Tú a Chicago, yo a Nueva York (Un sports romance muy ardiente 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Elara

Ayer, mi padre estaba contento con mi actuación, pero porque no me vieron comer a escondidas y mancharme.

Gracias a Joss, el estropicio no se notó.

Joss… No debí sentir esas mariposas cuando se me acercó. Ni ese deseo de querer esconder mi nariz en su cuello y aspirar su perfume.

Salgo de la casa sin ser vista, con unos vaqueros sencillos y una sudadera.

No quiero ponerme ropa refinada para ir a pasear por Central Park.

Llego y, aunque es muy temprano, ya hay mucho movimiento. Sobre todo, de corredores. A diferencia de mí, hay personas que se levantan temprano para correr al alba. Odio el deporte. Sobre todo, porque no se me da bien.

De pequeña intenté ser patinadora, pero fracasé.

Que Seth fuera quien me ayudó no mejoró la cosa, porque tiene poca paciencia y terminábamos discutiendo cientos de veces. Su hermana Lia sí tiene más estilo patinando y sigue haciéndolo en sus ratos libres.

Yo me quedé con las ganas.

Paseo por la zona haciendo cientos de fotos.

Se las mando todas a Lia y, por suerte, como lo tiene siempre en silencio, sé que no la voy a molestar.

Envío una a Everly y me responde:

Everly: Qué aburrimiento. ¿No se te ocurre nada mejor que hacer en la gran ciudad?

Elara: ¿Por ejemplo?

Everly: Darte un masaje. Sé de muchos sitios increíbles, te pasaré una lista.

Elara: Paso, me pone nerviosa que me toqueteen.

Everly: Qué rara eres. Cuesta creer que naciéramos casi juntas.

Sonrío, porque es cierto. Somos la noche y el día.

Sigo haciendo fotos hasta que alguien se pone delante de mí, impidiéndome el paso.

Alzo la mirada y veo a Joss, con una camiseta negra y unos pantalones cortos de correr que muestran sus piernas.

Joder…, ¿por qué no puedo evitar quedarme en sus ojos verdes y recorrer todo su cuerpo?

La camiseta se pega a su cuerpo y puedo ver sus abdominales marcados. Se me seca la boca y centro mi mirada en sus ojos, pero esta vez de verdad.

—¿Algo que te guste?

—No, la verdad. Demasiado bueno para mi gusto. —Alza una ceja.

—Y estar demasiado bueno, ¿es malo?

—Por supuesto.

Me mira como si fuera tonta y tal vez lo sea. Cuando hablo, suelo decir lo primero que se me pasa por la cabeza y nunca sale bien. De ahí que mis citas siempre hayan salido tan mal.

No soy virgen por elección. Los tíos con los que me he liado no han eclipsado mi mundo hasta el punto de olvidarme de mis miedos.

En realidad, me alegro, porque ninguna de mis citas y proyectos de novio me atrajo tanto como Joss. Eso quiere decir que, o Joss se va, o acabaré por decir más estupideces.

—Entiendo. Entonces, te pido perdón por estar tan jodidamente bueno.

—Y además, creído. No, no eres mi tipo, pero gracias por alegrarme la mañana. Siempre he soñado con salir a pasear y casi chocarme con unos oblicuos tan perfectos.

—Intuyo que es ironía.

—¿No se nota? —Lo miro divertida—. ¿Qué haces aquí?

—Creo que, de los dos, es más evidente lo que hago yo que lo que haces tú.

—Cierto, yo estoy huyendo. Necesitaba un poco de paz lejos del palacio real. No se me da bien ser princesa a tiempo completo. —La diversión brilla en sus ojos—. Puedes irte y dejarme sola con mis estupideces.

—No.

Se levanta el bajo de la camiseta para secarse la cara y… ¡Madre mía! Su cuerpo perfecto queda ante mis ojos. ¡Joder! Intento controlarme, pero solo he visto este tipo de cuerpos perfectos en redes sociales o películas.

Cuando se baja la camiseta, me mira y comprueba que estoy sonrojada como un tomate.

—Por suerte, no me impresionan los buenorros medio desnudos.

—Por suerte. —Acaricia mi mejilla y eso acentúa mi sonrojo—. ¡Qué mal mientes, Elara!

—Para nada.

—Ven, vamos a tomar algo.

—No me apetece seguirte.

—¿Acaso tienes algo mejor que hacer que admirar mi trasero y mi cuerpo perfecto?

—Debería ser ilegal ser tan creído. Que, por cierto, yo también estoy muy buena. Sobre todo, sin ropa… Olvida que he dicho todo esto.

—Ni de coña.

Lo sigo, a él y a su perfecto culo.

«Joder…, no lo mires más», me recuerdo mientras vamos a un puesto de comida.

Pide unas tortitas con chocolate, con café recién hecho y algo más que no sé cómo se llama, pero que tiene forma de lazo.

Vamos hasta un banco con todo.

—Chocolate líquido… Sabes que me voy a manchar, ¿verdad?

—Merecerá la pena. A menos que te importe eso de engordar…

—No, para nada. Si engordo, seguiré igual de sexi. —Sonrío y se queda mirando mi boca de forma seria—. ¿Todo bien?

—Es raro conocer a alguien a quien no le importe engordar en estos tiempos.

—Eso es porque no me has visto comer en mis noches de series con mi mejor amiga, Lia. Su hermano dice que damos asco.

De nuevo me mira de una forma que no sé cómo interpretar.

—Deberías regresar a tu casa. Te has metido de lleno en la boca del lobo.

—No creo que sea para tanto.

—Yo creo que sí, pero tú no eres capaz de verlo. Si fueras lista, darías la vuelta y te irías a tu casa, de donde nunca debiste salir.

—¿Me estás asustando o advirtiendo?

—Las dos cosas. Al menos, cuando me odies, no podrás decir que no te lo advertí. —Lo miro y no sé si está bromeando.

—Nunca me han asustado los lobos. Al contrario, yo soy de las masocas a las que les gustaría que el lobo las devore… —Su mirada se hace intensa.

Mi corazón da un vuelco y se me seca la boca por cómo me observa.

—Interesante.

—¿Puedes olvidar eso?

—No, y ahora come. Si el lobo quiere comerte…, mejor que no estés en los huesos.

Su forma de mirarme me hace arder. Ahora mismo, si me pidiera permiso para morderme, me ofrecería como tributo.

Vale, es mejor que deje de soñar y me centre en las tortitas.

Disfruto comiendo, pero observo que Joss apenas ha probado bocado.

—Dime la verdad, ¿las has envenenado y esperas que me quede dormida para devorarme?

Se gira y mira mis tortitas. Luego, las suyas.

—No debí pedirlas. Tengo que seguir una dieta si quiero ser el mejor en mi equipo.

—La alimentación es importante, pero la salud mental también.

Si vives siempre a base de una dieta, es cuando vienen los excesos.

Hay que comer de todo, pero sin pasarse.

—No comenta nada y le quito las tortitas—.

Más para mí. Aunque yo siempre como más con los ojos.

—Me río—. Un defecto que tengo, que seguro que no te importa.

Como en silencio hasta que habla.

—Mi madre me ha dicho que vamos a estudiar lo mismo. Aunque estoy en tercer año, me han quedado algunas de primero.

—¿Estudias Empresariales? —Asiente—. Yo no habría elegido esa carrera, pero mi padre quiere que una de las dos estudiemos eso. Como Everly no tenía claro qué hacer y a mí se me da bien estudiar, le dije que lo haría, para que así ella tuviera opción de elegir.

—¿Qué habrías elegido, si no?

—Ni idea. Solo tengo dieciocho años y quieren que sepa lo que quiero en la vida. No me ha dado tiempo a vivir tanto para saber qué quiero y qué no. Estudiar se me da muy bien y puedo hacer esta carrera. Si me va bien el primer curso, en segundo podría cursar dos carreras a la vez…

—Eres una empollona.

—De categoría. Si me lo dices como insulto, te diré que estoy superorgullosa de serlo. Tengo hasta una camiseta que dice: «Cuidado, estás ante un cerebrito».

Sonrío y me mira con intensidad. Tanto, que temo haber dicho algo malo.

Joss se levanta y tira los restos de comida a una papelera.

—Deberías alejarte de mí.

—Lo dices como si fueras a hacerme daño.

—Es que te voy a hacer daño.

Me recorre un escalofrío.

—Lo dudo. Solo quieres asustarme.

—Tú misma. Te espero esta noche en la puerta de tu casa.

—¿Para?

—Para presentarte a mis amigos. No tardes y viste… como nunca lo harías para una quedada con amigos o te comerán viva. Pide ayuda a Mónica.

—Se me están quitando las ganas de ir…

—Tú misma. —Se marcha corriendo y me quedo parada, sin saber si me está invitando o me está dando la posibilidad de salir corriendo, aterrada.