Capítulo 12
Elara
Gracias a mi móvil, descubro una librería cerca y me compro un par de libros con mi dinero.
Ahora mismo no me apetece usar la tarjeta de mi padre. Aunque tampoco puedo hacerlo, porque se supone que estoy con Joss.
Cuando pago, regreso al estadio y entro para ver el entrenamiento.
Tras sentarme en las gradas, busco a Joss. Lo veo cerca de los banquillos, poniéndose el casco. Lleva el número ocho a la espalda. Es mi favorito desde niña, porque me recuerda al infinito.
Van a jugar un partido de entrenamiento entre ellos.
Me hago una foto, con el fondo de los entrenamientos, y la subo a redes, de forma pública, para que mi padre vea que le hago caso. Lia le da a «me gusta» y me escribe.
Lia: ¿Estás con Joss de nuevo?
Elara: Mi padre lo ha mandado a buscarme… Sabía hasta la ropa que llevo puesta. Tenemos que preparar un plan para ser libre y que, a la vez, crea que puede dominarme.
Lia: Usa a Joss. Parece que tu padre confía en él y el otro día no se dio cuenta de lo que pasaba, cuando creía que estabas con él. Ahora tampoco. Tal vez pueda ayudarte.
Elara: No lo sé. Cuando tengo a Joss cerca, siento que me funde las neuronas de la cabeza.
Lia: Eso es bueno. Déjate llevar, Elara. Ya arreglaremos el destrozo que quede tras vivir por primera vez en tu vida. Tu mejor plan es Joss.
Elara: Hablaré con él luego.
Guardo el móvil y veo a Joss jugar.
Lo veo patinar por el hielo como si lo cortara con sus cuchillas. Su forma de jugar es fría y agresiva. Parece letal en la pista. Es muy bueno.
Anota el primer tanto para su equipo casi con facilidad.
Alza la cabeza y me ve. Levanto los pulgares hacia arriba, como si lo animara.
Lo veo un poco más jugar, absorta en el entrenamiento y en su manera de moverse sobre el hielo, hasta que me doy cuenta de que estoy demasiado hipnotizada. Por eso, saco uno de los libros que me he comprado, para empezar a leerlo.
Me cambio de sitio para tener mejor luz y el tiempo se me pasa volando, metida en la novela. Alzo la mirada de vez en cuando para ver a Joss y más de una vez lo pillo observándome.
Lo peor de todo es que el protagonista del libro es rubio y de ojos verdes… En mi mente estoy imaginado a Joss.
Al acabar, este se me acerca y toca la cristalera.
—Quédate ahí.
Le hago caso y lo veo irse a los vestuarios con el resto del equipo.
Veo como mira a varios con mala cara cuando se quita el casco. Para ser un equipo, no parecen llevarse todos bien.
Reconozco a uno de ellos: es el camarero de la otra noche. Tal vez por eso Joss me advirtió sobre él.
Sigo leyendo hasta que escucho pasos y veo a Joss acercarse, con el pelo mojado cayendo por su frente.
—Existen los secadores.
Se pasa los dedos por las ondas rubias.
—Arreglado. ¿Qué lees? —Coge el libro sin que pueda detenerlo y la escena que estoy leyendo es de las ardientes. De esas que te hacen temblar. Alza una ceja—. Joder, no esperaba esto.
—Aparte de sexo ardiente, hay mucho amor.
—Sexo muy ardiente… La tiene atada a la cama mientras devora con lentitud su zona más íntima.
Tiemblo de deseo por cómo saborea las últimas palabras.
—Bueno, es excitante no hacer solo el misionero.
—¿Lo dices por experiencia?
—Pues no. —Me levanto para quitarle la novela, pero se aparta y caigo sobre su pecho. Trato de levantarme, pero posa una mano en mi cintura.
—Nunca he probado el sexo así…, pero sería interesante —susurra en mi oído y noto que la piel se me eriza—. Me encanta cómo hueles. Dan ganas de morderte. Pero hoy no, que tengo prisa. —Se separa sin devolverme el libro.
Lo sigo hasta su coche y cuando llegamos le pido el libro.
—Voy a leerlo. Siento mucha curiosidad, para coger ideas de cómo te gusta el sexo —lo dice con una media sonrisa.
—No lo entiendes. —Espera que hable—. Soy dos personas: la que lee, que le gusta el sexo duro y los tíos capullos; y la que vive la vida real.
No soy la misma persona. —Aunque, como nunca he tenido sexo, no tengo ni idea de cómo me gustaría, la verdad, pero eso es demasiada información para él—.
Y, antes de que me cuestiones —le corto, cuando abre la boca—, seguro que tú ves pelis de asesinatos.
Has admitido que te gusta Los juegos del hambre y eso no te convierte en un aprendiz de asesino.
Hay que separar lo que nos gusta leer para salir de la monotonía y lo que somos.
—Cierto, pero me lo quedo. Quiero saber cómo acaba. Así te diré qué es real y qué no.
—Como si yo no lo supiera.
—Te saco dos años más de experiencia, y ahora sube al coche, que te dejo en tu casa. Tengo una comida con mis padres —por cómo lo dice, sé que no le hace gracia.
Entro al vehículo y veo que guarda mi libro en la guantera. Podría cogerlo, pero siento curiosidad por ver qué piensa cuando lea algunas escenas.
—¿Tu padre te obliga a hacer de niñera conmigo?
No encuentro otra razón para que hagas caso al mío, salvo que a tu padre le interese también.
Así matas dos pájaros de un tiro. Ya van dos veces que, cuando estoy contigo, mi padre baja la guardia y tú le haces caso.
Además, está claro que estar a mi lado no es tu pasatiempo favorito.
—Mi padre quiere más poder en la empresa. Si me lío contigo, lo tendrá, porque no tienes hermanos.
Que lo admita me sorprende.
—Vaya, esperaba algo así, ya que no hay otra razón para que estuvieras a mi lado.
No comenta nada y me duele que solo esté a mi lado por esa razón. ¡Qué tonta soy! Por un momento, creí que yo era especial… Idiota.
Lo veo conducir mientras pienso cómo hacer una propuesta.
—Dilo sin más, Elara. Me pone nervioso cómo me miras.
—Solo me pregunto que, si creen que entre los dos puede haber algo más…, quizás nos dejarían en paz. No te estoy pidiendo besos ni caricias. Ni nada. Solo que crean que no nos disgustamos como pareja…
Se queda callado, asimilando la información.
—¿Quieres que sea tu novio de pega? —Mastica cada palabra como si le costara aceptar mi propuesta.
—No, ni de coña, pero si les hago creer que estoy contigo y tú me ayudas, podré estar en cualquier parte. Eso me dijiste: que si mi padre cree que me controla, me dejará libre.
—Es lo que pensaba hacer con o sin tu permiso. —Agrando los ojos—. Por si te lo preguntas, no pensaba avisarte de que te estaba engañando. Pero ahora que tú quieres entrar en el juego, puede ser todo más fácil.
—Todo lo que tienes de guapo lo tienes de capullo.
—Y aquí estás, pidiéndome un favor.
—Porque me estoy ahogando con tantas normas. Llevo toda la vida cuidándome casi sola y, de golpe, parece que no puedo ni coger el metro sin niñeras. Solo quiero olvidar quién soy, pero tal vez no lo entiendas.
Conduce en silencio y no dice nada, hasta parar delante del edificio donde vive mi padre.
—Lo iba a hacer tanto con tu consentimiento como sin él. No quiero enfadar a mi padre. Si tú estás al tanto, mejor para ti.
—Tu frialdad me da escalofríos. —Lo miro y no parece arrepentido de esta.
—Tengo unas metas y no pienso dejar que nadie me aparte de ellas. Haré lo que sea para lograrlas. Ahora solo cambia que sabes que haré creer a todos que me interesas, cuando la verdad es que no me puedes importar menos.
Noto como algo se rompe en mi pecho.
—Entiendo. Aprendo rápido. Pronto, ni tú ni nada me importará más que yo misma.
—Haces bien. Te escribiré para ver cuándo nos vemos.
Salgo del coche sin querer mirarlo de nuevo. Su belleza, de golpe, se me antoja demasiado fría.
Me abren la puerta y me acompañan los trabajadores del edificio hasta el ascensor.
Llego a la casa y mi padre está revisando su tableta.
—Que no vuelva a pasar.
—Tranquilo, ya voy aprendiendo cómo vivir en esta cárcel.
—Elara… —su tono de voz es duro—, solo te estoy protegiendo.
—Claro. Lo he entendido. Lo que yo quiera da igual, mientras viva en esta casa. No tengo hambre. Voy a acostarme. Tranquilo, que hoy no saldré de casa ni asaltaré tu cocina a altas horas.
—Cuanto antes lo aceptes, mejor para ti —me dice mientras me marcho a mi dormitorio.
Sí, cuanto antes acepte que esta es mi vida ahora, mejor para mí.
Eso no evita que, cuando cierro la puerta de mi cuarto, el peso de las lágrimas me haga llorar por la angustia de sentir que estoy andando entre arenas movedizas donde, si no tengo cuidado, acabaré por hundirme o quedar atrapada entre ellas.