Capítulo 2
Elara
Llaman a mi puerta cuando me estaba quedando medio dormida.
Abro y veo a Mónica y a mi padre juntos.
La mujer de mi padre me abraza a modo de saludo, pero él solo me mira, como si no supiera cómo tratarme.
Es raro saber que tus padres se quedaron cada uno con una de nosotras, separándonos a Everly y a mí, y tener que comprender que te quieren, pero que su odio los llevó a esta decisión tan drástica.
A veces me he preguntado si no pudo luchar más por las dos, pero eso le habría hecho perder nuestra custodia en favor de mi madre, quien no nos habría podido mantener a las dos, o que mi madre se quedara sola… Temo que, de haber pasado eso, ella estaría peor por sus malas decisiones.
Así que no sé qué habría hecho yo en su caso.
Mi madre solo tenía diecinueve años cuando se separaron y mi padre, veinticuatro.
Eran los dos muy jóvenes, pero aun así…
En el fondo, siempre me he preguntado por qué mi padre no me sacó de ese lugar y luchó más por mí. Sobre todo, después de lo que pasó hace años.
—Bienvenida a casa. —Acaricia mi pelo castaño, en un gesto que queda un poco raro.
Mónica sonríe.
—La de cosas que vamos a hacer juntas. Mañana nos vamos de compras.
—He traído ropa…
—Queremos que tengas lo mejor —me indica mi padre y noto como me agobio.
Ya tengo lo mejor. Mi ropa me la he pagado yo, trabajando duro durante el curso.
—Yo…
Mi padre me pone las manos sobre los hombros.
—Las cosas han cambiado, Elara. Déjame que al fin pueda cuidar de ti —lo dice de una forma que me da escalofríos, pero quiero creer que solo son cosas mías.
Entiendo ese «al fin», porque mi madre no dejaba ni que me hiciera un solo regalo caro por Navidad, ya que no quería que los suyos se deslucieran.
Mi padre se ha visto obligado a demasiadas cosas por no enfadar a mi madre.
Por eso, asiento.
Mónica tira de mí hacia el salón, para cenar.
«Tal vez no todo vaya tan mal», pienso, hasta que veo la cena elegante y montones de cubiertos en la mesa.
Nos apartan las sillas y hasta nos rellenan los vasos.
Llega un punto en que no sé cuánta agua he bebido.
Como alitas de pollo con cuchillo y tenedor, como ellos, ansiando poder cogerlas con los dedos y pringarme con ellas.
No lo hago porque mi padre ha mandado que hagan una de mis cenas favoritas: pizza. Comer la pizza con cuchillo y tenedor es más fácil, por lo menos.
—Poco a poco —me dice mi padre cuando les anuncio que me voy a dormir, porque estoy cansada del viaje.
—Sí.
—Al menos, ya estás aquí y puedo ser tu padre sin miedo. —No comento nada, pero me duele que, por mi madre, haya tenido que vivir así dieciocho años—. Ahora todo será como siempre debió ser.
Sus palabras, más que tranquilizarme, me inquietan. No sé nada de la vida de mi padre aquí y temo que espere algo de mí que tal vez no sea lo que espera.
Entro a mi dormitorio, tomo aire y pienso qué paso dar ahora.
Abro el armario y mi ropa ya está colocada. Para mí, era perfecta, hasta que llegué aquí. ¿Acabará por cambiarme todo esto?
Tal vez, pero eso no lo sabremos hoy.
Busco mis cascos y me pongo música.
Entro en la cama, cierro los ojos tras apagar la luz y por un segundo, mientras escucho mis canciones favoritas, nada ha cambiado. Solo soy yo, tarareando en mi mente mientras el mundo gira a mi alrededor, sin dejar que, por unos segundos, me atrape.