismo. ¿Has visto la cara de nuestros padres cuando han visto que nos íbamos juntos?

—Lo vi, y por eso lo hice. —Mira mi boca y mi cuello.

—Tranquilo, ya sé que no soy tu tipo. —Sigo tomando la manzanilla y, al acabar, se la tiendo—. Gracias, me siento mejor. Puedes llevarme a mi casa.

—Ya he avisado a tu padre de que te has quedado dormida viendo una película y que te llevaré a primera hora.

—No hacía falta.

—Ya, puedes dormir en mi cuarto o en el sofá. Son pisos de lujo con solo una habitación.

—No quiero quitarte la cama.

—Admite que la rechazas porque no sabes quién ha podido dormir allí antes.

—Me has pillado. No quiero pillar enfermedades venéreas. —Sonríe de medio lado y se marcha.

Al poco, regresa con todo lo que necesito para dormir en el sofá y una camiseta de algodón.

—Intenta no roncar.

—Lo mismo digo.

Tras decirme dónde está el aseo, se marcha a su dormitorio.

Voy casi a rastras al servicio y me cambio. Me siento mejor, pero no para tirar cohetes. Por eso, ni me preocupo en poner las sábanas. Cojo la almohada y me tumbo abrazada a ella, como si fuera un salvavidas.

Mi noche no ha acabado como esperaba.

Tomo aire y la almohada huele a Joss. Su perfume se cuela en mis fosas nasales y recuerdo su mordisco en mi cuello. Su boca en mi piel…

Cierro los ojos con fuerza, para no caer en la tentación de ceder al deseo que me consume por alguien a quien no debería soportar en ninguno de los aspectos.

Cierro los ojos y mi mente me lleva a esa playa en la que miramos el atardecer juntos y donde creí que él, como yo, huía de algo.

Qué equivocada estaba… Joss solo huye de su padre y tal vez por aburrimiento.

Joss

Salgo de mi dormitorio tras una noche de mierda.

Por suerte, Elara está en el aseo.

Salí a por agua y la vi abrazada a mi almohada, con la camiseta levantada, mostrándome su perfecto trasero con su ropa interior negra de encaje.

Tiene un cuerpo de escándalo y, aunque no debí mirar cómo se cambiaba en el coche, lo hice por joder. Pero el que acabó jodido fui yo, al ver sus pezones duros bajo el sujetador de encaje.

Su sabor se ha quedado anclado en mi boca y cuando la vi con tan poca ropa, casi entré con ella en la parte trasera del coche, para seguir devorando su cuerpo, pero esta vez sin un motivo.

Por eso aparté la mirada, pero verla luego ahí, dormida, con mi camiseta y su trasero a la vista, fue demasiado.

No quiero nada que no sea mi libertad y si nos liamos dejaré de ser libre.

Aun así, la idea me tienta y sé que nada está saliendo como debería cuando la tengo cerca.

Pero no pienso ahondar en eso, ni ahora ni nunca. Tampoco en por qué ayer mordí su cuello.

No pienso admitir nada nunca.

Solo hago esto por puro egoísmo.

Elara sale del aseo y viene hacia la cocina, que comunica con el salón. Se sienta en un taburete. Lleva el vestido de ayer y tiene mejor cara. No hay ni rastro de maquillaje. Aun así, es preciosa y sus ojos violetas no parecen de este mundo.

—¿Has pensado cómo vamos a convencerlos para que sea tu esclava sexual? —Su humor me gusta, pero no pienso ceder a sus encantos.

—Lo dejaré caer cuando te lleve a casa. Justo enfrente han dejado libre otro ático.

—Me acerco a ella y tiro de su pelo. No tengo que decirles nada.

Les vale con saber que hemos estado juntos, pero le sigo el juego, aunque solo sea para ver hasta dónde llega por una mentira—.

Pero si quieres ser mi esclava sexual… —Sus pupilas se dilatan y, aunque lo negará, sé que me desea tanto como yo a ella.

—En tus mejores sueños. —Se echa hacia atrás, pero he visto como le ha gustado el tirón de pelo.

—Vaya, y yo que compré para ti unos cinturones de cuero para atarte a mi cama.

Se sonroja y niega con la cabeza.

—Puedes atar a otras que quieran abrirse a ti. —Sonríe, pero no imagino a otras atadas a mi cama.

La imagino a ella.

Joder, esta mujer me va a volver loco. Es mejor dejarlo aquí.

Comemos algo y nos vamos al coche.

Al llegar a su casa, noto como se tensa. La entiendo, porque, aun habiendo nacido en este mundo, me sucede lo mismo, y ella se ha encontrado con toda esta falsedad de golpe.

Cuando veraneé con la familia, su padre parecía otra persona.

Aunque allí la única que tenía libertad era Elara. El resto estábamos sujetos a normas no escritas. Por eso fui con ella a la playa y me quedé ahí quieto, mirando el atardecer. Quería que la libertad que veía en su mirada me atrapara. Era un chorro de aire fresco dentro de este mundo.

—Mi hermana no es como yo —me dijo Everly un día.

—Lo sé. No os parecéis en nada.

Vi el dolor en su mirada, pero no lo rectifiqué. Por ese entonces, éramos amigos, pero fingir ser novios nos separaba.

—Ella ignora cómo es este mundo. Aunque sé que con mi madre no lo ha tenido fácil. No habla mucho de ello. Elara siempre se muestra alegre, risueña… Es como si sus heridas no sangraran.

—En eso os parecéis. —Nos miramos a los ojos y vi a mi amiga; a esa cómplice que tenía desde niño—. Tienes suerte de tenerla.

—¿De verdad la tengo, Joss? No sé cómo comportarme a su lado. Ni ella cómo comportarse al mío y tal vez sea mejor así. Nos han criado en mundos distintos. Somos como el agua y el aceite. Nuestros mundos nunca se podrán mezclar.

—Quizás cuando venga a la universidad, a Nueva York, te entienda.

—O esta vida la destruya. No quiero ser testigo de cómo todo esto la destruye.

—¿Y qué piensas hacer?

—Desaparecer, porque no podemos cambiar quiénes somos. Ni ella olvidar que nació siendo una Rivera.

Se marchó y poco después nuestra amistad se destrozó para siempre.

Desde entonces somos solo un par de extraños que un día se quisieron como mejores amigos.

Entro con Elara en su casa y me pregunto si este mundo la destruirá, pero no es mi problema. Demasiado jodido estoy yo con los míos. Además, Everly tenía razón: Elara no puede ignorar de quién es hija.

—¿Qué tal la noche? —pregunta el señor Rivera.

—Muy bien, pero es un rollo esto de traerla de vuelta.

—Cojo una pieza de fruta, un plátano, y me lo como distraído—.

Hay un ático libre en mi edificio. Está cerca de la universidad y así podrá invertir más tiempo en estudiar en la biblioteca o en el ático.

Sabes que es un sitio muy refinado, donde estudian los mejores y más prometedores estudiantes.

—No es mala idea. —Me da unas palmadas en la espalda que odio—.

Tienes una mente prodigiosa. Estoy deseando empezar a trabajar contigo, en mi equipo.

—Siento un escalofrío recorrerme. «Ni muerto», pienso, pero sonrío—.

Mandaré que lo preparen todo. Así no perderás tiempo en ir y venir.

Todo son ventajas. —Me mira y deja claro que la ventaja es que nuestra relación se haga más profunda.

Elara se despide de nosotros y se marcha a su cuarto.

Yo me tengo que quedar, porque el señor Rivera quiere mostrarme su nuevo juguete: un dron para grabar su empresa desde fuera, para un vídeo que subirá a sus redes sociales.

Espero hasta que es el momento de irme y me marcho de este lugar que tanto me recuerda al mío.

Me falta el aire y necesito entrenar.