Tú a Chicago, yo a Nueva York (Un sports romance muy ardiente 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

Elara

Tenemos otra fiesta a la que debo acudir.

Llevo dos días en los que apenas he hecho nada, salvo leer en mi cuarto.

No me apetecía salir con el chófer y recorrer la ciudad como si tuviera que llevar una niñera a cuestas.

De Joss no sé nada, pero esta noche lo veré en la fiesta.

Llamé a mi hermana para saber de ella y me mandó un mensaje para decirme que había decidido estar una temporada sin redes sociales ni móvil, para limpiar su alma.

Alguna gilipollez por la que seguro que le van a pagar un montón, por estar en ese retiro.

Me indicó que ya me llamaría y me dio el número de donde se iba a alojar, por si era urgente que la llamara.

Pienso hacer lo mismo cuando ella tenga que bajar de su nube de lujos y se enfrente a la vida con nuestra madre. Deberá apañarse ella sola, por egoísta.

No, no haré nada, porque soy tan tonta que la ayudaré en lo que pueda.

—Intenta hoy no meterte en problemas —me pide mi padre en la limusina, cuando estamos casi llegando.

—¿No lo hago nunca? —Alza una ceja.

El otro día, al parecer, publicaron que tiré un vaso de agua a la cara de una de las hijas de un amigo de mi padre y que me comporté como una salvaje.

Idiotas… No hice nada, salvo ocupar mi sitio y no dejar que me pisotearan, pero esta gente se protege entre ellos.

—Quédate al lado de Joss y aprende de él. Es un hijo modelo —añade mi padre cuando el coche se detiene.

«Hijo modelo… y un capullo con cara y cuerpo de dios.»

Salgo con un vestido elegante, en color champán, que me encantaría llevar si me sintiera yo misma con él. Pero, desde el moño apretado a los zapatos de tacón, nada es de mi estilo.

Miro a mi padre, que posa con nosotras orgulloso, y pienso qué poco queda del hombre enfadado de hace unos segundos.

Ahora mismo, no sé quién es. La imagen que tenía de él se está desdibujando.

Andamos hasta donde tendrá lugar el evento y, nada más entrar, nos ofrecen algo de beber.

No cojo nada, por miedo a hacer algo mal de nuevo.

Siento a Joss antes de verlo. Está al fondo, tomando tranquilo una copa de champán sin dejar de mirarme.

Tomo aire y camino hasta él. Mi padre quiere que esté a su lado y yo… Yo solo quiero un poco de libertad, aunque sea con alguien tan exasperante.

—No te soporto —le digo con una sonrisa—, pero necesito un respiro.

—Si esperas que eso me moleste, vas lista. Sonríe y luego nos iremos.

—Lo estoy deseando. Eso sí, no por pasar tiempo a tu lado…

—En el fondo, te mueres por mis huesos. Te he visto observarme como si quisieras que te besara. —Me mira de reojo.

—Te miro igual que miraría a un vibrador: un objeto de placer, sin alma ni corazón. No te des tanto valor, que solo sirves para ponerme cachonda. Nada más.

—Joder, a ti sí que te gusta jugar duro. —Me tiende su copa—. Bebe, que crean que somos amigos.

Cojo la copa y nuestros dedos se tocan.

Ahí está esa electricidad entre los dos.

Aparto la mano, con la copa, y bebo por donde él tenía la boca.

Lo hago sin que sus ojos verdes dejen de observarme. Luego le devuelvo la copa y me relamo los labios.

Joss no deja de mirar mi lengua, limpiando las gotas de mis labios. Luego, bebe por donde yo lo he hecho y mi corazón se acelera.

Aparto la mirada, porque no quiero que a don creído se le suban más las burbujas a la cabeza.

Nos quedamos juntos y veo a varias de sus amigas que me miran de arriba abajo, dejando claro lo poco que les gusto.

Las saludo con la mano, en modo provocador.

—Eso no ayudará —me indica Joss tranquilo.

—No soporto que la gente me mire así.

—Finge que sí. Todo esto no es más que un teatro.

—Ya lo hago. Estoy a tu lado. —Le sonrío y le quito la copa.

Joss observa como bebo y luego me quita la copa para dejarla en una bandeja.

Me tiende el brazo.

—Vamos, demos un paseo para que nos vean.

Acepto y paso mi mano por su fibroso brazo.

—Estás duro como una piedra.

—¿Acaso no lo está tu vibrador?

—No dije que tuviera uno.

—Vaya. ¿Y has encontrado a alguien capaz de soportar tu lengua afilada? —me pregunta entre murmullos, mientras sonreímos como si nuestra conversación fuera de lo más amistosa.

—No, la verdad es que tengo la suerte de no tener idiotas en mis recuerdos.

—Lo dice la chica que lee erótica… Tú lo que quieres es alguien que te empotre con tanta fuerza que te haga olvidar el mundo.

No le respondo, porque es cierto. Pero no la parte del empotramiento salvaje, sino la de que, si no he tenido algo más con alguien, es porque necesito que me hagan olvidar mis recuerdos.

El sexo deja de ser atractivo cuando los recuerdos me hacen paralizarme y los besos ardientes me dejan helada, cuando soy plenamente consciente de cómo el mundo gira a mi alrededor.

—Intuyo que has leído el libro.

—Lo he leído. Ya te lo daré. Te he escrito notas en el margen y espero que no te importe.

—No me importa, porque yo también lo hago. Me gusta señalar los libros con pósits de colores y tomar notas con lo que siento en ese momento.

—La mitad del libro no es real, pero el protagonista es rubio y de ojos verdes, como yo. Vamos, reconoce que pensabas en mí cuando lo leías.

—Ni muerta.

—Seguro que, si ahora me arrodillara a tus pies para adentrar mi lengua entre tus piernas, estarías muy mojada con solo verme en esa posición.

Noto que los pezones se me endurecen y mi sexo da una sacudida.

—Eso no es así.

Pone sus manos en mi espalda y me dice al oído:

—¿Hacemos la prueba?

Tiemblo por su aliento.

De golpe, se arrodilla y sube mi pie sobre su rodilla, como si se me hubiera desatado el zapato. Toca mi tobillo mientras hace como que lo ata.

Mira la falda, que se me ha subido, pero no creo que sea capaz de tocarme aquí.

Siento como me ruborizo y que se me dispara el corazón.

Se levanta y sonríe con suficiencia.

—Muy mojada… Lo sé sin necesidad de pasar mis dedos por tu dulce coño —susurra de forma descarada en mi oído, tras incorporarse, mientras el resto nos miran, ajenos a nuestra conversación—. Dices que no eres como la prota de tus libros, pero ha quedado claro que te gusta jugar duro.

—No ha quedado claro nada.

—Tienes las mejillas sonrojadas, los ojos más brillantes y la piel erizada. Me apuesto a que los pezones también.

—Te odio.

—¡Qué orgullo! Tu primera emoción hacia mí.

—Eres insoportable —rumio entre dientes.

—Dime algo que no sepa.

Nos quedamos callados al ver a mi padre salir a nuestro encuentro.

Se nota lo mucho que le gusta vernos juntos. No le salió bien la unión con mi hermana y, al parecer, yo soy la sustituta de Everly. Quiere que sea una copia de la hija que crio, para ser moldeada a su gusto.

Me habría gustado que en estos días hubiera tratado de conocer a la mujer en la que me he convertido sin su ayuda. Es como si quien soy no importara en un mundo de engaños, con tal de conseguir más estabilidad económica.

Sonrío toda la velada cerca de Joss.

Sus amigos se nos aproximan. No me hablan, pero yo tampoco a ellos. Mantengo la boca cerrada. Estoy muerta de hambre y necesito salir de aquí con urgencia.

Joss mira su reloj y me tiende una mano.

La acepto por aburrimiento. Entrelaza sus dedos con los míos y tira de mí hasta la salida.

La gente va a hablar, seguro que dicen que nos marchamos juntos para estar a solas.

Yo solo pienso en que me lleve a un sitio donde pueda cenar y no morirme de hambre.

Vamos hasta su coche cuando los aparcacoches se lo traen. Es como si, al vernos salir, alguien los hubiera avisado de que tenemos intención de irnos.

Me siento vigilada en este lugar.

Entro en el coche y Joss lo pone en marcha.

Mi padre me manda un mensaje y me dice que no tenga prisa en volver a casa; que, si estoy con Joss, está tranquilo.

—Mi padre no esconde sus intenciones. Me deja llegar a la hora que quiera.

—Ya te dije que, si están contentos, puedes hacer lo que quieras.

—Me muero de hambre. Dime que no tienes pensado matarme por falta de alimentos.

—No lo tengo, por el momento. Ya te dije que no te quería en los huesos cuando decidiera morderte. —Bufo y me parece ver en sus ojos verdes colarse una sonrisa.

Conduce hasta un restaurante de comida basura.

Pienso hincharme a comer de todo. Estoy cansada de la comida sosa de mi padre. Ahora, al parecer, también va contra la sal.

Cuando comemos, parece que estoy en un hospital. He estado en uno y sé que la comida es horrible… Además, no quiero recordar ese momento.

Entramos con la ropa de gala.

La gente nos mira un segundo antes de pasar de nosotros y centrarse en su comida.

Joss se ha quitado la chaqueta y la pajarita. Se arremanga la camisa blanca hasta los antebrazos. Se me seca la boca por lo bueno que está y me enfado conmigo misma por caer bajo sus encantos de príncipe sin corazón.

—Me quitaría la ropa, pero ni sujetador podía llevar con este vestido. No es plan de hacer un espectáculo.

—Por mí, no te cortes.

—Si quieres sexo, tendrás que ir a buscar a otra más dispuesta a abrirse de piernas contigo. Aquí no tengo que fingir que me gustas.

—Que me deseas es un hecho. —Sonríe y coge la carta para dirigirse a una mesa al fondo, con sillones rojos.

Nos sentamos uno frente al otro y miramos la carta.

Él al revés, porque la ha dejado para que yo pueda verla mejor. Es un detalle que no esperaba, pero seguro que suelta alguna estupidez que hace que me recuerde por qué mi burbuja con él se pinchó. Las personas a veces son más increíbles en nuestro recuerdo.

—Quiero esta, y esto de postre. También las patatas con beicon y queso, y creo que esto… —Solo de imaginarlo se me hace la boca agua.

—Es demasiada comida. Lo pido para compartir.

—Y pide un batido de chocolate.

—Vas a morir por exceso de calorías.

—Por favor… —Sonrío y asiente.

Se marcha para pedir la comida.

Miro hacia fuera. La gran cristalera me muestra la gente pasar. Es entrada la noche y no hay mucho movimiento.

Joss regresa y saca el móvil. Me hace una foto y sonríe de una forma que no me gusta.

—¿Qué tramas?

—Nada. Solo darle veracidad a nuestra historia. —Escribe algo y luego deja el teléfono en la mesa.

Veo que es una foto de mí, con el fondo desdibujado. Ha puesto: «La quiero solo para mí. Para devorarla con lentitud».

—¡No puedes subir eso!

—¿Por la foto o porque te da miedo que te muerda y te guste? Lo mismo eres más de príncipes almidonados.

No, ni de coña. Soy más de lobos, pero no se lo digo, porque lo estoy descubriendo.

—Idiota… —Cojo el móvil y me levanto para ir a su lado. Me apoyo en su hombro. Gran error, porque su perfume atonta mis sentidos—. Pasa tu mano por mi cintura.

—A sus órdenes… ¿Te la meto luego bajo la falda? Seguro que el sexo en público te gusta, como a la protagonista de tu libro. —Tiemblo.

—Solo deja la mano quieta. Aquí no tengo que fingir que me gustas.

Lo hace y noto su mano en mi espalda desnuda.

La respiración se me agita cuando realiza círculos en mi piel.

Lo miro y le tiendo el teléfono.

Sus ojos verdes se centran en mí mientras hace las fotos.

Mi idea no era esta. No quería perderme en las tonalidades de sus iris. Tiene destellos más verdes que hacen su mirada más esmeralda.

Baja las caricias casi hasta mi trasero y noto como me sonrojo mientras la idea de que me meta mano no me disgusta en absoluto.

Me aparto cuando está casi llegando y vuelvo a mi sitio.

—Cobarde —me suelta con una media sonrisa, pero no respondo.

Joss mira las fotos y me deja el móvil para que vea cuál ha elegido.

Nos miramos como si estuviéramos a punto de besarnos.

—-Creo que es demasiado para casi no conocernos. Hemos fingido demasiado. Mejor, pon la otra con tu frase ridícula.

No hace nada. Guarda el teléfono y mira por la ventana.

Lo imito mientras todavía siento sus caricias quemando la piel.

Traen la cena y, por suerte, me centro en la comida y no en lo bien que se estaba con él tan cerca.

Partimos la hamburguesa, que es enorme.

Agradezco que lo haya pedido para compartir, porque es demasiada comida para mí sola. He comido con los ojos, porque odio la comida de casa de mi padre.

—Esto está demasiado bueno. —Mojo una patata y gimo de placer—. Joder…, cómo echaba de menos la comida basura. O cualquier tipo de comida con sabor.

—¿Sueles comer esto todos los días? No es muy sano.

—Lo sé. No soy tonta. Y no, suelo cocinar comidas saludables.

—¿Cocinabas tú?

—Mi madre no sabe cocinar y no lo ha intentado en todos estos años. Aprendí de pequeña, porque quería algo más que productos congelados.

—¿Y quién cuida de tu madre ahora?

—Ella. A ver si así deja de comportarse como una adolescente. —Miro la comida inquieta—. No somos amigos y no quiero hablar de mi vida contigo.

—Solo siento curiosidad. En realidad, me da igual tu pasado. —Saca el móvil y se levanta—. Tengo que hacer una llamada y ya no tengo más hambre.

—¿A estas horas?

—Sí. —Se marcha sin darme más explicaciones y veo que se va fuera, cerca de donde ha dejado el coche. Se pone a hablar por teléfono.

Ceno mirando mi móvil y por eso veo al instante que Joss me ha etiquetado.

Abro la foto y soy yo, cuando entré en la gala. Pensé que no me miraba.

Se ve mi espalda desnuda y la cara girada. Ha puesto: «Tal vez sí…».

No ha dicho nada más, pero es una forma de dejar caer que le puedo gustar.

Dudo, pero le doy al corazón y escribo: «Tal vez…».

Es un juego. No es real. Solo estamos jugando con nuestros padres…, pero la mentira a veces se siente real.

Le doy a seguir y acepto su amistad.

Pongo mi perfil público y, al poco, varias personas se meten y me siguen.

Mi vida privada deja de ser mía.

He entrado en un juego para el que nadie me preparó y temo que todo acabe mal.

¿Dónde me estoy metiendo? No tengo ni idea.