Capítulo 11
Elara
Salgo de mi habitación con unos vaqueros y una camiseta, cuando mi padre se ha marchado a trabajar y Mónica se ha ido con sus amigas.
Es el momento perfecto para que no me pregunten a dónde voy.
Voy hasta el ascensor y me marcho sin desayunar, porque ahora mismo no me apetece comer los cereales sin azúcar y sin gracia que tienen aquí.
Mi padre odia el azúcar. Resulta que ahora se considera negacionista del azúcar y juro que no sabía que eso existía hasta que pasó la primera anoche de alitas y pizza y me informaron de ello. Me dio una gran charla sobre todo lo malo del azúcar tras pillarme el otro día en la despensa.
El chófer me espera cuando salgo.
Le doy los buenos días y me marcho corriendo, ignorándolo.
Hoy quiero coger el metro. Llevo días estudiando cómo hacerlo.
Llego a la parada y entro. Pago y bajo unas escaleras.
Espero en el metro, haciendo fotos para Lia.
Cuando llega, me grabo en un vídeo mientras entro, embutida con el resto de la gente. Lo subo a mis redes privadas, con solo cuatro seguidores: Lia y su familia. Pongo: «Primera experiencia en metro».
Enseguida, me escriben mis cuatro seguidores.
El padre de Lia dice que tenga cuidado; su esposa me indica que se me ve preciosa. Seth solo pone un icono de un dedo para arriba y, viniendo de él, es mucho. Lia me dice que qué envidia y que quisiera estar conmigo.
Everly no tiene redes sociales propias. Tiene un perfil como profesional y no me quiso seguir, pero yo a ella sí la sigo.
Estoy emocionada por la experiencia, pero me lío un poco para coger el siguiente tren y subo en el que me toca por los pelos.
No me han seguido. Soy libre.
Al salir del metro y aparecer en la ciudad, me da la sensación de que haya dos vidas. Una, la que gira bajo nuestros pies, y esta.
Camino por la calle esquivando a la gente y me meto en una cafetería para comer tortitas con doble de chocolate.
Disfruto de ellas y me hago una foto con la boca y la nariz manchadas.
Subo la foto y pongo: «Me encanta cómo soy, hasta con mis torpezas».
Sé que es un claro desafío a la vida perfecta de mi padre, pero lo necesitaba.
Por suerte, no lo va a ver nadie que no sea de mi círculo personal, a los que les da igual cómo sea.
Estos días siendo otra persona me han agotado mentalmente. Necesitaba recordar quién soy y no poder hacer nada sin Mónica, o salir sola sin escoltas, ha sido agotador.
Las tortitas están deliciosas y cuando salgo del establecimiento estoy llena.
Lia me llama y hablo con ella hasta llegar a mi universidad.
Al entrar, veo a varias jóvenes de mi edad que me observan como si fuera la peste.
De verdad, no sabía que mi padre se rodeaba de tantos idiotas.
Llego a la Secretaría y dejo los papeles. De nuevo, la secretaria trata de hacerme la pelota por ser una Rivera.
Al salir, veo a Joss apoyado en su coche, con las gafas puestas.
No tiene buena cara y no parece contento de estar aquí.
Me dirijo a él sintiendo que el corazón se me va a salir del pecho. Ojalá no reaccionara de esta forma ante él.
—Intenta no escaparte en los próximos días.
—No me he escapado.
—Por eso tu padre me ha llamado para pedirme el favor de que comprobara si estabas por la universidad, porque estaba muy preocupado por ti.
—Solo salí de casa con mis propios pies, sin necesidad de un chófer.
—Tampoco le gusta la ropa que has elegido. —Que sepa eso me pone los pelos de punta—. Dice que hable contigo sobre este ataque de rebeldía tuyo. Estaba a punto de ir a entrenar y lo que menos necesito es hacer de niñera. Vamos. —Sujeta la puerta y entro en su automóvil.
Joss entra y pone el coche en marcha.
Cuando lo detiene, estamos en el aparcamiento de donde juega al hockey .
Lo miro a la espera.
—No puedo llevarte ahora a tu casa. Escribe a tu padre para decirle que has venido a verme entrenar. Tardaré dos horas. Tiempo para que recorras la zona. Intenta no perderte. Nos vemos cuando termine. Déjame tu móvil.
Se lo tiendo y me pide el patrón para desbloquearlo.
Lo hago y mete su teléfono. Luego, pone el cronómetro.
—Sé contar solita dos horas.
—Por si acaso. Cuanto más crea tu padre que te controla, más libre serás. No lo olvides.
Me devuelve el móvil y lo cojo. Nuestros dedos se tocan y me gusta la sensación que deja su contacto en ellos.
Aparto la mano y salgo del coche.
No me giro para volver a verlo. Necesito tiempo para asimilar que mi padre no puede entender que llevo toda la vida casi cuidándome sola y que no necesito niñeras.
«¿Qué clase de vida me espera aquí?»