Tú a Chicago, yo a Nueva York (Un sports romance muy ardiente 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Elara

—Yo creo que quería asustarte. A saber a qué juega. —Mi amiga me mira tras la cámara mientras me visto.

Observo mi vestido de lentejuelas.

—Lo veo demasiado.

—Es muy de Nochevieja.

—Mónica dice que es perfecto para ir a donde se suelen reunir los amigos de Joss.

—A saber dónde te va a llevar. Me imagino a varias de sus amigas deseando despellejarte viva.

—No creo que sea para tanto.

—No sé. Seth dice que Joss tiene fama de capullo entre los de su liga y que, cuando juega, es muy frío y letal. Tal vez no deberías acudir y seguir tu vida lejos del buenorro de Joss y sus amigos.

—Quizás, pero siento curiosidad.

—Tu curiosidad nunca fue buena compañera.

—Ya, pero si veo algo raro, te prometo que me iré.

—Vale.

La puerta de su cuarto se abre y aparece Seth, vestido todo de negro. Al verme, pone mala cara.

—¿Otra fiesta pija de esas?

—He quedado con Joss.

—Eres tonta.

—No lo soy.

—¿Saldrías conmigo? —me pregunta, apoyándose en el escritorio de su hermana.

—¡Ni de coña! Aparte de verte como a un hermano mayor, eres un capullo.

—Pues Joss es como yo. Lo he visto de fiesta, cuando jugamos, y se la suda todo. Pero tú misma, aunque te aviso de que esto no es una historia romántica de esas que os encanta leer. Es la vida real y Joss es idiota.

Seth lo conoce, porque han jugado contra ellos en la liga universitaria y, cuando el partido es fuera, salen de fiesta con los otros jugadores o por los mismos ambientes. Al final, todo se sabe, y al hermano de Lia le gusta analizar a la gente.

Lo hace sin querer, pero es muy bueno leyendo emociones.

—No creo que sea para tanto. Además, solo voy a conocer a sus amigos.

—Tan idiotas como él, seguro. Te van a despellejar viva. Eres demasiado… única para un mundo de borregos sin cabeza.

—No sé para qué os cuento nada. No me ayudáis ninguno de los dos.

—Además, vas ridícula con ese vestido y ese peinado. No pareces tú.

Fulmino a Seth con la mirada.

—No te he pedido opinión.

—De nada, entonces. Me marcho. Si no sales viva de esa fiesta, mandaré flores a tu tumba.

—Idiota —le suelto, cuando lo veo marcharse—. ¿Crees que es mala idea ir a esa fiesta?

—Sí, pero sé que vas a ir. Has quedado con tíos idiotas, porque no puedes evitar dejarte llevar por Joss y, si fuera mejor de lo que creo… Escríbeme si te sientes mal, y quiero que me cuentes todo.

—Lo haré.

Salgo y mi madrastra me dice que estoy preciosa.

Mi padre me da una tarjeta de crédito para los gastos y me pide que lo pase bien.

Voy hasta el ascensor y, cuando salgo del edificio, Joss está en la puerta. Me espera apoyado en su coche de lujo.

Recorre mi cuerpo de los pies a la cabeza y, cuando centra su mirada en mis ojos, la oscuridad de sus iris verdes debería hacerme salir corriendo. Por primera vez me siento dentro de un cuento, el de Caperucita, donde el lobo se la comía.

Trago y ando hasta mi lobo particular, sabiendo que la razón me grita que huya.

Abre la puerta y me susurra al oído, antes de entrar:

—Debiste escoger la opción de salir corriendo.

Su aliento me hace temblar.

—No sé correr con tacones. Tal vez en la próxima ocasión.

—No habrá más oportunidades de escapar.

Entro y cierra la puerta.

¿Dónde me estoy metiendo? No lo sé, pero mi lado masoquista se lo está pasando pipa viendo como me dejo llevar sin hacer caso a la razón.

Solo espero no arrepentirme.

* * *

Joss no dice nada mientras conduce. Vamos hasta el centro de la ciudad.

Al llegar, sale del vehículo y los aparcacoches le cogen las llaves para estacionarlo.

Me abren la puerta.

—Buenas noches, señorita Rivera.

Que me conozcan debería asustarme, porque pensaba que nadie sabía de mí en la ciudad.

—Sabe mi apellido —le comento a Joss cuando entramos dentro y vamos hasta los ascensores.

—Intuyo que no sueles mirar las páginas de sociedad.

—No me gusta perder el tiempo con tonterías… ¿Es por el vídeo de mi caída?

—Entre otras cosas. Tu padre es muy famoso en la ciudad. —Se apoya en la pared del elevador. Lleva una camisa azul clarito, arremangada hasta los antebrazos.

Me fijo en que parece que tiene un tatuaje.

—Entiendo.

Llegamos y tomo aire al salir.

Joss me mira con frialdad.

—Debiste irte…, pero ahora ya es tarde. Muy tarde. —Se aparta.

Estamos en un pub , en la última planta de un rascacielos, y se ve toda la ciudad a nuestros pies. Por cómo viste la gente, se nota que es de lujo. Mucho.

Me siento fuera de lugar, aunque llevo un vestido de diseño.

Joss anda tranquilo hasta un grupo de amigos que lo saludan al llegar y me observan curiosos.

Me dirijo hacia ellos y al llegar, todos se quedan callados.

—Hoy te toca hacer de niñera, por lo que veo —dice un joven moreno.

—Eso me temo. Su padre me lo pidió —responde Joss, cogiendo algo de beber. Siento sus palabras como una traición—. Puedes tomar lo que quieras. Espero que sepas controlar el alcohol.

—Prefiero agua, pero gracias.

Espero que me presenten, pero nadie lo hace.

Joss habla con sus amigos y las chicas me observan como con asco.

—No te pareces en nada a tu hermana —me dice una de ellas, con cara de acelga deshidratada.

—No, en nada. —Me siento cerca de la cristalera y hago fotos.

—¡Qué patética! Se nota que es turista —comenta otra.

—Si esperas que eso me duela, das en hueso. Me la suda lo que piense la gente la mayor parte del tiempo. —La miro con una sonrisa—. Voy a por agua.

Ando hasta la barra y pido agua al camarero.

Me mira como si no me hubiera escuchado bien.

—¿De alguna marca en especial?

—Agua normal y corriente.

Sonríe y me tiende una botella.

La abro y le doy un trago a morro. Por su cara divertida, cuando me pone un vaso, sé que no debí beber a morro.

—Te van a devorar —me dice en voz baja. No debe de ser mucho mayor que yo. Observa el grupo de Joss. Este lo mira como si quisiera arrancarle la cabeza—. Los niños de papá disfrutan con la gente que parece débil, no lo olvides.

—No lo hago.

Pone una rodaja de limón en mi vaso y hielos.

—Así no desentonas tanto.

Echo el agua y lo pruebo.

—Sabe muy bien.

—Déjala en paz —lo increpa Joss, que se pone a mi lado—. No está aquí para perder el tiempo con tipos como tú.

—Tranquilo, que solo le servía agua.

Se miran de forma desafiante.

—Nos vemos, Elara —se despide el camarero y me deja sola con Joss.

—Cuidado con él, que algunos no son lo que parecen.

—Como tú —le digo a Joss.

—Yo he ido de cara. Te he advertido de lo capullo que soy, pero aquí estás.

—Sí, pero ya me estoy arrepintiendo. No necesito que nadie haga de niñera por mí.

—Cuanto más contento tengas a tu padre, más libertad tendrás. No lo olvides. —Pone su mano en mi cintura y su contacto me quema—. Vamos, que prometo no morderte… Al menos, no esta noche.

Nos miramos de reojo y sonríe de medio lado.

No debería imaginar sus perfectos dientes mordiendo levemente mi piel ni su lengua lamiendo la zona lastimada… No debería, pero lo hago, como buena idiota que soy.

Vamos hasta donde están sus amigos y escucho sus aburridas conversaciones.

Como cada vez me aburren más, me voy hasta el balcón y salgo. Nadie más lo hace y por eso disfruto de la libertad de estar sola, con el aire golpeando mi pelo, llevándose lejos mis horquillas.

Cierro los ojos y disfruto de la libertad que me dan la altura y el viento acariciando mi cuerpo.

Siento a Joss antes de que diga nada.

Se queda a mi lado sin hablar, como ya hizo tres años atrás.

Por esta vez, lo prefiero. Siento que, si abre la boca, estropeará este momento de paz.

Joss

Elara mira a mis amigas, como si le dieran igual sus malas caras. Después, escribe en el móvil y hace un vídeo de todo, para mandarlo a su amiga.

Se levanta para ir a por más agua y el capullo de Brice la devora sin que ella se dé cuenta. Es un gilipollas. Es de los que primero hacen daño y luego piden perdón.

Yo no soy mejor que él, pero al menos tengo un motivo: la libertad.

Brice lo hace para joder a todos los hijos de papá.

Le pasa un papel y Elara lo guarda.

Se la van a comer. Tiene esa mirada de creer que todo el mundo tiene una parte buena.

De nuevo, escribe algo en su móvil, y regresa a la mesa.

Pienso en ayudarla, pero me doy cuenta de que no es mi batalla.

Solo debo pasar tiempo con ella, para que mi padre crea que le hago caso y poder vivir mi vida.

Seguro que hoy nos habrán hecho alguna foto. Mi padre las verá y me dirá: «Buen trabajo, hijo». Eso me dará libertad.

—Aunque la mona se vista de seda… —comenta Petra.

—Me importa una mierda lo que pienses —le responde Elara, tranquila—, pero gracias por llamarme mona. Son mis animales favoritos y para mí es un orgullo parecerme a ellos y no a personas como tú.

No sé quién se queda más impresionado.

Toso para aguantar una carcajada.

Petra le tira el vaso de bebida a la cara y Elara grita, pero también le tira el suyo a ella.

—Nos vamos —indico, porque si la dejo unos minutos más aquí, va a acabar cavando su propia tumba.

—Si ahora estaba en lo mejor. Hacía tanto calor… —Elara se limpia la bebida al mismo tiempo que se acomoda. Se escurre el vestido, haciendo que se le marque más el escote.

Contemplo sus pezones erectos golpear la prenda y noto como el deseo me golpea.

—No me dais miedo. He vivido rodeada de gente de la peor calaña posible y vosotros, a su lado, parecéis principiantes.

Petra la mira enfurecida.

—Acabaremos contigo.

—Inténtalo. Mi madre es peor que cualquier zorra como tú. —Elara la observa desafiante y noto como tiembla, pero le aguanta la mirada.

Noto como se le acelera la respiración y sus ojos están a punto de revelar que todo es fachada.

Por eso, me pongo ante ella y la agarro.

—Me aburro. Nos vamos. Me he cansado de esta pelea de gatas y, Petra…

—la miro de medio lado—, como le hagas algo, te juro que usaré todo mi dinero para destruirte.

Así que estate quietecita y olvida esto, porque tengo el poder y las influencias para joderte la vida.

Hay secretos tuyos que no te gustaría que nadie supiera.

Petra me mira enfurecida y luego se marcha, seguida de sus amigas.

—Genial, Elara —le suelto en el ascensor—. Te has ganado nuevas enemigas.

—No necesitaba que me protegieras.

—Créeme, lo necesitabas, y esta me la debes.

—¿Y qué quieres a cambio?

Me acerco a ella y pulso el botón de stop.

Se le acelera la respiración. Sus fosas nasales se abren. Está tensa, nerviosa y acalorada.

Pongo mis manos a ambos lados de su cabeza y acerco la nariz a su cuello.

Su perfume a flores me gusta.

Su piel se eriza por mi contacto y hace tiempo que una mujer no reacciona así por mi cercanía. Hace tiempo que solo se acercan a mí para conseguir fama y ser vistas.

Paso mi nariz por su cuello, hasta la cima de sus pechos, y me cuesta mucho no darle un bocado en su cremosa carne.

Cuando me aparto, estoy ardiendo, pero pulso el botón para que el ascensor siga bajando.

—Por esta vez, no me debes nada, pero la próxima… Te morderé como tributo.

—Sé de uno que ha visto demasiadas veces la película Los juegos del hambre .

—Es mi favorita. Esta vida es así: solo los fuertes sobreviven. —Se abren las puertas y empieza a salir. Me mira cuando no la sigo—. Buenas noches, Elara. Búscate la vida para volver.

—Capullo.

Le lanzo un beso y ella me saca un dedo corazón.

Las puertas se cierran y pienso en ir tras ella, o buscarle la forma de llegar a su casa de forma segura… Pero decido no hacer nada de eso. Es mejor que aprenda a cuidarse o lo tendrá jodido.

El primero que la destruirá será su padre. Elara no sabe con quién está viviendo.