Tú a Chicago, yo a Nueva York (Un sports romance muy ardiente 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Elara

Espero a los invitados al lado de mi padre y de Mónica.

Saludamos uno a uno. Son socios y personas influyentes de su empresa. Entre ellos está Nina, la chica que me ha hecho las fotos para mis redes sociales.

Me dijo hasta lo que me tenía que poner.

Era más libre cuando mi perfil era privado y solo lo veían cuatro gatos.

Cómo me engañó mi padre en vacaciones, donde parecía un hombre amoroso en los ratos que estábamos juntos. Claro que no eran muchos, porque siempre andaba trabajando y mi madre encerrada en su habitación, para evitarlo.

Cuando Joss llega, lo siento en cada poro de mi piel.

Alzo la mirada y sus ojos verdes se encuentran con los míos.

Me mira como si quisiera devorarme con lentitud.

Sé que todo es mentira, pero mi cuerpo tiembla por su escrutinio.

Se acerca, me coge una mano, galante, y me la besa. Luego me guiña un ojo y, tras saludar a mis padres, se marcha.

«Vale, si eso es todo lo que piensa hacer para que crean que vamos a seguir con nuestros mimos, genial. Prueba superada.»

Vamos hasta la mesa.

La cena es bonita para fotos.

Mi padre ha pedido que todo sea saludable y lo menos calórico posible. Es algo que está bien, pero creo que para una cena de gala no pega.

Mi padre se sienta presidiendo la mesa y el resto hacemos lo mismo.

Joss está frente a mí. Saca el móvil un segundo y luego lo guarda.

Nos miramos a los ojos mientras los demás se sirven comida.

Yo evito ponerme mucho en el plato, porque esta comida me aburre y porque no me quiero manchar.

Hablan de negocios, como era de esperar.

Joss me hace una seña con la cabeza. Creo que es para que me excuse y vaya al aseo.

Eso hago y, si no es eso, al menos escaparé por un momento de esta aburrida velada.

Ando hasta los servicios pensando en encerrarme en ellos un buen rato, jugando con el móvil y viendo vídeos. Estoy a punto de llegar cuando Joss tira de mi mano y me mete en el despacho de mi padre.

Cierra la puerta y apoya mi espalda en la pared.

—Que empiece el juego. Es hora de que el lobo muerda a su presa —por cómo lo dice, me siento gelatina entre sus brazos.

Pone sus manos a ambos lados de mi cabeza.

Acerca su nariz a la mía y trago con dificultad cuando la pasa por mi boca.

Sigue bajando su cabeza hasta mi cuello, cerca de mi oído.

La piel se me pone de gallina al sentir su aliento acariciarme.

Entonces, noto que sus dientes muerden mi cuello y mis pezones se ponen duros, junto con mi sexo, que da una sacudida.

Muerdo mi boca para no gemir, y más cuando lo repite y pasa la lengua por mi clavícula.

Baja una de sus manos por la curva de mi espalda y la deja sobre mi trasero. Clava sus dedos en mi piel cuando lame la curva de mi barbilla.

Ansío que me bese; que me devore…

Su boca va hasta mis labios y tira de mi labio inferior con sus dientes para morderlo levemente.

No gemir es casi una tortura. Cuando me suelta, estoy temblando.

—Perfecto. Sal ahora y ve a la mesa.

Poco a poco, regreso a la tierra y acepto que todo esto es parte de nuestro juego para ser libres.

No le digo nada. Solo me alejo de él y regreso al salón.

No me pasan desapercibidas las miradas que me lanzan. Sigo acalorada; aunque es todo mentira, Joss me altera de una forma que nadie lo ha hecho en mi vida.

Él regresa cuando traen el postre y mira su móvil de nuevo, aburrido.

—Nosotros nos vamos a… —Me mira fijamente.

—No hace falta que deis explicaciones, hijo —le dice su padre, que le da unas palmadas en la espalda que casi me hacen vomitar—. Pasadlo bien.

Miro a mi padre y sonríe feliz. Está orgulloso de que sus planes estén saliendo tan bien.

Me encamino a mi cuarto a por mi bolsa de ropa, que he guardado en un bolso grande, y salimos juntos de la casa hasta su coche.

No lo miro hasta llegar al vehículo y, una vez dentro, me cuelo en la parte trasera.

—¿Se puede saber qué haces? ¡No soy un taxista!

—No pienso ir al cine con esta ropa. Por favor, no mires.

—Haré lo que quiera. Es mi coche y, si no quieres que te vea, no te cambies.

Nos observamos a través del retrovisor delantero.

Hay un claro desafío en su mirada. Por eso, tiro del vestido hacia arriba y me quedo en bragas y sujetador ante él.

Su mirada se oscurece y veo como aprieta las manos sobre el volante. Es revelador saber que, ahora que no tiene que fingir, le excita lo que ve.

A mí me excita, y mucho, sentir su mirada. Aprieto los muslos para contener el deseo.

Dejo caer el vestido y me pongo la camiseta de media manga y luego unos pantalones cortos vaqueros. Saco unas sandalias de verano sencillas y me las pongo.

El conjunto no es lo mejor del mundo, pero era lo único que cabía en mi bolso gigante, de diseño, cómo no.

Alzo la mirada para comprobar si Joss me sigue mirando, pero no. Está revisando su teléfono, como si le fuera la vida en él.

Dejo el vestido en mi bolso y regreso al asiento delantero sin salir del coche.

—Ya podemos irnos.

—Dime dónde te tengo que dejar, que voy con prisa.

—Se nota. No dejas de mirar el móvil. —Me pongo el cinturón—. ¿Una cita?

—Por supuesto.

La idea de que vaya a dar a otra los besos que casi le suplico no me es tan indiferente como me gustaría.

—Bien. Usa condones, no vaya a ser que acabes siendo padre con solo veinte años.

—Veintiuno. —Lo miro sin comprender—. Hago los veintiuno en enero, por lo que, si dejara embarazada a alguien, ya los tendría cuando pasaran nueve meses.

—Claro, cómo no. Al menos las matemáticas se te dan bien.

—Se me da mejor follar, te lo puedo asegurar. —Noto que me sonrojo.

El resto del camino no digo nada, por si mi temperatura sube de nuevo por su culpa. ¡No lo soporto! Pero mi boca sigue suplicando sus besos… y aún siento el leve mordisco de sus dientes.

—Ya hemos llegado. —Detiene el coche—. Abre la guantera. —Lo hago y veo varias cajas de condones—. Nunca tengo sexo sin protección. —Me guiña un ojo.

—Qué bien. Con todos los que tienes aquí, lo mismo se te cae a trozos cuando los uses todos. —Se ríe.

—O eres virgen, o no tienes ni idea de sexo. Con el uso, solo se refuerza. —Bufo.

—Me marcho, no vaya a ser que sigas diciendo gilipolleces de machito.

—Solo me meto contigo. —Nos miramos a los ojos y el humor brilla en los suyos—. Te escribo cuando venga y me dices dónde estás.

—Perfecto.

—Elara… —Lo miro con medio cuerpo fuera del coche—. Admite que tu cuento favorito era el de Caperucita.

—Sobre todo, cuando mataban al lobo. —Sus labios se suben hacia arriba y contiene la risa.

Salgo del coche y lo pone en marcha, dejando claro una vez más que tiene prisa por llegar a donde sea que vaya.

Ando hasta el cine, escribiendo a Lia, y pensando en quién será la mujer a la que Joss sí bese en la boca.

Aparto ese pensamiento de mi mente y me compro palomitas y chocolates, para dos. Hoy casi no comí, por culpa de las dietas de mi padre.

Ahora es mi momento. Al fin tengo un momento para mí, y pienso disfrutarlo al máximo, sin pensar nada en Joss. Nada de nada…

Joss

—Ya era hora de que llegaras —me dice mi amigo David, que es uno de mis compañeros de equipo.

Vamos hasta la mesa donde nos esperan para jugar al póker, una de mis adicciones, junto con el hockey . Esta es la mala, pero gracias a la emoción de ganar o perder me mantengo cuerdo.

Reparten y cojo las cartas.

Recuerdo la cara de Elara cuando vio las cajas de condones, que, por cierto, no eran mías, sino de David, que odia no tener suficientes para cuando celebra fiestas en su casa.

Luego se las daré, ya que dentro de una semana va a organizar una fiesta a la que traeré a Elara. Quiero ver su cara cuando descubra a dónde la llevo.

Miro mis cartas y me centro en el juego. Hoy tengo la suerte de mi lado. Esta noche pienso ganar.

* * *

Espero a Elara tras una noche en la que he ganado una mano tras otra.

Tengo un subidón bastante grande.

Miro el móvil y luego los cines.

Al parecer, Elara ha visto dos películas. Cuando sale, no tiene buena cara. Parece pálida. Por un segundo, me preocupo por ella.

—¿Algún capullo te ha hecho algo?

—No, esto es por la comida basura…, pero no sé si lo que me ha sentado mal han sido las palomitas, las chocolatinas o los dos perritos calientes.

—Joder, Elara, tú sí que sabes cómo joderte el estómago. —No sonríe. Solo cierra los ojos, tras ponerse el cinturón—. Así no te puedo devolver a tu casa.

—Dudo que me hagan caso.

—No lo entiendes. —Pongo el coche en marcha—. Cuando sales conmigo, para tu padre eres mi responsabilidad. Si te devuelvo así, se enfadará conmigo.

—Qué arcaico.

—Vamos a mi casa. Allí te haré algo para que dejes de parecer un muerto viviente.

—Solo quiero que me deje de doler el estómago.

La miro de reojo mientras conduzco. Esto no entraba en mis planes. Odio hacer de niñera más de lo necesario. Que tenga que pasar por esto para ser libre… ¡Joder!